El baúl de Pandora

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La unión y la fuerza del qué hacer

Sobre todo en tiempos de crisis, es muy frecuente que se nos hagan múltiples llamados a unirnos y hacernos fuertes que compiten o rivalizan entre sí. Tomaré como ejemplo un caso que aquí se ha puesto sobre la mesa: el de los llamados que hacen girar esa unión y fortalecimiento en torno a Hispanoamérica, lo hispano o la Hispanidad, a los que en conjunto he llamado hispanocentrismo. Los llamados con los que rivaliza son, sobre todo, en mi opinión, el internacionalismo y la unión de Latinoamérica, hoy muy asociada al movimiento bolivariano; también, por los recursos con los que cuentan, a las uniones formadas vía los tratados de libre comercio y a la Unión Europea (tal vez también deba mencionar el proyecto de las cumbres Iberoamericanas). Antes de entrar en los detalles del hispanocentrismo, tal como se nos presenta, empezaré por algunos rasgos que tienen mayor alcance y profundidad en los llamados a unirnos y hacernos fuertes tomados en general.

En principio, en cuanto llamados, reconocen nuestra libertad, la que nosotros, al oírlos, damos por supuesta: somos nosotros los que hemos de decidir cuáles aceptamos y cuáles rechazamos. Ya sabemos que se nos puede imponer una decisión imperial, pero esto no anula la nuestra. ¿Cómo tomamos la decisión? Intervienen multitud de factores. Algunos son más de cajón, otros volátiles o circunstanciales. Al escuchar un llamado de estos, esperamos que se aclare para qué y con quiénes se pretende que nos unamos, y contra qué o contra quiénes hemos de hacernos fuertes. Es fácil que, en muchos casos, dominen los cálculos sobre costos, beneficios y riesgos, sea por el lado de quien hace el llamado, que los sesga si lo que quiere es “venderlo”, o por el de quien lo escucha, que los regatea si se asume como consumidor o como inversionista, por pequeño que sea su “capital”. En el mundo de las ciencias de la comunicación —tradicionales o interactivas—, se le da mucho peso a factores tales como “la imagen” o el “me gusta”; por algo será.

En todo caso, sin embargo, hay una distinción decisiva entre los diferentes llamados. Cuando en el unirse y hacerse fuertes hay un “contra quiénes”, se trata de un llamado a luchar; si no lo hay, se trata de un llamado a trabajar por algo (tal vez se le llama lucha para subrayar el esfuerzo y el sacrificio que requiere; por ejemplo, cuando el llamado a trabajar por la erradicación de una enfermedad –o de la pobreza así considerada– va más allá del sólo sacar unas monedas del bolsillo). El llamado a luchar es mucho más exigente. Ya no se trata meramente, como dicen los economistas, que manifestemos una preferencia entre los distintos llamados que compiten entre sí, sino que tomemos partido, buscando extender y fortalecer una alternativa y aislar y debilitar a las demás. Aunque hoy en día se suele hablar de la competencia mercantil en términos de “ser competente”, bien sabemos que se trata de una lucha. Con el hispanocentrismo sucede algo similar: se presenta “la Hispanidad” como un valor, puro en sí mismo, bueno para todos los hispanoamericanos —unos incluyen a los españoles, otros no—, pero no tardan en aparecer por ahí un escudo de armas (¡el del ejército del Imperio español, el del Carlismo, el del franquismo!) y el propósito de construir “una potencia económica y militar”. No se trata, pues, de un llamado a trabajar por el fortalecimiento de una cultura, sino de luchar en la arena geopolítica y, dentro de cada país hispanoamericano, contra los internacionalistas y latinoamericanistas, muy en especial contra los bolivarianos, lo mismo que contra los socios hispanos de los “demás” imperios.

Esta distinción entre trabajo y lucha no significa, sin embargo, que la lucha y el trabajo sean tipos de compromiso ajenos entre sí. Hay otra forma de entenderlos que permite no enajenarse ni en lo uno ni en lo otro. Sartre argumentó, a mi modo de ver de forma convincente, que la historia y la vida social resultan más comprensibles –“inteligibles”– si vemos la lucha como dos trabajos que se despliegan en condiciones tales que no pueden progresar sin enfrentarse y socavarse entre sí.

Las Guerras de Independencia fueron un trabajo de los insurgentes para conquistar su independencia y libertad respecto al Imperio español, en contra del trabajo de los realistas para mantener y reproducir su dominación imperial. Desde luego, había muchos “terceros”, nacidos en América o en España o en otro lugar, a los que tanto los insurgentes como los realistas llamaban a unirse y hacerse fuertes con ellos. La unidad de unos y otros reside más en su trabajo que en su lucha. Su lucha es consecuencia de su trabajo ahí donde éste atraviesa ciertas condiciones que lo amenazan y lo ponen a prueba, pero el trabajo empezó antes y, si triunfa en su lucha, podrá y tendrá que continuarse después. Es el mismo trabajo que se ha continuado por 200 años hasta hoy, ya contra imperios de otro tipo y no sin reveses.

La gran falla del hispanocentrismo, lo que convierte su “gran sueño” en un delirio, es que en aras de encontrar una alternativa internacional, tanto contra el movimiento bolivariano como contra la Unión Europea y las uniones vía tratados comerciales, optó por fundamentar su “tercera posición” en el orden imperial español (y la palabra orden la pronuncia con mayúsculas y con negritas). Se ve obligado a purificar idealmente el Imperio (“no pretendía subyugar al indio y saquear la tierra”, sino “expresar lo español en otras latitudes” y “conocer al indígena”, una “preocupación trascendental, y profundamente espiritual”); considera las Guerras de Independencia como lo que rompió la unidad que “siempre debió estar”, y descalifica todo lo que lo contradiga como eco de las maledicencias y complots británicos de la época. Se niega a comprender, no sólo al Imperio español, sino sobre todo el trabajo y la lucha de resistencia que encontró desde el principio y su derrocamiento por el trabajo y la lucha de lo que llama “la peonada violenta”. Y este trabajo es lo más constituyente de una verdadera unidad.

Aunque sólo fuera por los últimos 200 años, y no por los antiguos 300 o 400, pero también por la resistencia durante estos 600 años, la unidad de Latinoamérica está más sólidamente constituida e identificada por el trabajo y la lucha de los insurgentes. Este es el trabajo que se desarrolló hasta tomar la forma de unidad de las luchas latinoamericanas, cada vez más orientadas por el internacionalismo de los trabajadores. Las condiciones de hoy en día la obligan a transformarse, pero a transformarse dando un paso más en esa dirección, no retrocediendo hacia un hispanocentrismo que, para colmo, como si quisiera advertir y dar muestras de su desprecio por “la peonada” a la que dirige su llamado, enarbola como tarjeta de presentación el escudo de armas del Imperio español, del Carlismo y del franquismo.

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