El baúl de Pandora

Reservado para los que deseen abrir su mente


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Marx: Primacía de lo económico y la relación de producción

Como hemos visto en la entrada anterior, para el materialismo histórico la sociedad está dividida en tres niveles: el económico, el político y el ideológico. De estos, el nivel económico es el determinante. Esto no significa, dice Marx, que en todas las sociedades hasta el momento haya primado siempre el nivel económico, pues según su esquema, en las sociedades esclavistas es lo político lo que tiene el papel más importante, igual que en las feudales este papel lo cumple lo ideológico. Es en la sociedad capitalista donde lo económico prima. Pero si en las dos anteriores priman los otros niveles, es precisamente porque el funcionamiento mismo de sus economías así lo exigen. Es lo económico lo que hace que primen otros niveles. Por ello, aunque no prime siempre lo económico, sí es siempre el nivel determinante. Esto es así debido a que el nivel económico está constituido por una serie de relaciones que son las relaciones de los distintos miembros de la sociedad y, por tanto, de la producción.

Estas relaciones son llamadas por Marx relaciones de producción. Esto indica que lo determinante en la relación no es el consumo sino la producción: son relaciones de los individuos, los agentes de producción, con y por medio de los objetos y los medios de producción. Lo que, cerrando el círculo, son relaciones de los hombres entre sí. En toda sociedad dividida en clases, dice Marx, estas relaciones de producción están compuestas por una doble relación que establece dos grandes clases. Por un lado está la relación de los propietarios con los medios de producción, a lo cuales, al ser su propiedad, controlan y explotan a los trabajadores. Por otro se da la relación de los no propietarios, los trabajadores, que son los productores directos, con los medios de producción y con el objeto del trabajo, en el cual se enajenan. Y respecto a estas relaciones de producción, dice Marx, la moderna sociedad burguesa “se caracteriza por haber simplificado estos antagonismos de clase. Hoy, toda la sociedad tiende a separarse, cada vez más abiertamente, en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases antagónicas: la burguesía y el proletariado”[1]. Estas relaciones y procesos de producción en la forma capitalista también dan como resultado otra característica específica: la autonomía más o menos relativa. El modo de producción capitalista se especifica, según el alemán, por su relativa autonomía, cosa que no ocurría en los modos anteriores de producción en los que era necesaria la intervención directa de razones externas a lo estrictamente económico.

Las relaciones de producción también van a determinar las relaciones entre las clases sociales. Cada clase social va a ocupar un lugar diferente en el proceso de producción, y este lugar que ocupa cada clase es lo que la determina como clase. Como hemos visto, esto va a estar fundamentado en la explotación por parte de los propietarios de los medios de producción de los trabajadores no propietarios. Esto significa que las relaciones entre clases no se fundamentan en la cuantía de las rentas, no es cuestión de ricos y pobres, sino de propiedad o no de los medios de producción. Así, la solución no vendrá sólo por una distribución de la riqueza, sino por medio de la revolución socialista que dé a los trabajadores mismos la propiedad y el control de los medios de producción. Pero esto no debe llevarnos a creer que para Marx es el criterio económico el que determina por completo las clases sociales. Los otros dos niveles, el político e ideológico, también intervienen. “Las clases sociales son el resultado de la división social del trabajo, tomada en su totalidad. Fundada en la división dentro mismo de las relaciones de producción, esa división social del trabajo repercute en el conjunto del edificio social. En este ámbito de las relaciones sociales, lo económico sólo tiene el papel de determinación en última instancia”[2].

Esta explotación en el nivel económico se transforma en dominación en el nivel político. La división entre propietarios y explotados que se da económicamente, políticamente se traduce en una división entre una clase dirigente que sirve sólo a sus intereses y una clase dominada y oprimida que sobrevive como mejor puede. Lo mismo se puede decir del nivel ideológico, hay una clase sometida ideológicamente por la clase dominante que determina la cultura, la ideología, el modo de vivir en suma de toda la sociedad. Mas, dice Marx, no hay que ser reduccionistas y pensar que hay única y exclusivamente dos clases sociales. Cada modo de producción comprende en todos sus niveles dos clases, la explotadora, que domina tanto económica como política como ideológicamente, y la explotada, sometida en todos los niveles. Pero existen tantas clases sociales como modos de producción hay, y en las formaciones sociales, en los países, hay muchos modos de producción y muchas formas de producción, aunque uno de dichos modos domine en general sobre los demás. Esto significa que existen más de dos clases en toda forma social que proceden de los diferentes modos y formas de producción. Sin olvidar los otros dos niveles. Lo que ocurre es que en la lucha de clases de esas formas sociales se tiende hacia una polarización del conjunto de clases existentes en dos principales, las del modo de producción que domina.

[1] K. Marx y F. Engels, El manifiesto comunista, Endymión, Madrid, 1987, pág. 43.

[2] Chatelet, F., La filosofía y la historia, Cap. XI: Poulantzas, K. Marx y F. Engels, Madrid, Espasa-Calpe, 1976, Tomo III, pág. 290.


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Captura del doble convoy inglés (1780): la gesta desconocida.

Luis de Córdoba, otra de las glorias militares españolas, como lo pudieron ser Bernardo de Gálvez, Álvaro de Bazán, Blas de Lezo o tantísimos otros que tenemos muy olvidados. Pasen, vean y disfruten.


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Gabriel Ciscar, otro genio incomprendido

Sirva como ejemplo de otros científicos ilustres españoles tan desconocidos para los propios españoles.

Blog Cátedra de Historia y Patrimonio Naval

Sería deseable que el gran número de genios españoles que hemos tenido a lo largo de la Historia no hubieran sufrido la misma incomprensión (por decirlo de una manera suave) que, por ejemplo, Isaac Peral. Sin embargo, en la mayoría de los casos así ha sido. La falsa historia de que “inventen ellos” debería ya cambiarse por la de que “aprendamos de lo que ha pasado”. Desde los novatores hasta la actualidad han sido demasiados los que han tenido que sufrir a incompetentes, envidiosos, pusilánimes, mediocres o ignorantes.

Aquí sintetizamos la historia de Gabriel Ciscar y Ciscar, un oficial de la Armada, valenciano, genio, intelectual y político. Una figura de la talla de Jorge Juan, pero que nació en una época distinta y tuvo peor suerte, y sobre todo menor grado de reconocimiento y gratitud de sus contemporáneos, y también de los nuestros. Sobrino de un intelectual de…

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Historia de la Ciencia Española (V)

La ciencia en España de los siglo XIX y principios del XX

El siglo XIX y XX son, al igual que en el resto del continente, los siglos más importantes en tanto en cuanto a producción científica se refiere. Aunque, curiosa y contradictoriamente, es la época en la que más científicos e intelectuales se quejan de la dejadez científica del siglo -cosa que ya se venía viendo en siglos anteriores-. Sin duda, la gran cantidad de científicos de primera talla que se quejan de la dejadez de la ciencia española lleva ya a pensar que no fue así en absoluto. Las figuras científicas de primera talla se multiplican en todas las ciencias, y aunque como se verá vamos a citar muchas, nos hemos restringido a una muestra de las que consideramos más importantes.

Ciertamente, el esplendor científico del siglo XVIII en España quedó muy mermado a inicios del siglo XIX con la Guerra de Independencia, notándose sus secuelas hasta aproximadamente 1833. La producción científica, evidentemente, no se redujo a cero, puesto que la guerra también involucró ciertos nuevos aportes científicos, y además trajo muchos conocimientos de la ciencia producida en Francia en esos años, pero los soldados franceses, enarbolando su racionalismo y modernidad, destruyeron muchos institutos y laboratorios científicos. Jardines, academias, laboratorios, gabinetes, etc., fueron dañados o desusados, muchos grupos científicos desaparecieron. También muchos fueron repudiados o ignorados (por afrancesados) por muchos españoles. También es importante señalar que a partir de la segunda y tercera década del siglo, con la pérdida de la España americana o la América española (que no de las colonias, las indias no fueron colonias), el rango geopolítico de España empieza a declinar, además de la importante depresión económica consecuente de la guerra (aunque la recuperación fue rápida), y los profundos cambios habidos en las estructuras políticas, así como las largas luchas políticas e ideológicas que se producirían desde entonces hasta la Restauración. Todo ello impidió que hasta la década de 1830 no se realizase todo lo satisfactoriamente que se habría querido la recuperación del nivel científico de finales del XVIII y primera década del XIX. Sí que realizaron buenas contribuciones en el extranjero los científicos españoles que se exiliaron, como Betancourt, el médico Antonio de Gimbernant o el geólogo Carlos de Gimbernant. Todos los científicos españoles nacidos en la década de 1790 vieron truncadas sus carreras o su formación por la guerra. De ahí que en estos años sólo descollasen los que se formaron fuera o los que vivían en zonas de influencia europea. Aunque los más destacados, como hemos dicho, fueron los que desarrollaron su actividad fuera del país, como Mateo José Buenaventura Orfila, que fue el creador de la moderna toxicología, pero que realizó sus investigaciones en París.

José Celestino Mutis

José Celestino Mutis

En la América española, antes de su independencia, en la que tuvieron papel por desgracia algunos científicos españoles de gran talla como Francisco José de Caldas o José Celestino Mutis, que impulsó la creación de la Sociedad Patriótica de Bogotá, también se consiguieron importantes logros científicos, como ya se ha apuntado. Por ejemplo, Francisco José de Caldas, en 1801, durante una expedición a Ecuador, determinó la variación de la temperatura de la ebullición del agua con respecto a la latitud. Ello le llevó a inventar el hipsómetro, el instrumento para medir la latitud, así como a desarrollar matemáticamente la relación de la latitud con la presión atmosférica. Pero también realizó varias observaciones astronómicas, así como importantes estudios sobre biogeografía relacionados con las quinas y la flora ecuatoriana. Los trabajos de Caldas no pudieron dar más frutos debido a que fue fusilado en 1816 por su participación en la revolución de julio de 1810. Igual pasó con el creador de la Escuela y Laboratorio Químico de Madrid, José Tadeo Lozano, también miembro del grupo de Mutis, junto con el naturalista Salvador Rizo Blanco, que fue fusilado como los otros dos. En Perú destaca como traidor el médico José Hipólito Unanue, ya mencionado. De todos los futuros países que se independizarían, Méjico era con el que mejor desarrollo institucional de la ciencia contaba. Allí trabajaban Juan José de Elhuyar y el médico Francisco Javier Balmis, que trataron de luchar contra la emancipación, pero terminaron regresando a España. Otros sí fueron favorables, como el mineralogista Andrés Manuel del Río, también mencionado, que incluso rechazó ofertas como la dirección del Gabinete de Historia Natural de Madrid y de las minas de Almadén. En general, las naciones que se independizaron, no lograron hasta un tiempo después una institucionalización científica adecuada, aunque hay algunos logros importantes producto de esfuerzos aislados.

En la España peninsular, durante el reinado de Fernando VII la situación respecto a la ciencia mejoró respecto a la situación inmediatamente posterior a la Guerra de Independencia, y es que entre 1808 y 1833 la situación de la ciencia en España fue bastante delicada. Como ejemplo de la mejora podemos poner el regreso de muchos de los científicos exiliados, o la mayor facilidad para importar y publicar libros y revistas científicas. Estos dos hechos son de gran trascendencia, ya que los científicos exiliados trajeron toda la ciencia que no había podido cultivarse en el país durante esos años. Además, las traducciones de libros y revistas aumentaron muchísimo, incluso se desarrolló el periodismo científico. El país pudo ponerse al día científicamente de nuevo en unos pocos años, y estar al tanto de todo lo que estaba ocurriendo, lo que ya permitía una adaptación de esos conocimientos nuevos y la participación de científicos españoles en los mismos. Ya a partir de 1868 el intercambio de conocimientos con el resto de Europa y demás continentes se hizo algo corriente.

Entre los factores externos que hemos comentado, y el trabajo científico que mal o bien se hizo en España, entre 1800 y 1840 fructificaron una serie de importantes descubrimientos y de grandes figuras españolas, como el cartagenero Isaac Peral, inventor del primer submarino torpedero. Las grandes figuras científicas españolas no surgieron de forma espontánea, sino que hay una continuidad entre los científicos españoles nacidos entre 1800 y 1830 y los de la Restauración. Esto es del todo normal, pues, como ocurre en todas las disciplinas, en todas las ciencias había una tradición científica que seguir. Lo que sí es cierto es que en muchas de las figuras o grupos científicos más destacados de este siglo trabajaron al margen de la vida política y social del país, al contrario que en décadas y siglos anteriores. Pero también es de destacar la restauración y creación de nuevo de muchas instituciones científicas, como la Academia de Ciencias de Madrid que se fundó, tras numerosos intentos desde el siglo XVII, en 1834, y fue refundada en 1847 con el nombre de Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, dando nuevas alas a la ciencia en España. Para ciencias como la zoología, la botánica o la geología se creó en 1871 la Sociedad Española de Historia Natural.

Las primeras ciencias en afianzar su posición fueron las relacionadas con la medicina, así como la botánica, la geología, la antropología física, la zoología, o la anatomía. Científicos como Aureliano Maestre de San Juan o Ramón y Cajal hicieron del uso del microscopio algo propio de la ciencia, y crearon centros de enseñanza, laboratorios y clínicas en los que el uso del microscopio dio un buen impulso a las investigaciones histológicas. La anatomía en estos años también tuvo una recuperación importante. Encontramos grades anatomistas como Juan Fourquet, Pedro González Velasco, Rafael Martínez y Molina, y Marcos Viñals. Fourquet realizó el mejor tratado de anatomía de todo el siglo XIX español, el cual tuvo que ser terminado por su discípulo Julián Calleja, dada la magnitud del proyecto. González Velasco fundó un Museo Antropológico, una escuela libre de medicina y la primera Sociedad Antropológica Española en 1865. Estas fueron instituciones importantes para la difusión de la antropología y la histología, pero tras la muerte de González Velasco en 1882 estas instituciones terminaron desapareciendo. Martínez y Molina creó el Instituto Biológico, que tuvo una gran influencia y formó a muchos jóvenes biólogos. Marcos Viñals contribuyó con una original monografía sobre la porción petrosa del temporal, y fue el maestro de Aureliano Maestre de San Juan, el que incorporó en España, junto con el cirujano Federico Rubio, el otorrino Rafael Ariza y el dermatólogo José Eugenio Olavide, el trabajo e investigación morfológica con el microscopio. Legado que después continuaría magníficamente Cajal, junto con otras dos importantes figuras de la histología española como son Río-Hortega y Nicolás Achúcarro.

Como se ha dicho antes, para ciencias como la zoología, la botánica o la geología se creó en 1871 la Sociedad Española de Historia Natural, aportando el dinero los propios fundadores (250 pesetas cada uno para ser exactos). Pero ello no impidió que fuese una de las instituciones científica de mayor importancia en el país. Esta Sociedad se convirtió en un centro de enseñanza, de traducción de obras y, a su vez, a través de sus Anales —publicados entre 1872 y 1901— de aportaciones en sus distintos campos, manteniendo un nivel científico bastante considerable y con predicación extranjera. Los más importantes de la Sociedad era un grupo de zoólogos de los que podríamos destacar a Marcos Jiménez de la Espada y a Francisco Martínez Sáez, que fueron los directores científicos de la expedición al Pacífico entre 1862 y 1865. Destacan con sus trabajos entomólogos Laureano Pérez Arcas, Serafín de Uhagón y Bernardo Zapater. Y en Malacología Patricio María Paz y Membiela y Joaquín González Hidalgo. Otro miembro de la Sociedad fue Ignacio Bolívar Urrutia, que pertenece a la «generación de los sabios». Pero no sólo encontramos zoólogos, sino también geólogos como Vilanova y Piera o anatomistas como Rafael Martínez Molina y Pedro González de Velasco. Como botánico es de destacar Miguel Colmeiro, que fue el mejor botánico español, que no es poco, en estos años. Entre sus muchas labores fueron importantes sus trabajos en botánica descriptiva y sus investigaciones en histología vegetal.

La física, la química, las matemáticas y la fisiología no se afianzarán institucionalmente hasta avanzada la segunda mitad del siglo, entre otras cosas porque hasta 1845 no se realizaron cátedras especializadas. A partir de la ley Moyano en 1857 se creó la Facultad de Ciencias, con distintas secciones para distintas ciencias -hasta entonces las ciencias se estudiaban en las facultades de ingeniería y de filosofía-. También en ese año se funda para las ciencias fisicomatemáticas la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, que supuso un impulso que fue muy notable, a pesar de sus inicios difíciles, lo que se muestra en las figuras españolas importantes de esos años. José de Echegaray fue uno de los matemáticos más destacados del XIX, y su labor de enseñanza y de importación de conocimiento fue muy importante. Otras figuras como la de Carlos Ibáñez de Ibero y sus aportaciones a la geodesia, que le dieron renombre internacional, permite hablar de una plena recuperación científica. La química, que había contado con buen nivel desde el siglo anterior, no había decaído demasiado, gracias a la relación de la química con la farmacia, la minería, la metalurgia y la industria.

José Ramón Fenández de Luanco

José Ramón Fenández de Luanco

Quizá podría destacarse al asturiano José Ramón Fernández de Luanco, catedrático de química, que realizó la importante labor de introducir en la enseñanza la teoría unitaria, la teoría atómica molecular y la noción de valencia. Y a Gabriel de la Puerta Ródenas, que publicó el mejor tratado de química inorgánica de estos años. Entre las ciencias geológicas podemos destacar a Casiano de Padro y Valle, que además de mejorar las producciones de las minas de Almadén y de Riotinto, inició los estudios geológicos “puros”. También descubrió, en colaboración con Lartet y Verneuil, nacimientos prehistóricos como el de San Isidoro, y fue importante su producción geológica y paleontológica. Casiano de Prado también hizo una importante labor, sobre todo por desarrollar un grupo de geólogos y paleontólogos que trabajaron a partir de mediados de siglo, y también por la creación de la Comisión del Mapa Geológico de España en 1849, origen del posterior Instituto Geológico. Éste publicó destacados trabajos en su Boletín y en sus Memorias. Entre las figuras más destacadas del Instituto hay que señalar a Lucas Mallada. Todo esto dio un nivel altísimo a la geología española. En cristalografía destaca José Rodríguez González, que fue el discípulo más destacado de Werner en Gotinga y de Haüy, el creador de la cristalografía. Rodríguez González fue el primer cristalógrafo español, y su colección cristalográfica de más de mil modelos que Haüy le había regalado, dio un gran impulso a esta disciplina científica, como la creación de cátedras a ella dedicadas.

La Restauración tuvo muchos problemas y es criticable en muchos sentidos, pero no se puede negar que dio una estabilidad, dentro del alboroto del XIX español, necesaria para el país. Todo el resurgir científico previo que toma su auge durante la Restauración es lo que se conoce como la «generación de sabios», es decir, los científicos nacidos en los años centrales del siglo XIX. Esta generación, junto con la reorganización de la actividad científica, la investigación y la enseñanza que hemos comentado, continuó la labor científica y tuvo posteriormente importantes frutos en la fundación de instituciones como la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas en 1907 y el Instituto de Estudios Catalanes en 1911. En las primeras dos décadas del siglo XX se abrieron numerosos observatorios astronómicos, meteorológicos y geofísicos. Esta continuidad muestra cómo la ciencia es parte normal y general de la actividad intelectual del país. Además de que la investigación ya toma impulso propio como en el siglo XVIII y no es tan dependiente de lo que nos viene de Europa, como justo después de la Guerra de Independencia. Ejemplo fácil lo tenemos en Ramón y Cajal, gran figura en la investigación biológica del siglo XIX y XX a nivel mundial, creó una importante escuela histológica centrada en el estudio de la estructura microscópica del sistema nervioso. En las matemáticas el XIX, sobre todo los últimos años, no fue un siglo malo, más bien al contrario.

José Echegaray

José Echegaray

Además de la figura de Echegaray destacan otras como Julio Rey Pastor, discípulo de Eduardo Torroja y Caballé, del que ahora diremos algo, que realizó también una importante labor didáctica e histórica de las matemáticas españolas. De sus trabajos divulgativos y didácticos destacan su Análisis Matemático y su Introducción a la matemática superior. En investigación tenemos obras como Fundamentos de la Geometría proyectiva superior, que llevó a la generalización de varios conceptos de la geometría proyectiva, también Eduardo Torroja Caballé, que consiguió avances en el campo de la geometría sintética, o Leonardo Torres Quevedo, que es considerado uno de los iniciadores de la electrónica y la cibernética por la invención sus máquinas algebraicas de calcular, así como su afamado “jugador de ajedrez”, y su “telekino”, que le permitió gobernar una embarcación a distancia. También es de destacar su dirigible Astra-Torres, y transbordador “Niagara Spanish Aerocar”, instalado en las cataratas.

Zoel García de Galdeano fundó en 1891 la primera revista de matemáticas española, El Progreso Matemático. Introdujo la teoría de funciones de variable compleja de Cauchy y de los grupos de sustituciones, las geometrías no euclidianas. Fue, junto con Ventura Reyes Prósper, de los primeros en investigar en lógica matemática. La labor pedagógica y de divulgación de Galdeano fue enorme, publicando más de cien libros y artículos, que tienen un alto nivel en lo referente al análisis infinitesimal. El mejor matemático de esta generación de sabios podemos situarlo en Eduardo Torroja y Caballé, que introdujo y creó escuela bastante importante de geometría sintética. Destacan publicaciones suyas como su Tratado de Geometría de la posición de 1899, su importante trabajo Curvatura de las líneas en sus puntos del infinito de 1894, con el que generaliza la noción de curvatura, una de sus contribuciones más interesantes. También podemos mentar la Teoría geométrica de las líneas alabeadas y superficies desarrolladas en 1904, o su obra expositiva sobre geometría sintética Reseña de los medios empleados por la Geometría pura actual.

Como se puede apreciar, son muchas las figuras que destacan en estos años en las distintas ciencias. En astronomía la referencia al barcelonés José Comas y Solá es indiscutible, ya que fue uno de los más renombrados e importantes astrónomos de todo el siglo XIX en Europa. Realizó numerosas observaciones astronómicas en Marte, así como de las superficies de Júpiter y Saturno.

José Comas y Solá

José Comas y Solá

Además, descubrió once planetas pequeños, doce cometas y una de las estrella variables del tipo de las Cefeidas. También hizo trabajos importantes en física del globo y en óptica física. Para la física experimental y teórica, que adquirió en estas décadas finales del siglo XIX un nivel altísimo, podemos señalar a Blas Cabrera, cuyos trabajos en electromagnetismo fueron ampliamente traducidos y difundidos, a Esteban Terradas, del que puede decirse lo mismo que sobre Cabrera en sus estudios sobre mecánica y las radiaciones, además de ser de los primeros en Europa en seguir las teorías cuánticas de Planck y la relatividad de Einstein, y a José María Plans, no menos importante que los dos anteriores en el campo de la termodinámica y la mecánica, así como de la astronomía teórica. En el análisis químico destacamos a Eugenio Piñerúa Álvarez y a José Casares Gil. En la química inorgánica Piñerúa Álvarez publicó en las principales revistas europeas. Descubrió una serie de reactivos nuevos, de los cuales una docena pasó a ser parte de los índices y de trabajo internacional. Enrique Moles Ormella fue otro destacado químico inorgánico, fue uno de nuestros científicos, pues hubo varios, en dirigir instituciones científicas extranjeras y en publicar en varias lenguas. Su trabajo se centra en la química física, concretamente en estequiometría y magnetoquímica. Uno de sus trabajos más importantes fue el relativo a la concordancia de los métodos fisicoquímicos y químicos en la determinación del peso atómico de los halógenos, o también su medida del volumen molecular normal de los gases, de gran importancia en química. En bioquímica hay que citar a Laureano Calderón Arana. Fue director de la Facultad de Ciencias de Estrasburgo, además de participar en la comisión internacional que reformó la nomenclatura de química orgánica. Sus publicaciones en varios idiomas son numerosas.

José Rodríguez Carracido

José Rodríguez Carracido

Tuvo como discípulo a José Rodríguez Carracido, autor del Tratado de química biológica y otro de química orgánica, ambos varias veces reeditados. En biofísica, y también en química orgánica, es de destacar Antonio de Gregorio Rocasolano, fundador del Laboratorio de Investigaciones Bioquímicas de Zaragoza, cuyos resultados fueron recogidos en los tres volúmenes de sus Trabajos. Adquirió fama internacional, sobre todo debido a sus descubrimientos en la biofísica de los coloides, sobre los que publicó ya en el siglo XX Elements de chimie physique colloidale, en París en 1921, y Los coloides en biología en Valencia también en 1921. En botánica Blas Lázaro e Ibiza incorporó técnicas y teorías como el evolucionismo. Eduardo de los Reyes Prósper hizo aportaciones en fisiología y bioquímica vegetal. También es importante el grupo de botánicos formado por Salustio Alvarado, Apolinar Federico Gredilla y Joaquín María de Castellarnau, que hizo destacables aportaciones en citología y en histología de la botánica. María de Castellarnau además fue una autoridad mundial en paleontología vegetal.

En biología animal hay que mencionar a Ignacio Bolivar, importante entomólogo. Ángel Cabrera Latorre destaca por sus estudios acerca de los mamíferos. Odón de Buen y del Cos, fue iniciador a nivel mundial, con el antecedente de Augusto González Linares, de la biología marina. Muy relacionado con la zoología, en antropología física destacan Manuel Antón Ferrandis y Telesforo de Aranzadi. Dedicaron sus estudios al “hombre español”. Respecto a los dedicados a la anatomía humana mencionaremos a Federico Olóriz Aguilera, importante investigador sobre el índice cefálico y de la talla en España. Tuvo una de las más importantes colecciones de cráneos en toda Europa para estudios antropológicos, la cual le permitió conseguir contribuciones fundamentales en el desarrollo de técnicas de identificación. En geología, que como antes hemos dicho era de las ciencias con mejor desarrollo desde inicios de siglo, nombraremos a José Macpherson, Francisco de Quiroga, Eduardo Hernández Pacheco y varios más. José Macpherson fue el mejor de todos ellos. Introdujo el uso del microscopio en la geología, junto con Francisco Quiroga, muy importante en cuanto a cristalografía, petrografía y en paleontología. Otro geólogo importante es Salvador Calderón Arana, hermano del bioquímico Laureano Calderón, y muy importante por sus estudios paleontológicos. Hernández Pacheco fue el más importante geólogo español después de Macpherson, pero no de menor valía era Lucas Fernández Navarro, que destaca en sus trabajos sobre mineralogía y sus estudios microscópicos cristalográficos.

La anatomía, en lo que respecta a la anatomía humana, con los trabajos en antropología física tuvo un importante revulsivo, además de la tradición propia anterior. Fue decisivo en todas estas disciplinas el impacto de las ideas evolucionistas. Uno de los que más fruto sacaron a estas nuevas ideas fue Pergrín Casanova Ciurana, discípulo de Haeckel. No tiene ninguna aportación demasiado original, pero sí fue importante su impulso al evolucionismo y las ideas de su maestro. Pero en España el campo que más se desarrolló en este tipo de ciencias, como hemos anotado ya antes, fue la histología. Luis Simarro Lacabra además de introducir la psicología experimental en España y la anatomía patológica del sistema nervioso, se le debe el mérito de ser el primero en conseguir teñir las neurofibrillas con las sales de plata. Estos esfuerzos fueron recogidos por sus importantes discípulos Santiago Ramón y Cajal y Nicolás Achúcarro.

Santiago Ramón y Cajal

Santiago Ramón y Cajal

Cajal desarrolló importantes técnicas de estudio y aportó datos y aportaciones teóricas novedosas. Es de destacar su descripción del funcionamiento histológico normal y patológico del sistema nervioso, y su teoría sobre el funcionamiento neuronal, con una importante base experimental. Podríamos destacar su Textura del sistema nervioso del hombre y de los vertebrados (publicado en tres copiosos volúmenes, y más de 900 grabados originales, entre 1987 y 1904). Una obra ésta de importante impacto internacional, que tuvo traducciones y reediciones, en las que se añadían nuevos datos importantes, en varias lenguas y fue requerido fuera de España prácticamente desde su publicación. En esta obra Cajal sistematiza sus teorías y datos acerca del sistema nervioso en vertebrados, con una descripción minuciosa hasta el más mínimo detalle. Nicolás Achúcarro, discípulo después de Simarro en Madrid, de Pierre Marie, de Alzheimer y otros grandes del siglo, es importante por sus estudios sobre la glioarquitectura de la corteza cerebral, así como sus investigaciones que confirmaron la doctrina neuronal, investigaciones realizadas con el método tintorial. No son de menor talla sus investigaciones en anatomía patológica del sistema nervioso. Otro ilustre fue Pío del Río-Hortega. Realizó estudios sobre la neurología, continuando los de Achúcarro, y además descubrió la microglía (un tipo de células que forman parte de las células neurogliales del tejido nervioso, con núcleos alargados y unas prolongaciones cortas e irregulares y que tienen capacidad fagocitaria) y la oligodendroglía (células nerviosas de un tamaño entre astrocitos o macroglía y células de la microglía). Podríamos destacar algunos nombres más de la ilustre escuela de histología, pero con esto basta.

En inmunología y fisiología experimental destacan José Gómez Ocaña, Ramón Turró o a Augusto Pi Suñer y Jesús M. Bellido Golferichs. Gómez Ocaña hizo descubrimientos acerca de la fisiología del tiroides y del sistema nervioso. También redactó dos extensas exposiciones sobre las funciones cerebrales y circulatorias, y textos pedagógico-divulgativos como Fisiología humana, teórica y experimental, que contó con varias reediciones desde 1896. Ramón Turró y Darder destaca como bacteriólogo, aunque también tiene importantes trabajos en fisiología experimental, como el publicado en París en 1883 con el título La circulation du sang. Fueron fundamentales sus estudios sobre la digestión de las bacterias, los mecanismos fisiológicos de la inmunidad natural y adquirida, y también sobre la anafilaxia. Fue importante además su impulso en el desarrollo de la escuela barcelonesa de fisiología, que dio figuras de la talla de Augusto Pi Suñer, que realizó importantes trabajos sobre la correlación funcional y la sensibilidad química, y Jesús M. Bellido Golferichs, que trabajó en las inervaciones renales y pulmonares, así como en la acción de la insulina. Otro importante bacteriólogo fue Jaime Ferrán y Clúa. Ferrán y Clúa consiguió desarrollar en 1885 la primera vacuna anticolérica con gérmenes vivos, lo que supuso un gran alivio para toda la sociedad europea y mundial debido a la epidemia del cólera del siglo XIX. También realizó los primeros ensayos de inmunización con el bacilo diftérico y también el método supraintensivo contra la rabia. Además de sus estudios sobre la tuberculosis, el tétanos y la peste.

Esta eclosión de figuras y de ciencias muestra la plena incorporación de España al más alto nivel científico —aunque en muchas ocasiones fuese por el esfuerzo de reducidos grupos de científicos— y cómo las ciencias fueron tomando desde la segunda mitad del siglo XIX cada vez más y más relieve social en toda Europa y el mundo industrializado. Es tanto así que incluso la teología tuvo que retroceder, como hace hoy, y su actitud cambió a un concordismo. E incluso en muchas ocasiones se recurriría a la ciencia para tratar de demostrar la verdad de las Escrituras. Es por esto que se desarrollaron en España a lo largo del siglo, como en el resto de Europa, corrientes como el positivismo, el evolucionismo, el experimentalismo, el materialismo, el progresismo liberal y el socialismo utópico o el marxista. Sin embargo, todo este bullir científico tubo un cierta disminución con la Guerra Civil, y muchos científicos se exiliaron, aunque esta vez mayoritariamente a Sudamérica. Tras la guerra y la larga posguerra -debemos tener en cuenta la influencia y la importancia de la Segunda Guerra Mundial- el país necesitó de una reestructuración política, territorial y económica para recuperar el nivel científico existente hasta 1936. Es así que, frente a lo que normalmente se suele decir -ese tiempo de silencia que se dice absurdamente- la ciencia en España recibió desde el inicio del régimen franquista un buen y temprano impulso, pues el 24 de noviembre de 1939 se creó la institución científica más importante actualmente del país, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Aunque sus inicios fueron un tanto difíciles. Ramas importantes del CSIC como el Instituto de Bibliografía Nicolás Antonio, que se abrió el 15 de junio de 1942, o el Instituto de Edafología y Fisiología Botánica, que se abrió en 11 de mayo de 1942. Es así que el periodo inmediatamente posterior a la guerra fue un momento esencial para la producción científica en España, que tuvo en el CSIC su principal institución, aunque no sólo, hubo otros tantos institutos científicos y de ingeniería de mucha importancia. La producción del CSIC, que nunca contó con grandes grupos de trabajo, aunque estos sí eran muy variados y numerosos, fue relativamente buena desde 1940 a 1955. En estos años también regresaron muchos de los científicos que se habían exiliado durante la guerra -cosa que no habrían podido hacer si España fuese un erial, como se dice a menudo, en esos años-. Una vez pasada la mitad de siglo y alcanzados los años 60, España sale definitivamente del relativo aislamiento diplomático y también experimenta un importante auge económico que llevó, como en otros aspectos, a un mayor auge en la producción científica. Ésta se centrará sobre todo, como antes, en las instituciones a cargo del Estado (el 90%. Sólo un 10% se realizaba por iniciativa privada), incluida la Universidad.


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Mariano José de Larra

Hoy quiero compartir con vosotros una de las figuras más importantes de la historia intelectual de este nuestro país, España, que tantos disgustos nos ha dado y nos sigue dando desde tiempos inmemoriales: Mariano José de Larra. No es mi intención hacer aquí, en este poco espacio, un homenaje a su figura (se antoja demasiado poco espacio y uno que merezca la pena redactar necesita de un trabajo muy concienzudo y elaborado), pero si me gustaría compartir con vosotros algunas de sus frases que resumen su ideario y su idiosincrasia cultural e intelectual que, por cierto, es perfectamente extrapolable a la época en la que, por suerte o por desgracia, nos ha tocado vivir.

Imagen extraída de Wikipedia. Esta obra está bajo dominio público después de haber expirado sus derechos.

Este poeta, escritor y periodista de principios del siglo XIX, es principalmente conocido por ser uno de los mayores, sino el mayor de los representantes de la corriente intelectual y artística europea, conocida como Romanticismo, en España en los ámbitos periodístico y literario. Interiorizó hasta tal punto la angustia vital de este movimiento, chocando contra lo que él consideraba la decadencia de la cultura española desde el siglo de Oro hasta su momento, reivindicando lo que los grandes escritores e intelectuales de este país han demandado desde el siglo XVII: el pensamiento crítico, la educación, la formación intelectual y la necesidad de una sensibilidad artística y de un modo de vida acorde con los tiempos que se vivían y no con unas épocas ya pasadas y caducas criticando entre otras cosas el control sobre el pensamiento que sectores, como la Iglesia, aún tenían sobre la sociedad española. Por ello, entre otros motivos, se quitó la vida en 1837 de un disparo, al más puro estilo romántico. Espero que os guste.

<< Cumpla cada español con sus deberes de buen patricio y, en vez de alimentar nuestra inacción con la expresión de desaliento “¡Cosas de España!”, contribuya cada cual a las mejores posibles>>.

<< Amo demasiado a mi patria para ver con indiferencia el estado de atraso en que se halla>>.

<< España que Dios guarde, de sí misma sobre todo >>.

<< Aquí yace media España. Murió de la otra media >>.

<< Ha hecho usted bien en irse a la luna, porque aquí, amigo, nadie se convence, y eso que media España anda todo el día ocupada en convencer a la otra media >>.

<< La libertad no se da, se toma >>.

<< Un pueblo no es verdaderamente libre mientras la libertad no está arraigada en sus costumbres e identificada con ellas >>.

<< Escribir en Madrid es llorar. Es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta >>.

<< El pueblo no es el Gobierno; es más fuerte que él, cuando éste no comprende y satisface sus necesidades >>.

<< La sociedad es un cambio mutuo de perjuicios recíprocos. Y el gran lazo que la sostiene es, por una incomprensible contradicción, aquello mismo que parecería destinado a disolverla; es decir, el egoísmo >>.

<< Mi vida está destinada a decir lo que otros no quieren oír >>.

Bibliografía

– Miranda de Larra, Jesús: Biografía de un hombre desesperado. Larra. Santillana Ediciones Generales, S.L. 2009. ISBN: 978 – 84 – 03 – 09993 – 7.


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Historia de la Ciencia Española (III)

La ciencia en España en el siglo XVII

Aunque durante muchos siglos España había sido referencia a la hora de hablar de asuntos científicos, durante la llamada Revolución Científica del siglo XVII su presencia disminuye considerablemente en comparación con el siglo XVI (siendo éste el origen que se suele tomar para hablar de la decadencia científica y de los ataques relativos a la pobreza, cuando no absoluta nulidad, de la ciencia en España), aunque en absoluto, excepto por mala fe, se puede hablar de una ausencia total, sobre todo por la producción a en el primer tercio y último del siglo. Se pueden distinguir, con José María López Piñero, tres periodos de la ciencia en España del siglo XVII. El primero correspondería al primer tercio del siglo. Durante estos años la ciencia producida en el país fue básicamente una continuidad y profundización de la desarrollada en el siglo anterior —por otra parte, esto fue algo común con lo que ocurría en el resto de Europa, por lo que la acusación, falsa, del atraso científico de España, pierde peso—. La producción científica durante este periodo es bastante importante y abundante aún. En las ciencias relacionadas con la navegación, la minería y metalurgia, la ingeniería militar y la medicina seguíamos siendo referencia en Europa. Podemos señalar por ejemplo la importancia de Rodrigo de Zamorano en las ciencias náuticas, que se deja sentir mucho a inicios de siglo.

Compendio del arte de navegar. Rodrigo Zamorano

Compendio del arte de navegar. Rodrigo Zamorano

También serían importantes los trabajos de óptica fisiológica de Benito Daza Valdés, publicados en 1623. O las investigaciones de naturalistas como Bernabé Cobo y Bernardo de Cienfuegos. En el segundo periodo, que correspondería más o menos a los cuarenta años centrales de la centuria, ya se aprecia junto a la disminución de la producción científica, una clara introducción de las nuevas tendencias, el conflicto entre la nueva ciencia y la ciencia anterior se empieza a hacer latente, aunque estas nuevas ideas no siempre son aceptadas —como en el resto del continente—, y otras veces son consideradas sólo como rectificaciones de las doctrinas científicas anteriores. Sin embargo, sea para oponerse o a favor —sendas cosas ayudaron a la difusión—, las nuevas formas de hacer ciencia empiezan a extenderse y los científicos españoles empiezan a posicionarse y a enfrentarse y estudiarlas. Caso extraordinario es la increíble influencia, que se extiende hasta el siglo XVIII, de la obra minerometalúrgica ya citada en la anterior entrada de Álvaro Alonso Barba en 1640, Arte de los metales. El tercer periodo, los últimos veinte años del siglo, son años en que la producción científica aumenta de nuevo y se produce una ruptura más contundente y más general con las doctrinas anteriores; los movimientos renovadores se extienden y dan sus frutos por todas las disciplinas. Por tanto, podemos decir que el ritmo de introducción de la nueva ciencia en España corre paralelo al ritmo del resto de Europa. Otra cosa distinta es que, por causas distintas a la supuesta incapacidad de la nación —crisis económicas muy fuertes, conflictos políticos internos y externos, etc.— la producción científica no haya sido tan alta como en el siglo anterior.

Hay muchos casos durante esta centuria de científicos españoles en posturas intermedias entre la defensa y el rechazo de la nueva ciencia. Como el de Gaspar Bravo de Sobremonte, médico de cámara de Felipe IV y de Carlos II, que escribió un importante monográfico sobre la circulación de la sangre, en 1662, en el que defiende a Harvey y la circulación de la linfa, cuando casi nadie en Europa lo hacía. También demuestra conocer los estudios de Aselli, Pecquet, Highmoor, Van Helmont y demás científicos europeos del siglo -como se puede observar, el mito del aislamiento no es más que eso, un mito oscurantista-. Rebate con datos anatómicos y fisiológicos las objeciones a la teoría circulatoria que habían realizado el escocés James Primerose y el italiano Emilio Parisano. Incluso da datos como que Galeno y otros médicos y anatomistas antiguos no pudieron conocer los vasos quilíferos porque realizaban las disecciones con animales muertos, y estos vasos sólo aparecen tras seis horas después de haber comido en animales vivos. Sin embargo, tras rectificar estos errores cometidos por Galeno, defiende que su teoría explica el pulso, o rechaza la iatroquímica y acepta los fármacos químicos.

En física algunos abandonaron, más definitivamente a partir de 1670, el escolasticismo rígido al que muchos habían vuelto a pesar de las críticas al mismo hechas en España. El jesuita Sebastián Izquierdo, influenciado Bacon, con su obra Pharus scientiarum (1659) influye notablemente en Europa, influencia que se deja sentir en científicos y filósofos como A. Kircher o Leibniz. Izquierdo defiende que la experiencia y la observación son la base de la ciencia, y concibe a la física como una ciencia independiente. Propone además alcanzar una especie de ciencia universal, una «scientia de scientia», que puede considerarse como precursora de la combinatoria de Leibniz. Si bien, hay que señalar que aunque muchos científicos aceptaban muchas de las nuevas ideas e incluso las defendía, no se atrevían a sacar todas las consecuencias de las mismas. Los que sí se atrevieron fueron los llamados, despectivamente por los tradicionalistas, novatores. Poco a poco desde mediados de siglo el experimentalismo se fue introduciendo y haciendo indispensable, incluso en aquellos que rechazaban la nueva ciencia al pretender rechazarla con investigaciones propias, obligados entonces a jugar en el mismo campo. Luis Rodríguez de Pedrosa, por ejemplo, trata temas de física en general, y de minerales, meteorología, etc., y niega la materia prima aristotélica y el hilemorfismo, en su obra de 1666 Selectarum philosophiae et medicinae difficultatum, en la que se aprecian influencias cartesianas, así como de Copérnico, de Gilbert y de Tycho Brahe -de nuevo el mito del aislamiento se derrumba-.

La renovación e impulso científico introducido por los novatores tiene distintas características dependiendo de las disciplinas a las que nos refiramos. Dicha renovación fue más fácil introducirla, como en el resto del continente, en las ciencias naturales, las ciencias matemáticas, astronómicas, físicas y sus diversas aplicaciones, que en el campo de las ciencias biológicas, iatroquímicas, médicas y las que llamaríamos humanas. Precisamente porque estas últimas tocan más de cerca Ideas teológicas (Hombre, Alma, etc.), y, por tanto, suponían un mayor compromiso religioso y social. Juan de Cabriada, considerado como el cabecilla del movimiento novator en medicina y ciencias biológicas, por ejemplo, fue continuamente atacado e insultado. Aunque no está claro cómo fue el suceso, la tensión sería tan fuerte que a inicios del siglo XVIII algunos médicos como Diego Mateo Zapata o Juan Muñoz de Peralta, el primer presidente de la Regia Sociedad de Medicina y otras Ciencias de Sevilla, parece que fueron encarcelados, aunque sin muchas consecuencias, por la Inquisición. Si bien, la persecución de estos médicos se debió más bien a la acusación de judaizar, ya que eran antiguos conversos, y no a sus ideas científicas. El primer libro, con influencia en Europa, que muestra claramente una ruptura total, según José María López Piñero, fue el Discurso político y physico de Juan Bautista Juanini en 1679, dedicado a Juan José de Austria. En el libro trata de la fermentación aplicado a un problema de higiene pública por las exhalaciones de los excrementos y cadáveres de los animales en Madrid. Además de la novedad del uso de ideas científicas para la resolución de un problema médico-social, las ideas químicas expuestas en el libro son del más alto nivel. Es de hecho de los primeros en Europa en incorporar la doctrina del espíritu nitro-aéreo de Mayow, que será antesala del descubrimiento del oxígeno y la función de éste en los procesos orgánicos. La obra fue traducida al francés en 1685 y reeditada en español en 1689. En 1691, en otra obra dedicada al sistema nervioso, también expuso cómo había hecho una autopsia al príncipe Juan José de Austria para determinar la causa de su muerte. Podríamos también destacar al médico barcelonés Juan de Alós, que aunque ideológicamente destaca más su tradicionalismo, en sus teorías y remedios es plenamente moderno, pues es defensor de la experimentación y aporta importantes datos y argumentos sobre la doctrina de la circulación de la sangre, e incluso es de los primeros en introducir la inyección endovenosa, la transfusión sanguínea y la anatomía patológica cardiovascular. Con estas características también cuentan todos los seguidores de la física ecléctica que se apoyaba en el atomismo postcartesiano.

Vemos por tanto cómo, a diferencia de las otras ciencias que ya venían introduciendo cambios, a partir de la década de los setenta fue cuando el movimiento renovador en medicina y en química pudo ya tomar mayor auge. La fecha de 1687 es significativa en este proceso de renovación debido a que en ese año cristalizan los movimientos renovadores, que desde mediados de siglo reclamaban su lugar en la ciencia en España. En ese año el movimiento novator de Zaragoza se dio a conocer con su mayor fuerza. Este grupo de Zaragoza contaba con importantes pensadores económicos, encabezados por Dormer, y también consiguió que el catedrático de Anatomía Francisco San Juan y Campos introdujese la doctrina de la circulación de la sangre en la enseñanza universitaria, lo que conllevó alabanzas de distintos científicos extranjeros como el italiano Bottoni; este año también Crisóstomo Martínez, que era microscopista, anatomista y grabador, se trasladó a París, enviado por la Universidad de Valencia y subvencionado por Carlos II para realizar un atlas anatómico. Realizará unas importantes láminas anatómicas microscópicas, sobre todo las relativas a la estructura de los huesos y su vasculación. Incluso llegó a descubrir los «vasos adiposos». Pero su muerte por enfermedad le impidió publicar el atlas anatómico completo, y sus estudios no tuvieron el reconocimiento buscado. Lo más importante de su trabajo, en Valencia y en París, es que dio impulso a una disciplina que era muy minoritaria en esos momentos, la investigación microscópica. Además en ese año se publicó el llamado manifiesto de renovación científica Carta filosófica, médico-chymica de Juan de Cabriada, en la que a causa de una disputa por una consulta clínica con unos galenistas, se defiende la experimentación científica y como verdadera, no sólo como rectificación, la nueva ciencia. Esto recrudeció la polémica entre novatores y antiguos.

Carta filosófica, médico-chymica de Juan de Cabriada

Carta filosófica, médico-chymica de Juan de Cabriada

La renovación en las ciencias fisicomatemáticas no fue tan acusada como en las médicas y en química en este último tercio del siglo, pero ello también porque ya estaban en gran medida bastante más avanzadas que las anteriores, además de que en este punto las trabas no eran tan grandes, ya que no afectaban a temas directamente relacionados con el hombre o la teología. El punto de discusión aquí era el heliocentrismo, que había sido prohibido por la Inquisición Romana, aunque en España no se había eliminado, pero tan sólo podía ser presentada como hipótesis, y una defensa fuerte de la teoría podía acarrear críticas. El otro objeto de ataque fue la física aristotélica, cosa que ya era común en astrónomos y físicos españoles desde siglos atrás. Las figuras que más tempranamente destacan son Juan Caramuel y José Zaragoza. Juan Caramuel, de una fecundidad y amplitud de miras admirable, aunque a veces defendió posturas extravagantes y poco fundamentadas, destaca en sus mejores trabajos como físico y matemático, seguidor de Descartes en muchas cosas. Su física se caracteriza por la experimentación y por la ruptura con los principios clásicos, como muestra en sus experimentos sobre la caída de los grabes y otros fenómenos físicos. Como astrónomo lo que más destaca es su fundamentación de la astronomía en la mecánica celeste, y su consideración por tanto de esta ciencia como puramente física —al margen de la metafísica. Si bien su mayor contribución se encuentra en el campo de las matemáticas, sobre todo en el campo de los logaritmos. Garma subraya su estudio de los sistemas de numeración, su buena exposición de la teoría del número entero en forma analítica, sus estudios sobre combinatoria y el planteamiento y resolución de problemas de cálculo de probabilidades. Además de eso fue el primer español en publicar tablas de algoritmos, y desarrolló lo que llamó algoritmos perfectos, uno de los primeros pasos en el cálculo de los cologaritmos (el padre Zaragoza demostraría después que los algoritmos perfectos de Caramuel eran equivalentes a los algoritmos de Briggs, ambos métodos eran equivalentes). Vicente Mut destaca como astrónomo práctico, de los mejores en España de todo el siglo XVII, sus trabajos fueron recogidos después por Giovanni Battista Riccioli en el conocido Almagestum novum de 1651. Hizo importantes estudios sobre las Pléyades y midió sus distancias. También publicó un estudio sobre el paralaje del Sol, su diámetro y la anchura de la sombra terrestre, además de un estudio sobre los movimientos celestes. Es importante también su observación de un cometa en 1664, la cual le llevó a proponer una trayectoria parabólica, en vez de rectilínea, del astro. Esto le valió renombre internacional y ser considerado como un predecesor de Newton.

José de Zaragoza Villanueva también hizo alguna contribución matemática modesta, pero sus trabajos más importantes se centran en sus trabajos astronómicos, en las observaciones, desde el heliocentrismo, de los cometas en 1664 y 1667. Los trabajos relativos a las observaciones de 1664 serían enviados a la Academia de las Ciencias de París y publicados y traducidos al francés en 1783. Destaca también su gran trabajo de 1675, el tratado Esphera en común celeste y terráquea, de 1675, sobre los sistemas planetarios, en el que defiende el heliocentrismo, la corruptibilidad de los astros, la finitud del espacio, niega el alma de los cielos y los orbes celestes cristalinos o sólidos. También es muy importante su observación del cometa de 1677, la primera en el mundo, cuyas noticias fueron publicadas en el Journal des Savants y en las memorias de la Academia de las Ciencias parisina. No podemos dejar de citar al célebre Antonio Hugo de Omerique, miembro del movimiento novator de Cádiz, que fue el mejor matemático español del siglo XVII.

Análisis Geométrico de Antonio Hugo de Homerique

Análisis Geométrico de Antonio Hugo de Homerique

Con la publicación de su Analisys geométrica en 1698 revalorizó el análisis geométrico clásico y muchos matemáticos alemanes y británicos le siguieron, se valió de los elogios de Chasles, además de que Newton utilizó y alabó sus descubrimientos en geometría. Con este trabajo superó muchos aspectos de las matemáticas de autores como Descartes, Vieta y otros muchos. En Nueva España destaca Carlos Sigüenza Góngora, catedrático de matemáticas en la Universidad de México pero que realizó sus mayores contribuciones en el campo de la astronomía, corrigió muchas observaciones astronómicas erróneas y se dedicó a criticar la idea según las cual los cometas eran signos astrológicos de desgracia. Respecto a la navegación destaca la Fundación en 1681 del Colegio de San Telmo de Sevilla para la formación de pilotos con formación científica, la publicación de Norte de Navegación en 1692 de Antonio de Gaztañeta, que introdujo novedades en la navegación como el uso sistemático de la proyección de Mercator. Aún más importante fue la obra de Francisco Seijas Lobera en 1688, que publica Teatro naval hidrográfico, donde expone los flujos y corrientes marinas, así como de los vientos y de las variaciones de las agujas de marear. Todo esto demuestra a la perfección, frente a lo que comúnmente se cree, que en España la ciencia en el siglo XVII no estuvo ausente ni mucho menos, y que se siguió produciendo ciencia de gran importancia, aunque no en tanta cantidad como en el siglo anterior. Sin duda la renovación científica en España fue a la par que el resto de Europa, pues ya a mitad de siglo estaban incorporadas muchas de las nuevas ideas, a las que se contribuyó a afianzar, aunque sólo en el último tercio se incorporan plenamente a todos los campos las características, métodos, conceptos e ideas de la nueva ciencia.