El baúl de Pandora

Reservado para los que deseen abrir su mente


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La Armada y la Ilustración: La Armada Española del XVIII Como Plataforma de Desarrollo Científico Ilustrado

Un buen ensayo acerca de la estrecha relación entre los planes y programas del Imperio español y las tareas científicas que llevaba a cabo.


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Historia de la Ciencia Española (V)

La ciencia en España de los siglo XIX y principios del XX

El siglo XIX y XX son, al igual que en el resto del continente, los siglos más importantes en tanto en cuanto a producción científica se refiere. Aunque, curiosa y contradictoriamente, es la época en la que más científicos e intelectuales se quejan de la dejadez científica del siglo -cosa que ya se venía viendo en siglos anteriores-. Sin duda, la gran cantidad de científicos de primera talla que se quejan de la dejadez de la ciencia española lleva ya a pensar que no fue así en absoluto. Las figuras científicas de primera talla se multiplican en todas las ciencias, y aunque como se verá vamos a citar muchas, nos hemos restringido a una muestra de las que consideramos más importantes.

Ciertamente, el esplendor científico del siglo XVIII en España quedó muy mermado a inicios del siglo XIX con la Guerra de Independencia, notándose sus secuelas hasta aproximadamente 1833. La producción científica, evidentemente, no se redujo a cero, puesto que la guerra también involucró ciertos nuevos aportes científicos, y además trajo muchos conocimientos de la ciencia producida en Francia en esos años, pero los soldados franceses, enarbolando su racionalismo y modernidad, destruyeron muchos institutos y laboratorios científicos. Jardines, academias, laboratorios, gabinetes, etc., fueron dañados o desusados, muchos grupos científicos desaparecieron. También muchos fueron repudiados o ignorados (por afrancesados) por muchos españoles. También es importante señalar que a partir de la segunda y tercera década del siglo, con la pérdida de la España americana o la América española (que no de las colonias, las indias no fueron colonias), el rango geopolítico de España empieza a declinar, además de la importante depresión económica consecuente de la guerra (aunque la recuperación fue rápida), y los profundos cambios habidos en las estructuras políticas, así como las largas luchas políticas e ideológicas que se producirían desde entonces hasta la Restauración. Todo ello impidió que hasta la década de 1830 no se realizase todo lo satisfactoriamente que se habría querido la recuperación del nivel científico de finales del XVIII y primera década del XIX. Sí que realizaron buenas contribuciones en el extranjero los científicos españoles que se exiliaron, como Betancourt, el médico Antonio de Gimbernant o el geólogo Carlos de Gimbernant. Todos los científicos españoles nacidos en la década de 1790 vieron truncadas sus carreras o su formación por la guerra. De ahí que en estos años sólo descollasen los que se formaron fuera o los que vivían en zonas de influencia europea. Aunque los más destacados, como hemos dicho, fueron los que desarrollaron su actividad fuera del país, como Mateo José Buenaventura Orfila, que fue el creador de la moderna toxicología, pero que realizó sus investigaciones en París.

José Celestino Mutis

José Celestino Mutis

En la América española, antes de su independencia, en la que tuvieron papel por desgracia algunos científicos españoles de gran talla como Francisco José de Caldas o José Celestino Mutis, que impulsó la creación de la Sociedad Patriótica de Bogotá, también se consiguieron importantes logros científicos, como ya se ha apuntado. Por ejemplo, Francisco José de Caldas, en 1801, durante una expedición a Ecuador, determinó la variación de la temperatura de la ebullición del agua con respecto a la latitud. Ello le llevó a inventar el hipsómetro, el instrumento para medir la latitud, así como a desarrollar matemáticamente la relación de la latitud con la presión atmosférica. Pero también realizó varias observaciones astronómicas, así como importantes estudios sobre biogeografía relacionados con las quinas y la flora ecuatoriana. Los trabajos de Caldas no pudieron dar más frutos debido a que fue fusilado en 1816 por su participación en la revolución de julio de 1810. Igual pasó con el creador de la Escuela y Laboratorio Químico de Madrid, José Tadeo Lozano, también miembro del grupo de Mutis, junto con el naturalista Salvador Rizo Blanco, que fue fusilado como los otros dos. En Perú destaca como traidor el médico José Hipólito Unanue, ya mencionado. De todos los futuros países que se independizarían, Méjico era con el que mejor desarrollo institucional de la ciencia contaba. Allí trabajaban Juan José de Elhuyar y el médico Francisco Javier Balmis, que trataron de luchar contra la emancipación, pero terminaron regresando a España. Otros sí fueron favorables, como el mineralogista Andrés Manuel del Río, también mencionado, que incluso rechazó ofertas como la dirección del Gabinete de Historia Natural de Madrid y de las minas de Almadén. En general, las naciones que se independizaron, no lograron hasta un tiempo después una institucionalización científica adecuada, aunque hay algunos logros importantes producto de esfuerzos aislados.

En la España peninsular, durante el reinado de Fernando VII la situación respecto a la ciencia mejoró respecto a la situación inmediatamente posterior a la Guerra de Independencia, y es que entre 1808 y 1833 la situación de la ciencia en España fue bastante delicada. Como ejemplo de la mejora podemos poner el regreso de muchos de los científicos exiliados, o la mayor facilidad para importar y publicar libros y revistas científicas. Estos dos hechos son de gran trascendencia, ya que los científicos exiliados trajeron toda la ciencia que no había podido cultivarse en el país durante esos años. Además, las traducciones de libros y revistas aumentaron muchísimo, incluso se desarrolló el periodismo científico. El país pudo ponerse al día científicamente de nuevo en unos pocos años, y estar al tanto de todo lo que estaba ocurriendo, lo que ya permitía una adaptación de esos conocimientos nuevos y la participación de científicos españoles en los mismos. Ya a partir de 1868 el intercambio de conocimientos con el resto de Europa y demás continentes se hizo algo corriente.

Entre los factores externos que hemos comentado, y el trabajo científico que mal o bien se hizo en España, entre 1800 y 1840 fructificaron una serie de importantes descubrimientos y de grandes figuras españolas, como el cartagenero Isaac Peral, inventor del primer submarino torpedero. Las grandes figuras científicas españolas no surgieron de forma espontánea, sino que hay una continuidad entre los científicos españoles nacidos entre 1800 y 1830 y los de la Restauración. Esto es del todo normal, pues, como ocurre en todas las disciplinas, en todas las ciencias había una tradición científica que seguir. Lo que sí es cierto es que en muchas de las figuras o grupos científicos más destacados de este siglo trabajaron al margen de la vida política y social del país, al contrario que en décadas y siglos anteriores. Pero también es de destacar la restauración y creación de nuevo de muchas instituciones científicas, como la Academia de Ciencias de Madrid que se fundó, tras numerosos intentos desde el siglo XVII, en 1834, y fue refundada en 1847 con el nombre de Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, dando nuevas alas a la ciencia en España. Para ciencias como la zoología, la botánica o la geología se creó en 1871 la Sociedad Española de Historia Natural.

Las primeras ciencias en afianzar su posición fueron las relacionadas con la medicina, así como la botánica, la geología, la antropología física, la zoología, o la anatomía. Científicos como Aureliano Maestre de San Juan o Ramón y Cajal hicieron del uso del microscopio algo propio de la ciencia, y crearon centros de enseñanza, laboratorios y clínicas en los que el uso del microscopio dio un buen impulso a las investigaciones histológicas. La anatomía en estos años también tuvo una recuperación importante. Encontramos grades anatomistas como Juan Fourquet, Pedro González Velasco, Rafael Martínez y Molina, y Marcos Viñals. Fourquet realizó el mejor tratado de anatomía de todo el siglo XIX español, el cual tuvo que ser terminado por su discípulo Julián Calleja, dada la magnitud del proyecto. González Velasco fundó un Museo Antropológico, una escuela libre de medicina y la primera Sociedad Antropológica Española en 1865. Estas fueron instituciones importantes para la difusión de la antropología y la histología, pero tras la muerte de González Velasco en 1882 estas instituciones terminaron desapareciendo. Martínez y Molina creó el Instituto Biológico, que tuvo una gran influencia y formó a muchos jóvenes biólogos. Marcos Viñals contribuyó con una original monografía sobre la porción petrosa del temporal, y fue el maestro de Aureliano Maestre de San Juan, el que incorporó en España, junto con el cirujano Federico Rubio, el otorrino Rafael Ariza y el dermatólogo José Eugenio Olavide, el trabajo e investigación morfológica con el microscopio. Legado que después continuaría magníficamente Cajal, junto con otras dos importantes figuras de la histología española como son Río-Hortega y Nicolás Achúcarro.

Como se ha dicho antes, para ciencias como la zoología, la botánica o la geología se creó en 1871 la Sociedad Española de Historia Natural, aportando el dinero los propios fundadores (250 pesetas cada uno para ser exactos). Pero ello no impidió que fuese una de las instituciones científica de mayor importancia en el país. Esta Sociedad se convirtió en un centro de enseñanza, de traducción de obras y, a su vez, a través de sus Anales —publicados entre 1872 y 1901— de aportaciones en sus distintos campos, manteniendo un nivel científico bastante considerable y con predicación extranjera. Los más importantes de la Sociedad era un grupo de zoólogos de los que podríamos destacar a Marcos Jiménez de la Espada y a Francisco Martínez Sáez, que fueron los directores científicos de la expedición al Pacífico entre 1862 y 1865. Destacan con sus trabajos entomólogos Laureano Pérez Arcas, Serafín de Uhagón y Bernardo Zapater. Y en Malacología Patricio María Paz y Membiela y Joaquín González Hidalgo. Otro miembro de la Sociedad fue Ignacio Bolívar Urrutia, que pertenece a la «generación de los sabios». Pero no sólo encontramos zoólogos, sino también geólogos como Vilanova y Piera o anatomistas como Rafael Martínez Molina y Pedro González de Velasco. Como botánico es de destacar Miguel Colmeiro, que fue el mejor botánico español, que no es poco, en estos años. Entre sus muchas labores fueron importantes sus trabajos en botánica descriptiva y sus investigaciones en histología vegetal.

La física, la química, las matemáticas y la fisiología no se afianzarán institucionalmente hasta avanzada la segunda mitad del siglo, entre otras cosas porque hasta 1845 no se realizaron cátedras especializadas. A partir de la ley Moyano en 1857 se creó la Facultad de Ciencias, con distintas secciones para distintas ciencias -hasta entonces las ciencias se estudiaban en las facultades de ingeniería y de filosofía-. También en ese año se funda para las ciencias fisicomatemáticas la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, que supuso un impulso que fue muy notable, a pesar de sus inicios difíciles, lo que se muestra en las figuras españolas importantes de esos años. José de Echegaray fue uno de los matemáticos más destacados del XIX, y su labor de enseñanza y de importación de conocimiento fue muy importante. Otras figuras como la de Carlos Ibáñez de Ibero y sus aportaciones a la geodesia, que le dieron renombre internacional, permite hablar de una plena recuperación científica. La química, que había contado con buen nivel desde el siglo anterior, no había decaído demasiado, gracias a la relación de la química con la farmacia, la minería, la metalurgia y la industria.

José Ramón Fenández de Luanco

José Ramón Fenández de Luanco

Quizá podría destacarse al asturiano José Ramón Fernández de Luanco, catedrático de química, que realizó la importante labor de introducir en la enseñanza la teoría unitaria, la teoría atómica molecular y la noción de valencia. Y a Gabriel de la Puerta Ródenas, que publicó el mejor tratado de química inorgánica de estos años. Entre las ciencias geológicas podemos destacar a Casiano de Padro y Valle, que además de mejorar las producciones de las minas de Almadén y de Riotinto, inició los estudios geológicos “puros”. También descubrió, en colaboración con Lartet y Verneuil, nacimientos prehistóricos como el de San Isidoro, y fue importante su producción geológica y paleontológica. Casiano de Prado también hizo una importante labor, sobre todo por desarrollar un grupo de geólogos y paleontólogos que trabajaron a partir de mediados de siglo, y también por la creación de la Comisión del Mapa Geológico de España en 1849, origen del posterior Instituto Geológico. Éste publicó destacados trabajos en su Boletín y en sus Memorias. Entre las figuras más destacadas del Instituto hay que señalar a Lucas Mallada. Todo esto dio un nivel altísimo a la geología española. En cristalografía destaca José Rodríguez González, que fue el discípulo más destacado de Werner en Gotinga y de Haüy, el creador de la cristalografía. Rodríguez González fue el primer cristalógrafo español, y su colección cristalográfica de más de mil modelos que Haüy le había regalado, dio un gran impulso a esta disciplina científica, como la creación de cátedras a ella dedicadas.

La Restauración tuvo muchos problemas y es criticable en muchos sentidos, pero no se puede negar que dio una estabilidad, dentro del alboroto del XIX español, necesaria para el país. Todo el resurgir científico previo que toma su auge durante la Restauración es lo que se conoce como la «generación de sabios», es decir, los científicos nacidos en los años centrales del siglo XIX. Esta generación, junto con la reorganización de la actividad científica, la investigación y la enseñanza que hemos comentado, continuó la labor científica y tuvo posteriormente importantes frutos en la fundación de instituciones como la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas en 1907 y el Instituto de Estudios Catalanes en 1911. En las primeras dos décadas del siglo XX se abrieron numerosos observatorios astronómicos, meteorológicos y geofísicos. Esta continuidad muestra cómo la ciencia es parte normal y general de la actividad intelectual del país. Además de que la investigación ya toma impulso propio como en el siglo XVIII y no es tan dependiente de lo que nos viene de Europa, como justo después de la Guerra de Independencia. Ejemplo fácil lo tenemos en Ramón y Cajal, gran figura en la investigación biológica del siglo XIX y XX a nivel mundial, creó una importante escuela histológica centrada en el estudio de la estructura microscópica del sistema nervioso. En las matemáticas el XIX, sobre todo los últimos años, no fue un siglo malo, más bien al contrario.

José Echegaray

José Echegaray

Además de la figura de Echegaray destacan otras como Julio Rey Pastor, discípulo de Eduardo Torroja y Caballé, del que ahora diremos algo, que realizó también una importante labor didáctica e histórica de las matemáticas españolas. De sus trabajos divulgativos y didácticos destacan su Análisis Matemático y su Introducción a la matemática superior. En investigación tenemos obras como Fundamentos de la Geometría proyectiva superior, que llevó a la generalización de varios conceptos de la geometría proyectiva, también Eduardo Torroja Caballé, que consiguió avances en el campo de la geometría sintética, o Leonardo Torres Quevedo, que es considerado uno de los iniciadores de la electrónica y la cibernética por la invención sus máquinas algebraicas de calcular, así como su afamado “jugador de ajedrez”, y su “telekino”, que le permitió gobernar una embarcación a distancia. También es de destacar su dirigible Astra-Torres, y transbordador “Niagara Spanish Aerocar”, instalado en las cataratas.

Zoel García de Galdeano fundó en 1891 la primera revista de matemáticas española, El Progreso Matemático. Introdujo la teoría de funciones de variable compleja de Cauchy y de los grupos de sustituciones, las geometrías no euclidianas. Fue, junto con Ventura Reyes Prósper, de los primeros en investigar en lógica matemática. La labor pedagógica y de divulgación de Galdeano fue enorme, publicando más de cien libros y artículos, que tienen un alto nivel en lo referente al análisis infinitesimal. El mejor matemático de esta generación de sabios podemos situarlo en Eduardo Torroja y Caballé, que introdujo y creó escuela bastante importante de geometría sintética. Destacan publicaciones suyas como su Tratado de Geometría de la posición de 1899, su importante trabajo Curvatura de las líneas en sus puntos del infinito de 1894, con el que generaliza la noción de curvatura, una de sus contribuciones más interesantes. También podemos mentar la Teoría geométrica de las líneas alabeadas y superficies desarrolladas en 1904, o su obra expositiva sobre geometría sintética Reseña de los medios empleados por la Geometría pura actual.

Como se puede apreciar, son muchas las figuras que destacan en estos años en las distintas ciencias. En astronomía la referencia al barcelonés José Comas y Solá es indiscutible, ya que fue uno de los más renombrados e importantes astrónomos de todo el siglo XIX en Europa. Realizó numerosas observaciones astronómicas en Marte, así como de las superficies de Júpiter y Saturno.

José Comas y Solá

José Comas y Solá

Además, descubrió once planetas pequeños, doce cometas y una de las estrella variables del tipo de las Cefeidas. También hizo trabajos importantes en física del globo y en óptica física. Para la física experimental y teórica, que adquirió en estas décadas finales del siglo XIX un nivel altísimo, podemos señalar a Blas Cabrera, cuyos trabajos en electromagnetismo fueron ampliamente traducidos y difundidos, a Esteban Terradas, del que puede decirse lo mismo que sobre Cabrera en sus estudios sobre mecánica y las radiaciones, además de ser de los primeros en Europa en seguir las teorías cuánticas de Planck y la relatividad de Einstein, y a José María Plans, no menos importante que los dos anteriores en el campo de la termodinámica y la mecánica, así como de la astronomía teórica. En el análisis químico destacamos a Eugenio Piñerúa Álvarez y a José Casares Gil. En la química inorgánica Piñerúa Álvarez publicó en las principales revistas europeas. Descubrió una serie de reactivos nuevos, de los cuales una docena pasó a ser parte de los índices y de trabajo internacional. Enrique Moles Ormella fue otro destacado químico inorgánico, fue uno de nuestros científicos, pues hubo varios, en dirigir instituciones científicas extranjeras y en publicar en varias lenguas. Su trabajo se centra en la química física, concretamente en estequiometría y magnetoquímica. Uno de sus trabajos más importantes fue el relativo a la concordancia de los métodos fisicoquímicos y químicos en la determinación del peso atómico de los halógenos, o también su medida del volumen molecular normal de los gases, de gran importancia en química. En bioquímica hay que citar a Laureano Calderón Arana. Fue director de la Facultad de Ciencias de Estrasburgo, además de participar en la comisión internacional que reformó la nomenclatura de química orgánica. Sus publicaciones en varios idiomas son numerosas.

José Rodríguez Carracido

José Rodríguez Carracido

Tuvo como discípulo a José Rodríguez Carracido, autor del Tratado de química biológica y otro de química orgánica, ambos varias veces reeditados. En biofísica, y también en química orgánica, es de destacar Antonio de Gregorio Rocasolano, fundador del Laboratorio de Investigaciones Bioquímicas de Zaragoza, cuyos resultados fueron recogidos en los tres volúmenes de sus Trabajos. Adquirió fama internacional, sobre todo debido a sus descubrimientos en la biofísica de los coloides, sobre los que publicó ya en el siglo XX Elements de chimie physique colloidale, en París en 1921, y Los coloides en biología en Valencia también en 1921. En botánica Blas Lázaro e Ibiza incorporó técnicas y teorías como el evolucionismo. Eduardo de los Reyes Prósper hizo aportaciones en fisiología y bioquímica vegetal. También es importante el grupo de botánicos formado por Salustio Alvarado, Apolinar Federico Gredilla y Joaquín María de Castellarnau, que hizo destacables aportaciones en citología y en histología de la botánica. María de Castellarnau además fue una autoridad mundial en paleontología vegetal.

En biología animal hay que mencionar a Ignacio Bolivar, importante entomólogo. Ángel Cabrera Latorre destaca por sus estudios acerca de los mamíferos. Odón de Buen y del Cos, fue iniciador a nivel mundial, con el antecedente de Augusto González Linares, de la biología marina. Muy relacionado con la zoología, en antropología física destacan Manuel Antón Ferrandis y Telesforo de Aranzadi. Dedicaron sus estudios al “hombre español”. Respecto a los dedicados a la anatomía humana mencionaremos a Federico Olóriz Aguilera, importante investigador sobre el índice cefálico y de la talla en España. Tuvo una de las más importantes colecciones de cráneos en toda Europa para estudios antropológicos, la cual le permitió conseguir contribuciones fundamentales en el desarrollo de técnicas de identificación. En geología, que como antes hemos dicho era de las ciencias con mejor desarrollo desde inicios de siglo, nombraremos a José Macpherson, Francisco de Quiroga, Eduardo Hernández Pacheco y varios más. José Macpherson fue el mejor de todos ellos. Introdujo el uso del microscopio en la geología, junto con Francisco Quiroga, muy importante en cuanto a cristalografía, petrografía y en paleontología. Otro geólogo importante es Salvador Calderón Arana, hermano del bioquímico Laureano Calderón, y muy importante por sus estudios paleontológicos. Hernández Pacheco fue el más importante geólogo español después de Macpherson, pero no de menor valía era Lucas Fernández Navarro, que destaca en sus trabajos sobre mineralogía y sus estudios microscópicos cristalográficos.

La anatomía, en lo que respecta a la anatomía humana, con los trabajos en antropología física tuvo un importante revulsivo, además de la tradición propia anterior. Fue decisivo en todas estas disciplinas el impacto de las ideas evolucionistas. Uno de los que más fruto sacaron a estas nuevas ideas fue Pergrín Casanova Ciurana, discípulo de Haeckel. No tiene ninguna aportación demasiado original, pero sí fue importante su impulso al evolucionismo y las ideas de su maestro. Pero en España el campo que más se desarrolló en este tipo de ciencias, como hemos anotado ya antes, fue la histología. Luis Simarro Lacabra además de introducir la psicología experimental en España y la anatomía patológica del sistema nervioso, se le debe el mérito de ser el primero en conseguir teñir las neurofibrillas con las sales de plata. Estos esfuerzos fueron recogidos por sus importantes discípulos Santiago Ramón y Cajal y Nicolás Achúcarro.

Santiago Ramón y Cajal

Santiago Ramón y Cajal

Cajal desarrolló importantes técnicas de estudio y aportó datos y aportaciones teóricas novedosas. Es de destacar su descripción del funcionamiento histológico normal y patológico del sistema nervioso, y su teoría sobre el funcionamiento neuronal, con una importante base experimental. Podríamos destacar su Textura del sistema nervioso del hombre y de los vertebrados (publicado en tres copiosos volúmenes, y más de 900 grabados originales, entre 1987 y 1904). Una obra ésta de importante impacto internacional, que tuvo traducciones y reediciones, en las que se añadían nuevos datos importantes, en varias lenguas y fue requerido fuera de España prácticamente desde su publicación. En esta obra Cajal sistematiza sus teorías y datos acerca del sistema nervioso en vertebrados, con una descripción minuciosa hasta el más mínimo detalle. Nicolás Achúcarro, discípulo después de Simarro en Madrid, de Pierre Marie, de Alzheimer y otros grandes del siglo, es importante por sus estudios sobre la glioarquitectura de la corteza cerebral, así como sus investigaciones que confirmaron la doctrina neuronal, investigaciones realizadas con el método tintorial. No son de menor talla sus investigaciones en anatomía patológica del sistema nervioso. Otro ilustre fue Pío del Río-Hortega. Realizó estudios sobre la neurología, continuando los de Achúcarro, y además descubrió la microglía (un tipo de células que forman parte de las células neurogliales del tejido nervioso, con núcleos alargados y unas prolongaciones cortas e irregulares y que tienen capacidad fagocitaria) y la oligodendroglía (células nerviosas de un tamaño entre astrocitos o macroglía y células de la microglía). Podríamos destacar algunos nombres más de la ilustre escuela de histología, pero con esto basta.

En inmunología y fisiología experimental destacan José Gómez Ocaña, Ramón Turró o a Augusto Pi Suñer y Jesús M. Bellido Golferichs. Gómez Ocaña hizo descubrimientos acerca de la fisiología del tiroides y del sistema nervioso. También redactó dos extensas exposiciones sobre las funciones cerebrales y circulatorias, y textos pedagógico-divulgativos como Fisiología humana, teórica y experimental, que contó con varias reediciones desde 1896. Ramón Turró y Darder destaca como bacteriólogo, aunque también tiene importantes trabajos en fisiología experimental, como el publicado en París en 1883 con el título La circulation du sang. Fueron fundamentales sus estudios sobre la digestión de las bacterias, los mecanismos fisiológicos de la inmunidad natural y adquirida, y también sobre la anafilaxia. Fue importante además su impulso en el desarrollo de la escuela barcelonesa de fisiología, que dio figuras de la talla de Augusto Pi Suñer, que realizó importantes trabajos sobre la correlación funcional y la sensibilidad química, y Jesús M. Bellido Golferichs, que trabajó en las inervaciones renales y pulmonares, así como en la acción de la insulina. Otro importante bacteriólogo fue Jaime Ferrán y Clúa. Ferrán y Clúa consiguió desarrollar en 1885 la primera vacuna anticolérica con gérmenes vivos, lo que supuso un gran alivio para toda la sociedad europea y mundial debido a la epidemia del cólera del siglo XIX. También realizó los primeros ensayos de inmunización con el bacilo diftérico y también el método supraintensivo contra la rabia. Además de sus estudios sobre la tuberculosis, el tétanos y la peste.

Esta eclosión de figuras y de ciencias muestra la plena incorporación de España al más alto nivel científico —aunque en muchas ocasiones fuese por el esfuerzo de reducidos grupos de científicos— y cómo las ciencias fueron tomando desde la segunda mitad del siglo XIX cada vez más y más relieve social en toda Europa y el mundo industrializado. Es tanto así que incluso la teología tuvo que retroceder, como hace hoy, y su actitud cambió a un concordismo. E incluso en muchas ocasiones se recurriría a la ciencia para tratar de demostrar la verdad de las Escrituras. Es por esto que se desarrollaron en España a lo largo del siglo, como en el resto de Europa, corrientes como el positivismo, el evolucionismo, el experimentalismo, el materialismo, el progresismo liberal y el socialismo utópico o el marxista. Sin embargo, todo este bullir científico tubo un cierta disminución con la Guerra Civil, y muchos científicos se exiliaron, aunque esta vez mayoritariamente a Sudamérica. Tras la guerra y la larga posguerra -debemos tener en cuenta la influencia y la importancia de la Segunda Guerra Mundial- el país necesitó de una reestructuración política, territorial y económica para recuperar el nivel científico existente hasta 1936. Es así que, frente a lo que normalmente se suele decir -ese tiempo de silencia que se dice absurdamente- la ciencia en España recibió desde el inicio del régimen franquista un buen y temprano impulso, pues el 24 de noviembre de 1939 se creó la institución científica más importante actualmente del país, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Aunque sus inicios fueron un tanto difíciles. Ramas importantes del CSIC como el Instituto de Bibliografía Nicolás Antonio, que se abrió el 15 de junio de 1942, o el Instituto de Edafología y Fisiología Botánica, que se abrió en 11 de mayo de 1942. Es así que el periodo inmediatamente posterior a la guerra fue un momento esencial para la producción científica en España, que tuvo en el CSIC su principal institución, aunque no sólo, hubo otros tantos institutos científicos y de ingeniería de mucha importancia. La producción del CSIC, que nunca contó con grandes grupos de trabajo, aunque estos sí eran muy variados y numerosos, fue relativamente buena desde 1940 a 1955. En estos años también regresaron muchos de los científicos que se habían exiliado durante la guerra -cosa que no habrían podido hacer si España fuese un erial, como se dice a menudo, en esos años-. Una vez pasada la mitad de siglo y alcanzados los años 60, España sale definitivamente del relativo aislamiento diplomático y también experimenta un importante auge económico que llevó, como en otros aspectos, a un mayor auge en la producción científica. Ésta se centrará sobre todo, como antes, en las instituciones a cargo del Estado (el 90%. Sólo un 10% se realizaba por iniciativa privada), incluida la Universidad.


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Historia de la Ciencia Española (IV)

La ciencia en el siglo XVIII español

El siglo XVIII fue un siglo bastante más próspero en ciencia que el anterior, sin duda producto de la recuperación económica y militar respecto de la segunda mitad del XVII. De hecho es llamado nuestro siglo de plata en cuanto a ciencia se refiere (siendo el siglo de oro el XVI) -aunque nosotros consideramos que, dado el mayo avance de la ciencia en este siglo y a la mayor producción, casi debería ser a la inversa, sin restar mérito a la anterior-. En este siglo, la producción científica en algunos campos como la química (que empieza ya a constituirse propiamente como ciencia), la historia natural o las ciencias médicas es elevadísima (por ejemplo, Antonio Gimbernant publicó la primera descripción del ligamento crural que lleva su nombre, e Ignacio María Ruiz Luzuriaga contribuyó decisivamente en la aclaración experimental del proceso de oxigenación respiratoria). En otros campos la aportación no fue tan importante, pero no tiene nada que envidiar a otros países. No hay que suponer que la entrada del nuevo siglo supusiese de golpe un soplo de aire fresco y nuevo, pues, como vimos en la entrada anterior, la renovación científica ya se había producido, como en el resto de Europa, a partir de la segunda mitad del siglo anterior. Lo que sí caracteriza a este siglo respecto al anterior es el mayor impulso que tiene la ciencia de parte de los gobernantes, y la mayor institucionalización de la misma.

El momento álgido de la producción científica española del XVIII lo encontramos en la segunda mitad del siglo, sobre todo durante el reinado de Carlos III (1759-1788), que luego decayó un tanto durante el reinado de Carlos IV (1788-1808). Varias causas son alegadas como explicación de esta desaceleración de la producción científica, como las fuertes dificultades económicas de la última década del siglo, la personalidad del monarca, poco dispuesto a gobernar, y el impacto de la Revolución Francesa y las guerras consiguientes que llevarían al colapso del Imperio a inicios del siglo XIX. Aunque lo cierto es que este decaimiento no fue tan muy significativo y se daría una pronta recuperación que entraría hasta inicios del siglo XIX. El gran impulso que Carlos III había dado a la ciencia en España perduró hasta el siglo siguiente, ya que encontramos entre 1808 y 1814, años también de guerra, figuras científicas muy destacadas. Durante el siglo XVIII, desde 1718 por mandato de Felipe V, se concedieron numerosas becas (públicas y privadas), para científicos españoles que quisieran estudiar en el extranjero e importar los avances extranjeros. También se contrataron científicos extranjeros para que investigasen al servicio español. Y también se reformaron las enseñanzas universitarias, muy deterioradas, y se crearon muchas instituciones científicas con éxito científico, como el Jardín Botánico de Madrid por ejemplo, o el Seminario de Nobles (1725). La Academia de Guardiamarinas, de donde salieron, entre otros, Jorge Juan y Santacilia y Antonio de Ulloa. También el Instituto Asturiano de 1794, las diversas escuelas de química, matemáticas, náutica, mecánica y botánica que desarrolló la Junta de Comercio en Barcelona (1758). O las importantísimas Sociedades Económicas de Amigos del País, siendo la Vascongada (1765) la primera y de las más destacadas, que creó el Seminario Patriótico de Vergara, una de las mejores instituciones científicas del país, pero también destacan las de Zaragoza, Mallorca, Valencia, Murcia, Gerona, y Lima. También es importante mencionar la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona, creada en 1764 por primera vez en España, aunque comenzó llamándose Conferencia Físico-Matemática Experimental, con departamentos de matemáticas, electricidad, óptica, magnetismo, neumática, acústica, química e historia natural.

Los libros más usados a inicios de siglo, en lo que a ciencias fisicomatemáticas se refiere, son los nueve libros de Tomás Vicente Tosca titulados Compendio Mathematico, que, aunque redactados a finales del siglo XVII, se publicaron entre 1707 y 1715, por lo que contienen todos los conocimientos al respecto justo después de las obras de Newton. Habla del heliocentrismo como “una de las mejores hipótesis” al respecto. La mejor parte es la dedicada a la física, que ya aparece como una ciencia categorial cerrada que atiende a los datos de la experiencia y matematizada. Jorge Juan es uno de los grandes científicos españoles del siglo XVIII, junto con Antonio de Ulloa en este campo.

Jorge Juan y Santacilia

Jorge Juan y Santacilia

Ambos partieron como parte de la delegación española en 1734 en la expedición a Perú, organizada por la Academia de las Ciencias de París para determinar un arco de meridiano terrestre y confirmar la forma achatada por los polos del planeta, según afirmaba la teoría newtoniana. Entre 1734 y 1744 trabajaron en la expedición. Jorge Juan en lo relativo a las observaciones astronómicas y las experiencias físicas, y Ulloa en las investigaciones de historia natural. A su vuelta publicaron (1748) una importantísima obra en el que sistematizan todo lo descubierto y aprendido: Observaciones astronómicas y phisicas hechas en los reynos del Perú, en la que Jorge Juan incorpora con toda normalidad y maestría el uso del cálculo infinitesimal y la astronomía y la física posteriores a Newton. Ulloa escribiría también por su parte la Relación histórica del viaje a la América meridional en el mismo año. Años después Jorge Juan publicaría otra de las obras más importantes del siglo XVIII español, con amplia y reconocida influencia en toda Europa, pues tuvo traducciones y reediciones en francés, inglés e italiano. Es el Examen marítimo de 1771, un tratado de física mecánica aplicada a la navegación.

Almirante Antonio de Ulloa

Almirante Antonio de Ulloa

Esta obra tuvo una segunda edición en 1793, muy ampliada, a cargo de Gabriel Císcar, también importante astrónomo y náutico, que estuvo presente en París en 1798, junto con Agustín de Pedrayes, para fijar los patrones y principios del sistema métrico decimal. Císcar se formó también en la Academia de Guardiamarinas, pero en la de Cartagena. Vicente Tofiño, discípulo de Jorge Juan, fue otro científico destacado de este siglo, cuya gran contribución fue su Atlas marítimo de España de 1789, junto con un numeroso equipo, y que fue obra inaugural de la cartografía española moderna. No menos importante fue la obra geográfica de Isidoro de Antillón, profesor en el Seminario de Nobles de Madrid, Elementos de la geografía astronómica, natural y política de España y Portugal de 1808 (aunque publicada ya en el siglo XIX comenzó a realizarla a finales del XVIII). Otro científico importante que también se sale del siglo fue José Mendoza Ríos, que fue el más original náutico de finales del siglo XVIII y principios del XIX.

José Joaquín Ferrer Canfranga

José Joaquín Ferrer Canfranga

Además de introducir nuevas técnicas e instrumentos, desarrolló unas tablas astronómicas en 1808 muy exactas y buenas para la navegación. Por ello también muchas instituciones y el almirantazgo británicos pusieron dinero para sufragar sus investigaciones. El vasco José Joaquín Ferrer Canfranga, tuvo importante prestigio internacional por sus observaciones astronómicas desde Cádiz, Lima, Méjico, Nueva York y La Habana, y por determinar las coordenadas de diversos territorios en América y el cálculo del paralaje del Sol. En matemáticas destaca la publicación de los Elementos de matemáticas del catalán Benito Bails entre 1779 y 1790, que, aunque no incorpora grandes novedades, fue una obra de una sistematicidad bastante encomiable. La parte puramente matemática incluye la exposición del cálculo infinitesimal y de la geometría analítica, pero también hay tomos dedicados a usos de las matemáticas en física, astronomía, mecánica, óptica, dinámica, hidrodinámica e ingeniería civil. Por otra parte, Agustín de Betancourt Molina y Francisco Salvá Campillo son dos importantes figuras también de la ciencia y la ingeniería de finales del siglo XVIII e inicios del XIX.

La mayor parte de químicos españoles que podemos encontrar a finales del siglo XVII y principios del XVIII se encuentran en la Regia Sociedad de Medicina y Otras Ciencias de Sevilla. Diego Mateo de Zapata, murciano, defensor de los medicamentos químicos es uno de los que destaca, con su obra de 1701 Crisis médica sobre el antimonio, que reabrió el debate entre antiguos y modernos. El propio Zapata daría uno de los golpes finales a la medicina tradicional en 1745 con su Ocaso de las formas aristotélicas. Otro químico destacado fue Félix Palacios, que además de sus trabajos tradujo el Curso Químico de Nicolás Lemery, francés, que fue ampliado por Zapata en 1721, y supuso la primera obra química sistemática en español. En lo referente a la minerometalurgia son importantes los trabajos de Ulloa, que describe científicamente por primera vez, en su obra sobre la expedición, el platino. En 1752 Ulloa sería el director de un laboratorio metalúrgico dedicado al platino que sería el primero de esa clase en España, era llamado la Casa del Platino. Sin embargo, el que finalmente conseguiría en España la técnica más rentable para la obtención del platino sería el francés Francisco Chaveneau, por ello fue nombrado en 1777 director de la Real Escuela de Mineralogía de Madrid, y del Laboratorio de Química Metalúrgica. También trajo Ulloa a Guillermo Bowles, irlandés, que junto con el granadino José Torrubia realizaron los mejores trabajos geológicos publicados en España a mediados del siglo XVIII. Como profesor lo tuvieron en el Seminario de Vergara los hermanos Elhuyar. De estos, Fausto terminó ocupando la cátedra de mineralogía del Seminario de 1782 a 1785, colaborando con Chaveneau, y también ayudó a su hermano Juan José en sus investigaciones que dieron como resultado el descubrimiento del wolframio o tungsteno, como fue comunicado en 1783.

Otro importante descubrimiento químico de un español fue el vanadio o eritronio, en 1801, por Andrés Manuel del Río. Importantísima fue la labor investigadora y educadora de José Luis Proust. Proust tuvo relaciones desde joven con España -había estado en Vergara como catedrático de químico en el Real Seminario Patriótico- y por consejo de Lavoisier -lo que indica que el estado de la química, y la ciencia en general, en España era muy bueno, pues si no, no habría recomendado a uno de sus mejores discípulos regresar- volvió a España durante veinte años.

José Luis Proust

José Luis Proust

Durante su época en Madrid Proust publicó sus mejores trabajos y aportaciones, entre ellas la ley de proporciones definidas, publicado en los Anales de Ciencias Naturales entre 1799 y 1804, revista de la que era codirector junto con el importantísimo botánico español Antonio José Cavanilles, el cual, junto a Higinio Antonio Lorente pueden considerarse dos de los mejores botánicos del siglo. Pedro Gutiérrez Bueno fue otro químico español que entre otras cosas -como las investigaciones de química industrial que se pueden ver en publicaciones suyas como Manual de arte de vidriería de 1799- tradujo las obras de Lavoisier y otros autores en 1787, lo que permitió introducir la nueva nomenclatura química a la misma vez que en Inglaterra y mucho antes que en otros países. Juan Manuel de Aréjula también publicó por esas fechas un estudio crítico de la nueva nomenclatura. Andrés Martí de Ardenya rectificó los datos dados por Lavoisier sobre la composición del aire. Los trabajos de química farmacéutica de Francisco Carbonell y Bravo son también muy destacables. Antonio Martí Franqués es otro químico español muy destacado. Aunque investigó por cuenta propia, hizo descubrimientos importantes acerca de la sexualidad de las plantas y sobre la fisiología vegetal. Pero su fama se debe a sus trabajos sobre la composición química del aire, como expuso en 1790, y que tuvieron amplia difusión por toda Europa.

La historia natural tuvo buena salud. Gran parte de su actividad se centró en los jardines botánicos y en las expediciones científicas al Nuevo Continente. Ya había algunos jardines botánicos en España desde dos siglos atrás, como el de Valencia, el de Aranjuez o el de Barcelona. En el siglo XVIII las buenas relaciones que los gobernantes españoles, y muchos científicos, tenían con científicos extranjeros como Linneo llevó a que éste enviase en 1751 a su discípulo más aventajado, Pehr Loefling, a trabajar en América. Después de estar en la Corte, éste fue enviado a Nueva Granada como líder de una expedición botánica, pero fue interrumpida por su desafortunada muerte, en 1756. Lo conseguido por la expedición se envió al Jardín Botánico de Madrid, que se había creado ese mismo año. A finales del siglo, bajo la dirección de Casimiro Gómez Ortega, el Jardín Botánico de Madrid, con base en el sistema linneano, fue una de las instituciones botánicas de mayor importancia en todo el mundo. Gracias a sus fondos, el Jardín enviaba expediciones científicas para el descubrimiento de nuevas plantas o la resolución de problemas botánicos, en las cuales iban y eran encabezadas por los propios naturalistas que se habían formado en el Jardín.

José Celestino Mutis y Bosio

José Celestino Mutis y Bosio

Destacan tres expediciones junto con tres naturalistas. La expedición a Nueva Granada con mando de Celestino Mutis. Mutis, además de naturalista y seguidor y amigo de Linneo, era minerometalúrgico, matemático y físico. Por ello, además de médico del virrey de Nueva Granada, fue profesor de matemáticas en el Colegio del Rosario, en Bogotá, y el primero en explicar el sistema heliocéntrico y la mecánica newtoniana en esas tierras, aunque sus mayores contribuciones se dan en el campo de la botánica. La expedición de Mutis dio como resultado una Flora de 51 volúmenes. Su aportación personal más destacada es la relativa al descubrimiento de distintas especies de los árboles Chinchona o árboles de la quina. Es importante también la expedición de 1777 a Perú y Chile, con mando de Hipólito Ruiz y José Antonio Pavón, discípulos de Gómez Ortega. En la expedición descubrieron 141 géneros vegetales nuevos, así como medio millar de especies desconocidas. Todo ello se sumó en la obra de cinco volúmenes Flora peruviana et chilensis, entre 1794 y 1802, además de varias monografías; y finalmente la expedición de Nueva España y alrededores, a cargo de Martín Sessé y Vicente Cervantes, también discípulo de Gómez Ortega. La expedición dio lugar a la fundación del Jardín Botánico de Méjico y de una cátedra botánica correspondiente. Se recorrieron amplios territorios, como Guatemala, el norte de California, Cuba o Puerto Rico, descubriéndose gran cantidad de especies. La última gran expedición naturalista fue la comandada por Fernando Malaspina, que recorrió la costa oriental de Sudamérica, las Malvinas, la costa occidental americana desde Cabo de Hornos hasta Alaska, y la zona del Pacífico comprendida entre las Filipinas, las Marianas y Nueva Zelanda.

Respecto a la Zoología el Real Gabinete de Historia Natural de Madrid también fue importante centro científico, aunque sólo empezó a funcionar en 1771. Como nota, destacar que fue en este centro donde se realizó la primera reconstrucción de un esqueleto de un mamífero fósil en Europa. La reconstrucción la realizó Juan Bautista Bru, de un esqueleto de megaterio encontrado en el Río de la Plata en 1789. Félix de Azara es sin duda el zoólogo español más importante del momento. Enviado en una misión cartográfica, estuvo en el Río de la Plata y Paraguay desde 1781 hasta 1801. Descubrió más de dos centenares de especies en sus observaciones de aves y mamíferos, por lo que hizo una gran aportación a la zoología descriptiva. Pero no sólo eso, también conjeturó ideas acerca de las variaciones de los animales en libertad y cautividad, sobre su distribución geográfica, o las relaciones entre presa y depredador y huésped y parásito, así como sobre el origen de las especies en América y el mecanismo de selección humana. Sus reflexiones influyeron mucho en los trabajos de Cuvier y de Darwin, que lo citó a menudo y reconoció la importancia de su trabajo y la influencia que sobre él había ejercido.