El baúl de Pandora

Reservado para los que deseen abrir su mente


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Reseña de «El Mito de Cortés. De héroe universal a icono de la leyenda negra», de Iván Vélez

Vélez, Iván: El Mito de Cortés. De héroe universal a icono de la leyenda negra, Ediciones Encuentro, Madrid, 2016, 338 páginas.

http://www.edicionesencuentro.com/ficheros_resenas/2016-Elmitodecortes-Razonespanola.pdf

Mi artículo para el número 140 la revista Razón Española.

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Ulises, modelo de Occidente

Odiseo (Ulises) y la Odisea

Por mucho que busquemos sería difícil encontrar en la literatura antigua un texto tan rico en personajes y motivos como la Odisea. Como se ha dicho muchas veces, la Odisea es un gran relato de aventuras en tonos casi novelescos y de sorprendente modernidad que sin embargo alberga motivos muy antiguos de cuento popular. Pero lo que da unidad a esta narración de diversos episodios es la figura del protagonista y de quien toma nombre la epopeya, Odiseo o Ulises (según la versión latina de su nombre), un héroe de enorme humanidad y singular personalidad. La Odisea es el poema de Odiseo, personaje que ya encontramos en la Ilíada como uno de los grandes guerreros aqueos, aunque aquí cobre una mayor complejidad.

La Odisea relata el regreso al hogar de un sólo héroe (al contrario que en la Ilíada en la que podemos ver múltiples héroes) de singular ingenio y astucia en arriesgadas aventuras.  Es pues la Odisea la historia de un regreso (de Troya a Ítaca), es decir, es un nóstros. El tema del poema es un regreso, un nóstros heroico. Desde la costa del Bósforo, donde se separó de sus compañeros aqueos, hasta su isla, al sur del Adriático, al oeste del Peloponeso, la distancia marina no es grande. El destino de Ulises es demorarse en un largo peregrinaje en que se pone a prueba su temple aventurero. Pero es un regreso que adquiere una dimensión literaria y novelesca, gracias a su protagonista y a sus peripecias en un mundo que ya no es sólo épica guerrera, sino una aventura personal. Se suele subrayar que la pérdida de elevación épica se compensa con la modernidad y humanidad de esa narración que raya en lo novelesco.

Ulises es el más moderno de los héroes griegos, no sólo con los que encontramos también en la Ilíada, sino también en comparación con otras sagas heroicas como las de Heracles, Jasón, Perseo, etc., es también el más humano y el que recurre a menos medidas fantásticas. Triunfa gracias a su astucia, su paciencia y a su gran capacidad para la mentira. Habla muy bien y miente mejor cuando es oportuno. Por otra parte, su empeño no es algo imposible, es el simple regreso a su isla y a su hogar, a Ítaca.

T. Adorno y M. Horkheimer, en el primer capítulo de su Dialéctica de la Ilustración ya indicaron este notable aspecto de Odiseo. Ulises es el último gran héroe antiguo y el primero de los modernos, dicen los filósofos alemanes. Un héroe del exilio, empeñado en volver a su casa, al otro lado del mar y sus misteriosos riesgos. Pero la complejidad del héroe es un rasgo que ya el mismo texto con su composición nos indica.

Es el polyitropos Odysseús (“Ulises de las muchas vueltas o muchos trucos”). Para alcanzar su ansiado hogar habrá de vagar hasta los límites del Océano y entrevistarse allá, en el país de los muertos, en el Hades con los fantasmas ilustres. Es muestra de su talante y su ingenio los epítetos que a él se le aplican, politlas “muy sufridor”, polymetis “muy astuto”, polyméschanos “de muchos recursos”. Gracias a estas aptitudes se enfrentará con éxito a los encantos y trampas del itinerario, escapando solo, tras perder todos sus barcos y a sus compañeros. Un nóstros colosal del sagaz Ulises, protegido de Atenea y perseguido por la furia de Poseidón, padre del cíclope Polifemo.

El relato que nos ofrece la Odisea exige un arquetípico final feliz. Al final, en su palacio, el héroe, que ha entrado disfrazado de mendigo, volverá a recobrar su aspecto de guerrero y se vengará de los pretendientes de Penélope. Y el poema, precisamente,  concluye con unas cruentas escenas en las que nuestro héroe se venga disparando su temible arco.

Ulises después de Homero

La mítica figura de Ulises conoció, después de la Odisea, múltiples recreaciones y evocaciones. Ya en la antigüedad encontramos su influencia en los poemas del llamado Ciclo épico. También encontramos la figura de Odiseo en varias de las tragedias de Esquilo o Eurípides (aunque la mayoría se hayan perdido) o en sofistas como Gorgias en su Defensa de Palamedes, en el que lo acusa de calumniador. También podemos ver su influencia en los cínicos como Antístenes, el fundador de la tendencia cínica, que presentaba en un diálogo a Ulises y Áyax exponiendo cada uno sus méritos, y se decantaba por los de nuestro héroe. Los filósofos cínicos y estoicos admiraron a Ulises como un modelo de resistencia a los reveses de la fortuna, como un héroe paciente y versátil, solitario buscador de una gloria personal y siempre digno. Ulises fue idealizado como un precursor del sabio que lleva consigo todos sus bienes.

En el mundo latino también encontramos ecos de todas estas imágenes del héroe. En la Eneida de Virgilio se recuerda a Ulises como el destructor de Troya. También las Crónicas troyanas de Dares y de Dictis ofrecen una imagen ambigua de Ulises.

Una estampa bien distinta es la que nos deja la impresionante visión de Ulises presentada por Dante en la Divina Comedia[1]. En el canto XXVI del Infierno, cuando recorre el octavo círculo de los condenados, Dante, que va acompañado por Virgilio, se para ante una llama doble, donde arden las llamas de Ulises y Diomedes. Y es el propio Ulises, trasformado en llama parlante, quien le refiere al poeta medieval su última aventura.

Ulises aparece en pinturas y dramas del Renacimiento y el Barroco, bien como un hábil político, bien como un símbolo del hombre prudente. En el Romanticismo resurge la silueta de Ulises como el viajero inquieto, ávido de conocimientos, explorador del más allá. Una sombra dantesca más que homérica encontramos en el poema de A.L. Tennyson Ulysses (1833).

Ya en el siglo XX podemos ver la figura de Ulises en grandes poetas y escritores. Pero la recreación más memorable de Ulises en éste siglo es la recreación de J. Joyce en su novela Ulises (1923). Joyce construye una historia totalmente opuesta a Homero. En Joyce es Ulises el que deja su casa para viajar y no un regreso. Homero narra la errancia de Ulises, Joyce vuelve a narrar la errancia de Leopold Bloom, el “Ulises moderno”. El Ulises de Homero “funda” (el mundo occidental); el de Joyce “desfunda”. El de Homero construye, el de Joyce destruye. Entre el Ulises de Homero y el Ulises de Joyce trascurre la Historia de Occidente.

Ulises, modelo de Occidente

A la figura de Ulises se le ha dado siempre una consideración de fundador de occidente y de proporcionador y figura del ethos del hombre occidental. Ulises constituye lo que algunos críticos actuales llaman “discurso” de la civilización occidental, y ciertos historiadores “imaginario”. Dicho de otra forma, Ulises sería un arquetipo, una figura, que se despliega en la historia y en la literatura. Una constante cultural. Ulises representa el ethos de la imagen europea del hombre.

Ulises es a la vez antiguo y moderno. Sus aventuras constituyen un punto de observación ideal para medir las disonancias y consonancias entre el pasado y el presente. Ulises, como héroe de la continuidad y la, siguiendo a Kafka, metamorfosis puede, quizá, enlazar esos dos momentos entre los que vive el hombre europeo, o cualquier otra civilización.

Ulises es un signo, una referencia, en el plano cultural. El héroe adquiere el valor de símbolo de la civilización fundada en el mar, es símbolo del nomos del océano opuesto al de la tierra. Y así, cada cultura es libre de interpretarlo y de nutrirse de su figura dentro de su propio sistema de signos. Ulises es un signo porque expresa un sentido y no denota un significado. No es una figura cerrada, está abierto a una constante interpretación. Como decía Borges, cada vez que abrimos la Odisea podemos encontrar algo nuevo.

Ulises es precisamente una figura. Su existencia mítico-literaria constituye un modelo, una forma multiforme (como he indicado antes, un polytropos) de la vida humana llena de posibilidades. Se le puede presentar como paradigma del conocimiento del mundo y del sí en el dolor (el mismo Homero lo hace en el tercer verso de del poema). Ulises es además un icono de la experiencia (del viaje), de la ciencia y de la sabiduría. Ulises es maestro de la techné: es el constructor del caballo de madera, de una gabarra, de su propio lecho nupcial, además de experto navegante.

Pero no sólo eso, es un consumado maestro de retórica, del lenguaje orientado a la salvación de sí mismo, y también a fines políticos dada su capacidad para la persuasión, el engaño y la ilusión para el dominio y la posesión. Finalmente, Odiseo constituye un modelo de poesía. Cosa que queda clara si tenemos en cuenta que la Odisea toma forma a partir de las palabras mismas del héroe.

Ulises es un personaje mítico y literario que tanto intérpretes como poetas e historiadores leen tanto retórica como poéticamente como un typos. Sombra que se alarga, transformándose en la imaginería occidental. Ulises es sombra gracias a la interpretación. La interpretación nace del secreto que se encierra en la palabra, de nuestro deseo de comprender el misterio del texto. Ulises es un ser lleno de secretos. Y es que el poema homérico ofrece información abundantísima y ricas contradicciones de las que surgen constantes preguntas sin respuesta. Es precisamente sobre la base de estos excesos y esos vacíos donde se desgranan el comentario y la interpretación creativa y filosófica.

Odiseo, el viaje y el otro mundo

En el relato de la Odisea podemos encontrar dos grandes sombras. La primera la encontramos en los mismos relatos de Odiseo, de sus aventuras: es la sombra del viaje al reino de los muertos, al Hades. La segunda es la que surge del mismo mito y que impregna toda nuestra cultura. Son dos siluetas que encontramos siempre juntas.

La palabra “Ulises” quiere decir “aquél que parte”. Ulises utiliza para su partida, para su viaje el mar, el océano que recorre todo el mundo conocido. Así pues, se lanzará hasta sus límites, hasta el confín entre el ser y el no-ser. Es ahí, allende el mar, donde se encuentra el Hades, el cual está habitado por sombras que son los muertos. Como vemos, se trata de un viaje mítico y a la par existencial, siempre abierto al horizonte de nuestra existencia, es un viaje hacia la muerte; un viaje hacia occidente.

Metafóricamente pues, navegar más allá de Gibraltar es navegar más allá de la existencia, traspasar el umbral ontológico. Ulises traspasa el límite impuesto al hombre pasando al trasmundo. Ahí, el conocimiento del mundo se acaba. Dicho confín coincide con el límite de las Columnas colocadas por Heracles para que el hombre no las traspase. Pero Odiseo es el héroe del retorno (del nostros), ha navegado más allá de lo permitido, de las tinieblas. Pero volverá al mundo de los vivos para hacer un relato sobre los muertos.

Estas aventuras se hacen espesas en la memoria de Ulises. Es en la experiencia del viaje donde Ulises se transforma, donde sufre sus metamorfosis. Con Ulises experiencia y viaje se unen. Ulises (en Homero) da una experiencia moral a cada uno de los retos con que se cruza en su viaje. El viaje está asociado al efecto del viaje. Lo que Kafka llama metamorfosis. Lo que somos antes de viajar y lo que somos después de viajar, pues no hay viaje si no hay ida y vuelta. A lo largo del viaje Ulises experimenta tres metamorfosis o cambios hasta convertirse en el hombre ético, modelo de occidente. La figura de Ulises funda un ethos, una disposición, un carácter. El ethos que funda Ulises es un ethos posterior, después del viaje, después de la experiencia. No es un ethos natural, originario, sino producto del viaje, de la experiencia.

Otro punto fundamental de su viaje es el encuentro con las Sirenas. Odiseo debe resistir el poder seductor de la poesía (a pesar de su sed de conocimientos), las Sirenas impiden el regreso a quien escucha su límpido canto. Nos encontramos así ante la sombra más grande a la que Odiseo se ha enfrentado hasta el momento. Tras la mirada con la que penetramos en nosotros mismos gracias a la poesía, tras el saber que la poesía nos ofrece se oculta la muerte, la verdad final del hombre. Quien escuche su voz, no podrá ya regresar.

A pesar de ello Odiseo quiere escuchar, desea ser seducido, aspira a sentir esa seductora voz. Pero dada su previsora sabiduría vence la tentación, no sucumbe y prosigue su camino vagando por lo fantástico, pero siempre persiguiendo la realidad, la vida. Sin embargo, Homero no nos indica qué ha aprendido Ulises tras este episodio, lo que deja abierta la puerta para la interpretación.

Así, Ulises se convertirá en una figura sometida a una constante interpretación que, tal vez basándose en sus vínculos arcaicos con Atenea y Apolo, lo convierten en un distintivo de la paciencia, la virtud, la sagacidad política, la elocuencia, la reflexividad y la acción, así como de la curiosidad, la sabiduría y la investigación. En una palabra, en un modelo del hombre.

Muy relacionado con esta libre interpretación está la profecía emitida por Tiresias en el canto XI. En las palabras de Tiresias Odiseo aparece como un viandante desconocido y no reconocido, y, al mismo tiempo, como el representante de toda una civilización basada en el mar y la navegación. Pero es precisamente este no-reconocimiento el que actúa como un signo clarísimo de reconocimiento. Homero vacía su nombre y su historia, pero lo presenta como el modelo de viajero y le da un valor universal, abre el camino a futuras caracterizaciones e interpretaciones de Odiseo. Odiseo se convertirá, así, en lo sucesivo, en el representante de cada civilización.

El Ulises de Dante

Dante, el cual quería escribir sobre Ulises –aunque no había leído la Odisea–, disponía en su momento de tres posibles tradiciones tanto míticas como literarias a seguir. En la primera el héroe homérico es un pícaro, un impostor, un inventor de historias falsas, un orador ilusionista. Podemos verlo en obras como en la Eneida de Virgilio, en las Metamorfosis de Ovidio y en toda una serie de escritores posteriores. Esta influencia es visible en Dante pues condena a Ulises al infierno por sus “fraudes”.

En una segunda tradición Ulises representa el modelo de la virtud y la sabiduría, es el vencedor del vicio, el noble buscador de conocimiento; en una palabra, el ideal de hombre clásico. Esto lo vemos en autores como Cicerón, Horacio, Séneca, y ya en la Edad Media en Bernardo Silvestre y Giovanni del Virgilio. En efecto, Dante encarece a su héroe, que se convierte en paradigma del experto en los vicios humanos y el valor.

Una tercera corriente ve en Ulises atado al mástil de su nave frente a las Sirenas como una prefiguración de Cristo. Aunque en el relato del canto XXVI del Infierno, ni Ulises ni Dante ni Virgilio hacen mención de las Sirenas. Pero en el canto XIX del Purgatorio el mismo Dante sueña con una mujer que su misma mirada transforma en una bellísima Sirena, la cual empieza inmediatamente a cantar de tal manera que el oyente no puede apartar de ella la atención.

El Ulises dantesco se convierte en un paradigma arquetípico, cultural, nuevo, que se mezcla y superpone al homérico. Ulises es puesto como ejemplo de hombre magnánimo (de modelo ético) que no ha reparado en fatigas ni peligros, ni aun a riesgo de su vida, con tal de conseguir experientia rerum.

El Ulises de Dante expresa una crisis evidente; desde una perspectiva historicista, ese cambio da la conciencia (objetiva) que caracteriza todo paso importante de una era a otra. En la construcción de Dante se puede apreciar la muerte del mundo medieval, el final de la filosofía cristiana medieval y el advenimiento de un nuevo mundo. El Ulises del siglo XIV encarna en clave de tragedia el advenimiento del mundo moderno.

En el siglo XV, una vez ya impregnado en el imaginario cultural, este Ulises se convierte en un modelo no sólo nuevo, sino también positivo. El Renacimiento instaura el renacer de un Ulises intertextualmente dantesco, pero, a la vez, nuevo. La muerte ahora desaparece del horizonte ulisíaco, ocupando ahora su lugar la nueva tierra. En la carrera hacia América, el Ulises dantesco es el signo, la figura; Cristóbal Colón[2], el significado, el cumplimiento.

Ahora el relato se ha convertido en Historia. Los textos antiguos concuerdan con la realidad nueva; la poesía del pasado contiene ya al mundo moderno. La realidad del Nuevo Mundo hace naufragar la pesadilla dantesca, calla la tragedia del mito, apaga al Ulises que habla desde el infierno. Y, al igual que hizo el antiguo Odiseo, el nuevo Ulises, Cristóbal Colón, consigue volver atrás. Efectivamente, el mundo se conforma al mito de la manera más halagüeña posible.

Es de destacar el hecho de que Vespucio considera real, aunque errada, la geografía presentada por Dante y la corrige con sus propios descubrimientos. Al mismo tiempo, se muestra dispuesto a adoptarla allí donde se corresponde con sus propias revelaciones y, sobre todo, con sus deseos. La ruta de Vespucio es, como vemos, la ruta del Ulises dantesco. Américo Vespucio gusta, pues, de verse como un Ulises y un Dante, y de leer sus propios viajes a la luz de los presentados en la Divina Comedia.

La nueva tierra es pues, no sólo América, sino fundamentalmente un lugar de la imaginación. La llegada del hombre al destino mayor de la vida. Y es que, frente a lo dicho a menudo, quienes hacían las américas, esos españoles, distaban de ser bárbaros ignorantes, sino que portaban consigo múltiples y esenciales lecturas clásicas, bíblicas y contemporáneas. A través de ellas intentaban categorizar, precariamente, todo aquél maremágnum de novedades vegetales, animales, geográficas y humanas que iban surgiendo a su paso. El mismo Cristóbal Colón está convencido, y quiere probar con lo que él mismo ha visto, que ese otro mundo es literal y verdaderamente el Paraíso Terrenal. Cristóbal Colón siente, pues, haber visto el mismo nuevo Cielo y la misma nueva Tierra vislumbrados por el Ulises de Dante. Aunque en este caso, Colón no se ve como un nuevo Ulises. Piensa en la reconstrucción de la Casa de Jerusalén y se siente motivado por las consideraciones políticas, utópicas, mesiánicas, por lo que se ve como un nuevo profeta. Mientras que el Ulises dantesco sufre un naufragio ante la visión de esta nueva tierra, Colón dice haberla encontrado de manera efectiva y literal. Esta idea atrae tanto debido a que representa el mito de la felicidad y la inocencia del hombre, de vivir en lo sucesivo sin muerte, aunque también con el conocimiento; en una sociedad en la que, en definitiva, el pecado original ya no está presente. Vemos de nuevo intrincados poesía, mito y realidad.

Traspasar las Columnas de Hércules, ir por tierra incógnita y alcanzar la Nueva Tierra ya no es una trasgresión que significa la muerte, es más bien paradigma del más alto designio del hombre: perseguir la virtud y el conocimiento. El Ulises dantesco es el tipos del Descubridor puro. Vemos pues cómo el Ulises dantesco se convierte en el Colón profético y cambia transformándose en un modelo positivo. Pero lo que se narra en el canto XXVI del Infierno es ya un modelo literario que enjuicia la cultura de su época. Las palabras e imágenes dantescas se convierten en un lanzazo para la cultura y la ciencia de su propia época, socavando la interpretación de la Biblia propuesta por Colón. América ya no es el Paraíso.

A pesar de todo, Odiseo ni había sido nunca un colonizador, así como el Ulises de épocas posteriores no ha desempeñado nunca el papel de un Eneas ni la de un conquistador. Recorrer el mar (la vida), trasgredir, encontrarse con lo maravilloso, superar la tragedia, enfrentarse al Otro, atravesar la muerte, narrar su propia historia, ese es el destino y función de Ulises desde su primera aparición. El Ulises homérico aspira al retorno; el Ulises dantesco al conocimiento y la experiencia del mundo tras lo desconocido; Colón, sin embargo, al descubrimiento de una nueva ruta hacia las Indias y el Edén.

El Ulises romántico

Mientras que la ciencia navega por extraños y fríos mares, la poesía se lanza al descubrimiento del ser, más allá de los límites del pensamiento y el saber humanos, hacia un nuevo mundo. En el romanticismo decimonónico la naturaleza se ha trascendido en la imaginación poética. Será ahora su cometido percibir algo nuevo, algo que no se había visto antes, se trata de cantar el “mundo de los hombres sufrientes” y de las cosas corrientes, y transformarlo en un nuevo mundo. El poeta es el verdadero Ulises romántico.

Y como de Romanticismo se trata, podríamos tomar como base el Ulises de Tennyson, el Ulises de la más romántica e imperial de las naciones del siglo XIX. Éste Ulises es un monólogo dramático cuyas fuentes fundamentales de inspiración son la profecía de Tiresias del libro XI de la Odisea y el canto XXVI de Infierno.

Una característica de este Ulises es que el Ulises de Tennyson ama a Telémaco, es más, a mitad de su monólogo lo pone como su sucesor. La labor del hijo será realizar la obra del su padre, esto es, civilizar a un pueblo rudo con prudencia y someterlo poco a poco al imperio de lo bueno y lo útil. Precisamente esto es así porque este Ulises ve en Telémaco un modelo de sabiduría política, equidad y administración mesurada, razonable e ilustrada.

También podemos ver una reflexibilidad en este Ulises. Se ve a un Ulises consciente de sí mismo, él se ve como el hombre de las mil experiencias, navegante intrépido. Es consciente de haberse vuelto un nombre, un mito, un arquetipo. El mito de quien vagando siempre con ansias de descubrir cosas nuevas, de adquirir experiencias, ha visto y conocido las ciudades y costumbre de los hombres, pero también a sí mismo. Ulises ha reconstruido su propia identidad de personaje literario y de hombre[3].

Pero trasladar al Ulises de Dante al Romanticismo supone cargarlo de tensiones que reproducen e intensifican la división del canto XXVI de Infierno. El deseo de participación universal que domina al Ulises tennysoniano choca con la experiencia, que, aunque dantesca, no deja de ser atravesada por el anhelo romántico. Así, la experiencia con la que el héroe se forma e identifica queda paralizada en cuanto que está escindida. Pero de ahí se desprende una visión y una conciencia de la civilización moderna: el ancla inasible y la eterna fuga de las cosas. No tiene sentido detenerse nos viene a decir el Ulises de Tennyson, o determinar un fin, un telos, definitivo en la vida. Todo se escapa.

Y así, si Ulises había contrapuesto la conciencia de formar parte de toda la experiencia histórica y cultural a la conciencia de la reducción de ésta a la fugacidad de la vida, también cabe que, si bien queda poco que vivir, cada hora cuenta. Vemos cómo todo es contradicción en el monólogo de Ulises, al igual que en la vida del hombre. Todo está en desarrollo y en suspense. Es esta, sin duda, la indeterminación romántica. El Ulises tennysoniano rechaza el ethos mezquino y materialista del cientifismo. La vida, sobre todo al aproximarse a la muerte, debe gastarse, no ahorrarse; no debe negarse la experiencia.

El Ulises tennysoniano, y por extensión el Ulises del Romanticismo, es el cumplimiento del Ulises de Tiresias homérico y del Infierno dantesco. Pero sin que falte en él esa tensión angustiosa entre experiencia y marginalidad, entre deseo y conocimiento, entre saber y pensamiento. Sigue los pasos del Ulises dantesco, sí, pero el Ulises de Tennyson es un navegante, un náufrago, un inmortal en potencia. En el monólogo el último viaje de Ulises ni comienza ni termina. Nuestro héroe realiza el fin y la condenación del Romanticismo. Realiza su destino, pero abriendo un espacio vacío de contenidos y lleno de interrogantes. Esto posibilita que pueda convertirse en un nombre, en un signo. Es un signo al mismo tiempo que carece y está potencialmente dotado de significado. Es un mito abierto al futuro, a interpretación. El Ulises de Tennyson oculta un mensaje complejo, delicado y dramático. Representa el trágico cumplimiento de la literatura del conocimiento que la cultura europea viene forjando desde Homero hasta Dante, desde Colón hasta Tasso, desde Pascal hasta Coleridge, desde Milton hasta Wordsworth. Constituye pues la prefiguración de la poesía y la tragedia del saber que la inminente crisis de lo social, lo político y lo imaginario del siglo XX va a grabar en la literatura europea.

Pero a este Ulises le surgirá una figura crítica. Leopardi critica la experiencia tan codiciada por nuestro héroe. Si al Ulises tennysoniano lo consume el deseo infinito de conocimiento, Leopardi reconoce que dicho deseo es innato, inseparable de la naturaleza del hombre, consecuencia del amor propio; pero al mismo tiempo sostiene que su existencia fundada en el hombre no demuestra que la facultad humana de conocer sea infinita. Demuestra sólo que el amor propio del hombre es ilimitado e infinito.

A mediados del siglo XIX nuestro Ulises representa pues, la discrepancia que paulatinamente se va instaurando entre poesía y ciencia, esa poesía y esa ciencia que, como modelo de la literatura del conocimiento –el racionalismo poético es distinto del racionalismo científico pero no por ello deja de ser un racionalismo–, él ha llevado siempre junto a él, o junto a su figura.

Ulises en el siglo XX, el último viaje

Odiseo es ante todo un maestro de verdad y de vida. Ha partido de Ítaca y conoce el todo, ha tenido experiencia del todo, es el hombre ético –aun antes que el moral o político–. Prefiguración del typos occidental.

En Italia, en este siglo, el héroe homérico aparece equívocamente unido al dantesco. Los poetas italianos tratarán de buscar el principio en el fin. Lo que cuenta para ello en este momento es el último viaje realizado por Ulises, profetizado por Tiresias en la Odisea y que haya un cumplimiento, aunque ideal, en el Infierno dantesco y en el viaje de Colón de 1492. Ulises-Dante-Colón, aquí encontramos la secuencia figural que redescubre las raíces antiguas del presente: el comienzo del fin. Es bajo esta forma como entra a finales del siglo XIX y principios del XX Ulises en el canon del hombre de este siglo.

Dante ha dado cumplimiento a Homero. El último viaje del héroe dantesco será, pues, un paradigma poético y existencial. La experiencia del Ulises dantesco y tennysoniano ha llegado a su extremo, es un arquetipo agotado. La historia lo ha descompuesto. Pero no es el fin. Este es el nuevo comienzo, la orilla desde la que arranca el último viaje. El símbolo del nuevo Ulises ya no es el remo, sino el mismo Odiseo, resplandeciente en el fuego dantesco.

Cualquier incertidumbre parece superada. Una energía indomeñable, una ilimitada ansia de saber, de abrazar y poseer todo lo real domina a este nuevo Ulises del siglo XX. En el momento en que la civilización occidental se siente omnipotente, la ciencia y la tecnología avanzan sin descanso, la poesía ve al héroe de la sombra como a un titán de la luz. El paso estrecho de Hércules, el occidente, el mundo sin gente detrás del Sol ha desaparecido.

También se puede ver este Ulises, aunque de un modo muy diferente, en el genial y paradigmático Ulises de Joyce, donde se desarrolla la Odisea del judío irlandés Leopold Bloom. Pero Bloom no representa a un individuo, sino que, de nuevo, es una figura, un tipo. Levantándose por encima de su medio, de su raza y de su tiempo, rompiendo los vínculos que lo atan a estas circunstancias, Bloom se convierte en una personificación de la naturaleza humana, válida universalmente. Es el “todos” de la moralidad medieval, pero también el “Nadie” (Outis) tras el cual se oculta Ulises para escapar de los cíclopes. Este Ulises realiza un viaje a través de todo el Cosmos, pero no es una navegación que se realice por el Mediterráneo, trascendiendo el mundo conocido, sino que dicho viaje se realiza a través de la imaginación y de los detalles de la vida cotidiana, aparentemente insignificantes y sórdidos. Y sobre todo, en la ciudad.

A pesar de que a lo largo de la obra de Joyce se entrecruzan un sinfín de simbolismos, lo cual hace a la obra complejísima a la par que sublime, el simbolismo homérico con el Ulises es fácil de ver. ¿Por qué Joyce utiliza este simbolismo? Para empezar, Ulises es el héroe favorito de la infancia de Joyce. Se comprende que quisiera y se sintiese orgulloso de renovar, de alguna manera, la figura de su héroe. Por decirlo de algún modo Joyce abrigaba la pretensión de ser el Homero moderno.

Pero no está presente sólo Homero y la Odisea, también encontramos la figura de Dédalo; lo que muestra una proximidad con el mundo mitológico griego en general. Ulises y Dédalo tienen muchos rasgos comunes: superioridad espiritual, el don de la invención, la agudeza, sus destinos de exilio y errabundeo. Rasgos que el propio Joyce descubriría en su propia persona.

La elección del esquema de la Odisea, como vemos, no es sino una particularidad del pensamiento simbólico que domina el estilo y el espíritu de Joyce. El irlandés, en tanto que escritor, lo utiliza para esclarecer y configurar sus problemas, tanto psíquicos como técnicos. Y es que la idea de la obra está íntimamente enlazada con el problema de la personalidad: “Yo puedo considerarme a mí mismo en la figura de Dédalo o de Ulises. Yo soy yo, pero también soy el otro, y aun otro además”[4]. El propósito de Joyce no es otro que el de ofrecer una representación integral de la experiencia humana, tanto externa como interna. Sin la utilización de ningún filtro lógico o ético Joyce reproduce la corriente de la conciencia llegando a sus rincones más oscuros.

También paradójica y satírica es la obra de Jean Giono, que representa a Odiseo encarnado en un rudo marinero de costumbres ligeras y que lleva diez años viajando entre los puertos griegos y sus muchas mujeres. Este Ulises está deseoso de regresar a casa, pero teme que Penélope, la cual ha tomado como amante a Antínoo, le eche en cara su larga e injustificada ausencia. Por ello Ulises inventa y narra unas aventuras fantásticas que no ha vivido jamás, y un aedo que las escucha las transforma en una saga que pronto se hace famosa y llega a oídos de Penélope. Ésta expulsa a su amante y acoge de nuevo a este Ulises como si fuese un gran héroe. Resulta paradójico, pues de las falsas historia que el Odiseo homérico fuera maestro consumado nace ahora la Odisea propiamente dicha.

Estas obras no son más que el reflejo de un deseo. Mediante la ironía temática y estructural, Ulises, tras haberse liberado del último viaje dantesco, desea liberarse también de Homero. La medida está colmada. El hombre y el escritor del siglo XX, que vuelven una y otra vez a Ulises, están ya hartos de él y de su navegar interminable. La maravilla cada vez se desvanece más, incluso se falsifica en relatos de viajes convencionales en los que exploradores cada vez más numerosos tienen cada vez menos maravillas, menos novedades que descubrir y narrar. Y, sin embargo, a pesar de este tedio y esta falta de lo nuevo, si queremos recobrar la frescura de nuestra maravilla extraviada en el horror de nuestra civilización, es precisamente en la historia donde debemos buscar.

Incluso podemos destacar un momento que marca el símbolo de Ulises en el siglo XX europeo. Dicho momento lo vivimos con Joseph Conrad y su publicación de The Mirror of the Sea (El espejo del mar). El mar refleja para Conrad los problemas fundamentales a que el hombre debe hacer frente en cada momento. Por otra parte, la escritura de este libro es un espejo de la doble tragedia humana: la de la naturaleza irremediablemente problemática del mundo y del ser, y la de la brevedad y marginalidad de la existencia. Se nos presenta, sin duda, al Odiseo homérico, al héroe centrípeto del nostros, que ha puesto aparentemente punto y final a sus viajes y los contempla desde la seguridad de la patria reconquistada. Aunque esta tranquilidad dura poco. La nostalgia por el regreso se transforma en seguida en admiración por los viajes ricos en aventuras.

Y he aquí que encontramos de nuevo a Odiseo vagando por el Mediterráneo. Este Odiseo homérico y mediterráneo se sitúa tanto al inicio como al final del mundo antiguo y, al mismo tiempo, es el typos de otro Ulises. Vemos que Conrad es plenamente consciente de atravesar uno a uno todos los momentos tipológicos cruciales de la figura de Odiseo-Ulises, deseoso de reencarnar y leer figuralmente en sí mismo sus fases más sobresalientes. Dicho de otro modo, Conrad considera a Ulises su modelo cultural y poético. El Ulises de Conrad es desde el principio leyenda del canto y de la historia. Nace de la maravilla y la memoria, pero vive también los terrores del mundo.

El camino de Ulises no ha terminado, no puede ser visitado todavía por la muerte que Tiresias le anunció, una muerte ya en el seno del mar ya tierra adentro. Si Odiseo sigue de viaje con el remo a la espalda es que no ha alcanzado aún la tierra sin naves. El escritor y el lector sólo se encuentran en la esperanza, aunque podrían también no tocarse nunca.

¿Habrá un Ulises del siglo XXI?


[1] De la cual hablaremos más adelante.

[2] La hazaña de Colón constituye realmente para los europeos el hecho más significativo de todo el Renacimiento.

[3] Por ello podemos hablar de transformaciones, cambios o metamorfosis en Ulises y en su figura.

[4] Ernst Robert Curtus, James Joyce y su Ulysses dentro de Ensayos críticos sobre la literatura europea, Biblioteca Breve, Editorial Seix Barral, S.A., Barcelona, pág. 363.


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Tulipanes y delirios

Carmen Álvarez Vela. Reseña de Tulipanes y delirios, última novela de Sanz Irles. Muy recomendable.

Blog de Carmen Álvarez Vela

    Luis Sanz Irles (@SanzIrles) ha sido uno de mis grandes descubrimientos en la red. A través de su artículo, Texto sentido,  que publica los viernes en Málaga Hoy (@malagahoy_es),  voy conociendo más en profundidad su forma de ver y vivir la literatura. Cada semana me sorprende con una aproximación diferente a distintos autores, libros, estilos o técnicas literarias. Es una columna absolutamente recomendable  para los amantes de la literatura y para todo aquél que quiera descubrir una nueva forma de leer.

    Tulipanes y Delirios, su última novela, es extraordinaria por muchos motivos, aunque lo primero que me cautivó fue el lenguaje que maneja y el estilo personalísimo del autor: descarnado, brutal, sentimental, violento, sexual, triste, cínico, irónico, divertido, amoral, nostálgico, desesperanzado y culto; plagado de matices escondidos entre palabras y expresiones llenas de intención que cada lector percibirá quizá de manera distinta.

     La novela, en tan solo…

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