El baúl de Pandora

Reservado para los que deseen abrir su mente


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Manet, pintando la mercancía, pintando la vida moderna

Todo deviene en mercancía había sentenciado Baudelaire. Este es el ideario de la sociedad de finales del siglo XIX. Tras la industrialización, todo es ya mercancía. Y no podía ser otro sitio que la ciudad, la metrópoli, el lugar en el que las transformaciones producto de la Revolución Industrial se reflejasen. Con la industrialización, la vida ha cambiado por completo, aparece la prisa, aparece lo nuevo, la moda, lo novedoso. Y así, se introduce lo efímero. Se introduce la modernidad y “la modernidad es lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente”[1]. Aparecen también lugares nuevos acordes con ese nuevo modo de vida, con esa nueva sociedad en la que Marx no quiere a la burguesía. Aparece el bulevar.

Entre los bulevares se levantan zonas residenciales que serán habitadas por burgueses. ¿Qué función tienen los bulevares? Estructurar el espacio del nuevo sujeto metropolitano, y también la exposición de los productos comerciales. Cumplen una función de integración social. Las tiendas de los bulevares introducen los escaparates, la mercancía es expuesta para seducir al paseante del bulevar. Lo nuevo es expuesto para seducir al paseante. La modernidad seduce y el ciudadano se deja seducir por la modernidad. La modernidad es por ello primordialmente visual, introduce la estetización de la vida. La metrópolis es también un laboratorio en el que surgen nuevas formas de vida. Surgen así figuras nuevas como las del bohemio, las del voyeur, el curioso, el que mira. Y muy importante también la figura del flâneur, o el dandi. En esta figura reconocemos a un Baudelaire o a un Manet, pintor de la vida moderna. Con Baudelaire la ciudad se hace por primera vez motivo de poesía, hay una nueva mirada que es “la mirada del alegórico que se posa sobre la ciudad, la mirada del alienado”[2].

Y esta mirada es la mirada del flâneur. El flâneur se encuentra en tierra de nadie, no es ni burgués ni proletario, en ninguna categoría se encuentra a gusto, de ahí su pasear y su mirada indiferente. Y sin embargo el flâneur busca refugio en la multitud, el flâneur no sería nada sin la multitud. Y, ¿dónde se acumula esa multitud? En el bulevar, en el bazar, en el lugar de las mercancías. Y es que “en el flâneur la inteligencia se dirige al mercado”[3]. El flâneur es un asocial, alguien en contra de lo que ve, de lo que le rodea. Sus enemigos son aquellos que provocan todo aquello que le rodea, la burguesía. Y por ello se sitúa del lado de aquellos que con el Manifiesto Comunista alzado luchan por acabar con su existencia política. Sin embargo, el flâneur no es un hombre de acción, la revolución se la deja al proletariado. Su arma es la indiferencia y una inteligencia lúcida. En esta mirada indiferente y lúcida la obra de Manet apenas si tiene parangón. En la pintura de Manet es perfectamente identificable “esa especie de presencia absoluta de la imagen”[4]. La imagen es una imagen del momento, no hay nada que interpretar, todo está dado. La imagen es momento, casi una fotografía. Y, sin embargo, lo representado casi carece de importancia, es más importante la representación que lo representado.

Así, Manet aparece como el hombre que duda, el hombre que mira a su alrededor y no le gusta lo que ve, aunque en su pintura se muestre indiferente. Es el hombre que quiere romper los valores y las reglas establecidas pues no se identifica con ellas, y que sabe que eso se verá acompañado de un dolor inevitable. Por eso a menudo se ha apuntado que en Manet se abre una nueva dimensión en la pintura, comienza con él el arte moderno, la nueva mirada. En la pintura de Manet, sin llegar al realismo de un Courbet, vemos una pintura naturalista en la que domina la fuerza de lo evidente, “la mirada de Manet concede a las cosas otra presencia, otra vibración”[5]. Es lo que Bataille llama la elegancia de Manet. Esa mirada indiferente que encierra en sí una violencia que se muestra en la simplicidad, en la sencillez, en la representación libre de sentimientos, una mirada que no se posiciona, sólo muestra. Estamos asistiendo a la destrucción de la subjetividad, y con ella la destrucción del tema en el cuadro.

Ya no hay alegoría, ya no hay representación, lo que ves es lo que hay. No hay nada más que buscar. “¿No es acaso en esta distancia, en aquella indiferencia, donde reside el secreto de Manet? ¿No hay detrás de su pintura un cambio de sociedad, de costumbres, de juegos morales, que la burguesía de la Restauración había puesto en escena y de los que Baudelaire había sido el primer cronista?”[6]. En ese mundo reducido a mercancía y criticado por Marx la imagen resulta fundamental. Y quizá la imagen, el cuadro que mejor nos refleje hacia dónde nos han conducido esos ideales, tan denostados por Marx, que tras la Revolución Industrial se habían introducido en la vida moderna y que la misma Revolución había producido sea Un bar del Folies Bregére, de 1882.

Un bar de las folis bergère

Un bar de las folis bergère

El cuadro es una glorificación de la mercancía y, a la vez, una muestra de ésta como simple apariencia. Lo primero que se nos muestra es una joven de rubio flequillo que, con sus brazos apoyados en el mostrador, muestra un aire de total indiferencia. Es una mirada indiferente, pero también triste. Parece estar diciéndonos que todo lo que ve ante sí carece de valor alguno, ella está abstraída de todo eso, casi en otro mundo. Delante de ella hay botellas de champán, de cerveza rubia y de licor de menta. Entre las botellas lucen brillantes mandarinas, que tanto gustaban a Manet, y pálidas rosas en un jarrón. Sobre su ancho escote se ha puesto un ramillete de flores, quizá como un gesto de rebeldía, quizá ella no quiera ser otro producto más que se pueda comprar.

Detalle del espejo

Detalle del espejo

El espejo que hay detrás de esta muchacha, cuyo nombre es Suzon, nos muestra dónde se desarrolla la escena. También nos muestra un hombre, que bien podríamos ser nosotros mismos, que se inclina sobre la barra y mira intensamente a Suzon a los ojos con claras intenciones.

Detalle del hombre-pretendiente

Detalle del hombre-pretendiente

Finalmente, en el espejo podemos ver la habitación llena de gente, de brillo y movimiento, de espectáculo. No es este lugar otro que las Folies Bregére, uno de los locales más importantes y más lujosos —sólo hay que mirar la decoración o la iluminación del lugar para percatarse de ello— de París[7] del momento, cerca del bulevar de Montmartre. Es un lugar con el techo bastante alto, como lo muestran las lámparas y los pies de una trapecista que aparecen a la izquierda del cuadro.

En el espejo también podemos ver el balcón del local, que estaba reservado para las personalidades más importantes. Los personajes que vemos son de clase más bien alta. Los hombres van vestidos de oscuro, y las damas con largos y voluminosos vestidos, guantes y anchos sombreros. Sin embargo, todos parecen más interesados en sí mismos que en los espectáculos, como el de la trapecista, que se les ofrecen. El hecho de que aparezcan reflejados en el espejo es muestra de la intención de Manet de mostrar que sólo estamos viendo apariencias. Lo que se acentúa en la actitud de la gente centrada en sí misma. De hecho, en aquel tiempo era de rigor el que los invitados, al llegar, recorrieran el local. Empezaban en el jardín de palmeras del entresuelo, paseaban luego lentamente, subiendo la ancha y curvada escalera, para terminar dándose una vuelta o dos por el paseo circular. Manet nos muestra así la falsedad y la apariencia de una sociedad nacida en la vacuidad del reflejo.

Como ya se habrá adivinado, Suzon trabaja como camarera en el bar, de ahí la indumentaria que lleva, un negro y largo corpiño de terciopelo sobre una falda gris: el uniforme común del personal femenino. Seguramente se trate de una chica procedente de uno de los suburbios rurales de París, y quizás fueran su juventud y frescura las que le dieron el trabajo en las Folie Bergère. Trabaja, pues, vendiendo mercancía. Es una glorificación de la mercancía lo que se ve en el cuadro. Muchísimas chicas como Suzon trabajaban en los bares y cafés de París vendiendo lujosos productos tras los mostradores, es la era del escaparate, es la era de la seducción de la mirada. Así pues, Suzon está vendiendo las mercancías delante de ella. Pero, ¿es ella también una mercancía? La respuesta es sí. La misma Suzon se ha convertido en mercancía. Este hecho se hace perfectamente evidente si observamos al hombre que “pretende” a nuestra camarera. En aquellos momentos, como ya hemos dicho, había miles de chicas como Suzon en París. Su modesta elegancia, su coquetería y sus agudas réplicas aumentaron formidablemente el atractivo que la metrópolis ejercía en sus habitantes, y en los que no eran sus habitantes. Pero estas chicas, cajeras, camareras, vendedoras, cobraban unos sueldos bajísimos, por lo que decidían a menudo usar sus “talentos” más provechosamente. Sin embargo, la mirada indiferente y distanciada de Suzon, que no hace caso a su pretendiente, parece que nos dice que ella no es así, que no está dispuesta a convertirse en mercancía. Aunque eso el hombre no lo sabe, por eso no dejará de insistir. Quizá sea el conocimiento de Suzon de que todo aquello que la rodea, el espectáculo, los hombres y mujeres, las bebidas del mostrador, todo, es falso, irreal, una mera apariencia, quizá sea eso lo que haga que tenga esa tristeza indiferente en la mirada. O quizá lo sea saber que todo lo que la rodea tiene un precio, incluso ella, y, tarde o temprano, a pesar de su resistencia, quizá también ella acabe vendiéndose al mejor postor[8]. Todo aparece como un mar de apariencias. La intención de Courbet ha fracasado, el viaje de lo moderno es el viaje de la apariencia.


[1] Charles Baudelaire, El pintor de la vida moderna, Colección de Arquitectura, Murcia, 2005, pág. 92.

[2] Walter Benjamin, Poesía y capitalismo, Taurus, Madrid, 1988, pág. 184.

[3] Ibíd.

[4] Georges Bataille, Manet, Murcia, 2003, pág. 13.

[5] Ibíd., pág. 16.

[6] Ibíd., pág. 19.

[7] Hacia mediados del siglo XIX, la capital francesa – cuya población se cuadruplicó entre los años 1800 y 1900 – llegó a ser un símbolo de las artes, de la industria, del progreso de la ciencia y del buen vivir.

[8] De hecho, como se puede ver en el detalle de arriba, en el reflejo del espejo Suzon aparece inclinada hacia el hombre que la pretende.

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Mariano José de Larra

Hoy quiero compartir con vosotros una de las figuras más importantes de la historia intelectual de este nuestro país, España, que tantos disgustos nos ha dado y nos sigue dando desde tiempos inmemoriales: Mariano José de Larra. No es mi intención hacer aquí, en este poco espacio, un homenaje a su figura (se antoja demasiado poco espacio y uno que merezca la pena redactar necesita de un trabajo muy concienzudo y elaborado), pero si me gustaría compartir con vosotros algunas de sus frases que resumen su ideario y su idiosincrasia cultural e intelectual que, por cierto, es perfectamente extrapolable a la época en la que, por suerte o por desgracia, nos ha tocado vivir.

Imagen extraída de Wikipedia. Esta obra está bajo dominio público después de haber expirado sus derechos.

Este poeta, escritor y periodista de principios del siglo XIX, es principalmente conocido por ser uno de los mayores, sino el mayor de los representantes de la corriente intelectual y artística europea, conocida como Romanticismo, en España en los ámbitos periodístico y literario. Interiorizó hasta tal punto la angustia vital de este movimiento, chocando contra lo que él consideraba la decadencia de la cultura española desde el siglo de Oro hasta su momento, reivindicando lo que los grandes escritores e intelectuales de este país han demandado desde el siglo XVII: el pensamiento crítico, la educación, la formación intelectual y la necesidad de una sensibilidad artística y de un modo de vida acorde con los tiempos que se vivían y no con unas épocas ya pasadas y caducas criticando entre otras cosas el control sobre el pensamiento que sectores, como la Iglesia, aún tenían sobre la sociedad española. Por ello, entre otros motivos, se quitó la vida en 1837 de un disparo, al más puro estilo romántico. Espero que os guste.

<< Cumpla cada español con sus deberes de buen patricio y, en vez de alimentar nuestra inacción con la expresión de desaliento “¡Cosas de España!”, contribuya cada cual a las mejores posibles>>.

<< Amo demasiado a mi patria para ver con indiferencia el estado de atraso en que se halla>>.

<< España que Dios guarde, de sí misma sobre todo >>.

<< Aquí yace media España. Murió de la otra media >>.

<< Ha hecho usted bien en irse a la luna, porque aquí, amigo, nadie se convence, y eso que media España anda todo el día ocupada en convencer a la otra media >>.

<< La libertad no se da, se toma >>.

<< Un pueblo no es verdaderamente libre mientras la libertad no está arraigada en sus costumbres e identificada con ellas >>.

<< Escribir en Madrid es llorar. Es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta >>.

<< El pueblo no es el Gobierno; es más fuerte que él, cuando éste no comprende y satisface sus necesidades >>.

<< La sociedad es un cambio mutuo de perjuicios recíprocos. Y el gran lazo que la sostiene es, por una incomprensible contradicción, aquello mismo que parecería destinado a disolverla; es decir, el egoísmo >>.

<< Mi vida está destinada a decir lo que otros no quieren oír >>.

Bibliografía

– Miranda de Larra, Jesús: Biografía de un hombre desesperado. Larra. Santillana Ediciones Generales, S.L. 2009. ISBN: 978 – 84 – 03 – 09993 – 7.


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La lucha contra nuestro lado animal

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Cartel publicitario del libro de 1885. Vía Wikipedia. Librería del Congreso de los EEUU. Esta obra está bajo dominio público.

Hoy quiero compartir con vosotros una reflexión que me he planteado muchas veces y que ha sido tratada desde los más diversos enfoques y planteamientos teóricos por diferentes ciencias como la Psicología, la Sociología, la Pedagogía, y por Ciencias Sociales como la Historia, el Derecho y la Filosofía: la lucha contra el lado animal del ser humano. Para ser más concretos, porque un análisis completo sería demasiado extenso, me quiero centrar en las representaciones cinematográficas, literarias y todos aquellos elementos que forman parte del imaginario colectivo y que configuran la aceptación social de dichas representaciones.

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Fotograma de la película “Doctor Jekyll y Mr. Hyde” de 1920. Vía Wikipedia. Esta obra está bajo dominio público.

Para ello tomaremos como punto de partido el relato de Robert Louis Stevenson en su obra, “El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde”, publicada en 1886. En ella se describe la historia del Doctor Jekyll que en una investigación para analizar la naturaleza de la conciencia humana (compuesta por el bien y el mal). Según esa hipótesis era posible polarizar y separar ambas partes y para demostrarlo creó una poción y un antídoto que permitía encarnar dicha parte maléfica, permitiendo al mismo tiempo depurar la parte buena. Una vez tomada, Jekyll se convertía en un ser con una fuerza sobrehumana, una astucia, una inteligencia y unos reflejos fuera de la normal además de convertirse en un ser que se abandonaba a los peores y más bajas instintos antisociales. A ese nuevo ser lo llamó Edward Hyde. Inicialmente los efectos de la poción eran temporales y no era necesario antídoto, pero con el tiempo, el doctor Jekyll se abandonaba a lo atractivo de desarrollar otra personalidad que era capaz de hacer todas las cosas que no le estaban permitidas como médico respetado dentro de la sociedad, y el antídoto debía ser usado para acabar con las transformaciones, que llegaron a convertirse en no premeditadas y espontáneas. En ese estado era capaz de realizar las mayores atrocidades y comportamientos antisociales.

Este caso, ha sido catalogado por la psicología como un trastorno psiquiátrico conocido como disociativo de la identidad (anteriormente conocido como trastorno de la personalidad múltiple) consistente en la existencia de dos o más personalidades del individuo, cada una con sus características y sus modos de actuar y desenvolverse con su entorno. Este personaje se ha interpretado como la incapacidad del ser humano para desarrollar su propia personalidad en un entorno y una sociedad delimitadora de las costumbres y de la respetabilidad en el campo de las relaciones sociales. Lo curioso, es que este autor se adelantó 20 años a Freud en su análisis sobre la psique humana y las pulsiones que guían los comportamientos y el inconsciente humano, así como la teorización sobre la personalidad y el “yo” y el “ello”. Otra interpretación va más allá y nos remonta al tradicional conflicto entre las fuerzas del bien y del mal que guían el destino del mundo y de la humanidad, formando parte de todo lo que nos rodea e, incluso, de nosotros mismos, encontrándonos en una lucha permanente por conseguir un equilibrio favorable hacia la parte buena de nuestro yo. A continuación una escena sobre este personaje en la película de 1941:

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Portada del cómic “Dr. Jekyll and Mr. Hyde” de la editorial Classic Comics de 1943. Vía Wikipedia. Esta obra está bajo dominio público.

Esta dicotomía la encontramos también en el popular personaje de cómic conocido como Hulk. En ella, otro científico, Bruce Banner, después de estar expuesto a la radiación Gamma, se convierte, cuando es dominado por la ira, en un ser enorme y gigantesco, un alter ego verde con una mente sencilla y primitiva que contrasta con la inteligencia y brillante intelectual de Bruce Banner (al igual que ocurre con Jekyll y Mr. Hyde). Hasta tal punto se parecen ambos personajes, que la propia compañía que la creó, Marvel y su autor Stan Lee, admitieron haberse inspirado en este personaje literario para crear al de cómic. También Hulk posee poderes especiales como fuerza sobrenatural, increíble resistencia al daño físico, inmortalidad cronológica y una regeneración increíblemente rápida de tejidos entre otros poderes.

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Portada “The incredible Hulk” de la colección Essential. Vol. 2.

Y aquí os dejo otro vídeo de la transformación, en este caso de Bruce Banner en Hulk:

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Obra “Werewolf” de 1512, de Lucas Cranach el “Viejo” (1472 – 1553). Vía Wikipedia. Herzogliches Museum Gotha. Esta obra está bajo dominio público.

Sin embargo, esta dicotomía entre el bien y el mal expresada a través de la naturaleza humana y del propio origen del mundo no es contemporánea y podemos encontrar trazas del mismo dentro la mitología de todas las culturas. Por ejemplo, las transformaciones de los licántropos u hombres lobo (tema también ampliamente tratado por el 7º Arte) entronca en parte con el tema del que estamos tratando, ya que en el folclore de algunas culturas, significa reclusión, ser esclavo de tus instintos más básicos y no podían escapar de dicha maldición.

Asímismo, los centauros simbolizaban la dualidad entre el intelecto humano y el instinto animal y algunas veces son representados como salvajes, adúlteros y belicosos y otras veces eran nobles y afables, como Quirón, tutor y educador de héroes como Aquiles o Jasón entre otros.

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“Hércules matando al Centauro” de Giambologna. Fotógrafo: Frank Fleschner. Plaza de la Siñoría, Florencia, Italia. Vía Wikipedia. Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Attribution 2.0 Generic.

Otro caso que podrías nombrar sería el del Minotauro, aquélla criatura fruto de la unión entre Zeus (transformado en un toro blanco) y la reina cretense Pasifae. Será encerrado en el laberinto de Minos, y simboliza la brutalidad. De hecho, en la obra de la fotografía podemos ver a Hércules, simbolizando en este caso el orden, la civilización y el bien, asesinando al centauro como representante del caos, el mal y el salvajismo animal y del ser humano, al ser una combinación de ambos.

Nótese que dentro de la cultura occidental, el binomio orden – caos, bien – mal ha sido interpretado desde la óptica cristiana cielo – infierno, por lo que muchas de estas interpretaciones de dicho fenómenos presentan reminiscencias y tradiciones en las que salvación, alma y debilidad del ser humano están presentes. Este último punto, relacionado con todo lo anterior se pone de especial manifiesto en la obra “El retrato de Dorian Grey” de Oscar Wilde, en que la naturaleza pecadora, corrupta y mala se pone de manifiesto en el retrato que realizaron a ese personaje y en el que queda representado el pacto realizado con el diablo.

Para concluir podemos decir que la dicotomía bien – mal y su plasmación en la naturaleza humana podría remontarnos a todas las culturas y tiempos de la Historia, con multitud y heterogeneidad de representaciones, por lo que se ha intentado establecer una visión general sobre la plasmación de dichas concepciones en la cultura artística, visual y cinematográfica contemporánea.

Fuentes utilizadas

– Bruce – Mitford, Miranda; Wilkinson, Philip: Signos y símbolos: Guía ilustrada de su origen y significado. Ed. Dorling Kindersley. Madrid. 2008. ISBN: 978 – 1 – 4053 – 2539 – 4.

– Obra colaborativa: El libro de la Filosofía. Ed. Akal. Madrid. 2011.


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Policleto y su legado

Hoy, y a la vista de la confianza que estáis depositando en nosotros (de lo que estamos enormemente agradecidos) vamos a ampliar nuestros horizontes con la creación de esta nueva sección dedicada al arte.

No debemos olvidar que el arte siempre ha sido la manera en la que el ser humano intentaba codificar y ordenar todos aquellos elementos de la naturaleza del mundo en que vivía y la propia naturaleza humana, para dotarle de una lógica que aportara seguridad y esperanza. Además de ello, ha sido y será el principal medio de representación de los estados de ánimo y de toda aquella superestructura intelectual que configura las sociedades a lo largo de la Historia, ya que como dijo Marc Chagall:

“El arte es sobre todo un estado del alma”.

Por todo ello, ¡Bienvenidos al Arte!

Esta primera entrega la comenzaremos con uno de los artistas que permitió la configuración del ideal clásico griego de belleza tal y como lo conocemos y el que ha perdurado hasta nosotros: Policleto.

Policleto de Argos, nació en dicha ciudad hacia el 490 murió hacia el 420 a.C. Fue uno de los principales escultores griegos del siglo V a.C. que se inscriben en la tradición del período artístico conocido como Grecia Clásica que se desarrolla a lo largo de este siglo, junto a otros artistas como Fidias (autor del Partenón de Atenas) y Mirón (autor de la obra “el Discóbolo”).

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Visión de la acrópolis de Atenas, con el Partenón como la principal obra del período artístico conocido como la Grecia Clásica. Vía Wikipedia. Obra bajo licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 3.0 Unported.

El principal objetivo de este autor era reproducir un modelo de realidad sin imperfecciones, una visión idealizada de la naturaleza y de la belleza. Adoptó de Pitagóras la creencia en la armonía de números en el universo, por lo que la existencia de una realidad superior basada en proporciones matemáticas era la consecuencia lógica de dicha creencia. En relación con eso, Policleto creó un Canon o tratado sobre las relaciones numéricas y las proporciones y simetría entre las diversas partes del cuerpo humano, las cuales se convierten en el modelo para representar las proporciones ideales de la belleza en la naturaleza. Dicha teoría la plasmó en la obra conocida como “Doríforo” o “Canon”.

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Discóbolo de Mirón, copia de los Jardines Botánicos de Copenhague. Vía Wikipedia. Esta obra está en dominio público. 

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Doríforo de Policleto. Copia romana de época Imperial. Museo Arqueológico de Nápoles. Siglo I a.C. Fotógrafa: Marie – Lan Nguyen. Vía Wikipedia. Esta obra está bajo licencia Creative Commons Attribution 2.5 Generic. 

La obra fue inicialmente realizada en bronce, material bastante utilizado en esta época por su mayor plasticidad y permitía practicar antes de realizarla en mármol, el cual aún no era tan utilizado. Conocemos la obra por copias romanas realizadas en mármol como la de la foto. Es un joven desnudo que porta una lanza (dory) típica de los hoplitas en su mano izquierda. La principal innovación es la posición de las piernas. Mientras que la derecha está soportando todo el peso, la izquierda están en una posición de potencial movimiento, entendido por Policleto como el tiempo cristalizado y congelado, la captación del movimiento en una figura inanimada. Además, la cadera está ligeramente inclinada hacia arriba y sólo un brazo está en tensión, mientras que la cabeza está girada como preparándose para el movimiento. Esta técnica se denomina contrapposto y se empieza a generalizar en la realización de esculturas gracias a artistas como Policleto, y será utilizada posteriormente en los estudios sobre la representación del movimiento en la escultura y la representación de sentimientos y actitudes a través de líneas muy definidas basadas en estudios anatómicos y de la proporción. Introduce así Policleto, una contraposición armónica entre las partes que se equilibran, formando un todo armónico y organizado. Se especula, incluso, que esta obra pudiera ser la representación de alguien real, o la idealización heroica de personajes míticos como Aquiles.

Otra de las obras de gran valor artístico de Policleto, por su adopción de la estructura en aspa es el “Diadúmeno” o “atleta” ciñéndose las cintas en señal de victoria. El autor se preocupó más en esta obra de conseguir la belleza perfecta utilizando el esquema nombrado anteriormente así como una mayor riqueza de movimientos y equilibrio.

Se inicia con Policleto así la época Clásica del Arte Griego, el período más importante para la Historia del Arte Occidental, estableciendo modos, conceptos y técnicas que se usarán como modelo para la representación de la belleza hasta el siglo XIX.

Fuentes utilizadas

– Gómez Cedillo, Adolfo (coord.), Ramírez, Juan Antonio (dir.): Historia del Arte 1. El mundo Antiguo. Alianza Editorial. 2006. Pinto (Madrid).

– Bejor, Giorgio; Castoldi, Marina; Lambrugo, Claudio: Arte greca. Dal decimo al primo secolo a.C. Ed. Mondadori Università. 2008. Roma.

– Honour, F.; Fleming, J.: Historia del Arte. Editorial Reverté, S.A. 1986. Barcelona (España).