El baúl de Pandora

Reservado para los que deseen abrir su mente


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Qué hacer y situación. Ayotzinapa-Guerrero-México-…

Estemos donde estemos y vayamos donde vayamos, siempre tenemos un entorno o ambiente, físico y social. Solemos saber dónde empieza, pero rara vez dónde termina. Y por muy reducido que sea su alcance, siempre contiene demasiadas cosas, más de las que podemos manejar. ¿Cuáles son las relevantes?

Y bien sabemos que el entorno resulta tan básico para nuestra toma de decisiones sobre lo que haremos o dejaremos de hacer como la carga interna de hábitos, convicciones, sentimientos, necesidades y expectativas que hemos acumulado. Y todo parece indicar que esta carga interna juega un papel crucial para determinar hasta dónde llega el entorno y qué es lo relevante en él. Por lo tanto, si bien se nos impone distinguir entre entorno y carga interna, parece que no conviene enajenar al uno del otro.

El término “situación” es utilizado en algunos contextos para abarcar ambas cosas a la vez tal como interactúan entre sí y se determinan mutuamente a la hora de actuar, sea en lo inmediato o a mediano o largo plazo, de forma individual o colectiva.

El video de RompeVientos que les recomiendo ilustra muy bien esto en relación con las movilizaciones multitudinarias que se han venido dando en México en relación con Ayotzinapa. Participan tres periodistas que han estado metidos en el trabajo día a día de las noticias, y un intelectual comprometido que lleva decenas de años trabajando duro en hacer buena geopolítica: ¿cuáles son los intereses y recursos, los trabajos y necesidades que de una u otra forma están en juego ahí para la producción y reproducción de la vida de todos y de cada uno, tanto de las grandes mayorías como de “los grupetes” de élite?

Tal vez estarán de acuerdo conmigo en que la pregunta qué hacer se mantiene demasiado implícita, pero creo que, en positivo, obedece a la búsqueda por ampliar el horizonte –espacial y temporal– y, sobre esta base, contribuir con su grano de arena a poner al descubierto lo que llama “el fondo del conflicto” –que, ciertamente, asoma la cabeza. Es, pues, una contribución para responder la pregunta qué hacer de la mejor forma posible.

El video es largo, pero desde los primeros 15 minutos ya se tiene una primera imagen suficientemente clara del problema entre entorno y ambiente y de la necesidad de no considerarlos como mundos ajenos entre sí; es decir, del problema de situarse. (Y tiene lo que las televisoras llaman “vamos a un corte”, pero ojo, no se trata de cortes comerciales; valen tanto como la entrevista).

Las razones de fondo de la tragedia en Guerrero, en Periodistas de a Pie. Rompeviento TV. 23/10/14 – YouTube.

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Ayotzinapa: ¿qué sigue?

Ya habrán oído la noticia sobre la gran hoguera; si no, o quieren enterarse con más detalle, les mando un vínculo al video de la conferencia de prensa oficial.*

Recordé la foto con la que encabezo esta nota, tomada el 22 de octubre en Barcelona. El Guernica es arte porque estos hechos nos hacen ver en él cuál es el ser humano que estaremos construyendo mientras no formemos una unidad internacionalista más fuerte que los intereses de grupos particulares.

¿Qué sigue, para totes y para tots, a lo largo y ancho del planeta –no qué va a pasar, sino qué vamos a hacer, los unos, los otros, los de más allá?

* Advierto: el video dura una hora, incluidas declaraciones filmadas de los que confesaron ser parte de los verdugos y poco más de media hora de preguntas de algunos medios. En este vínculo también podrán encontrar extractos.

http://aristeguinoticias.com


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La unión y la fuerza del qué hacer

Sobre todo en tiempos de crisis, es muy frecuente que se nos hagan múltiples llamados a unirnos y hacernos fuertes que compiten o rivalizan entre sí. Tomaré como ejemplo un caso que aquí se ha puesto sobre la mesa: el de los llamados que hacen girar esa unión y fortalecimiento en torno a Hispanoamérica, lo hispano o la Hispanidad, a los que en conjunto he llamado hispanocentrismo. Los llamados con los que rivaliza son, sobre todo, en mi opinión, el internacionalismo y la unión de Latinoamérica, hoy muy asociada al movimiento bolivariano; también, por los recursos con los que cuentan, a las uniones formadas vía los tratados de libre comercio y a la Unión Europea (tal vez también deba mencionar el proyecto de las cumbres Iberoamericanas). Antes de entrar en los detalles del hispanocentrismo, tal como se nos presenta, empezaré por algunos rasgos que tienen mayor alcance y profundidad en los llamados a unirnos y hacernos fuertes tomados en general.

En principio, en cuanto llamados, reconocen nuestra libertad, la que nosotros, al oírlos, damos por supuesta: somos nosotros los que hemos de decidir cuáles aceptamos y cuáles rechazamos. Ya sabemos que se nos puede imponer una decisión imperial, pero esto no anula la nuestra. ¿Cómo tomamos la decisión? Intervienen multitud de factores. Algunos son más de cajón, otros volátiles o circunstanciales. Al escuchar un llamado de estos, esperamos que se aclare para qué y con quiénes se pretende que nos unamos, y contra qué o contra quiénes hemos de hacernos fuertes. Es fácil que, en muchos casos, dominen los cálculos sobre costos, beneficios y riesgos, sea por el lado de quien hace el llamado, que los sesga si lo que quiere es “venderlo”, o por el de quien lo escucha, que los regatea si se asume como consumidor o como inversionista, por pequeño que sea su “capital”. En el mundo de las ciencias de la comunicación —tradicionales o interactivas—, se le da mucho peso a factores tales como “la imagen” o el “me gusta”; por algo será.

En todo caso, sin embargo, hay una distinción decisiva entre los diferentes llamados. Cuando en el unirse y hacerse fuertes hay un “contra quiénes”, se trata de un llamado a luchar; si no lo hay, se trata de un llamado a trabajar por algo (tal vez se le llama lucha para subrayar el esfuerzo y el sacrificio que requiere; por ejemplo, cuando el llamado a trabajar por la erradicación de una enfermedad –o de la pobreza así considerada– va más allá del sólo sacar unas monedas del bolsillo). El llamado a luchar es mucho más exigente. Ya no se trata meramente, como dicen los economistas, que manifestemos una preferencia entre los distintos llamados que compiten entre sí, sino que tomemos partido, buscando extender y fortalecer una alternativa y aislar y debilitar a las demás. Aunque hoy en día se suele hablar de la competencia mercantil en términos de “ser competente”, bien sabemos que se trata de una lucha. Con el hispanocentrismo sucede algo similar: se presenta “la Hispanidad” como un valor, puro en sí mismo, bueno para todos los hispanoamericanos —unos incluyen a los españoles, otros no—, pero no tardan en aparecer por ahí un escudo de armas (¡el del ejército del Imperio español, el del Carlismo, el del franquismo!) y el propósito de construir “una potencia económica y militar”. No se trata, pues, de un llamado a trabajar por el fortalecimiento de una cultura, sino de luchar en la arena geopolítica y, dentro de cada país hispanoamericano, contra los internacionalistas y latinoamericanistas, muy en especial contra los bolivarianos, lo mismo que contra los socios hispanos de los “demás” imperios.

Esta distinción entre trabajo y lucha no significa, sin embargo, que la lucha y el trabajo sean tipos de compromiso ajenos entre sí. Hay otra forma de entenderlos que permite no enajenarse ni en lo uno ni en lo otro. Sartre argumentó, a mi modo de ver de forma convincente, que la historia y la vida social resultan más comprensibles –“inteligibles”– si vemos la lucha como dos trabajos que se despliegan en condiciones tales que no pueden progresar sin enfrentarse y socavarse entre sí.

Las Guerras de Independencia fueron un trabajo de los insurgentes para conquistar su independencia y libertad respecto al Imperio español, en contra del trabajo de los realistas para mantener y reproducir su dominación imperial. Desde luego, había muchos “terceros”, nacidos en América o en España o en otro lugar, a los que tanto los insurgentes como los realistas llamaban a unirse y hacerse fuertes con ellos. La unidad de unos y otros reside más en su trabajo que en su lucha. Su lucha es consecuencia de su trabajo ahí donde éste atraviesa ciertas condiciones que lo amenazan y lo ponen a prueba, pero el trabajo empezó antes y, si triunfa en su lucha, podrá y tendrá que continuarse después. Es el mismo trabajo que se ha continuado por 200 años hasta hoy, ya contra imperios de otro tipo y no sin reveses.

La gran falla del hispanocentrismo, lo que convierte su “gran sueño” en un delirio, es que en aras de encontrar una alternativa internacional, tanto contra el movimiento bolivariano como contra la Unión Europea y las uniones vía tratados comerciales, optó por fundamentar su “tercera posición” en el orden imperial español (y la palabra orden la pronuncia con mayúsculas y con negritas). Se ve obligado a purificar idealmente el Imperio (“no pretendía subyugar al indio y saquear la tierra”, sino “expresar lo español en otras latitudes” y “conocer al indígena”, una “preocupación trascendental, y profundamente espiritual”); considera las Guerras de Independencia como lo que rompió la unidad que “siempre debió estar”, y descalifica todo lo que lo contradiga como eco de las maledicencias y complots británicos de la época. Se niega a comprender, no sólo al Imperio español, sino sobre todo el trabajo y la lucha de resistencia que encontró desde el principio y su derrocamiento por el trabajo y la lucha de lo que llama “la peonada violenta”. Y este trabajo es lo más constituyente de una verdadera unidad.

Aunque sólo fuera por los últimos 200 años, y no por los antiguos 300 o 400, pero también por la resistencia durante estos 600 años, la unidad de Latinoamérica está más sólidamente constituida e identificada por el trabajo y la lucha de los insurgentes. Este es el trabajo que se desarrolló hasta tomar la forma de unidad de las luchas latinoamericanas, cada vez más orientadas por el internacionalismo de los trabajadores. Las condiciones de hoy en día la obligan a transformarse, pero a transformarse dando un paso más en esa dirección, no retrocediendo hacia un hispanocentrismo que, para colmo, como si quisiera advertir y dar muestras de su desprecio por “la peonada” a la que dirige su llamado, enarbola como tarjeta de presentación el escudo de armas del Imperio español, del Carlismo y del franquismo.


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Ayotzinapa: qué hacer

Ayotzinapa, un rincón de México desde el cual, el 26 de septiembre pasado, un buen grupo de adolescentes y jóvenes que estudian para ser maestros emprendió un viaje de unos 130 km hasta Iguala, tercera ciudad en número de habitantes (más de 140,000) del Estado de Guerrero. El propósito de los estudiantes era recaudar apoyo de la población para poder asistir en la ciudad de México a la manifestación conmemorativa de la masacre del 2 de octubre de 1968. Al caer la tarde, en cuanto empezaron a ocupar camiones para emprender el viaje de regreso, fueron atacados por la policía de Iguala y gente no uniformada. Hubo seis muertos, entre ellos varios jóvenes que regresaban de participar en una competencia deportiva, a los que la policía confundió con los normalistas por el sólo hecho de que eran jóvenes e iban en un camión. Durante la noche se buscó inútilmente el paradero de 43 normalistas que habían sido detenidos; finalmente, de forma oficial, fueron declarados desaparecidos. Desde ese día se ha insistido reiteradamente en que fueron incinerados, y que el alcalde de la ciudad, que puso pies en polvorosa, está íntimamente ligado al “crimen organizado”. En estos días se han encontrado ya varias fosas clandestinas con más de 20 cadáveres incinerados; los peritos forenses han dictaminado que no son de los normalistas, pero el delegado de la ONU sobre derechos humanos declaró que el peritaje se hizo en condiciones que no permiten considerarlo confiable).

Ya desde hace años, las represiones contra los normalistas de Ayotzinapa habían ocupado las primeras planas de los periódicos (2007, ver foto anexa, y 2011, donde ya hizo su aparición el fuego encarnizado). Ahora, sin embargo, la cosa no sólo alcanzó un nivel mayúsculo, sino que se dio en condiciones nacionales muy distintas. No podía quedar ahí.

El 2 de octubre, Ayotzinapa estuvo muy presente en la marcha conmemorativa en la ciudad de México, aunque de una forma muy diferente a la que esperaban los normalistas una semana antes. La indignación por lo ocurrido ya se había expresado desde los primeros días, incluso con lo que la prensa internacional suele calificar como “disturbios”. Pero en la marcha de decenas de miles del “2 de Octubre no se olvida”, la indignación se puso de manifiesto directamente, a los ojos y en la piel de todos, mostrando que se estaba generalizando con una gran potencia, en especial por parte de los que estudian en las instituciones públicas.

Una parte muy importante de los estudiantes que marcharon aquel día fueron los del Instituto Politécnico Nacional. Ya llevaban semanas movilizándose por sus demandas particulares, estaban en huelga general y organizados mediante asambleas y brigadas para salir a difundir su movimiento y recaudar apoyo de la población. No tardaron en hacer suya la demanda de Ayotzinapa. Lo mismo hicieron numerosos grupos estudiantiles de cinco o seis de las instituciones mayores, muchos de los cuales convocaron a asambleas en sus respectivas escuelas. Surgió así una asamblea ínter universitaria en lucha que ha venido convocando a manifestaciones multitudinarias el 8 y 10 de octubre, a un primer paro universitario los días 14 y 15 y un segundo paro los días 22 y 23 de este mismo mes (ver cartel anexo). Las movilizaciones se han venido dando también en otros seis estados.

Otra parte importante de esta movilización han sido los maestros de educación básica y media que, desde los años 80, se mantienen organizados e independientes respecto a la dirigencia del sindicato nacional. Entre ellos se encuentran buena parte de los maestros del Estado de Guerrero. Y es uno de los estados en los que, originalmente, el movimiento de “las guardias comunitarias” se asentó con más fuerza.

¿Otra “primavera”, otra “explosión de ira”? Poniendo el foco de atención en la pregunta qué hacer, desde luego que hay muchas similitudes con lo sucedido, lo hecho, en 2011 alrededor de todo el Mediterráneo y frente a Wall Street: los paros en los centros de trabajo y de estudio, las marchas multitudinarias en las calles, las asambleas, incluso las declaraciones de los notables… Pero esto igual nos lleva a toda la historia de los movimientos populares. Estas formas de acción y de organización no pueden ser gratuitas. Enfocarnos en la pregunta qué hacer –si se quiere a partir de lo sucedido, de lo hecho, y en todo caso considerándolo seriamente—nos obliga a ver también las diferencias entre unos y otros casos, a fin de evaluar más concretamente la situación concreta; “concreta”, no en el sentido de que “se puede tocar”, que es nuestro entorno inmediato, sino de que articula los significados más importantes para la acción, a nivel tanto general como particular y singular.

Es en este sentido que Marx decía que “la verdad es siempre concreta”, no como una cuestión escolástica, sino práctica. De lo que se trata aquí no es de interpretar si esto es una “primavera”, “explosión de ira” o quién sabe qué otra imagen; de lo que se trata es de hacer verdad un mundo justo. Y hoy, 22 de octubre, estoy seguro que aquí, en México, lo mismo que alrededor de todo el Mediterráneo y frente a Wall Street, esto pasa por fortalecer los paros y movilizaciones convocados por las asambleas estudiantiles que se han unido a los normalistas de Ayotzinapa exigiendo justicia en el caso de los 43 desaparecidos.


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La pregunta ¿qué hacer? en tiempos de crisis (o por qué abrir bien la mente, los ojos, las ventanas…)

La pregunta ¿qué hacer? en tiempos de crisis
(o por qué abrir bien la mente, los ojos, las ventanas…)

Con el título de esta entrada busco resumir el foco de atención que guiará una serie de futuras entradas. Como lo dice el subtítulo, me parece que la pregunta qué hacer en tiempos de crisis toca un aspecto importante del significado y alcance que tiene hoy el lema de este blog: abrir la mente. Y recíprocamente, el nombre de este blog, el baúl de Pandora, contribuye de forma importante a mantener presente una característica de lo que significa la crisis, en especial cuando se la ve con la perspectiva de la pregunta qué hacer.

Con esta entrada introductoria busco precisar qué es lo que he querido resumir en el título y hacer más explícitas sus conexiones con el nombre y lema de este blog en general y, en particular, con las demás columnas y entradas de mis compañeros.

Es muy limitada mi experiencia con niños que “están en la edad del por qué”, pero en una ocasión un par de ellos me hicieron pensar que no debía interpretarlos atribuyéndoles quién sabe qué curiosidad científica o filosófica innata. No parecían estar ni poder estar muy interesados en saber cuál es la causa, el origen o la explicación de las cosas. Me pareció que más bien lo que querían era entender la pregunta misma de por qué, o jugar con una característica de ella que ya habían aprendido al tratar de entenderla y que no tienen otras preguntas (como la de qué es eso o qué es un puercoespín): que siempre se puede volver a plantear sobre cualquier respuesta que se le dé. Y también me pareció que muy bien podía tener su lógica: de lo contrario, ¿cómo podrían haber llegado a saber qué es una causa, un origen o una explicación, y suponer que todas las cosas debían tener una? En cambio, si empiezan jugando con los usos de la pregunta, parece que todo se hace más inteligible: jugando así llegarán a identificar esas palabras como lo que organiza la experiencia que adquirieron con aquel juego. Seguramente los estudios especializados mostrarán que la cosa es más complicada, porque en cada nueva experiencia está presente el cómo hemos asimilado y relacionado entre sí las experiencias anteriores.

No obstante, desde entonces estoy convencido de que aquellos niños me dieron mi primera lección en ciencias cognitivas: no te apresures a atribuirle a los demás el significado que tu le atribuyes a las palabras, a las acciones y a las cosas, por mucho que te apoyes en las definiciones de diccionario y en tu conocimiento de su entorno; en la medida en que la cosa es importante, igualmente importante será pararte sobre sus zapatos, percibir ese entorno con sus sentidos y asimilarlo en relación con su experiencia.

Y está claro que la cosa es muy importante si ese “los demás” está constituido por una multitud que se manifiesta en contra de otros “demás”, en medio de unos terceros aún más numerosos que, aunque dispersos, están involucrados de una u otra forma. Y estando en crisis, la cosa se irá haciendo cada vez más importante. Será tan difícil como se quiera cumplir la conseja de pararse sobre los zapatos de tantas y tan diversas personas; desde luego, es imposible cumplirla al cien por ciento; pero amerita poner todo el esfuerzo para desarrollar al máximo nuestra capacidad de cumplirla. Incluso si tomamos la decisión de cruzarnos de brazos estaremos actuando a favor de un desenlace o de otro.

Como quiera que sea, hay que tomar una decisión sobre qué hacer. Y la decisión será tan justa, certera o adecuada como justa sea la atribución de significados a las palabras, a las acciones y a las cosas de los unos, los otros y los terceros. Y tiene que ser una justeza que se mantenga al día, que aprenda a serlo con base en la experiencia que se va acumulando diariamente en la práctica de cada uno. Tanto para la cooperación como para la confrontación se requiere de esa justeza, más aún si el desenlace que buscamos es una sociedad cada vez más fundada en la cooperación. Reducir la decisión a una elección entre tal o cual personalidad o líder que sea el que realmente tome las decisiones y garantice la cooperación, sería una decisión que plantea serias dudas sobre la razón que puede justificarla en términos de lo que sabemos sobre las capacidades, intereses y recursos que se requieren para hacer realidad una cooperación auténtica. Los motivos de una confrontación como la que muestra la historia de miles de años distan mucho de poder ser caprichos o vanidades.

No parece nada descabellado pensar que la experiencia de la crisis es la experiencia de plantearse la pregunta qué hacer para darle una respuesta que, más temprano que tarde, nos llevará a replantearla de nuevo, pero a un nivel que está más allá del nivel al que estábamos habituados. Es abrir el baúl de Pandora, en efecto, y abrir la mente para poder lidiar con lo que sale de él, preparándonos para volver a hacerlo de nuevo y tantas veces como sea necesario.

Espero que para las siguientes entradas pueda ir mostrando ejemplos vivos de las diferentes fases y aspectos de esta dinámica de la pregunta qué hacer en tiempos donde las diversas crisis se desarrollan del mismo modo. Por fortuna y por desgracia, creo que no nos faltarán.