El baúl de Pandora

Reservado para los que deseen abrir su mente


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Las falacias

Hoy les traemos una larga entrada aunque esperamos que provechosa, se trata de una lista concisa pero útil, sobre todo a la hora de analizar los discursos políticos, de falacias. Es una mera guía práctica que esperamos guste a nuestros seguidores.

A la hora de ver la argumentación hay que ver una serie de cosas.

1º ¿Es un texto o discurso argumentativo? Lo primero que hay que ver es si es un texto o discurso argumentativo, es decir, si el texto pretende argumentar, defender, una determinada tesis alegando razones o pruebas. Pues bien puede ser un texto o discurso que trate de convencer sin argumentos. Hay que ver qué posturas asume el autor y qué argumentos alega.

2º ¿Hay argumento? Lo segundo sería ver si en el texto hay en verdad argumento. Puede que no los haya, y para ver si sí o si no se hace necesario ver las falacias. Una falacia no es algo sinónimo de falsedad ni de mentira, sino que la falacia no implica una valoración moral. Son argumentos que son malos argumentos pero que pueden parecer buenos argumentos. Son maneras de argumentar que son susceptibles de error y que llevan a error, intencional o no. Pero, aunque las falacias suelen ser vistas como argumentos falsos, pueden no resultar del todo incorrectas o inadecuadas dependiendo del contexto en que se enuncia.

Un tipo de falacia, que casi no es argumento pues no hay premisas, sólo conclusión, a el argumento ad lapidem (lapidario). Que consiste en querer aparentar una absoluta certeza de algo, como si fuese algo definitivo, con total seguridad. Hay un énfasis y seguridad en la afirmación de algo, pero sin una argumentación propiamente, tan sólo es una afirmación lapidaria. Y esta seguridad puede llevar al auditorio a creer que es verdad esa falacia. Aunque hay situaciones en las que el auditorio puede no estar en condiciones de entender las razones y estas afirmaciones lapidarias puede que no estén tan fuera de lugar. Estas afirmaciones lapidarias serían falacias por tanto cuando sí que hubiese posibilidad de argumentación.

Otra manera de falacia emparentada con esta es la argumentación ad nauseam. Que consiste en intentar convencer al auditorio mediante la repetición continua del argumento o la afirmación hasta la náusea, de ahí el nombre. Aunque no se dé una prueba o un argumento, la misma repetición hasta el paroxismo lleva al convencimiento -como decía el ministro de propaganda nazi: no hay mentira que no se haga verdad si es mil veces repetida-. Tampoco hay argumentación, sino que se da una reiteración continua de una conclusión. Caso típico es el de la propaganda política o en la comercial.

Otra falacia que también rehúye la argumentación es la falacia relativista. Es una manera, un recurso defensivo, que tiene como objetivo el blindaje contra todo tipo de argumento en contra de tu propia posición. Sería el caso de un texto o discurso descriptivo en el que únicamente se exponen las propias opiniones sin argumentarlas. Se relativiza la conclusión y se elude el debate y la argumentación: “Para ti no lo será, pero para mí sí”. Ahí queda la cosa, en puro subjetivismo. No hay razonamiento ninguno, ni premisas aceptables por el interlocutor, no hay discurso posible. Es un refugio en el que se sustituye la argumentación por la información de las opiniones y estados mentales propios que rompe todas las reglas del discurso. Puede ser una falacia en el sentido de que puede ir acompañado de un “metaargumento”.

Estas tres falacias o malos argumentos podemos entenderlas como una negativa a dar razones. Ya sea porque simplemente porque sólo afirma, porque sólo repite o porque lo relativiza todo.

Otra forma más sutil de falacia es la de eludir la carga de la prueba. Aquí tampoco hay argumento. Cuando uno defiende algo lleva la carga de la prueba[1], es el que defiende o demuestra algo el que tiene que cargar con la prueba de lo que defiende. Quien hace una afirmación es quien tiene la carga de la prueba de que eso es verdadero, probable o verosímil. Y eludir la carga de la prueba es una forma de no argumentar, no es que el argumento sea malo, sino que no lo hay. Y la forma más típica de eludirlo es atribuírselo al otro. Esto es un contexto dialógico, hay dos posturas. Pero ¿tienen ambas la misma carga? Hay veces que no, se producen disimetrías. Por ejemplo en las afirmaciones de existencia. Si lo que se discute es si algo existe o no la carga no es simétrica, el que dice que algo existe es el que debe cargar con la prueba, pero no el que dice que no. Por decirlo así, y aplicando el modelo de la pretensión de inocencia jurídica, que “nada existe hasta que no se demuestre lo contrario”. Otra asimetría son las tesis afirmativas. Quien afirma es el que tiene más peso en la prueba. Otra es la acusación, es el que acusa y no el que se defiende, quien tiene la carga de la prueba. Otra serían las tesis contrarias o la opinión común: Si se defiende algo contrario a la opinión común el que lo defiende es el que tiene que probar que eso que contradice la opinión común es verdadero. Y por último podemos encontrar los actos no obligatorios. En los casos en los que te piden que hagas algo, es decir, en contextos no obligatorios, y sin embargo se te pide alguna explicación si no se quiere hacer eso que se te pide. En lugar de intentar convencerte a ti te obligan a alegar tú razones para negarte. Suelen utilizarlos las sectas y cosas por el estilo.

También podemos encontrar en este contexto la argumentación ad ignorantiam. Que consiste en obligar a los demás a demostrar que es falso lo que tú defiendes en lugar de argumentar a favor de lo que se defiende. Más que un mal argumento es una alusión del argumento, se descarga de la carga de la prueba. Aunque esto no siempre es malo, hay situaciones o contextos en los que liberarse así la carga de la prueba es legítimo.

Hay otras maneras de no argumentar, o, más bien, de hacer como que se argumenta. Una es la presuposición, otra es la petición de principio, otra es la circuncidad (en caso de círculo vicioso) y otra es la remisión al infinito. En todas estas formas hay argumento en el sentido de que hay premisas y hay conclusión, pero son pseudoargumentos puesto que en todos ellos se está presuponiendo lo que se quiere demostrar, y un argumento debe ser tal que las premisas justifiquen la conclusión pero no la contengan. Si se hace esto en realidad no se argumenta. Son argumentos válidos, pero no cogentes, no son aceptables (por alguien que no acepte de entrada la conclusión).

La presuposición es la más engañosa, es dar por supuesto algo. Presuponer algo es dar algo por supuesto, pero no afirmarlo explícitamente. Tú afirmas algo si es verdadera o falsa otra cosa anterior, que es lo que se presupone (pero no se dice).

A presupone B si y sólo si:

Si B es V, entonces A es V o F

Si B es F, entonces A no es ni V ni F

Si quiero demostrar que el rey de Francia es calvo y alguien me quiere decir que no, que es melenudo, la verdad o la falsedad de esa afirmación dan igual, porque ya se está presuponiendo la existencia del rey de Francia. Ya te han concedido lo que a ti te interesa. Este es el truco y el engaño de la presuposición. Las preguntas complejas es el caso típico de presuposición. Si te preguntan si has dejado de beber (alcohol), da igual si contestas si sí o si no, pues respondas lo que respondas al responder presupones ya que bebías. Se acepta la presuposición sólo por el hecho de responder la pregunta. Es una pregunta que no deja opción, para responderla hay que aceptar la presuposición. Cuando haces una afirmación presuponiendo algo, lo importante no es la verdad o la falsedad de lo que se afirma sino que se presupone la verdad de lo presupuesto de lo que se afirma.

La petición de principio es aquel argumento en el que se parte de la propia conclusión. Se presupone aquello que se quiere demostrar. Sólo convence a aquellos que ya están convencidos de la conclusión.

El círculo vicioso es una variante de lo anterior, que no termina nunca (de ahí que se le llame círculo).

La remisión al infinito es un argumento en el que hay una premisa tan cuestionable que para defenderla tienes que argumentar con otra premisa igualmente cuestionable, y a su vez tienes que argumentar con otra igualmente cuestionable, etc. Es un argumento no concluyente pues, aunque se concluya, no hay razón para ello, pues bien se podría parar al principio que nunca.

Todo esto son cosas que se pueden hacer para convencer sin siquiera argumentar. Lo primero de todo es que haya argumentación. Aunque no es necesariamente malo eludir la argumentación, depende del contexto.

Otra forma más sutil de eludir la argumentación, aunque hay argumentación puesto que hay premisas, es la argumentación ad hoc. Se utiliza mucho en ciencia cuando se quiere blindar una teoría que tiene visos de refutarse (por ejemplo: el caso del flogisto). Una hipótesis ad hoc es una hipótesis que se crea sólo para explicar un caso, pero una hipótesis verdadera debe ser capaz de explicar no sólo un caso. De hecho, estas hipótesis bloquean la posibilidad de extender la explicación a otros casos. Estas hipótesis no permiten predecir nada más que ese hecho, es una explicación a la medida del hecho o del caso, pero que ni siquiera se puede contrastar pues permite blindar la explicación contra toda refutación. No hay forma de demostrar que es falsa esa hipótesis ni de realizar nuevas predicciones a partir de esa hipótesis o argumento. En una argumentación ad hoc la argumentación se aplica a ese caso y sólo a ese caso (aunque el caso pueda ser prácticamente el mismo). Pero para aplicarlo en un caso y en otro idéntico no debe ser justificado, debe justificarse por qué para ese otro caso no se utiliza, cosa que, de todas formas, el que argumento ad hoc no suele hacer. Un ejemplo es el de la parapsicología. Razonar ad hoc suele utilizarse también para salvar las contradicciones, suspendiendo las premisas que llevan a contradicción cuando conviene. Pero en una argumentación seria, se tienen que asumir todas las consecuencias que se sigan de todas las premisas siempre.

Una vez que hay argumento (y ese argumento es cogente), la segunda norma que debe cumplirse en una argumentación es que sea una argumentación honesta. Hay varias formas de no cumplir esta segunda norma. Para que un argumento sea honesto el que argumenta debe utilizar premisas y conclusión verdaderas, que la conclusión se sigua de las premisas y que las razones del que argumenta sean sus verdaderas razones (que el que argumenta lo haga verdaderamente por las razones que da, y no por otras)[2], esto último se suele llamar como “dar la razón buena”. Dicho en corto, no se debe mentir en ni sobre una argumentación.

Un ejemplo característico de deshonestidad filosófica o argumentativa en general es aquella en la de aquellos que razonan deshonestamente y no lo saben, creyendo que argumentan por una razón y con unas premisas en las que el argumentante se autoengaña sobre la verdad de las razones y las premisas. Es lo que se llama pensamiento desiderativo, que no es otra cosa que confundir los deseos con la realidad. Crees algo no porque sea real, sino porque desearías que fuese realidad. Y si se argumenta apoyándose en ello se argumenta deshonestamente aunque no intencionalmente, sino de forma autoengañada por el interés propio de que lo que se dice sea verdad. Es un caso bastante frecuente, puede que incluso más frecuente que las argumentaciones deshonestas intencionales. Y esta deshonestidad se nota mucho si vemos que es algo irracional, es decir, que entra en contradicción con otras cosas que el propio argumentador defiende. (Decimos irracional en el sentido de que dentro de las propias convicciones del que argumenta no cuadra esa otra creencia o defensa). Por ello es muy difícil argumentar contra el que argumenta así, pues todo lo que le puedas decir ya lo sabe él mismo. Esta forma de argumentar bloquea la argumentación en contra. No es sólo que el otro no se dé cuenta de que se está autoengañando, sino que no quiere darse cuenta.

La más destacada argumentación deshonesta es la falsedad manifiesta, en la que se ve a las claras que las premisas y las conclusión no son consideradas verdaderas por el que argumenta, pero tampoco cree que la conclusión se sigue de las premisas y tampoco cree en las razones que ha dado para argumentar sobre algo.

Ahora vamos a centrarnos en las falacias que sí tienen argumento.

Un posible argumento es aquel en el que la conclusión es algo muy vacuo. Porque no tenga contenido o porque es muy obvio. Se supone que la conclusión de un argumento tiene que tener un contenido que sea relevante, que sea con contenido. Por ello a la hora de evaluar un argumento es importante que se defienda realmente una tesis, aunque pueda ser discutible. No debemos nunca defender dicha tesis de tal forma que se convierta en una tautología. Ni tampoco hay que cambiar la conclusión del argumento sobre la marcha.

Un argumento no válido es lo que se suele llamar un argumento non-sequitur. Que es aquél argumento en el que la conclusión no se sigue de las premisas. Como es el caso de la afirmación del consecuente (si A → B, luego si B → A) o el de la negación del antecedente (si A → B, luego si ¬A → ¬B) (ambas tienen que ver con los formatos condicionales). Estas confusiones se dan a menudo porque en el lenguaje natural decimos “si…., entonces…”, lo que queremos decir es que “si y sólo si”. Metemos una premisa implícita sin darnos cuenta. Estas son falacias típicas en argumentos deductivos.

Otras falacias en argumentos inductivos tienen que ver por ejemplo con la generalización precipitada (“no hay que generalizar”). Una generalización es precipitada cuando los casos en los que se basa la generalización no son suficientes. Es decir, cuando los casos recogidos no justifican la conclusión. La generalización precipitada suele derivar a menudo del prejuicio que uno puede tener sobre algo. Podemos considerar que un caso concreto justifica una generalización como producto de este prejuicio. Por tanto, un tipo de generalización precipitada es cuando se realiza con casos insuficientes. Pero en general las generalizaciones precipitadas no se producen por falta de casos. Las más frecuentes son por casos sesgados. La cuestión no estaría por la cantidad de datos sino por su calidad o fiabilidad. Cuanto menos sesgados sean los datos menos datos necesitas para hacer la generalización, lo importante es que sea una muestra representativa o parte alícuota. Muestra que puede ser recogida al azar o de forma planificada. Otro tipo de generalización precipitada frecuente es la que se hace a partir de los casos conocidos. En este tipo de generalización no se investiga o se buscan más casos sino que se tiende a generalizar a partir de uno, dos, o unos pocos casos conocidos por todos. Y otra generalización precipitada parecida a los casos conocidos es la realizada a partir de los casos llamativos, no a partir de casos conocidos o famosos pero sí llamativos, curiosos, que mueven al interés. No tiene nada de malo a veces la generalización a partir de un solo caso. Por ejemplo, si pones una vez la mano sobre una plancha muy caliente y te quemas no necesitas repetir el caso para generalizar y decir que eso es peligroso. Otro ejemplo es el caso en el que se hace un experimento científico muy bien preparado y se hace una sola vez, de ahí se puede generalizar a partir de un solo caso. Si el caso está bien elegido, si no hay ningún factor diferencial que haga diferente ese caso de los demás, es legítima la generalización a partir de un solo caso. Lo contrario de todo esto es la generalización por accidente. En la que se atribuye la razón de algo a algo que es puramente accidental, que no tiene importancia en el asunto. Se atribuye como parte de la explicación un dato que es puramente accidental.

Otro tipo de error de argumentación es el de la falsa causa, en la que podemos diferenciar varios tipos: la post hoc ergo propteroc, que es deducir de la causa de una cosa que otra segunda cosa tenga la misma causa (después de…, luego, a causa de…); en la confusión causa/efecto puede haber una relación causal pero la consideras al revés, puedes considerar que la causa es el efecto; e ignorar la causa común, es pensar equivocadamente que hay una relación causal entre dos hechos cuando lo que hay es una causa común y no una correlación.

Otro error serían los argumentos de falsa consecuencia (que no es la argumentación ad consecuentiam, que consiste en rechazar algo debido a que no agraden las consecuencias de algo, rechazar una tesis porque no agradan las consecuencias (no es argumentar ad consecuentiam no aceptar una tesis porque las consecuencias sean falsas)). La falsa consecuencia es establecer una conexión causal en hechos o cosas totalmente independientes, es pensar a partir de datos previos que va a ocurrir algo sin tener en cuenta las variables y probabilidades sobre algo (es decir, pensar cosas al “tun tun”), o intentar racionalizar algo que no tiene sentido racionalizar. Es una falsa consecuencia a partir de datos previos. Otro argumento falaz de falsa consecuencia es el argumento de pendiente resbaladiza. Es argumentar añadiendo cosas que no tienen por qué suceder.

Respecto a las falacias respecto a la elección de las premisas un caso es el del falso dilema. Se caracteriza por permitir sólo dos opciones a elegir. Se parte de A v B y puede ser un dilema porque haya otra opción, que sea C, o que haya otra opción que sea A ^ B. Es muy típico de posturas maniqueas (“o estás conmigo o estás contra mí”). El caso contrario está en negarte a que haya un dilema, que es la falacia del término medio. Es decir, introducir un término medio donde no hay término medio. Cuando hay que elegir entre una opción y otra, el que argumenta mediante una falacia del término medio, mete una opción más que no existe para no tener que elegir o para justificar una postura que no está en esas dos opciones ni existe. Se suele utilizar esta falacia para disfrazar posiciones muy agresivas y extremas, intentando rebajar las otras dos opciones y poniendo esa como más modesta y no tan extrema cuando sí lo es.

Otro tipo de falacias que tiene que ver con la mala argumentación es la falacia de composición y la falacia de división. La falacia de composición es atribuir al todo las propiedades de una parte, y la falacia de división es atribuir a las partes las propiedades del todo. También están los errores categoriales en los que se le atribuye a un todo o a una parte propiedades que no puede tener.

Otra manera de argumentar mal es la supresión de prueba. Consiste en obviar datos relevantes para el caso en la argumentación. El caso más típico es el de ocultar pruebas en los juicios o en las investigaciones policiales.

Falacias que eluden la cuestión, falacias que argumentan por exceso y falacias que apelan a las emociones.

Todas estas falacias no necesariamente lo son, sino que pueden serlo, son tipos de argumentos que pueden caer en falacia. Ni tienen por qué ser irrelevantes. Normalmente se suele pensar que una falacia lo es porque las premisas son muy pocas o son débiles, pero también puede ser que haya demasiadas premisas o la argumentación sea excesiva, pues si algo que no necesita demasiada argumentación la argumentas mucho lo que haces es debilitar tu posición, pues eso lleva al auditorio a dudar sobre la consistencia de aquello que defiendes. El sobre-explicar o sobre-justificar algo puede ser perjudicial, pues haces que aquello que puede ser obvio deje de serlo y el auditorio puede empezar a pensar que hay algo que no percibe que en realidad no hay. Si hay más razones de las necesarias, más complicada y débil se vuelve la argumentación.

En estos casos puede hablarse de premisas redundantes. En las que las premisas se repiten y hay más de las necesarias, lo cual lleva al interlocutor a realizar el esfuerzo de tener que asimilar más de lo adecuado. También está el error de la premisa de no independencia, que es cuando una de las premisas es deducible de algunas otras pero que aun así la introduces de manera innecesaria, aunque ello no quita validez al argumento, pero sí le quita cogencia al argumento. Otro tipo de falacias muy frecuentes son aquellas en las que lo importante no son si las conclusiones se siguen del argumento, sino que eluden la cuestión y los argumentos, si es que lo son, no vienen a cuento y lo único que pretenden es desviar la cuestión, sin relevancia. Uno de estos casos es el conocido como el del hombre de paja, que consiste modificar la postura del otro y en lugar de rebatir su posición, rebatir otras posiciones, deformándolas y criticándolas, pero sin rebatir la del oponente. Es una falacia que pretende parecerse a un argumento por analogía, que sí es totalmente válido. Pero aquí hay otro tipo de falacia de tipo del hombre de paja, que es la extensión de la analogía, que consiste en llevar la analogía más allá del argumento, exagerar la analogía.

Otra forma de eludir la argumentación es el argumento ad hominem, que consiste en criticar a la persona que defiende el argumento en lugar del argumento en sí (es la forma más habitual entre parlamentarios). Aunque no siempre es falaz este tipo de argumentación. Hay muchas formas de argumentar así, como puede ser el ataque personal, en la que se ataca personalmente al oponente. Otra es la de envenenar el pozo, que consiste en predisponer al auditorio contra el otro, manipularlo para que los demás ya vean mal al otro y, por tanto, a sus argumentos como malos o falsos, y también a los que sigan a ese otro. Otra forma muy frecuente de argumento ad hominem es el tu quoque, que consiste en acusar al otro de hacer cosas peores o iguales a las que te acusa él, cosas por el estilo como “pues tú más” o el “y tú también”.

Sin embargo los argumentos ad hominem no necesariamente tienen que ser atacar a la persona eludiendo la cuestión, sino que a veces es relevante si la persona es atacable por su condición moral o por su falsedad en sus intenciones, o cosas por el estilo.

Otro tipo de argumentación que puede eludir la cuestión es la utilización de las buenas intenciones para convencer a alguien (“yo pretendía tal cosa, pero…”), pero las buenas intenciones no hacen bueno el argumento, aunque puede conseguir predisponer al auditorio a la aceptación de tu argumento.

Otra posible falacia son los argumentos de autoridad. Consisten en argumentar basándote en la autoridad de lo que han dicho otros. Lo primero para argumentar así es asegurarse de que a la persona a la que se cita es realmente una autoridad en la materia sobre la que se está argumentando, y además si eso que dice la persona con autoridad tiene apoyo por parte de otros especialistas en la materia y no es sólo una opinión suya. Estos argumentos no tienen buena fama, sin embargo no tienen nada de malo siempre que no se usen maliciosamente, pues la mayoría de nuestros conocimientos se basan en la autoridad de otros que son considerados expertos en eso que dicen. Así que un argumento de autoridad es, en principio, bueno, pero tiene que cumplir las condiciones para que sea bueno. Ocurre que cuando se cuestiona un argumento de autoridad también suele ser un argumento ad hominem, pues se cuestiona la elección y la intención del que argumenta. Pero no por ello la acusación tiene que eludir la cuestión, pues en caso de ser cierta sería relevante

Otras falacias que introducen cuestiones que no vienen a cuento son la de novedad/antigüedad. La de novedad consiste en decir que algo es bueno porque es algo nuevo, y la de antigüedad en decir que algo es bueno por ser antiguo. Muchas veces cuando se defiende lo nuevo no se argumenta sino que sólo se califica algo como nuevo, y también ocurre que se presenta como nuevo cuando en realidad no lo es. También ocurre con la antigüedad, se presenta algo como antiguo cuando no lo es o se presupone que es bueno por su longevidad. La argumentación incluye elementos axiológicos.

Otra posible falacia es argumentar apelando a una práctica (o creencia) común (ad populum). Es un tipo de argumento de autoridad, una argumentación populista que a veces concuerda con la envenenación del pozo. Se dice que algo es bueno porque todo el mundo lo hace o lo cree. Pero esto no tiene por qué ser siempre una falacia, pues puede ser legítimo y relevante apelar a una creencia o una práctica común. También se puede cometer falacia cuando se pretende defender algo por el mero hecho de ser original. Es una especie de ad populum pero al revés, en lugar de apelar al consenso común se apela a su originalidad y se pretende demostrar que es algo bueno por ser único y aunque sólo algunos, una élite, lo acepten. También puede ser falaz porque lo que se presente como original y aceptado muy minoritariamente no sea original y sea aceptado por muchos.

El argumento ad rumenam es el argumento que se basa en la imitación de lo que hacen los ricos por el hecho de serlo, porque como son los ricos deben de ser lo que saben de cosas. Pero también existe un argumento contrario, que consiste en exaltar lo que sabe la gente pobre.

Estas últimas falacias son falacias que apelan a los sentimientos. Aunque, como siempre, no siempre es irrelevante o malo apelar a las emociones. La parte emocional es siempre necesaria en un argumento y, es más, en el razonar. Lo que es falaz es dejar de lado completamente la argumentación y centrarse sólo en lo emocional. Pero, insistimos, no toda apelación a las emociones es falaz.

Una falacia que apela a la emociones es la ad baculum (del palo). Que consiste en utilizar el miedo, la intimidación o aludir malas consecuencias de algo para convencer al otro. Otra sería la argumentación ad misericordiam, que consiste en apelar a la pena, a la piedad o a la misericordia, aunque no tiene por qué ser falaz. Otra sería la argumentación mediante el ridículo, que consiste en presentar algo como ridículo, no como absurdo, sino como algo que provoca risa y que deja al que lo dice o hace como un hazmerreír, que tampoco tiene que ser irrelevante. Otra sería la argumentación bandwagon, es parecido al ad populum pero más emocional. Consiste en presentar los argumentos de forma que creen un vínculo emocional entre el que argumenta y el auditorio, como intentar crear un grupo en el que todos opinan lo mismo.

Modos de la argumentación.

Relevancia de la claridad. Todo esto que hemos visto tiene que ver con la relevancia dentro de la argumentación, que se relaciona con una de las normas de Grice de conversación. Pero también es muy importante otra cosa que también señalan las reglas de Grice: la claridad. Es muy importante porque puede ocurrir que un argumento se convierta en una falacia por la falta de claridad. Pues un falacia no es sólo un mal argumento, sino un argumento que puede parecer bueno. Un mal argumento no sería una falacia, sino un argumento no válido. Lo que hace la falacia en muchas ocasiones es la falta de claridad, de un uso de lenguaje oscuro. Es necesario que el discurso sea claro, lo cual no quiere decir que sus argumentos sean correctos o válidos, lo que no serán los argumentos si son claros es falaces. También hay que tener en cuenta al auditorio, según sea éste el discurso será más o menos claro, pues dependerá del nivel del auditorio. Por ello siempre hay que adaptar el discurso al auditorio y hacérselo claro. Pero siempre hay que tener cuidado de no ser simplista y hacer falsamente claro algo que no es claro. Es cuestión de buscar un punto justo entre la necesidad de claridad y la complejidad propia del tema. Los defectos respecto a la claridad son:

La vaguedad, que no hay que confundir con la ambigüedad. Un término vago es un término que no tiene sus límites bien delimitados. La vaguedad puede estar causada porque no se defina bien el término, o porque no se delimite bien el contexto en el que se usa ese término, porque no se define bien a qué se contrapone o con qué se compara, etc. Un caso muy típico de la vaguedad en argumentos sofísticos es el de la predicción vaga, es decir, hacer predicciones tan generales o tan poco específicas que lo que se predice pase pero no por acierto sino por pura amplitud. Por ejemplo, los horóscopos: “Debes tener cuidado con la salud”, “Se te pueden abrir perspectivas muy interesantes”. La vaguedad da también lugar a una famosa paradoja que es el sorites (que está emparentada con la pendiente resbaladiza, esto es, con derivar una premisa a partir de otra de forma muy forzada, y así una y otra hasta que se suma una barbaridad). La paradoja del sorites es a lo que da lugar el uso de términos vagos, consiste en hacer que cada paso del argumento resulte correcto por el uso vago de los términos. Con esta paradoja se puede demostrar cualquier cosa. El sorites es el paradigma, por decirlo así, de los términos vagos. Sin embargo, hay que tener en cuenta, como siempre, que el uso de términos vagos no siempre es incorrecto, todo depende del contexto.

Respecto a la ambigüedad, es hacer que un mismo término tenga varios significados, pero bien delimitados. El problema es usarlos bien, pues si un término tiene varios significados pero se deja claro qué sentido se usa no pasa nada, pero cuando no se usa de forma consistente el mismo sentido a lo largo de todo el argumento y se van variando los sentidos se incurre en falacia. El caso más típico es el de la falacia de la equivocidad, mezclar sentidos. Un caso extremo es la equivocidad sobrevenida, que es cambiar los términos según vas argumentando. Otro tipo de equivocidad es usar el sentido usual del término y el sentido etimológico del término, reintroducir el sentido etimológico muchas veces puede ser totalmente un uso falaz. Otro tipo de ambigüedad es la anfibología, que es ambigüedad por la estructura de la frase y no por el uso de los términos, es la propia estructura de la frase la que no define bien el sentido que tiene. Otra ambigüedad es la ambigüedad entre el uso de una expresión de dicto y de re, y es que una oración se puede usar de dicto o de re. Si digo “Pedro es el que está sentado en la quinta fila”, cuando digo “el que está sentado en la quinta fila” lo que quiero decir es, de hecho, el que está en la quinta fila, pero si Pedro se sienta en otra fila sigue siendo Pedro, lo que hago es designa a esa persona y hago un uso de re, es una manera de señalar algo. Si yo digo “El presidente del gobierno es el elegido por el Congreso de los Diputados” hago un uso de dicto porque es verdadera sea quien sea el que haya sido elegido. Si esa persona deja de ser la elegida por el Congreso de los Diputados dejaría de ser presidente. Y este es un tipo de ambigüedad muy frecuente y muy peligrosa.

Relevancia de la brevedad. Es importante que el discurso y la argumentación no sean excesivamente largos, pues esto puede cansar a auditorio. Una forma errónea en la brevedad es la pompa y circunstancia, que consiste en solemnizar algo excesivamente utilizando expresiones y términos muy rimbombantes y solemnes, muchas veces con el fin de impresionar e incluso asustar al auditorio para evitar que éste contradiga lo que se diga. Otro error en la brevedad está en la reiteración continua de una idea, ad nauseam, para que la repetitividad sustituya la argumentación.

Relevancia del orden. Es muy importante que el discurso y la argumentación estén bien ordenados, y cuanto más complejo sea el argumento más necesario es, para que el auditorio lo entienda. Una forma de cometer falacias en esto es la de argumentar desordenadamente a posta para confundir al auditorio y persuadirlo. Otra forma de cometer falacias en esto es cuando uno de los interlocutores desordena el argumento del otro para intentar hacerlo confuso. Un recurso también muy típico es la abundancia de interrogaciones, para no dejar claro cuál es el tema que se discute. Si se plantean muchas cuestiones a la vez o se cambia la interrogación continuamente lo que se hace es bombardear al auditorio de forma que al final no se sabe de qué se habla. Otro recurso que rompe el orden es modificar progresivamente las premisas según se vea que llevan o no a la conclusión que se quiere.

Hasta aquí nuestra lista de falacias. Seguiremos con cuestiones relacionadas con la argumentación, la retórica y la dialéctica en próximas entradas.

[1] Por ejemplo, en un juicio la carga de la prueba la lleva el que acusa, el acusado es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Es el que acusa el que tiene que demostrar que el acusado es en verdad culpable, pues mientras no se demuestre es tenido como inocente. Pero esto es extrapolable a todo.

[2] Argumentar ad hoc es una forma de argumentación deshonesta.