El baúl de Pandora

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Religión, integrismo, fundamentalismo y terrorismo

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Diferencia entre integrismo y fundamentalismo religioso

Todos los días oímos y leemos en la prensa las palabras integrismo y fundamentalismo religioso, pero apenas si las distinguimos a pesar de que son dos cosas distintas. Carlos Martínez García afirma que el integrismo (definido como la disposición a practicar las enseñanzas religiosas en cada aspecto de la vida cotidiana) es un fenómeno panóptico, pues todo lo envuelve. El integrismo sanciona cada pensamiento y conducta de acuerdo con un canon bien establecido por los intérpretes de los textos sagrados, sean religiosos y/o políticos. La intolerancia es otro de los rasgos propios del integrismo.

El fundamentalismo, aunque hoy nos parezca algo propio de la religión musulmana, tiene su origen terminológico en el cristianismo protestante. El fundamentalismo debe su nombre a una reacción dentro del protestantismo conservador estadounidense. En una conferencia que tuvo lugar en las Cataratas del Niágara el año de 1895, los asistentes coinciden en defender cinco puntos, los cuales consideraban fundamentales para la fe cristiana: 1) La inerrancia de la Biblia. 2) El nacimiento virginal de Jesús. 3) Su muerte en la cruz, sustituta y salvífica en favor de los pecadores. 4) Su resurrección corporal. 5) Su inminente retorno a la Tierra. Tiempo después, a principios del siglo XX el ala más conservadora del protestantismo norteamericano produjo una serie de libros titulados  The Fundamentals. El objetivo era fijar las verdades del cristianismo frente a los avances del ala liberal protestante, la que cuestionaba o negaba la dimensión sobrenatural de algunas enseñanzas bíblicas. Sin embargo, como tantas veces ocurre con muchas cosas, el fundamentalismo no es algo que se iniciase propiamente a finales del siglo XIX, pues tiene una raigambre mucho anterior, aunque sí es en este momento cuando se conoce a esta postura ante los textos religiosos con ese nombre.

Fundamentalistas hay en todas las religiones, pero esto no tiene por qué ligarse necesariamente a posturas agresivas o imposiciones a quienes tienen otras creencias y prácticas. Normalmente suele aplicarse a aquellos grupos que se creen en la posesión de la verdad suprema a través de una revelación privilegiada y que, por ello, establecen una diferencia entre ellos y el resto de la sociedad, diferencia que sólo podrá paliarse si los otros asumen las mismas «verdades». En esos grupos por tanto se entran por conversión, acto que supone un compromiso del nuevo creyente, que tiene además la tarea de difundir la doctrina del grupo en bien de la humanidad.

Es por esto por lo que integrismo y fundamentalismo se confunden a menudo. Pero tras lo dicho podemos decir que por integrismo religioso entendemos una posición religiosa y/o política, que persigue hacer de ciertos principios religiosos un modelo de vida social y política y la fuente de las leyes del Estado. En este sentido son integristas organizaciones católicas como El Yunque, en México, el finado Osama Bin Laden y su grupo al-Qaeda, o la Coalición Cristiana, un organismo ultraconservador estadounidense. De modo que todo integrista es fundamentalista, pero no todo fundamentalista es integrista.

Dos tipos de integrismo y componentes del terrorismo

Por otro lado, entre los integristas cabe hacer una diferenciación: quienes buscan universalizar al conjunto de la sociedad sus convicciones por canales no violentos; y los extremistas violentos que santifican acciones destructivas para atacar a sus adversarios, los que son presentados como el supremo mal y ante el que son válidos todos los medios. De esto se derivan acciones terroristas, que son concebidas como formas necesarias para enfrentarse a lo previamente satanizado y tenido por infiel. Esto es lo que diferencia a los terroristas integristas de otros tipos de terrorismo.

El terrorismo, se inicia principalmente en el último tercio del siglo XIX con el fin de derribar a un poder que se estima autocrático, y que hoy encuentra su último cauce en el terrorismo islámico. Aunque, podríamos decir siguiendo a Ortega y Gasset, como toda historia tiene su prehistoria es posible encontrar terrorismo en épocas anteriores. Y es que las formas de terrorismo suelen estar ligadas, por un lado, al momento histórico, y por otro lado, a los fundamentos doctrinales de la organización o el terrorista que lo practican.

Un componente fundamental del terrorismo de raíz religiosa en general es su absoluta convicción de que se trata del cumplimiento de una misión divina. Por lo tanto el corazón de sus acciones, sean los que sean sus costos y resultados, es la  divinización  de la encomienda. Por ello la negociación con el enemigo, el infiel, es descartada de principio. El que no cree es sometido. A esto se suele añadir una visión apocalíptica de las relaciones sociales y políticas, lo que lleva a y, supuestamente, legitima el uso de la violencia, y lo que impide además, por la gravedad de la situación en que supuestamente se está, la negociación con el enemigo.

Pero ante esto hay que hacer una precisión, porque los ataques violentos esporádicos y aislados motivados por un sentido de misión religiosa no serían terrorismo, porque entendemos por terrorismo: Para ser considerada terrorismo, requiere que el ejecutante de la acción, que puede ser un personaje aislado o puede pertenecer a una organización, deje una impronta, firma o huella de su acción que declare a los atacados el motivo del ataque. Además, la sucesión de actos de violencia ha de alcanzar cierto grado de intensidad, pues se trata de una táctica, preferente aunque no exclusivamente política, que consiste en la ejecución seriada y sistemática de acciones de violencia[1]. Además, la finalidad del terrorismo no es (sólo) vencer por las armas, sino que el objetivo es el desgaste moral y psicológico. Se pretende minar la resistencia del atacado y crear un estado de inseguridad y caos por efecto de las reiteradas acciones terroristas. Por ello otra característica principal del terrorismo religioso es su capacidad de sorpresa y de causar terror en aquellos que son atacados. Con lo que, y esta es la última característica, estos últimos de algún modo, al aterrorizarse y no responder al ataque, se convierten en cómplices objetivos del propio terrorismo. Pues sin ese terror no habría terrorismo.

Por ello, aparentemente, el terrorismo religioso es de naturaleza política, pero, aunque también lo es, no es sólo político. Y eso puede verse si se observa el lenguaje empleado por estos terroristas. Su lenguaje, las referencias doctrinales que usan para justificar sus acciones, y sus fines, descansan en supuestos religiosos, que sin embargo se ocultan a menudo.

El terrorismo cristiano, judío y, sobre todo, islámico

El catolicismo no es del todo ajeno al uso de la violencia, en un principio, y al terrorismo después. Aunque también es cierto que tras las elaboraciones doctrinales el mensaje evangélico impide una conexión directa, ya que se promulga el amor y la paz evangélica. Precisamente es en la violencia ejercida, por los judíos, en el sacrificio de Cristo en la cruz y la redención de todos los cristianos que esta supone lo que permite la separación de la violencia y la práctica del sacrificio. Aunque en los mismos textos del apóstol San Pablo se pueden encontrar posturas de rechazo al no creyente, lo que después servirá para legitimar la violencia sobre él. Además, la valoración positiva de la muerte en el martirio abre una vía que permite la lucha contra el infiel. Sin embargo, la diferencia con el Islam es clara. Mientras que en el cristianismo ese recurso a los orígenes y los textos sagrados también proporciona argumentos en contra de la acción violenta y la conversión por la palabra, en el Islam esto no está tan claro, sobre todo desde posturas como el salafismo, esto es, un tipo de integrismo islámico que promueve el retorno a los orígenes (la llamada época dorada, que abarca hasta el cuarto gobernante posterior a Mahoma), constituye hoy la premisa para la exaltación de la yihad (que no sería propiamente terrorismo, sino, como la palabra indica, guerra contra los infieles) y de movimientos políticos islamistas como los Hermanos Musulmanes, un grupo decisivo a partir de los años 40 para la historia de Egipto.

Esta unión entre el recurso a la violencia y la fe, además de en el Islam, es algo también que puede encontrarse en algunos aspectos del judaísmo. Los códigos de comportamiento judíos incluyen la aceptación e incluso la imposición de la práctica de la violencia contra los no creyentes -aunque esto en la actualidad ya no tiene fuerza, como sí la tenía en tiempos de rey David por ejemplo, y por tanto no se lleva a la práctica-. Desde el libro del Éxodo al Libro de Josué la literatura judía está llena de ejemplos de esto.

Por su parte el Islam es una religión que sistematiza el uso de la violencia como medio para alcanzar la victoria. Esta peculiaridad del Islam viene de la división que hay en la propia vida de Mahoma entre la etapa de predicación o admonición en el periodo de La Meca, y la etapa del esfuerzo bélico por la causa de Alá (esto es, la yihad), en la que adopta la postura del profeta armado, haciendo de la guerra el medio con el que conseguir la victoria de la verdadera religión. Como hemos dicho antes, es el carácter sagrado de la causa de Alá lo que legitima el uso ilimitado de la violencia por parte de la umma (el pueblo elegido de creyentes, cuyo objetivo es la hakimiya o soberanía de Alá en la Tierra).

Por tanto, hay, por llamarlo así, un Islam no violento y con un completo orden teológico –aunque en éste no siempre haya manifestaciones en contra de la violencia–, y un Islam fundado principalmente en la yihad que puede ser utilizado en todo momento –como vemos en nuestros días–. Y así ha sido desde la fundación de esta religión, tanto entre las mismas facciones islámicas como fuera del Islam. Y esto es así porque otra peculiaridad de la religión islámica es que, al apoyarse en una revelación única, con un único transmisor o mensajero y rechazar todo tipo de innovación, se favorece ante cualquier tipo de situación de crisis la posibilidad de un salto de nuevo hacia los orígenes, lo que justifica el uso de la violencia. Este es propiamente el rasgo más destacado del fundamentalismo islámico, la constante vuelta a los orígenes –y decimos orígenes en general puesto que entendemos que los fundamentos de las materialidades que componen la realidad, en este caso, las religiones terciarias, siempre son plurales–, unos orígenes que son tenidos como un momento perfecto, armónico, y que hay que recuperar como sea. El fundamentalismo islámico se inscribe entonces en lo que los especialistas llaman una arqueo-utopía, que consiste en oponer los modos de vida islámicos tal y como se dieron en los tiempos de la fundación (este es el salafismo), a la perversidad de Occidente y sus modos de vida. Esta es la ideología básica que envuelve el fundamentalismo islámico y justifica todo ataque terrorista actual.

Es más, los actos de Mahoma en su etapa de profeta armado ofrecen un perfecto manual de uso sistemático e implacable de la violencia y el desprecio absoluto de cualquier interferencia moral sobre la elección de los medios para obtener la victoria. En la causa de Alá todo medio está justificado por el fin. Se llega incluso a proponer códigos de comportamiento frente al adversario calificables en sentido estricto de terrorismo, códigos que son usados hoy. De hecho, Mahoma recomienda repetidamente la eliminación de todos aquellos que se opongan a sus designios por el motivo que sea. Y presenta el acto de eliminación del opositor como un servicio a Alá. Esto justifica y normaliza tanto los ataques a los creyentes de otras religiones como los ataques a los que se opongan a la violencia dentro del mismo Islam, pues todo musulmán tiene como misión la difusión del Islam –por generosidad, ya que se considera algo bueno para todos– por un medio u otro.

[1] Estas dos primeras características nos permitirían invalidar el uso de la expresión terrorismo de Estado, puesto que en caso de que un Estado se viese obligado a eliminar a algún elemento de su propia sociedad u otra ajena mantiene en todo momento el secreto de la operación y además no se trataría de un recurso seriado y con una intención permanente.

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Autor: emmanuelmartinezalcocer

Filomat.

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