El baúl de Pandora

Reservado para los que deseen abrir su mente

La unión y la fuerza del qué hacer

5 comentarios

Sobre todo en tiempos de crisis, es muy frecuente que se nos hagan múltiples llamados a unirnos y hacernos fuertes que compiten o rivalizan entre sí. Tomaré como ejemplo un caso que aquí se ha puesto sobre la mesa: el de los llamados que hacen girar esa unión y fortalecimiento en torno a Hispanoamérica, lo hispano o la Hispanidad, a los que en conjunto he llamado hispanocentrismo. Los llamados con los que rivaliza son, sobre todo, en mi opinión, el internacionalismo y la unión de Latinoamérica, hoy muy asociada al movimiento bolivariano; también, por los recursos con los que cuentan, a las uniones formadas vía los tratados de libre comercio y a la Unión Europea (tal vez también deba mencionar el proyecto de las cumbres Iberoamericanas). Antes de entrar en los detalles del hispanocentrismo, tal como se nos presenta, empezaré por algunos rasgos que tienen mayor alcance y profundidad en los llamados a unirnos y hacernos fuertes tomados en general.

En principio, en cuanto llamados, reconocen nuestra libertad, la que nosotros, al oírlos, damos por supuesta: somos nosotros los que hemos de decidir cuáles aceptamos y cuáles rechazamos. Ya sabemos que se nos puede imponer una decisión imperial, pero esto no anula la nuestra. ¿Cómo tomamos la decisión? Intervienen multitud de factores. Algunos son más de cajón, otros volátiles o circunstanciales. Al escuchar un llamado de estos, esperamos que se aclare para qué y con quiénes se pretende que nos unamos, y contra qué o contra quiénes hemos de hacernos fuertes. Es fácil que, en muchos casos, dominen los cálculos sobre costos, beneficios y riesgos, sea por el lado de quien hace el llamado, que los sesga si lo que quiere es “venderlo”, o por el de quien lo escucha, que los regatea si se asume como consumidor o como inversionista, por pequeño que sea su “capital”. En el mundo de las ciencias de la comunicación —tradicionales o interactivas—, se le da mucho peso a factores tales como “la imagen” o el “me gusta”; por algo será.

En todo caso, sin embargo, hay una distinción decisiva entre los diferentes llamados. Cuando en el unirse y hacerse fuertes hay un “contra quiénes”, se trata de un llamado a luchar; si no lo hay, se trata de un llamado a trabajar por algo (tal vez se le llama lucha para subrayar el esfuerzo y el sacrificio que requiere; por ejemplo, cuando el llamado a trabajar por la erradicación de una enfermedad –o de la pobreza así considerada– va más allá del sólo sacar unas monedas del bolsillo). El llamado a luchar es mucho más exigente. Ya no se trata meramente, como dicen los economistas, que manifestemos una preferencia entre los distintos llamados que compiten entre sí, sino que tomemos partido, buscando extender y fortalecer una alternativa y aislar y debilitar a las demás. Aunque hoy en día se suele hablar de la competencia mercantil en términos de “ser competente”, bien sabemos que se trata de una lucha. Con el hispanocentrismo sucede algo similar: se presenta “la Hispanidad” como un valor, puro en sí mismo, bueno para todos los hispanoamericanos —unos incluyen a los españoles, otros no—, pero no tardan en aparecer por ahí un escudo de armas (¡el del ejército del Imperio español, el del Carlismo, el del franquismo!) y el propósito de construir “una potencia económica y militar”. No se trata, pues, de un llamado a trabajar por el fortalecimiento de una cultura, sino de luchar en la arena geopolítica y, dentro de cada país hispanoamericano, contra los internacionalistas y latinoamericanistas, muy en especial contra los bolivarianos, lo mismo que contra los socios hispanos de los “demás” imperios.

Esta distinción entre trabajo y lucha no significa, sin embargo, que la lucha y el trabajo sean tipos de compromiso ajenos entre sí. Hay otra forma de entenderlos que permite no enajenarse ni en lo uno ni en lo otro. Sartre argumentó, a mi modo de ver de forma convincente, que la historia y la vida social resultan más comprensibles –“inteligibles”– si vemos la lucha como dos trabajos que se despliegan en condiciones tales que no pueden progresar sin enfrentarse y socavarse entre sí.

Las Guerras de Independencia fueron un trabajo de los insurgentes para conquistar su independencia y libertad respecto al Imperio español, en contra del trabajo de los realistas para mantener y reproducir su dominación imperial. Desde luego, había muchos “terceros”, nacidos en América o en España o en otro lugar, a los que tanto los insurgentes como los realistas llamaban a unirse y hacerse fuertes con ellos. La unidad de unos y otros reside más en su trabajo que en su lucha. Su lucha es consecuencia de su trabajo ahí donde éste atraviesa ciertas condiciones que lo amenazan y lo ponen a prueba, pero el trabajo empezó antes y, si triunfa en su lucha, podrá y tendrá que continuarse después. Es el mismo trabajo que se ha continuado por 200 años hasta hoy, ya contra imperios de otro tipo y no sin reveses.

La gran falla del hispanocentrismo, lo que convierte su “gran sueño” en un delirio, es que en aras de encontrar una alternativa internacional, tanto contra el movimiento bolivariano como contra la Unión Europea y las uniones vía tratados comerciales, optó por fundamentar su “tercera posición” en el orden imperial español (y la palabra orden la pronuncia con mayúsculas y con negritas). Se ve obligado a purificar idealmente el Imperio (“no pretendía subyugar al indio y saquear la tierra”, sino “expresar lo español en otras latitudes” y “conocer al indígena”, una “preocupación trascendental, y profundamente espiritual”); considera las Guerras de Independencia como lo que rompió la unidad que “siempre debió estar”, y descalifica todo lo que lo contradiga como eco de las maledicencias y complots británicos de la época. Se niega a comprender, no sólo al Imperio español, sino sobre todo el trabajo y la lucha de resistencia que encontró desde el principio y su derrocamiento por el trabajo y la lucha de lo que llama “la peonada violenta”. Y este trabajo es lo más constituyente de una verdadera unidad.

Aunque sólo fuera por los últimos 200 años, y no por los antiguos 300 o 400, pero también por la resistencia durante estos 600 años, la unidad de Latinoamérica está más sólidamente constituida e identificada por el trabajo y la lucha de los insurgentes. Este es el trabajo que se desarrolló hasta tomar la forma de unidad de las luchas latinoamericanas, cada vez más orientadas por el internacionalismo de los trabajadores. Las condiciones de hoy en día la obligan a transformarse, pero a transformarse dando un paso más en esa dirección, no retrocediendo hacia un hispanocentrismo que, para colmo, como si quisiera advertir y dar muestras de su desprecio por “la peonada” a la que dirige su llamado, enarbola como tarjeta de presentación el escudo de armas del Imperio español, del Carlismo y del franquismo.

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5 pensamientos en “La unión y la fuerza del qué hacer

  1. Sigue confundiendo la hispanidad o el hispanismo con el Imperio español, y lo que es peor, con el Carlismo y el franquismo, que nada tienen que ver en el asunto y resulta extravagante. Ya le dije que en la Hispanidad España hace tiempo que perdió un puesto “hegemónico”, y que la hispanidad tampoco significa la disolución de las naciones producto, eso sí, del Imperio español (ahí estaría su mayor grandeza, que no era ni es poca). De hecho, no se aleja demasiado de lo que el propio Bolivar (que era español, como el resto de americanos que se secesionaron) quiso en un principio, antes de venderse a los intereses externos. Y sí, es necesario unirse contra terceros (en eso consiste la solidaridad, en la unión contra terceros), porque la Hispanidad es una cuestión de geopolítica y de futuro, no, le repito, de recuperación rancia de un Imperio español que es fundamental para la historia, para Hispanoamérica (no Latinoamérica, que no es lo mismo y además es un invento francés) para Europa y para España, pero que terminó, y bien terminado está si no pudo resistir (aunque lo hizo y muy bien durante muchos siglos) a los ataques del resto de potencias europeas y asiáticas, que tampoco eran moco de pavo.

    • Lo que discutí son los dos argumentos del hispanismo, como prefieres llamarlo, que se encuentran en los sitios web que nos recomendaste. Ambos fundan su argumento en una reivindicación del Imperio español. Si su argumento ya no te parece “excelente”, sino “extravagante”, supongo que tienes un argumento distinto al de esos sitios. Tal vez cuando lo conozca podré entender 1) por qué piensas que debemos comprometernos con la unidad de Hispanoamérica, no con la de Latinoamérica (la verdad, eso de que Latinoamérica fue un invento francés… ¿así valoras las luchas de la segunda mitad del siglo pasado que le dieron su significado?); 2) por qué privilegiar la solidaridad entre hispanos, que sin duda están muy divididos, contra los no hispanos, que están igualmente divididos, en lugar de privilegiar la solidaridad entre los pueblos de cualquier país y cultura contra las grandes corporaciones que los avasallan económica, política y culturalmente; 3) por qué comprometernos en una lucha geopolítica para tratar de ser una más entre las grandes potencias militares del mundo, a pesar de que ya sabemos cómo puede llegarse a eso (cuando se llega) y qué sigue después (la verdad, eso del número de habitantes y los kilómetros cuadrados…). Y finalmente, tal vez entonces pueda entender 4) por qué te parece extravagante el fundamento que esos sitios web dan del hispanismo y, al mismo tiempo, sigues diciendo que los países hispanoamericanos “son un producto del Imperio español”, “su mayor grandeza”; ¿no se produjeron a sí mismos, a pesar y en contra de ese imperio, mediante largas y duras luchas de resistencia y de independencia –durante las cuales, además, dieron y recibieron solidaridad de quienes se resistían y luchaban por su independencia contra otros imperios. Estos cuatro puntos se argumentan en aquellos sitios web, de una forma que ya califiqué de aberrante y tú calificas de extravagante, con base en reivindicar el Imperio español. Tú crees que se pueden argumentar de otro modo. Ya veremos.

  2. Esto es una cuestión muy larga, pero intentaré sintetizar a riesgo de que no se entienda bien.
    Lo llamo hispanismo porque es su nombre tradicional y no encuentro otro mejor. Lo que reclamaba el artículo que puse no es reivindicar el Imperio Español, sino una historia y una cultura común, que es producto del Imperio español claro, pero ese recuerdo no se hace con el fin de “reflotar” el imperio, sino de señalar la estupidez de que estos países que una vez fueron uno, España, dejen de pelearse entre sí y se unan para bien de todos.
    1) Pienso que debemos comprometernos con la unidad Hispanoamericana y no con la Latinoamericana porque la latinoamericana incluye países como Brasil y Canadá, que no tienen nada que ver con el proyecto hispano. Lo que existía era España y hoy los países Hispanoamericanos y España. Latinoamérica fue un invento francés del siglo XIX, cuando el “amigo” Napoleón III intentó conquistar Méjico y poner a un emperador vasallo suyo -Maximiliano-, para justificar ideológicamente su invasión, se inventó la teoría de que Hispanoamérica debía estar unida a Francia -y no a España-, porque todos pertenecían a la RAZA LATINA, supuestamente descendiente de los romanos. Todos eran LATINOS y lo que procuraba Francia con su invasión era “el bien” de los pueblos de la misma raza, por ello Brasil y la Canadá francesa también pertenecían a Latinoamérica. Evidentemente esto es un proyecto construido para destruir todo lazo entre Hispanoamérica y España. Por eso es un zafio invento francés, y por eso quien habla de latinoamérica o se dice latino, algo muy difundido, se está tragando esa basura francesa sin saberlo.
    2) Privilegio la unión de los países hispanos porque es necesaria. Estaría bien que el mundo fuera de otra forma, que no hubiera intereses creados, luchas continuas por los territorios y los recursos que estos poseen, que los estados no tuvieran que resolver sus problemas mediante la guerra, etc., etc. Pero como de hecho eso no es así, ni lo ha sido nunca ni lo va a ser, adoptar una posición de armonismo irenista no lleva más que a desgracias y a una derrota segura -ya avisó Churchill de que esa postura iba a llevar a malas consecuencias y la Segunda Guerra Mundial con sus 60 millones de muertos le dio la razón-. De modo que es necesario unirse, ser solidario (repito, la solidaridad es siempre contra alguien) en torno a un proyecto hispano para hacer frente a las continuas divisiones y guerras que ha provocado y provocará si puede EE.UU. entre los países hispanos, para poder tomar el control del propio destino de estos países, para aprovechar los potentes recursos que estos países tienen y que no se los lleven terceros, etc., etc.
    3) Hay que comprometerse porque, como acabo de decir, el pacifismo y el armonismo no lleva a ningún lado bueno a largo plazo. Y aunque no se quiera, al final desembocará en la guerra. Para cuando eso suceda es mejor estar unidos, preparados, armados y con capacidad de meter el miedo a otros que no desunidos, hundidos económicamente, y siendo manejados como marionetas.
    4) No me parecen extravagantes eso fundamentos, sino tu identificación del hispanismo con la recuperación del Imperio español, y con el carlismo y el franquismo. Carlismo y franquismo hablaron mucho de España, el Imperio e Hispanoamérica, pero sin una pretensión real, sobre todo el franquismo, de reconquistar nada, sino de estrechar mucho más los lazos. Y aun así, tanto el carlismo como el franquismo hoy están más que muertos, no tienen fuerza. Digo que son producto del imperio español porque es evidente que son producto suyo, esos países no existían hasta que España HIZO AMÉRICA, y una vez que tuvo que retirarse, el fruto que quedó fueron las naciones hispanas, como en África quedó Guinea Ecuatorial por ejemplo. Esas naciones no “se hicieron a sí mismas”, al menos no del todo. Se hicieron por secesión -y digo secesión, no independencia porque para que fuera una independencia tendrían que haber sido antes de la llegada de los españoles entidades políticas, y no lo eran- respecto de España (pues no eran colonias, ni existían previamente, sino que eran tan España como el suelo que piso ahora mismo), y hecho por españoles, al servicio además de los imperios enemigos como el inglés o el francés, cuyas tropas estuvieron allí, “ayudando” a los secesionistas. Por eso también hablar de Méjico, Ecuador, Argentina, o el país que se quiera en los siglos XVI, XVII o XVIII pues es totalmente erróneo, porque no existían, lo que existían, me vuelvo a repetir, eran virreinatos y provincias españolas, o sea, España, el Imperio. Posteriormente, a base de luchas, claro, contra España pero no sólo contra España, surgieron las naciones hispanas, y ¿qué mayor orgullo para un español que sus antepasados -que también son los tuyos y los de todos los hispanoamericanos- hayan contribuido a formar un continente?
    Bien, sucedió lo que sucedió y punto, nadie sensato dice de recuperar el Imperio, pero sí de sentirse orgullosos de tener esa cultura y esa historia común y reivindicarla y crear lazos en base a ello, puesto que eso tiene más sentido que hacerlo con un país como Noruega, o con Suiza, por poner un ejemplo, con el que no tenemos nada que ver. De hecho, yo apoyaría la salida de España de la maldita Unión Europea y formar una confederación económico-política con sus países hermanos. Confederación -no federación (idea contradictoria, oscura y confusa donde las haya), ni Estado, ni Imperio- en la que España sería una más. Claro, EE.UU. lleva muchos años realizando golpes de Estado y poniendo gobiernos títere, fomentando y financiando el indigenismo, introduciendo el protestantismo para combatir el catolicismo -un importante elemento vertebrador de Hispanoamérica-, fomentando el uso del inglés contra el español -otro elemento vertebrador-, concediendo becas a estudiantes para que estudien en Europa y en EE.UU. para que vuelvan difundiendo su ideología basura, etc., etc. Y precisamente EE.UU. hace todo esto porque sabe del tremendo potencial de una Hispanoamérica unida. Todo esto y el que haya sido asumido por muchos gobiernos hispanos y basen su política en esto impide que es proyecto del que hablamos se haga muy difícil, pero bueno, tampoco imposible.
    Por otro lado, creo que también influye en tu postura que tienes una concepción de imperio que no es aplicable al caso español. Hay dos tipos de imperio principales, el imperio generador y el imperio depredador. Sendos tipos sacados de la distinción de Ginés de Sepúlveda entre Imperio civil e Imperio heril. El imperio generador -como el de Alejandro Magno, el romano, el español, la URSS- son imperios que aquellos territorios que conquista -claro, a través de lucha, ¿cómo no?- los hace suyos, pero porque a su vez son incorporados a la propia legalidad y a los planes y programas del conquistador, y les proporciona una civilización y un nivel cultural con el que antes no contaban. Mientras que el imperio depredador -como el inglés, el holandés, el portugués, etc.-, que es básicamente el imperio colonial, no busca incorporar los nuevos territorios, sino conseguir plazas fuertes o claves a través de las cuales controlar únicamente los recursos y la economía del país, si ya existe, o el territorio que ocupan. Creo que la idea de imperio que manejas, y otros muchos, es esta segunda y esto influye negativamente en tu juicio sobre el hispanismo.
    Me he dejado muchas cosas importantes y que ayudarían a entender mejor lo que digo, pero ya la respuesta se alarga demasiado. Espero que con lo que he dicho se entiendan mejor mis argumentos.

    • Estamos en un brete. Desde el punto de vista de los lógicos, una afirmación como la siguiente es una petición de principio (dar por supuesto lo que se quiere concluir): debemos comprometernos con el proyecto hispano, porque el latino incluye países que no tienen nada que ver con el proyecto hispano. No es esto lo que dices literalmente –te habrías dado cuenta enseguida y lo habrías corregido—pero estarás de acuerdo en que son equivalentes. Sin embargo, como todo conduce una y otra vez a esta misma petición de principio, parece que lo que está en juego es algo más profundo que lo que se puede articular con palabras. Ahora te entiendo como si, más que dar razones, estuvieras dando tu “palabra de honor”. Eres consecuente con la lógica del nacionalismo inspirado en algún Imperio “generador”: la Nación propia es el principio y el fin, el alfa y omega (fuente de la tal petición de principio); si algo no funciona bien en ella, es por algún complot de una Nación ajena; la geopolítica se sobrepone y aplasta a la historia, la sociología y la antropología. Si esta misma lógica te llevara a tratar de comprender seriamente por qué los españoles se pelean entre sí, al igual que los venezolanos o los egipcios, en lugar de llamarlos “estúpidos” bajo la lógica, otra vez, de que le están haciendo el juego a tal o cual Nación-Imperio rival, tal vez romperías ese círculo vicioso que ahora podría formular así: “adopto el punto de vista de mi Nación porque los demás puntos de vista no son el punto de vista de mi Nación”. Tal vez entonces ya no estaríamos en un brete. Mientras tanto, más vale que pasemos a otra cosa. De cualquier forma, te agradezco tu larga respuesta, y su franqueza.

  3. Yo tampoco pretendo seguir debatiendo, y además porque veo que no has comprendido nada de lo que he dicho y además dices que he dicho cosas que no he dicho acusándome de pedir el principio. En ningún momento he dicho “debemos comprometernos con el proyecto hispano, porque el latino incluye países que no tienen nada que ver con el proyecto hispano”, entre otras cosas porque no hay que yo conozca ningún “proyecto latino”. De hecho he puesto en duda que exista eso de la “latinidad” ni por supuesto un proyecto al respecto. E insistes en en tender el asunto como un caso de nacionalismo y/o de imperialismo, cosa que yo tampoco he dicho y que además he dicho varias veces que no va por ahí el asunto. Tampoco he dicho en ningún momento ni se desprende de lo que digo que “si algo no funciona bien en una Nación, es por algún complot de una Nación ajena”, ni mucho menos. Lo más cercano a eso de lo que he dicho podría ser haber dicho que muchas naciones hispanas -entre ellas la española, que sufre una anglofilia terrible e insufrible- se han tragado las basuras ideológicas del Imperio useño, lo que es perjudicial para ellas mismas. Tampoco he dicho que la geopolíitca “se imponga”, pero que es un elemento determinante de las políticas cualquier nación es algo evidente, tanto como las cuestiones políticas internas. Entre otras cosas porque ambas tienen que ir a la par.
    Por otra parte, claro que debería admitir que adopto el punto de vista de mi nación (si es que ese punto de vista es unívoco, que no lo creo), porque es mi nación, y debo apoyar y defender sus intereses. Como es normal. Eso no implica que no desee que naciones hermanas a la mía, o sea, las hispanoamericanas, realicen proyectos políticos, económicos, científicos, militares, lingüísticos, médicos, etc., etc., comunes y que estrechen las relaciones, puesto que sería beneficioso para todos.
    En definitiva, relee si quieres de nuevo lo que he dicho y verás que no hay petición de principio por ningún lado ni he dicho las cosas que dices que he dicho. Un cordial saludo.

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