El baúl de Pandora

Reservado para los que deseen abrir su mente

A los españoles no nos gusta la realidad.

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A los españoles no nos gusta la realidad, y es comprensible, dado que la realidad, si ha sido alguna vez un camino de rosas para alguien, no lo ha sido precisamente para ninguno de los pueblos que componen o han compuesto la Península Ibérica. La épica nacional, la fantasía escapista y las ensoñaciones de grandeza son una constante en cada país, y seria absurdo negar la contribución que hacen a la cordura tanto a título individual como general, pero no tanto la ensoñación como la negación de la realidad lo que, aplicado a las grandes decisiones, resulta un problema, en tanto que la lógica aplicada sobre premisas básicas no tiene por qué necesariamente ajustarse a la realidad.

Pasaremos de largo el debate sobre las capacidades del ser humano de conocer la realidad, puesto que desde un punto de vista epistemológico nuestro conocimiento de la realidad se basa en las interpretaciones que hacemos de las abstracciones de nuestros sentidos, con todas sus limitaciones físicas y cognitivas, pero es donde radica la diferencia entre el escepticismo y el negacionismo, siendo el primero una puesta en cuestión de nuestras interpretaciones de la realidad que abre la puerta al empirismo y hasta al racionalismo, siendo la segunda opción una postura mas nihilista, en terminos nietzscheanos. Para lo que viene a continuación utilizaremos una premisa kantiana: El conocimiento de la realidad en términos históricos es un juicio sintético a posteriori, es decir, ha pasado algo, nosotros sabemos que ha pasado algo y nuestra percepción de la realidad nos permite elaborar una concepción de lo que ha pasado, aunque no podamos establecer claramente el cómo y el por qué en principio. En este sentido, la incapacidad de elaborar juicios sintéticos a priori es lo que añade la subjetividad a la Historia como materia y la excluye de ser una ciencia (Y hasta de poder validar hipótesis deterministas).

Tomando esto en consideración, los españoles como pueblo muestran una tendencia estable a la alusión de la realidad como afrontamiento del papel vivido en la historia europea, y siguiendo la linea de esta tesis, nos remontamos al reinado de Carlos I, al que la historiografía española usualmente coloca como uno de los mas grandes monarcas que ha tenido el país, si no el mas grande con la excepción de Felipe II.

La realidad es que el ascenso de Carlos I al trono no repercutió en si mismo en el bien o incluso la formación del Imperio Español (Si tomamos los reinados de los Reyes Católicos y de Fernando II como constitutivos de un proto-imperio, o de una potencia de mediana importancia, sin duda de menor importancia que Portugal, acentuada tal vez por el descubrimiento accidental de America, cuyos efectos son nada desdeñables pero a medio y largo plazo) sino mas bien al contrario, lo que planteo a continuación es que la creación del imperio español fue una consecuencia de fuerzas geopolíticas externas mas que de un acto volitivo de España como nación, aderezado con algo de providencia. Carlos I de Habsburgo acepta la corona de la Monarquía Hispánica con poco o ningún interes por ella y por su funcionamiento, casi como un regalo caído del cielo, lo que no pasa desapercibido a los nobles españoles de la época, que enseguida hicieron notar su presencia en la rebelión de los comuneros, gentilmente resuelta con unas cuantas decapitaciones.

La reivindicación de Carlos I por parte del nacionalismo español no podría ser mas injusta porque, pese a que su trono sobre España era mas sólido de lo que lo era sobre el Sacro Imperio Romano Germánico, de una inestabilidad proverbial, el Habsburgo no residió en el país mas que por evitar mas levantamientos como el de los comuneros, pero sus miras nunca estuvieron puestas aquí. No se dedicó a acabar de implementar el paso del sistema feudal al estado moderno que habían comenzado los Reyes Católicos, consolidando la unificación, sino que mas bien llevó a cabo una política de apaciguamiento con los señores locales para que no molestaran mucho a la gestión de la política europea en general, realizó la justa política interior en lo que respecta a la península y enfocó la conquista de América en torno a la obtención de recursos para sufragar sus ambiciones europeas. Las guerras con Francia y con los protestantes significaron un expolio de España y América, por extensión, con el único fin de sufragar los esfuerzos de Carlos I por mantener el control del Sacro Imperio y frenar a sus enemigos a ese respecto, cuestiones que son solo tangenciales, si en algun sentido, para los intereses de España. Podría decirse que, mientras que Francia avanzaba lenta, pero inexorablemente en la aplicación de las ideas del Renacentismo Italiano, y en su eventual configuración como un estado cuya solidez ha sido su mayor fortaleza incluso a pesar de la Revolución Francesa, en España Carlos I por su puro desinterés ofreció al país casi un siglo de inmovilismo, de estupor social, económico y cultural, de fanatismo religioso de su propia cosecha (aparentemente eso iba en la sangre) y de un goteo de ideas renacentistas que solo tocaron el país de forma tibia (Iniciando una larga tradición que podemos definir como Tarde-mal-o-nunquismo).

Denostar de la misma forma a Felipe II sería temerario, dado que sus reformas evidentemente repercutieron en una administración eficiente tanto peninsular como en ultramar y su gestión en el ámbito militar resulta impecable salvo ciertos incidentes, pero, estructuralmente, nunca abordó ninguno de los problemas que su padre tan alegremente había ignorado, siguió sin consolidar el estado moderno, mantuvo la política foral medieval, siguió dedicando sus esfuerzos a la consecución de la victoria en guerras que no significaban gran cosa para España salvo apoyo a colegas Habsburgo o un cierto estatus como defensor de la cristiandad, e inició una política económica (o falta de ella) que consiguió salvar con acuerdos de ultima hora con la banca italiana pero que eventualmente llevaría a sus descendientes al colapso y a la práctica desmembración del país en 1640. La historia probablemente culpará siempre a Felipe IV del fin de la Edad de Oro, pero lo cierto es que la Edad de Oro ya tenía sus pies de barros cultivados con mimo por los “Austrias mayores”, Carlos y Felipe.

Y, sin embargo, nosotros llevamos siglos glorificando a los Austria y denostando a los Borbones, culpándolos de nuestro cruel destino como potencia de segunda (en el mejor de los casos) y viviendo en ensoñaciones de la Edad de Oro de los Habsburgo, cuando la realidad es que los Borbones hicieron lo que tenían que hacer, Felipe V tuvo que enfrentarse en la guerra de sucesión a la deslealtad de señoríos anacrónicos que temían perder derechos que ya poca gente tenía en la Europa que llevaba las riendas en el puto 1700 (i.e. Francia, Inglaterra) curiosamente, cuando Felipe V, habiendo sido informado de la idiosincrasia de este país, había jurado que no modificaría esos preceptos forales y lo hizo al final para castigar la rebelión de ciertas zonas (Por eso País Vasco y Navarra aun tienen fueros y Cataluña y Valencia no).

Y aun así, los borbones del Siglo XVIII hicieron una labor destacable por modernizar el país y adaptarlo a los cambios que sufría Europa que solo se vió interrumpida por la Revolución Francesa, pero nuestros libros de historia aparentemente no tienen nada que decir sobre Carlos III, que hizo de Madrid una ciudad habitable, de Fernando VI, que apoyó las artes y las ciencias, o de la contribución de España a la Guerra de la Independencia que dio lugar al nacimiento de los EEUU.

Pero la historia al final parece que nos da lo que queremos y por fín tuvimos un rey a nuestro gusto en la persona de Fernando VII, un sádico que gustaba de llamar a la corte a enanos, lisiados y prostitutas para reirse de ellos, que derogó la constitución que se encontraba entre las mas avanzadas de Europa, inició una política de represión, restauró la inquisición y mantuvo a España al margen de la Revolución Industrial retrasando casi cincuenta años el desarrollo del país y nos lanzamos a las calles a gritar ¡Que vivan las cadenas!.

¿Cuantas épicas que llevan a los pueblos a la libertad nacen del sincero deseo de regresar a la monarquía absolutista, ultraconservadora y casi teócrata que defendía el hermano de Fernando VII, Carlos María Isidro, o el pretendiente Habsburgo en 1700, el Archiduque Carlos?

Pero el máximo exponente del conformismo y de la negación de la realidad lo constituye el NO-DO franquista, donde la realidad chocaba frontalmente con las imágenes proyectadas en los cines. En pantalla, Franco era un hombre al que todo el mundo quería, en la realidad, el tipo que ganó porque daba las hostias mas fuerte. En pantalla, la industria española florecía eficiente y productiva, en la realidad la gente emigraba. En pantalla, las mujeres iban a la ultima moda, en la realidad, en bata y sandalias. En pantalla, España era un remanso de paz, en la realidad, una paz protegida por pistolas en medio de la II Guerra Mundial. Y gracias a la sana y constante capacidad y voluntad de los españoles de crear y creer realidades paralelas, España vivió gran parte del Siglo XX en otro planeta.

El resto es de sobra conocido.

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