El baúl de Pandora

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PRIMER PROGRAMA DE UN SISTEMA DEL IDEALISMO ALEMÁN

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Éste texto, Primer programa de un Sistema del Idealismo alemán, un texto agresivo y denso desde la primera hasta la última línea, es un texto con grandes controversias ya de entrada en la cuestión de su autoría y que podría servir de transición entre el pensamiento romántico y el idealismo. Es un pequeño manuscrito escrito durante el invierno del año 1796/97. Aunque no sería conocido hasta 1905, cuando Guillermo Dilthey lo encontró. Cuando el Primer programa se descubrió estaba sin firmar, aunque se le fue atribuyendo la autoría del mismo sucesivamente a los tres célebres compañeros de la Universidad de Tubinga, a saber: Hölderling, Shelling y Hegel. Aunque se le ha atribuido a los tres, la opinión mayoritaria tiende a atribuirle el texto a Hegel. Pero aunque el manuscrito sea de la mano de Hegel lo cierto es que se desconoce todo lo referente a la formación del texto. Pero sí hay una cosa segura, las ideas del Primer programa coinciden perfectamente con el conjunto de ideas del joven Hegel hacia 1796/97, cuando se instala en Frankfurt. En definitiva, lo que más nos importa del texto, aunque la cuestión de su autoría no pierde su importancia, es que en éste documento se formulan brillantemente las convicciones sobre la “nueva religión” que era común a los amigos de Tubinga. Una religión que debía ser racional y estética a la vez, y que, gracias a ello, podría ser popular y sustentar el proyecto de la construcción de un nuevo Estado, de un nuevo mundo, de una nueva Humanidad adecuada a las condiciones fundamentales de los hombres.

Texto del Primer programa de un Sistema del Idealismo alemán.

“…una ética”. Así es como comienza el texto del Primer programa. Vemos ya cómo desde la primera línea del texto la influencia de Kant se hace evidente, el o los autores asumen desde el principio el punto de vista kantiano. Algo que, por otra parte, es completamente coherente con las pretensiones del Idealismo, que no son otras que las de completar y, por ello, superar el sistema kantiano y sus famosas antinomias.

El texto sigue afirmando que “toda la metafísica caerá en una moral”. Eso es y no es kantiano. No es kantiano porque Kant “separó” ambos mundos (en lo fenoménico (cognoscible científicamente) y lo nouménico (tan sólo pensable y por tanto con una utilidad regulativa moralmente)). La metafísica se fundamenta, dice Kant, sobre (y más allá de) las condiciones físicas, y la moral se fundamenta sobre las condiciones del sujeto libre. Caerá, pues, la metafísica en la moral puesto que hablará del sujeto y del mundo y de la relación de ambos, es decir, del comportamiento o actitud de del uno con el otro, y, en cuanto en tanto hablará de una relación, hablará de una moral. Finalmente, sentencia que lo hará sin “agotar nada”, ya que las antinomias kantianas a las que se enfrenta el idealismo, al quedarse en la confrontación, no agotan nada. Debiendo pasar por ello a una mediación superadora de la contradicción. (Son elementos como este los que hacen pensar en la autoría hegeliana del texto). Sin embargo, en esta primera parte del texto lo más importante es el desarrollo de la idea del hombre como un ser absolutamente libre y autoconsciente, frente al determinismo natural.

“La primera idea es naturalmente la representación de mí mismo como ser absolutamente libre”.

Así pues, tenemos al mí mismo como absolutamente libre. Pero, ¿de qué libertad se trata? De la libertad de la autoconciencia, propia del idealismo (una idea de libertad que desde el materialismo que profesa el que esto escribe debe rechazarse, pero no entraremos aquí en esto). La libertad se funda en la conciencia no en la determinación trascendente de la naturaleza. Es decir, el espíritu humano es un espíritu creador, y esta es una capacidad humana producto del autoconocimiento que el hombre adquiere gracias a la autoconciencia de sí mismo, es ahí donde radica su libertad. Por decirlo de otra forma, se es finito en lo natural, pero infinito, absoluto, en la conciencia. Y este ser autoconsciente y absolutamente libre pone el mundo, el mundo moral. Es en este poner libre como el hombre hace la historia. Vemos aquí cómo con la influencia de Kant se entrecruza la influencia de Fichte. Este mí mismo, el Yo, es un presupuesto que muestra la identificación del escritor con las ideas de Fichte. Se ha producido ya aquí la revolución. El Yo es absolutamente libre (de nuevo, frente al determinismo del No-Yo, del mundo físico o natural), y esto lo define. Si este presupuesto es cierto, es decir, si el sujeto es absolutamente libre, toda metafísica deviene en ética (que quiere decir poner un correcto mundo del Espíritu). Se produce en ello una profunda escisión entre el mundo de la naturaleza (Natur) y el mundo del espíritu (Geist). El mundo que le corresponde al Yo es el mundo del Espíritu, de la civilización, de la moral.

            “Con el ser libre, autoconsciente, emerge, simultáneamente, un mundo entero —de la nada—, la única creación de la nada verdadera y pensable”.

El yo natural no es un yo propiamente dicho hasta que no deviene como ser autoconsciente. Los contenidos de la conciencia (o autoconciencia) producen el sujeto en la autoapropiación de éste de su misma consciencia[1]. Así pues, si la naturaleza está puesta por ser física, el mundo del yo está puesto por el yo autoconsciente. Partiendo de esta idea del hombre como ser absolutamente libre el redactor del texto, Hegel o los tres amigos, comienza a cuestionarse sobre los elementos e instituciones creados por este hombre. “¿Cómo tiene que estar constituido un mundo para un ser moral?”, se pregunta. Lo que está haciendo es plantearse el concepto de naturaleza o mundo físico. El objetivo es criticar la idea de la interpretación mecanicista del mundo que se tenía hasta el momento. 

“No parece como si la física actual pudiera satisfacer un espíritu creador, tal como es o debiera ser el nuestro”

Se pretende que la física del futuro sea capaz de superar el mecanicismo. Y es que si el hombre es un ser absolutamente libre, tenemos que tener capacidad para producirnos un mundo correspondiente a nuestra experiencia, de lo contrario seremos conciencias desdichadas[2]. Y esta capacidad de construcción de un mundo a la medida del ser absolutamente libre es llamada como “espíritu creador”. Se apuesta por tanto por una física de carácter organicista ­—que también podrá verse en el krausismo posterior— en el que se integren naturaleza y hombre, siendo la primera una creación de éste último (de ahí, entre otras muchas cosas, el fuerte idealismo).

En la segunda parte del texto se pasa del Yo y la Naturaleza a la Humanidad. Y así, partiendo de la idea de Humanidad se intenta demostrar “que no existe una idea del Estado”. Puesto que el Estado es mecánico (determinista) no es legítimo, pues trata al sujeto como un engranaje mecánico. Y si el yo es absolutamente libre no puede ser reducido a algo mecánico. Con lo que no hay Idea de Estado. El Estado, al tratar al sujeto como máquina viola la condición fundamental de libertad. Luego el Estado debe desaparecer[3]. De lo que se trata ahora no es de suponer al Estado como algo que existe de forma definitiva, como algo dado y que ha sido mal interpretado por nosotros. El Estado es algo creado por nosotros, pero de tal modo que lo hemos extrañado (alienado dirán otros). Hemos creado un Estado que actúa mecánicamente, con lo que debemos “ir más allá del Estado”. Se presenta así en el texto al Estado liberado del mecanicismo y del iusnaturalismo y pasa a ser una tarea de construcción del sujeto. Pues “sólo lo que es producto de la libertad se llama idea”, es decir, sólo lo que es producto de la conciencia es libre. El Estado pasa a ser una creación de los hombres (la sociedad política no sería lo natural para los hombres, como afirmaba Aristóteles, sino una construcción libre y cultural). Y como tal, debe estar basado en la idea el hombre como ser absolutamente libre. Es decir, tiene que garantizar la libertad a todos los componentes de dicho Estado. Cuando no se cumple éste requisito, tenemos que ser capaces de modificarlo y adaptarlo a nosotros, pues no es algo a lo que debamos adaptarnos, sino todo lo contrario.

Entramos así en un tercer momento del texto en el que se propone, al igual que se había hecho con el individuo y el Estado, la construcción de una religión, como una forma de superar de nuevo la filosofía kantiana. Pero no será ésta una religión cualquiera, sino que será una religión en la que habrá una Idea que “unifica a todas las otras, la idea de la belleza”. La belleza está aquí pensada en término platónicos, como una Idea absoluta, trascendental, ineludible. Lo Bello y el Bien se unen en la idea de Belleza en Platón. Sin embargo, aquí se unen la Verdad y el Bien en la idea de Belleza, la más alta de la razón. Platón había quitado la idea de verdad de ese esquema. Aquí la relación kantiana entre bien (ética) y verdad (conocimiento) se unifica y se eleva a la idea de Belleza. Así pues, será esta religión una religión de la razón, puesto que será producto de la autoconciencia del hombre, de su libertad y de su racionalidad. Es una religión, una mitología, que está al servicio de las ideas, ideas estéticas, de los hombres, esto es, de la razón. Al ser racional y a la vez mitológica es científica (racional) y religiosa (estética), es decir, razón y corazón se alinean, se mediatizan y adquieren un carácter absoluto, aplicable a todo, y, por tanto, unificador. Y es que, dado que este proyecto tiene que reunir a todos aquellos que participan del Estado, debe poder llegar a todos para que puedan ser libres, y puesto que no a todos es posible una comprensión estrictamente racional de esta realidad, establecer una religión con una mitología que sea a la vez racional (al incluir las ideas) pero también sensible (estética), facilita la captación de la profundidad por todos del proyecto. Por eso afirman:

“Tenemos que tener una nueva mitología, pero esta mitología tiene que estar al servicio de las ideas, tiene que transformarse en una mitología de la razón”.

En definitiva, el conflicto kantiano entre razón y pasión se disuelve, se mediatiza gracias a estas ideas estéticas, gracias a esta mitología racional que es a la vez científica y estética. Lo que  supone un duro golpe al Romanticismo y también a las antinomias kantianas. Ya no hay oposición, sino que hay mediación. También, al ser una “religión sensible” se exige que los filósofos posean tanta fuerza estética como los poetas, pues tendrán que presentar sus construcciones filosóficas con una riqueza estética que atraiga y embargue las conciencias como lo hace la poesía, pero yendo más allá. Se produce así una separación entre pensar (Denken) y poetizar (Dichten). Encontramos en el texto la noción de que en toda experiencia hay una tensión, y esta tensión está orientada hacia una forma ideal. Esta tensión hacia lo ideal es propia de la poesía. Se trata, por tanto, de que en esa tensión permita, al final, dar forma a la experiencia. Y, en última instancia, se trata de dar forma a la experiencia de la libertad, pues esa experiencia es una experiencia de la conciencia, del ser absolutamente libre. Y esa tarea concierne no sólo al filósofo, sino a todo individuo, al pueblo en general, por ello la mitología racional es tan importante aquí. Pues “mientras no trasformemos las ideas en ideas estéticas, es decir en ideas mitológicas, carecerán de interés para el pueblo”. Si la mitología, la religión, que se crea es racional y a la vez mitológica (estética), será satisfactoria tanto al pueblo como a la élite intelectual.

“Así, por fin, los [hombres] ilustrados y los no ilustrados tienen que darse la mano, la mitología tiene que convertirse en filosófica y el pueblo tiene que volverse racional, y la filosofía tiene que ser filosofía mitológica para transformar a los filósofos en filósofos sensibles. Entonces reinará la unidad perpetua entre nosotros”.

Lo que pretende el autor es llegar a una “unidad perpetua”, y el modo que encuentra para ello es una nueva mitología al servicio de las ideas. Lo que en definitiva trata de conseguir el autor es, como señala José María Ripalda, acabar con la “nación dividida”, con el conflicto entre la razón y el corazón, con el conflicto entre las clases altas o ricas y las clases bajas o pobres. Y, para ello, es necesaria la creación de una nueva ontología, de un nuevo individuo, de un nuevo Estado y de una nueva religión que sean acordes a la experiencia y a la libertad de la conciencia.

[1] “Ya sabemos lo que somos, somos lo que sabemos” (Hegel).

[2] De lo que hablaremos en otro momento.

[3] Muy parecida será la reflexión que Marx realice sobre el trabajo y el capital y también del Estado.

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Autor: emmanuelmartinezalcocer

Filomat.

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