El baúl de Pandora

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Manet, pintando la mercancía, pintando la vida moderna

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Todo deviene en mercancía había sentenciado Baudelaire. Este es el ideario de la sociedad de finales del siglo XIX. Tras la industrialización, todo es ya mercancía. Y no podía ser otro sitio que la ciudad, la metrópoli, el lugar en el que las transformaciones producto de la Revolución Industrial se reflejasen. Con la industrialización, la vida ha cambiado por completo, aparece la prisa, aparece lo nuevo, la moda, lo novedoso. Y así, se introduce lo efímero. Se introduce la modernidad y “la modernidad es lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente”[1]. Aparecen también lugares nuevos acordes con ese nuevo modo de vida, con esa nueva sociedad en la que Marx no quiere a la burguesía. Aparece el bulevar.

Entre los bulevares se levantan zonas residenciales que serán habitadas por burgueses. ¿Qué función tienen los bulevares? Estructurar el espacio del nuevo sujeto metropolitano, y también la exposición de los productos comerciales. Cumplen una función de integración social. Las tiendas de los bulevares introducen los escaparates, la mercancía es expuesta para seducir al paseante del bulevar. Lo nuevo es expuesto para seducir al paseante. La modernidad seduce y el ciudadano se deja seducir por la modernidad. La modernidad es por ello primordialmente visual, introduce la estetización de la vida. La metrópolis es también un laboratorio en el que surgen nuevas formas de vida. Surgen así figuras nuevas como las del bohemio, las del voyeur, el curioso, el que mira. Y muy importante también la figura del flâneur, o el dandi. En esta figura reconocemos a un Baudelaire o a un Manet, pintor de la vida moderna. Con Baudelaire la ciudad se hace por primera vez motivo de poesía, hay una nueva mirada que es “la mirada del alegórico que se posa sobre la ciudad, la mirada del alienado”[2].

Y esta mirada es la mirada del flâneur. El flâneur se encuentra en tierra de nadie, no es ni burgués ni proletario, en ninguna categoría se encuentra a gusto, de ahí su pasear y su mirada indiferente. Y sin embargo el flâneur busca refugio en la multitud, el flâneur no sería nada sin la multitud. Y, ¿dónde se acumula esa multitud? En el bulevar, en el bazar, en el lugar de las mercancías. Y es que “en el flâneur la inteligencia se dirige al mercado”[3]. El flâneur es un asocial, alguien en contra de lo que ve, de lo que le rodea. Sus enemigos son aquellos que provocan todo aquello que le rodea, la burguesía. Y por ello se sitúa del lado de aquellos que con el Manifiesto Comunista alzado luchan por acabar con su existencia política. Sin embargo, el flâneur no es un hombre de acción, la revolución se la deja al proletariado. Su arma es la indiferencia y una inteligencia lúcida. En esta mirada indiferente y lúcida la obra de Manet apenas si tiene parangón. En la pintura de Manet es perfectamente identificable “esa especie de presencia absoluta de la imagen”[4]. La imagen es una imagen del momento, no hay nada que interpretar, todo está dado. La imagen es momento, casi una fotografía. Y, sin embargo, lo representado casi carece de importancia, es más importante la representación que lo representado.

Así, Manet aparece como el hombre que duda, el hombre que mira a su alrededor y no le gusta lo que ve, aunque en su pintura se muestre indiferente. Es el hombre que quiere romper los valores y las reglas establecidas pues no se identifica con ellas, y que sabe que eso se verá acompañado de un dolor inevitable. Por eso a menudo se ha apuntado que en Manet se abre una nueva dimensión en la pintura, comienza con él el arte moderno, la nueva mirada. En la pintura de Manet, sin llegar al realismo de un Courbet, vemos una pintura naturalista en la que domina la fuerza de lo evidente, “la mirada de Manet concede a las cosas otra presencia, otra vibración”[5]. Es lo que Bataille llama la elegancia de Manet. Esa mirada indiferente que encierra en sí una violencia que se muestra en la simplicidad, en la sencillez, en la representación libre de sentimientos, una mirada que no se posiciona, sólo muestra. Estamos asistiendo a la destrucción de la subjetividad, y con ella la destrucción del tema en el cuadro.

Ya no hay alegoría, ya no hay representación, lo que ves es lo que hay. No hay nada más que buscar. “¿No es acaso en esta distancia, en aquella indiferencia, donde reside el secreto de Manet? ¿No hay detrás de su pintura un cambio de sociedad, de costumbres, de juegos morales, que la burguesía de la Restauración había puesto en escena y de los que Baudelaire había sido el primer cronista?”[6]. En ese mundo reducido a mercancía y criticado por Marx la imagen resulta fundamental. Y quizá la imagen, el cuadro que mejor nos refleje hacia dónde nos han conducido esos ideales, tan denostados por Marx, que tras la Revolución Industrial se habían introducido en la vida moderna y que la misma Revolución había producido sea Un bar del Folies Bregére, de 1882.

Un bar de las folis bergère

Un bar de las folis bergère

El cuadro es una glorificación de la mercancía y, a la vez, una muestra de ésta como simple apariencia. Lo primero que se nos muestra es una joven de rubio flequillo que, con sus brazos apoyados en el mostrador, muestra un aire de total indiferencia. Es una mirada indiferente, pero también triste. Parece estar diciéndonos que todo lo que ve ante sí carece de valor alguno, ella está abstraída de todo eso, casi en otro mundo. Delante de ella hay botellas de champán, de cerveza rubia y de licor de menta. Entre las botellas lucen brillantes mandarinas, que tanto gustaban a Manet, y pálidas rosas en un jarrón. Sobre su ancho escote se ha puesto un ramillete de flores, quizá como un gesto de rebeldía, quizá ella no quiera ser otro producto más que se pueda comprar.

Detalle del espejo

Detalle del espejo

El espejo que hay detrás de esta muchacha, cuyo nombre es Suzon, nos muestra dónde se desarrolla la escena. También nos muestra un hombre, que bien podríamos ser nosotros mismos, que se inclina sobre la barra y mira intensamente a Suzon a los ojos con claras intenciones.

Detalle del hombre-pretendiente

Detalle del hombre-pretendiente

Finalmente, en el espejo podemos ver la habitación llena de gente, de brillo y movimiento, de espectáculo. No es este lugar otro que las Folies Bregére, uno de los locales más importantes y más lujosos —sólo hay que mirar la decoración o la iluminación del lugar para percatarse de ello— de París[7] del momento, cerca del bulevar de Montmartre. Es un lugar con el techo bastante alto, como lo muestran las lámparas y los pies de una trapecista que aparecen a la izquierda del cuadro.

En el espejo también podemos ver el balcón del local, que estaba reservado para las personalidades más importantes. Los personajes que vemos son de clase más bien alta. Los hombres van vestidos de oscuro, y las damas con largos y voluminosos vestidos, guantes y anchos sombreros. Sin embargo, todos parecen más interesados en sí mismos que en los espectáculos, como el de la trapecista, que se les ofrecen. El hecho de que aparezcan reflejados en el espejo es muestra de la intención de Manet de mostrar que sólo estamos viendo apariencias. Lo que se acentúa en la actitud de la gente centrada en sí misma. De hecho, en aquel tiempo era de rigor el que los invitados, al llegar, recorrieran el local. Empezaban en el jardín de palmeras del entresuelo, paseaban luego lentamente, subiendo la ancha y curvada escalera, para terminar dándose una vuelta o dos por el paseo circular. Manet nos muestra así la falsedad y la apariencia de una sociedad nacida en la vacuidad del reflejo.

Como ya se habrá adivinado, Suzon trabaja como camarera en el bar, de ahí la indumentaria que lleva, un negro y largo corpiño de terciopelo sobre una falda gris: el uniforme común del personal femenino. Seguramente se trate de una chica procedente de uno de los suburbios rurales de París, y quizás fueran su juventud y frescura las que le dieron el trabajo en las Folie Bergère. Trabaja, pues, vendiendo mercancía. Es una glorificación de la mercancía lo que se ve en el cuadro. Muchísimas chicas como Suzon trabajaban en los bares y cafés de París vendiendo lujosos productos tras los mostradores, es la era del escaparate, es la era de la seducción de la mirada. Así pues, Suzon está vendiendo las mercancías delante de ella. Pero, ¿es ella también una mercancía? La respuesta es sí. La misma Suzon se ha convertido en mercancía. Este hecho se hace perfectamente evidente si observamos al hombre que “pretende” a nuestra camarera. En aquellos momentos, como ya hemos dicho, había miles de chicas como Suzon en París. Su modesta elegancia, su coquetería y sus agudas réplicas aumentaron formidablemente el atractivo que la metrópolis ejercía en sus habitantes, y en los que no eran sus habitantes. Pero estas chicas, cajeras, camareras, vendedoras, cobraban unos sueldos bajísimos, por lo que decidían a menudo usar sus “talentos” más provechosamente. Sin embargo, la mirada indiferente y distanciada de Suzon, que no hace caso a su pretendiente, parece que nos dice que ella no es así, que no está dispuesta a convertirse en mercancía. Aunque eso el hombre no lo sabe, por eso no dejará de insistir. Quizá sea el conocimiento de Suzon de que todo aquello que la rodea, el espectáculo, los hombres y mujeres, las bebidas del mostrador, todo, es falso, irreal, una mera apariencia, quizá sea eso lo que haga que tenga esa tristeza indiferente en la mirada. O quizá lo sea saber que todo lo que la rodea tiene un precio, incluso ella, y, tarde o temprano, a pesar de su resistencia, quizá también ella acabe vendiéndose al mejor postor[8]. Todo aparece como un mar de apariencias. La intención de Courbet ha fracasado, el viaje de lo moderno es el viaje de la apariencia.


[1] Charles Baudelaire, El pintor de la vida moderna, Colección de Arquitectura, Murcia, 2005, pág. 92.

[2] Walter Benjamin, Poesía y capitalismo, Taurus, Madrid, 1988, pág. 184.

[3] Ibíd.

[4] Georges Bataille, Manet, Murcia, 2003, pág. 13.

[5] Ibíd., pág. 16.

[6] Ibíd., pág. 19.

[7] Hacia mediados del siglo XIX, la capital francesa – cuya población se cuadruplicó entre los años 1800 y 1900 – llegó a ser un símbolo de las artes, de la industria, del progreso de la ciencia y del buen vivir.

[8] De hecho, como se puede ver en el detalle de arriba, en el reflejo del espejo Suzon aparece inclinada hacia el hombre que la pretende.

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Autor: emmanuelmartinezalcocer

Filomat.

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