El baúl de Pandora

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Historia de la Ciencia Española (IV)

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La ciencia en el siglo XVIII español

El siglo XVIII fue un siglo bastante más próspero en ciencia que el anterior, sin duda producto de la recuperación económica y militar respecto de la segunda mitad del XVII. De hecho es llamado nuestro siglo de plata en cuanto a ciencia se refiere (siendo el siglo de oro el XVI) -aunque nosotros consideramos que, dado el mayo avance de la ciencia en este siglo y a la mayor producción, casi debería ser a la inversa, sin restar mérito a la anterior-. En este siglo, la producción científica en algunos campos como la química (que empieza ya a constituirse propiamente como ciencia), la historia natural o las ciencias médicas es elevadísima (por ejemplo, Antonio Gimbernant publicó la primera descripción del ligamento crural que lleva su nombre, e Ignacio María Ruiz Luzuriaga contribuyó decisivamente en la aclaración experimental del proceso de oxigenación respiratoria). En otros campos la aportación no fue tan importante, pero no tiene nada que envidiar a otros países. No hay que suponer que la entrada del nuevo siglo supusiese de golpe un soplo de aire fresco y nuevo, pues, como vimos en la entrada anterior, la renovación científica ya se había producido, como en el resto de Europa, a partir de la segunda mitad del siglo anterior. Lo que sí caracteriza a este siglo respecto al anterior es el mayor impulso que tiene la ciencia de parte de los gobernantes, y la mayor institucionalización de la misma.

El momento álgido de la producción científica española del XVIII lo encontramos en la segunda mitad del siglo, sobre todo durante el reinado de Carlos III (1759-1788), que luego decayó un tanto durante el reinado de Carlos IV (1788-1808). Varias causas son alegadas como explicación de esta desaceleración de la producción científica, como las fuertes dificultades económicas de la última década del siglo, la personalidad del monarca, poco dispuesto a gobernar, y el impacto de la Revolución Francesa y las guerras consiguientes que llevarían al colapso del Imperio a inicios del siglo XIX. Aunque lo cierto es que este decaimiento no fue tan muy significativo y se daría una pronta recuperación que entraría hasta inicios del siglo XIX. El gran impulso que Carlos III había dado a la ciencia en España perduró hasta el siglo siguiente, ya que encontramos entre 1808 y 1814, años también de guerra, figuras científicas muy destacadas. Durante el siglo XVIII, desde 1718 por mandato de Felipe V, se concedieron numerosas becas (públicas y privadas), para científicos españoles que quisieran estudiar en el extranjero e importar los avances extranjeros. También se contrataron científicos extranjeros para que investigasen al servicio español. Y también se reformaron las enseñanzas universitarias, muy deterioradas, y se crearon muchas instituciones científicas con éxito científico, como el Jardín Botánico de Madrid por ejemplo, o el Seminario de Nobles (1725). La Academia de Guardiamarinas, de donde salieron, entre otros, Jorge Juan y Santacilia y Antonio de Ulloa. También el Instituto Asturiano de 1794, las diversas escuelas de química, matemáticas, náutica, mecánica y botánica que desarrolló la Junta de Comercio en Barcelona (1758). O las importantísimas Sociedades Económicas de Amigos del País, siendo la Vascongada (1765) la primera y de las más destacadas, que creó el Seminario Patriótico de Vergara, una de las mejores instituciones científicas del país, pero también destacan las de Zaragoza, Mallorca, Valencia, Murcia, Gerona, y Lima. También es importante mencionar la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona, creada en 1764 por primera vez en España, aunque comenzó llamándose Conferencia Físico-Matemática Experimental, con departamentos de matemáticas, electricidad, óptica, magnetismo, neumática, acústica, química e historia natural.

Los libros más usados a inicios de siglo, en lo que a ciencias fisicomatemáticas se refiere, son los nueve libros de Tomás Vicente Tosca titulados Compendio Mathematico, que, aunque redactados a finales del siglo XVII, se publicaron entre 1707 y 1715, por lo que contienen todos los conocimientos al respecto justo después de las obras de Newton. Habla del heliocentrismo como “una de las mejores hipótesis” al respecto. La mejor parte es la dedicada a la física, que ya aparece como una ciencia categorial cerrada que atiende a los datos de la experiencia y matematizada. Jorge Juan es uno de los grandes científicos españoles del siglo XVIII, junto con Antonio de Ulloa en este campo.

Jorge Juan y Santacilia

Jorge Juan y Santacilia

Ambos partieron como parte de la delegación española en 1734 en la expedición a Perú, organizada por la Academia de las Ciencias de París para determinar un arco de meridiano terrestre y confirmar la forma achatada por los polos del planeta, según afirmaba la teoría newtoniana. Entre 1734 y 1744 trabajaron en la expedición. Jorge Juan en lo relativo a las observaciones astronómicas y las experiencias físicas, y Ulloa en las investigaciones de historia natural. A su vuelta publicaron (1748) una importantísima obra en el que sistematizan todo lo descubierto y aprendido: Observaciones astronómicas y phisicas hechas en los reynos del Perú, en la que Jorge Juan incorpora con toda normalidad y maestría el uso del cálculo infinitesimal y la astronomía y la física posteriores a Newton. Ulloa escribiría también por su parte la Relación histórica del viaje a la América meridional en el mismo año. Años después Jorge Juan publicaría otra de las obras más importantes del siglo XVIII español, con amplia y reconocida influencia en toda Europa, pues tuvo traducciones y reediciones en francés, inglés e italiano. Es el Examen marítimo de 1771, un tratado de física mecánica aplicada a la navegación.

Almirante Antonio de Ulloa

Almirante Antonio de Ulloa

Esta obra tuvo una segunda edición en 1793, muy ampliada, a cargo de Gabriel Císcar, también importante astrónomo y náutico, que estuvo presente en París en 1798, junto con Agustín de Pedrayes, para fijar los patrones y principios del sistema métrico decimal. Císcar se formó también en la Academia de Guardiamarinas, pero en la de Cartagena. Vicente Tofiño, discípulo de Jorge Juan, fue otro científico destacado de este siglo, cuya gran contribución fue su Atlas marítimo de España de 1789, junto con un numeroso equipo, y que fue obra inaugural de la cartografía española moderna. No menos importante fue la obra geográfica de Isidoro de Antillón, profesor en el Seminario de Nobles de Madrid, Elementos de la geografía astronómica, natural y política de España y Portugal de 1808 (aunque publicada ya en el siglo XIX comenzó a realizarla a finales del XVIII). Otro científico importante que también se sale del siglo fue José Mendoza Ríos, que fue el más original náutico de finales del siglo XVIII y principios del XIX.

José Joaquín Ferrer Canfranga

José Joaquín Ferrer Canfranga

Además de introducir nuevas técnicas e instrumentos, desarrolló unas tablas astronómicas en 1808 muy exactas y buenas para la navegación. Por ello también muchas instituciones y el almirantazgo británicos pusieron dinero para sufragar sus investigaciones. El vasco José Joaquín Ferrer Canfranga, tuvo importante prestigio internacional por sus observaciones astronómicas desde Cádiz, Lima, Méjico, Nueva York y La Habana, y por determinar las coordenadas de diversos territorios en América y el cálculo del paralaje del Sol. En matemáticas destaca la publicación de los Elementos de matemáticas del catalán Benito Bails entre 1779 y 1790, que, aunque no incorpora grandes novedades, fue una obra de una sistematicidad bastante encomiable. La parte puramente matemática incluye la exposición del cálculo infinitesimal y de la geometría analítica, pero también hay tomos dedicados a usos de las matemáticas en física, astronomía, mecánica, óptica, dinámica, hidrodinámica e ingeniería civil. Por otra parte, Agustín de Betancourt Molina y Francisco Salvá Campillo son dos importantes figuras también de la ciencia y la ingeniería de finales del siglo XVIII e inicios del XIX.

La mayor parte de químicos españoles que podemos encontrar a finales del siglo XVII y principios del XVIII se encuentran en la Regia Sociedad de Medicina y Otras Ciencias de Sevilla. Diego Mateo de Zapata, murciano, defensor de los medicamentos químicos es uno de los que destaca, con su obra de 1701 Crisis médica sobre el antimonio, que reabrió el debate entre antiguos y modernos. El propio Zapata daría uno de los golpes finales a la medicina tradicional en 1745 con su Ocaso de las formas aristotélicas. Otro químico destacado fue Félix Palacios, que además de sus trabajos tradujo el Curso Químico de Nicolás Lemery, francés, que fue ampliado por Zapata en 1721, y supuso la primera obra química sistemática en español. En lo referente a la minerometalurgia son importantes los trabajos de Ulloa, que describe científicamente por primera vez, en su obra sobre la expedición, el platino. En 1752 Ulloa sería el director de un laboratorio metalúrgico dedicado al platino que sería el primero de esa clase en España, era llamado la Casa del Platino. Sin embargo, el que finalmente conseguiría en España la técnica más rentable para la obtención del platino sería el francés Francisco Chaveneau, por ello fue nombrado en 1777 director de la Real Escuela de Mineralogía de Madrid, y del Laboratorio de Química Metalúrgica. También trajo Ulloa a Guillermo Bowles, irlandés, que junto con el granadino José Torrubia realizaron los mejores trabajos geológicos publicados en España a mediados del siglo XVIII. Como profesor lo tuvieron en el Seminario de Vergara los hermanos Elhuyar. De estos, Fausto terminó ocupando la cátedra de mineralogía del Seminario de 1782 a 1785, colaborando con Chaveneau, y también ayudó a su hermano Juan José en sus investigaciones que dieron como resultado el descubrimiento del wolframio o tungsteno, como fue comunicado en 1783.

Otro importante descubrimiento químico de un español fue el vanadio o eritronio, en 1801, por Andrés Manuel del Río. Importantísima fue la labor investigadora y educadora de José Luis Proust. Proust tuvo relaciones desde joven con España -había estado en Vergara como catedrático de químico en el Real Seminario Patriótico- y por consejo de Lavoisier -lo que indica que el estado de la química, y la ciencia en general, en España era muy bueno, pues si no, no habría recomendado a uno de sus mejores discípulos regresar- volvió a España durante veinte años.

José Luis Proust

José Luis Proust

Durante su época en Madrid Proust publicó sus mejores trabajos y aportaciones, entre ellas la ley de proporciones definidas, publicado en los Anales de Ciencias Naturales entre 1799 y 1804, revista de la que era codirector junto con el importantísimo botánico español Antonio José Cavanilles, el cual, junto a Higinio Antonio Lorente pueden considerarse dos de los mejores botánicos del siglo. Pedro Gutiérrez Bueno fue otro químico español que entre otras cosas -como las investigaciones de química industrial que se pueden ver en publicaciones suyas como Manual de arte de vidriería de 1799- tradujo las obras de Lavoisier y otros autores en 1787, lo que permitió introducir la nueva nomenclatura química a la misma vez que en Inglaterra y mucho antes que en otros países. Juan Manuel de Aréjula también publicó por esas fechas un estudio crítico de la nueva nomenclatura. Andrés Martí de Ardenya rectificó los datos dados por Lavoisier sobre la composición del aire. Los trabajos de química farmacéutica de Francisco Carbonell y Bravo son también muy destacables. Antonio Martí Franqués es otro químico español muy destacado. Aunque investigó por cuenta propia, hizo descubrimientos importantes acerca de la sexualidad de las plantas y sobre la fisiología vegetal. Pero su fama se debe a sus trabajos sobre la composición química del aire, como expuso en 1790, y que tuvieron amplia difusión por toda Europa.

La historia natural tuvo buena salud. Gran parte de su actividad se centró en los jardines botánicos y en las expediciones científicas al Nuevo Continente. Ya había algunos jardines botánicos en España desde dos siglos atrás, como el de Valencia, el de Aranjuez o el de Barcelona. En el siglo XVIII las buenas relaciones que los gobernantes españoles, y muchos científicos, tenían con científicos extranjeros como Linneo llevó a que éste enviase en 1751 a su discípulo más aventajado, Pehr Loefling, a trabajar en América. Después de estar en la Corte, éste fue enviado a Nueva Granada como líder de una expedición botánica, pero fue interrumpida por su desafortunada muerte, en 1756. Lo conseguido por la expedición se envió al Jardín Botánico de Madrid, que se había creado ese mismo año. A finales del siglo, bajo la dirección de Casimiro Gómez Ortega, el Jardín Botánico de Madrid, con base en el sistema linneano, fue una de las instituciones botánicas de mayor importancia en todo el mundo. Gracias a sus fondos, el Jardín enviaba expediciones científicas para el descubrimiento de nuevas plantas o la resolución de problemas botánicos, en las cuales iban y eran encabezadas por los propios naturalistas que se habían formado en el Jardín.

José Celestino Mutis y Bosio

José Celestino Mutis y Bosio

Destacan tres expediciones junto con tres naturalistas. La expedición a Nueva Granada con mando de Celestino Mutis. Mutis, además de naturalista y seguidor y amigo de Linneo, era minerometalúrgico, matemático y físico. Por ello, además de médico del virrey de Nueva Granada, fue profesor de matemáticas en el Colegio del Rosario, en Bogotá, y el primero en explicar el sistema heliocéntrico y la mecánica newtoniana en esas tierras, aunque sus mayores contribuciones se dan en el campo de la botánica. La expedición de Mutis dio como resultado una Flora de 51 volúmenes. Su aportación personal más destacada es la relativa al descubrimiento de distintas especies de los árboles Chinchona o árboles de la quina. Es importante también la expedición de 1777 a Perú y Chile, con mando de Hipólito Ruiz y José Antonio Pavón, discípulos de Gómez Ortega. En la expedición descubrieron 141 géneros vegetales nuevos, así como medio millar de especies desconocidas. Todo ello se sumó en la obra de cinco volúmenes Flora peruviana et chilensis, entre 1794 y 1802, además de varias monografías; y finalmente la expedición de Nueva España y alrededores, a cargo de Martín Sessé y Vicente Cervantes, también discípulo de Gómez Ortega. La expedición dio lugar a la fundación del Jardín Botánico de Méjico y de una cátedra botánica correspondiente. Se recorrieron amplios territorios, como Guatemala, el norte de California, Cuba o Puerto Rico, descubriéndose gran cantidad de especies. La última gran expedición naturalista fue la comandada por Fernando Malaspina, que recorrió la costa oriental de Sudamérica, las Malvinas, la costa occidental americana desde Cabo de Hornos hasta Alaska, y la zona del Pacífico comprendida entre las Filipinas, las Marianas y Nueva Zelanda.

Respecto a la Zoología el Real Gabinete de Historia Natural de Madrid también fue importante centro científico, aunque sólo empezó a funcionar en 1771. Como nota, destacar que fue en este centro donde se realizó la primera reconstrucción de un esqueleto de un mamífero fósil en Europa. La reconstrucción la realizó Juan Bautista Bru, de un esqueleto de megaterio encontrado en el Río de la Plata en 1789. Félix de Azara es sin duda el zoólogo español más importante del momento. Enviado en una misión cartográfica, estuvo en el Río de la Plata y Paraguay desde 1781 hasta 1801. Descubrió más de dos centenares de especies en sus observaciones de aves y mamíferos, por lo que hizo una gran aportación a la zoología descriptiva. Pero no sólo eso, también conjeturó ideas acerca de las variaciones de los animales en libertad y cautividad, sobre su distribución geográfica, o las relaciones entre presa y depredador y huésped y parásito, así como sobre el origen de las especies en América y el mecanismo de selección humana. Sus reflexiones influyeron mucho en los trabajos de Cuvier y de Darwin, que lo citó a menudo y reconoció la importancia de su trabajo y la influencia que sobre él había ejercido.

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Autor: emmanuelmartinezalcocer

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