El baúl de Pandora

Reservado para los que deseen abrir su mente


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Courbet. EL Manifiesto de un siglo

EL MANIFIESTO DE UN SIGLO

Si Víctor Hugo pretendió con su obra, como él mismo dijo, hacer un resumen, una Biblia, de su tiempo, Gustavo Courbet no quiso ser menos y realizó un cuadro que pretendía ser el manifiesto de su siglo, El taller, de 1857. Ya en 1840, cuando Courbet comenzó a pintar, en Francia dominaba aún el estilo clasicista. Courbet se resistió a ser un academicista más y desde sus primeros trabajos ya se puede observar un estilo nuevo, el realismo. Una muestra de este rechazo es El taller. Aunque en esta pintura Courbet no sólo muestra su rechazo al academicismo estereotipado, sino que además muestra a las claras sus inquietudes políticas e históricas.

El taller es así un cuadro de historia de grandes dimensiones, 359 cm por 598 cm, en el que se muestra la escena en un espacio no identificado, inventado, que nos lleva al taller del pintor y que sirve a Courbet para hacer su autorretrato. Él parece en el centro pintando algo en apariencia ajeno a todo lo que ocurre en la escena del taller. Sin embargo entre la treintena de figuras a tamaño natural que Courbet nos muestra en este cuadro destaca la mujer desnuda de piel clara que se encuentra de pie al lado del pintor. Esta mujer es el centro de todas las miradas, muy al contrario ocurre con la otra figura desnuda del cuadro, un hombre que, colgado como si fuese un santo mártir, se encuentra entre las sombras. Estos dos desnudos no son casualidad. El hombre de la penumbra, un maniquí utilizado para las poses y proporciones, simboliza en el cuadro a la tradición académica que tanto rechazaba Courbet, pues la consideraba alejada de la realidad. A Courbet le interesaba mucho más “la realidad” que la tradición, y esto se muestra en la segunda figura desnuda, la mujer, que no es otra cosa que “la realidad misma”, al desnudo y sin tapujos. Para Courbet el entorno era siempre más importante que las convenciones artísticas. Al pintor francés le parecía que las academias distorsionaban la visión de los artistas. De hecho, el joven que se encuentra arrodillado a la derecha de la modelo muestra, según Courbet, la actitud adecuada. Teniendo en cuenta estas consideraciones del pintor, no nos debe de extrañar que Courbet haya desterrado al maniquí al mundo de las sombras.

El Taller

El Taller

En el cuadro muestra Courbet gentes de todo tipo, y es que el pintor francés opinaba que aquellas gentes que las artes consideraban indignas de retratar, como los obreros, los veteranos avocados a la mendicidad, la mujer amamantando al niño que no ha sido idealizada como una madonna, etc., también forman parte de la historia. A estos los reúne en la parte de la izquierda. En la derecha ha representado amigos o compañeros de ideas, gente que tiene relación directa con su obra. Así pues, la izquierda encontramos un verdadero retrato de lo que es París en 1848. Hay figuras del pueblo y de grandes personalidades derrotadas. Es la historia “en términos reales”. En la derecha aparece el primer cuadro sobre intelectuales de la época, y todos miran a la izquierda, hacia la historia. Aparecen también mujeres relacionadas con la Revolución y el primer retrato de Baudelaire, que aparece como ajeno a la escena. De modo que a la izquierda está la historia, a la derecha las ideas que mueven la historia. En cuanto al taller en sí es apenas un esbozo. Las referencias artísticas son muy escasas, un cuadro a la izquierda vuelto del revés —algo muy típico en las pinturas de talleres— y una paleta colgada. En realidad, la intención de Courbet no era tanto representar un espacio concreto, sino un lugar imaginario que abarcaba ya siete años de su vida[1].

La fecha del cuadro, 1855, es significativa, pues, como ya hemos visto, siete años antes, en 1848 Francia y Europa entera se vieron sacudidas por la revolución. Los parisinos salieron a la calle obligando a abdicar a Luis Felipe, y en las luchas callejeras murieron aproximadamente 10.000 personas. Ante este panorama, Courbet, que, como buen artista e intelectual, quiso emplear otras armas distintas a las de fuego, se dedicó a dibujar para las revistas revolucionarias. Esta tendencia revolucionaria era ya algo así como una tradición familiar, pues ya desde joven había sido educado con ideas antimonárquicas y anticlericales por su abuelo. Éste, por otra parte, aparece retratado en el cuadro con una chaqueta negra y un sombrero de copa, atuendo típico de los enterradores de la época[2]. También relacionado con la revolución está el veterano de la Revolución de 1879 de la izquierda, al que podemos identificar por su abrigo claro, su sombrero que le tapa hasta los ojos y la bandolera que lleva al hombro. Esto demuestra la importancia que tiene para Courbet la tradición revolucionaria francesa. El hombre sentado con los perros[3] es un cazador, y entre éste y el abuelo está un comerciante enseñando su mercancía. Para Courbet, este último no simbolizaba otra cosa que un tentador, alguien que se aprovechaba de los pobres. Pero ocurre que mientras un saltimbanqui admira la tela muy interesado, detrás se encuentra un obrero, con su gorra de visera, impasible, de brazos cruzados. En este momento, los obreros se encontraban desorganizados y estaban en condiciones penosas, eran explotados, llegando a trabajar 14 o 16 horas diarias por un mísero sueldo que no daba para nada. Tampoco tenían derecho a huelga ni podían protestar. Pero sin embargo, a pesar de todo eso, este obrero muestra cierto orgullo y cierta superioridad que muestra a las claras de parte de quién estaba el pintor.

Algunos intelectuales fueron conscientes y quisieron hacer ver la miseria de estos obreros —otra cosa es que las soluciones que dieran fueran más, o menos, acertadas. Uno de ellos fue el escritor Pedro José Proudhon, que aparece a mitad derecha del lienzo, al lado del amigo de Courbet Máximo Buchon, con sus lentes de níquel y su reconocible calvicie. Otro de los intelectuales que vemos a la derecha del cuadro es ya mentado Baudelaire, al cual conocía Courbet desde la Revolución. Baudelaire fue también uno de los impulsores de la revista revolucionaria La Salud Pública, cuya portada fue encargada al pintor francés. Como antes hemos apuntado, el poeta y escritor aparece como abstraído de lo que ocurre a su alrededor, sentado y leyendo un libro no presta atención a los demás, ni siquiera del propio Courbet. Con esto simboliza Courbet el cambio de rumbo en la actitud de Baudelaire, éste había dejado la revolución y la fe en el futuro. Él se sentía más atraído por el Mal, por la Nada, hablaba de la destrucción y no de la revolución, del cambio o del avance.

Hay que destacar también el personaje femenino del fondo. Entre los amores de Baudelaire se encontraba la hermosa mulata Jeanne Duval, la cual pintó Courbet mirándose en el espejo. Pero debido a que Baudelaire, en el momento de la Exposición Universal para la que fue hecho el cuadro, amaba a otra mujer, Courbet tuvo que retocar el personaje y ahora casi parece una figura pintada en la pared. Según parece, ni para el escritor ni para el pintor las mujeres fueron algo demasiado importante en sus vidas. De lo que sí pecaban ambos era de una necesidad imperiosa de reconocimiento difícil de satisfacer, y una avidez de protagonismo que llegaba a hacerse insoportable. Lo muestra a la claras, por parte del pintor, el que él mismo se retratase en el centro del cuadro pintando un paisaje —lo que también simbolizaría el triunfo del naturalismo. Aparece manejando el pincel con un gesto casi imperial, y se rodea de admiradores. Estaba muy orgullo de su autorretrato de perfil y, por supuesto, de su posición de espaldas[4]. El cuadro no fue aceptado para la Exposición Universal de París, lo que debió herir bastante ese orgullo desmesurado. Proudhon también rechazó el cuadro pues le parecía poco involucrado políticamente, los críticos burgueses también lo rechazaron, pero por razones diferentes. Consideraron que la obra no respetaba los criterios artísticos en boga, criterios burgueses por supuesto. Estos criterios suponían transmitir una serie de ideales, suponían reflejar el mundo, rendir homenaje a la élite e ignorar lo cotidiano. Las obras de arte debían mejorar al hombre mediante la trasmisión de valores religiosos y hechos heroicos, etc., pero nunca tocar temas comprometidos o polémicos. Está claro que El taller no cumplía esos requisitos.

Un ejemplo de la subversión y el escándalo que suponía este cuadro lo encontramos en la figura del niño que se encuentra delante del caballete, el cual lleva unas chanclas y tampoco respeta las normas burguesas de vestimenta. Hace esta figura alusión a un cuadro anterior de Courbet aunque no menos polémico, Los picapedreros. Así, con el cuadro Courbet se saltaba a la torera numerosas reglas exigidas por el decoro burgués que llevaron a que se lo rechazaran. Por ejemplo, mostraba una figura totalmente desnuda delante de mujeres o de niños, lo que era totalmente inadmisible, aunque el colmo era el que una dama viese cómo un niño contempla, a su vez, a una mujer desnuda. En el puritano Segundo Imperio este hecho era toda una provocación. Y es que en esta sociedad de la apariencia que tanto denunciará Manet —como vimos en una entrada anterior—, no se querían ver en un lienzo o en la realidad a niños mendigos ni mujeres “inmorales”, como la de la mitad izquierda, dándole el pecho a un bebé. Por eso el realismo supone toda una subversión, una rebelión contra la sociedad y valores burgueses. Supone en definitiva un apoyo a la causa proletaria.

Después de El taller Courbet no volvería a pintar cuadros de lucha política y social que fuesen en contra de la sensibilidad burguesa, pero no dejó nunca de lado sus ideales socialistas y republicanos. Perfecta prueba de ello fue su actuación en 1871, año en el que las tropas alemanas derrotaron a las francesas. En el mes de marzo el gobierno huyó de París para refugiarse en Versalles y el pueblo parisino se sublevó y fundó un concejo municipal socialista, que después sería conocido históricamente como la Comuna de París. Courbet por supuesto participó en dicha comuna y fue nombrado comisario de bellas artes. Se encargó de la protección de los museos y monumentos de la ciudad, los cuales quería destruir el pueblo sublevado. Pretendía Courbet exponer la columna de la Plaza de Vendôme, que era símbolo de la dominación imperial, junto con “los saqueadores muertos de la historia”[5], delante de los Inválidos. Pero no pudo ser así, la comuna fue destruida. Después de esto, y tras el fusilamiento de 25.000 personas en apenas una semana, Courbet fue encarcelado. Le hicieron responsable de la desaparición de la columna y pretendían que pagase por ello. Sus dos talleres fueron requisados, tanto muebles como cuadros. Finalmente, Courbet se refugió en Suiza y en 1877 murió amargado y arruinado. Suerte parecida tuvieron algunos de los que aparecen en el cuadro, como Baudelaire, que tuvo que defender ante los tribunales su Flores del Mal, Proudhon fue condenado también a prisión por sus escritos. Otros como Buchon ya habían tenido que exiliarse tras la revolución de 1848. Por tanto, El taller, que tardó un poco en ser reconocido como una gran obra, no es sólo una de las principales obras maestras del siglo XIX, sino que también es una de las denuncias políticas más explícitas, y, por ello, peligrosas, del siglo XIX. Además de un testimonio de la lucha, no sólo de Courbet y muchos de sus contemporáneos, como Marx, sino ya “de todo un pueblo” —o, como se dice mucho ahora, de la sociedad civil— contra las fuerzas e ideas que oprimían impunemente a las clases sociales más bajas. Es, en definitiva, lo que Courbet pretendía, el manifiesto de un siglo.

[1]Rose-Marie y Rainer Hagen, Los secretos de las obras de arte, del tapiz de Bayeux a los murales de Diego Rivera, Tomo II, Taschen, Madrid, 2005, pág. 603.

[2] Se puede ver también en esto una alusión a un cuadro anterior suyo de 1849/50, El entierro de Ornans.

[3] En el que algunos han querido ver a Napoleón III.

[4] El cuadro no fue aceptado para la Exposición, por lo que Courbet, en una muestra más de su orgullo, pidió realizar su propia exposición y situó un pabellón de madera justo a la entrada de la exposición principal.

[5] Rose-Marie y Rainer Hagen, Los secretos de las obras de arte, del tapiz de Bayeux a los murales de Diego Rivera, Tomo II, Taschen, Madrid, 2005, pág. 607.

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Manet, pintando la mercancía, pintando la vida moderna

Todo deviene en mercancía había sentenciado Baudelaire. Este es el ideario de la sociedad de finales del siglo XIX. Tras la industrialización, todo es ya mercancía. Y no podía ser otro sitio que la ciudad, la metrópoli, el lugar en el que las transformaciones producto de la Revolución Industrial se reflejasen. Con la industrialización, la vida ha cambiado por completo, aparece la prisa, aparece lo nuevo, la moda, lo novedoso. Y así, se introduce lo efímero. Se introduce la modernidad y “la modernidad es lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente”[1]. Aparecen también lugares nuevos acordes con ese nuevo modo de vida, con esa nueva sociedad en la que Marx no quiere a la burguesía. Aparece el bulevar.

Entre los bulevares se levantan zonas residenciales que serán habitadas por burgueses. ¿Qué función tienen los bulevares? Estructurar el espacio del nuevo sujeto metropolitano, y también la exposición de los productos comerciales. Cumplen una función de integración social. Las tiendas de los bulevares introducen los escaparates, la mercancía es expuesta para seducir al paseante del bulevar. Lo nuevo es expuesto para seducir al paseante. La modernidad seduce y el ciudadano se deja seducir por la modernidad. La modernidad es por ello primordialmente visual, introduce la estetización de la vida. La metrópolis es también un laboratorio en el que surgen nuevas formas de vida. Surgen así figuras nuevas como las del bohemio, las del voyeur, el curioso, el que mira. Y muy importante también la figura del flâneur, o el dandi. En esta figura reconocemos a un Baudelaire o a un Manet, pintor de la vida moderna. Con Baudelaire la ciudad se hace por primera vez motivo de poesía, hay una nueva mirada que es “la mirada del alegórico que se posa sobre la ciudad, la mirada del alienado”[2].

Y esta mirada es la mirada del flâneur. El flâneur se encuentra en tierra de nadie, no es ni burgués ni proletario, en ninguna categoría se encuentra a gusto, de ahí su pasear y su mirada indiferente. Y sin embargo el flâneur busca refugio en la multitud, el flâneur no sería nada sin la multitud. Y, ¿dónde se acumula esa multitud? En el bulevar, en el bazar, en el lugar de las mercancías. Y es que “en el flâneur la inteligencia se dirige al mercado”[3]. El flâneur es un asocial, alguien en contra de lo que ve, de lo que le rodea. Sus enemigos son aquellos que provocan todo aquello que le rodea, la burguesía. Y por ello se sitúa del lado de aquellos que con el Manifiesto Comunista alzado luchan por acabar con su existencia política. Sin embargo, el flâneur no es un hombre de acción, la revolución se la deja al proletariado. Su arma es la indiferencia y una inteligencia lúcida. En esta mirada indiferente y lúcida la obra de Manet apenas si tiene parangón. En la pintura de Manet es perfectamente identificable “esa especie de presencia absoluta de la imagen”[4]. La imagen es una imagen del momento, no hay nada que interpretar, todo está dado. La imagen es momento, casi una fotografía. Y, sin embargo, lo representado casi carece de importancia, es más importante la representación que lo representado.

Así, Manet aparece como el hombre que duda, el hombre que mira a su alrededor y no le gusta lo que ve, aunque en su pintura se muestre indiferente. Es el hombre que quiere romper los valores y las reglas establecidas pues no se identifica con ellas, y que sabe que eso se verá acompañado de un dolor inevitable. Por eso a menudo se ha apuntado que en Manet se abre una nueva dimensión en la pintura, comienza con él el arte moderno, la nueva mirada. En la pintura de Manet, sin llegar al realismo de un Courbet, vemos una pintura naturalista en la que domina la fuerza de lo evidente, “la mirada de Manet concede a las cosas otra presencia, otra vibración”[5]. Es lo que Bataille llama la elegancia de Manet. Esa mirada indiferente que encierra en sí una violencia que se muestra en la simplicidad, en la sencillez, en la representación libre de sentimientos, una mirada que no se posiciona, sólo muestra. Estamos asistiendo a la destrucción de la subjetividad, y con ella la destrucción del tema en el cuadro.

Ya no hay alegoría, ya no hay representación, lo que ves es lo que hay. No hay nada más que buscar. “¿No es acaso en esta distancia, en aquella indiferencia, donde reside el secreto de Manet? ¿No hay detrás de su pintura un cambio de sociedad, de costumbres, de juegos morales, que la burguesía de la Restauración había puesto en escena y de los que Baudelaire había sido el primer cronista?”[6]. En ese mundo reducido a mercancía y criticado por Marx la imagen resulta fundamental. Y quizá la imagen, el cuadro que mejor nos refleje hacia dónde nos han conducido esos ideales, tan denostados por Marx, que tras la Revolución Industrial se habían introducido en la vida moderna y que la misma Revolución había producido sea Un bar del Folies Bregére, de 1882.

Un bar de las folis bergère

Un bar de las folis bergère

El cuadro es una glorificación de la mercancía y, a la vez, una muestra de ésta como simple apariencia. Lo primero que se nos muestra es una joven de rubio flequillo que, con sus brazos apoyados en el mostrador, muestra un aire de total indiferencia. Es una mirada indiferente, pero también triste. Parece estar diciéndonos que todo lo que ve ante sí carece de valor alguno, ella está abstraída de todo eso, casi en otro mundo. Delante de ella hay botellas de champán, de cerveza rubia y de licor de menta. Entre las botellas lucen brillantes mandarinas, que tanto gustaban a Manet, y pálidas rosas en un jarrón. Sobre su ancho escote se ha puesto un ramillete de flores, quizá como un gesto de rebeldía, quizá ella no quiera ser otro producto más que se pueda comprar.

Detalle del espejo

Detalle del espejo

El espejo que hay detrás de esta muchacha, cuyo nombre es Suzon, nos muestra dónde se desarrolla la escena. También nos muestra un hombre, que bien podríamos ser nosotros mismos, que se inclina sobre la barra y mira intensamente a Suzon a los ojos con claras intenciones.

Detalle del hombre-pretendiente

Detalle del hombre-pretendiente

Finalmente, en el espejo podemos ver la habitación llena de gente, de brillo y movimiento, de espectáculo. No es este lugar otro que las Folies Bregére, uno de los locales más importantes y más lujosos —sólo hay que mirar la decoración o la iluminación del lugar para percatarse de ello— de París[7] del momento, cerca del bulevar de Montmartre. Es un lugar con el techo bastante alto, como lo muestran las lámparas y los pies de una trapecista que aparecen a la izquierda del cuadro.

En el espejo también podemos ver el balcón del local, que estaba reservado para las personalidades más importantes. Los personajes que vemos son de clase más bien alta. Los hombres van vestidos de oscuro, y las damas con largos y voluminosos vestidos, guantes y anchos sombreros. Sin embargo, todos parecen más interesados en sí mismos que en los espectáculos, como el de la trapecista, que se les ofrecen. El hecho de que aparezcan reflejados en el espejo es muestra de la intención de Manet de mostrar que sólo estamos viendo apariencias. Lo que se acentúa en la actitud de la gente centrada en sí misma. De hecho, en aquel tiempo era de rigor el que los invitados, al llegar, recorrieran el local. Empezaban en el jardín de palmeras del entresuelo, paseaban luego lentamente, subiendo la ancha y curvada escalera, para terminar dándose una vuelta o dos por el paseo circular. Manet nos muestra así la falsedad y la apariencia de una sociedad nacida en la vacuidad del reflejo.

Como ya se habrá adivinado, Suzon trabaja como camarera en el bar, de ahí la indumentaria que lleva, un negro y largo corpiño de terciopelo sobre una falda gris: el uniforme común del personal femenino. Seguramente se trate de una chica procedente de uno de los suburbios rurales de París, y quizás fueran su juventud y frescura las que le dieron el trabajo en las Folie Bergère. Trabaja, pues, vendiendo mercancía. Es una glorificación de la mercancía lo que se ve en el cuadro. Muchísimas chicas como Suzon trabajaban en los bares y cafés de París vendiendo lujosos productos tras los mostradores, es la era del escaparate, es la era de la seducción de la mirada. Así pues, Suzon está vendiendo las mercancías delante de ella. Pero, ¿es ella también una mercancía? La respuesta es sí. La misma Suzon se ha convertido en mercancía. Este hecho se hace perfectamente evidente si observamos al hombre que “pretende” a nuestra camarera. En aquellos momentos, como ya hemos dicho, había miles de chicas como Suzon en París. Su modesta elegancia, su coquetería y sus agudas réplicas aumentaron formidablemente el atractivo que la metrópolis ejercía en sus habitantes, y en los que no eran sus habitantes. Pero estas chicas, cajeras, camareras, vendedoras, cobraban unos sueldos bajísimos, por lo que decidían a menudo usar sus “talentos” más provechosamente. Sin embargo, la mirada indiferente y distanciada de Suzon, que no hace caso a su pretendiente, parece que nos dice que ella no es así, que no está dispuesta a convertirse en mercancía. Aunque eso el hombre no lo sabe, por eso no dejará de insistir. Quizá sea el conocimiento de Suzon de que todo aquello que la rodea, el espectáculo, los hombres y mujeres, las bebidas del mostrador, todo, es falso, irreal, una mera apariencia, quizá sea eso lo que haga que tenga esa tristeza indiferente en la mirada. O quizá lo sea saber que todo lo que la rodea tiene un precio, incluso ella, y, tarde o temprano, a pesar de su resistencia, quizá también ella acabe vendiéndose al mejor postor[8]. Todo aparece como un mar de apariencias. La intención de Courbet ha fracasado, el viaje de lo moderno es el viaje de la apariencia.


[1] Charles Baudelaire, El pintor de la vida moderna, Colección de Arquitectura, Murcia, 2005, pág. 92.

[2] Walter Benjamin, Poesía y capitalismo, Taurus, Madrid, 1988, pág. 184.

[3] Ibíd.

[4] Georges Bataille, Manet, Murcia, 2003, pág. 13.

[5] Ibíd., pág. 16.

[6] Ibíd., pág. 19.

[7] Hacia mediados del siglo XIX, la capital francesa – cuya población se cuadruplicó entre los años 1800 y 1900 – llegó a ser un símbolo de las artes, de la industria, del progreso de la ciencia y del buen vivir.

[8] De hecho, como se puede ver en el detalle de arriba, en el reflejo del espejo Suzon aparece inclinada hacia el hombre que la pretende.


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Historia de la Ciencia Española (V)

La ciencia en España de los siglo XIX y principios del XX

El siglo XIX y XX son, al igual que en el resto del continente, los siglos más importantes en tanto en cuanto a producción científica se refiere. Aunque, curiosa y contradictoriamente, es la época en la que más científicos e intelectuales se quejan de la dejadez científica del siglo -cosa que ya se venía viendo en siglos anteriores-. Sin duda, la gran cantidad de científicos de primera talla que se quejan de la dejadez de la ciencia española lleva ya a pensar que no fue así en absoluto. Las figuras científicas de primera talla se multiplican en todas las ciencias, y aunque como se verá vamos a citar muchas, nos hemos restringido a una muestra de las que consideramos más importantes.

Ciertamente, el esplendor científico del siglo XVIII en España quedó muy mermado a inicios del siglo XIX con la Guerra de Independencia, notándose sus secuelas hasta aproximadamente 1833. La producción científica, evidentemente, no se redujo a cero, puesto que la guerra también involucró ciertos nuevos aportes científicos, y además trajo muchos conocimientos de la ciencia producida en Francia en esos años, pero los soldados franceses, enarbolando su racionalismo y modernidad, destruyeron muchos institutos y laboratorios científicos. Jardines, academias, laboratorios, gabinetes, etc., fueron dañados o desusados, muchos grupos científicos desaparecieron. También muchos fueron repudiados o ignorados (por afrancesados) por muchos españoles. También es importante señalar que a partir de la segunda y tercera década del siglo, con la pérdida de la España americana o la América española (que no de las colonias, las indias no fueron colonias), el rango geopolítico de España empieza a declinar, además de la importante depresión económica consecuente de la guerra (aunque la recuperación fue rápida), y los profundos cambios habidos en las estructuras políticas, así como las largas luchas políticas e ideológicas que se producirían desde entonces hasta la Restauración. Todo ello impidió que hasta la década de 1830 no se realizase todo lo satisfactoriamente que se habría querido la recuperación del nivel científico de finales del XVIII y primera década del XIX. Sí que realizaron buenas contribuciones en el extranjero los científicos españoles que se exiliaron, como Betancourt, el médico Antonio de Gimbernant o el geólogo Carlos de Gimbernant. Todos los científicos españoles nacidos en la década de 1790 vieron truncadas sus carreras o su formación por la guerra. De ahí que en estos años sólo descollasen los que se formaron fuera o los que vivían en zonas de influencia europea. Aunque los más destacados, como hemos dicho, fueron los que desarrollaron su actividad fuera del país, como Mateo José Buenaventura Orfila, que fue el creador de la moderna toxicología, pero que realizó sus investigaciones en París.

José Celestino Mutis

José Celestino Mutis

En la América española, antes de su independencia, en la que tuvieron papel por desgracia algunos científicos españoles de gran talla como Francisco José de Caldas o José Celestino Mutis, que impulsó la creación de la Sociedad Patriótica de Bogotá, también se consiguieron importantes logros científicos, como ya se ha apuntado. Por ejemplo, Francisco José de Caldas, en 1801, durante una expedición a Ecuador, determinó la variación de la temperatura de la ebullición del agua con respecto a la latitud. Ello le llevó a inventar el hipsómetro, el instrumento para medir la latitud, así como a desarrollar matemáticamente la relación de la latitud con la presión atmosférica. Pero también realizó varias observaciones astronómicas, así como importantes estudios sobre biogeografía relacionados con las quinas y la flora ecuatoriana. Los trabajos de Caldas no pudieron dar más frutos debido a que fue fusilado en 1816 por su participación en la revolución de julio de 1810. Igual pasó con el creador de la Escuela y Laboratorio Químico de Madrid, José Tadeo Lozano, también miembro del grupo de Mutis, junto con el naturalista Salvador Rizo Blanco, que fue fusilado como los otros dos. En Perú destaca como traidor el médico José Hipólito Unanue, ya mencionado. De todos los futuros países que se independizarían, Méjico era con el que mejor desarrollo institucional de la ciencia contaba. Allí trabajaban Juan José de Elhuyar y el médico Francisco Javier Balmis, que trataron de luchar contra la emancipación, pero terminaron regresando a España. Otros sí fueron favorables, como el mineralogista Andrés Manuel del Río, también mencionado, que incluso rechazó ofertas como la dirección del Gabinete de Historia Natural de Madrid y de las minas de Almadén. En general, las naciones que se independizaron, no lograron hasta un tiempo después una institucionalización científica adecuada, aunque hay algunos logros importantes producto de esfuerzos aislados.

En la España peninsular, durante el reinado de Fernando VII la situación respecto a la ciencia mejoró respecto a la situación inmediatamente posterior a la Guerra de Independencia, y es que entre 1808 y 1833 la situación de la ciencia en España fue bastante delicada. Como ejemplo de la mejora podemos poner el regreso de muchos de los científicos exiliados, o la mayor facilidad para importar y publicar libros y revistas científicas. Estos dos hechos son de gran trascendencia, ya que los científicos exiliados trajeron toda la ciencia que no había podido cultivarse en el país durante esos años. Además, las traducciones de libros y revistas aumentaron muchísimo, incluso se desarrolló el periodismo científico. El país pudo ponerse al día científicamente de nuevo en unos pocos años, y estar al tanto de todo lo que estaba ocurriendo, lo que ya permitía una adaptación de esos conocimientos nuevos y la participación de científicos españoles en los mismos. Ya a partir de 1868 el intercambio de conocimientos con el resto de Europa y demás continentes se hizo algo corriente.

Entre los factores externos que hemos comentado, y el trabajo científico que mal o bien se hizo en España, entre 1800 y 1840 fructificaron una serie de importantes descubrimientos y de grandes figuras españolas, como el cartagenero Isaac Peral, inventor del primer submarino torpedero. Las grandes figuras científicas españolas no surgieron de forma espontánea, sino que hay una continuidad entre los científicos españoles nacidos entre 1800 y 1830 y los de la Restauración. Esto es del todo normal, pues, como ocurre en todas las disciplinas, en todas las ciencias había una tradición científica que seguir. Lo que sí es cierto es que en muchas de las figuras o grupos científicos más destacados de este siglo trabajaron al margen de la vida política y social del país, al contrario que en décadas y siglos anteriores. Pero también es de destacar la restauración y creación de nuevo de muchas instituciones científicas, como la Academia de Ciencias de Madrid que se fundó, tras numerosos intentos desde el siglo XVII, en 1834, y fue refundada en 1847 con el nombre de Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, dando nuevas alas a la ciencia en España. Para ciencias como la zoología, la botánica o la geología se creó en 1871 la Sociedad Española de Historia Natural.

Las primeras ciencias en afianzar su posición fueron las relacionadas con la medicina, así como la botánica, la geología, la antropología física, la zoología, o la anatomía. Científicos como Aureliano Maestre de San Juan o Ramón y Cajal hicieron del uso del microscopio algo propio de la ciencia, y crearon centros de enseñanza, laboratorios y clínicas en los que el uso del microscopio dio un buen impulso a las investigaciones histológicas. La anatomía en estos años también tuvo una recuperación importante. Encontramos grades anatomistas como Juan Fourquet, Pedro González Velasco, Rafael Martínez y Molina, y Marcos Viñals. Fourquet realizó el mejor tratado de anatomía de todo el siglo XIX español, el cual tuvo que ser terminado por su discípulo Julián Calleja, dada la magnitud del proyecto. González Velasco fundó un Museo Antropológico, una escuela libre de medicina y la primera Sociedad Antropológica Española en 1865. Estas fueron instituciones importantes para la difusión de la antropología y la histología, pero tras la muerte de González Velasco en 1882 estas instituciones terminaron desapareciendo. Martínez y Molina creó el Instituto Biológico, que tuvo una gran influencia y formó a muchos jóvenes biólogos. Marcos Viñals contribuyó con una original monografía sobre la porción petrosa del temporal, y fue el maestro de Aureliano Maestre de San Juan, el que incorporó en España, junto con el cirujano Federico Rubio, el otorrino Rafael Ariza y el dermatólogo José Eugenio Olavide, el trabajo e investigación morfológica con el microscopio. Legado que después continuaría magníficamente Cajal, junto con otras dos importantes figuras de la histología española como son Río-Hortega y Nicolás Achúcarro.

Como se ha dicho antes, para ciencias como la zoología, la botánica o la geología se creó en 1871 la Sociedad Española de Historia Natural, aportando el dinero los propios fundadores (250 pesetas cada uno para ser exactos). Pero ello no impidió que fuese una de las instituciones científica de mayor importancia en el país. Esta Sociedad se convirtió en un centro de enseñanza, de traducción de obras y, a su vez, a través de sus Anales —publicados entre 1872 y 1901— de aportaciones en sus distintos campos, manteniendo un nivel científico bastante considerable y con predicación extranjera. Los más importantes de la Sociedad era un grupo de zoólogos de los que podríamos destacar a Marcos Jiménez de la Espada y a Francisco Martínez Sáez, que fueron los directores científicos de la expedición al Pacífico entre 1862 y 1865. Destacan con sus trabajos entomólogos Laureano Pérez Arcas, Serafín de Uhagón y Bernardo Zapater. Y en Malacología Patricio María Paz y Membiela y Joaquín González Hidalgo. Otro miembro de la Sociedad fue Ignacio Bolívar Urrutia, que pertenece a la «generación de los sabios». Pero no sólo encontramos zoólogos, sino también geólogos como Vilanova y Piera o anatomistas como Rafael Martínez Molina y Pedro González de Velasco. Como botánico es de destacar Miguel Colmeiro, que fue el mejor botánico español, que no es poco, en estos años. Entre sus muchas labores fueron importantes sus trabajos en botánica descriptiva y sus investigaciones en histología vegetal.

La física, la química, las matemáticas y la fisiología no se afianzarán institucionalmente hasta avanzada la segunda mitad del siglo, entre otras cosas porque hasta 1845 no se realizaron cátedras especializadas. A partir de la ley Moyano en 1857 se creó la Facultad de Ciencias, con distintas secciones para distintas ciencias -hasta entonces las ciencias se estudiaban en las facultades de ingeniería y de filosofía-. También en ese año se funda para las ciencias fisicomatemáticas la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, que supuso un impulso que fue muy notable, a pesar de sus inicios difíciles, lo que se muestra en las figuras españolas importantes de esos años. José de Echegaray fue uno de los matemáticos más destacados del XIX, y su labor de enseñanza y de importación de conocimiento fue muy importante. Otras figuras como la de Carlos Ibáñez de Ibero y sus aportaciones a la geodesia, que le dieron renombre internacional, permite hablar de una plena recuperación científica. La química, que había contado con buen nivel desde el siglo anterior, no había decaído demasiado, gracias a la relación de la química con la farmacia, la minería, la metalurgia y la industria.

José Ramón Fenández de Luanco

José Ramón Fenández de Luanco

Quizá podría destacarse al asturiano José Ramón Fernández de Luanco, catedrático de química, que realizó la importante labor de introducir en la enseñanza la teoría unitaria, la teoría atómica molecular y la noción de valencia. Y a Gabriel de la Puerta Ródenas, que publicó el mejor tratado de química inorgánica de estos años. Entre las ciencias geológicas podemos destacar a Casiano de Padro y Valle, que además de mejorar las producciones de las minas de Almadén y de Riotinto, inició los estudios geológicos “puros”. También descubrió, en colaboración con Lartet y Verneuil, nacimientos prehistóricos como el de San Isidoro, y fue importante su producción geológica y paleontológica. Casiano de Prado también hizo una importante labor, sobre todo por desarrollar un grupo de geólogos y paleontólogos que trabajaron a partir de mediados de siglo, y también por la creación de la Comisión del Mapa Geológico de España en 1849, origen del posterior Instituto Geológico. Éste publicó destacados trabajos en su Boletín y en sus Memorias. Entre las figuras más destacadas del Instituto hay que señalar a Lucas Mallada. Todo esto dio un nivel altísimo a la geología española. En cristalografía destaca José Rodríguez González, que fue el discípulo más destacado de Werner en Gotinga y de Haüy, el creador de la cristalografía. Rodríguez González fue el primer cristalógrafo español, y su colección cristalográfica de más de mil modelos que Haüy le había regalado, dio un gran impulso a esta disciplina científica, como la creación de cátedras a ella dedicadas.

La Restauración tuvo muchos problemas y es criticable en muchos sentidos, pero no se puede negar que dio una estabilidad, dentro del alboroto del XIX español, necesaria para el país. Todo el resurgir científico previo que toma su auge durante la Restauración es lo que se conoce como la «generación de sabios», es decir, los científicos nacidos en los años centrales del siglo XIX. Esta generación, junto con la reorganización de la actividad científica, la investigación y la enseñanza que hemos comentado, continuó la labor científica y tuvo posteriormente importantes frutos en la fundación de instituciones como la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas en 1907 y el Instituto de Estudios Catalanes en 1911. En las primeras dos décadas del siglo XX se abrieron numerosos observatorios astronómicos, meteorológicos y geofísicos. Esta continuidad muestra cómo la ciencia es parte normal y general de la actividad intelectual del país. Además de que la investigación ya toma impulso propio como en el siglo XVIII y no es tan dependiente de lo que nos viene de Europa, como justo después de la Guerra de Independencia. Ejemplo fácil lo tenemos en Ramón y Cajal, gran figura en la investigación biológica del siglo XIX y XX a nivel mundial, creó una importante escuela histológica centrada en el estudio de la estructura microscópica del sistema nervioso. En las matemáticas el XIX, sobre todo los últimos años, no fue un siglo malo, más bien al contrario.

José Echegaray

José Echegaray

Además de la figura de Echegaray destacan otras como Julio Rey Pastor, discípulo de Eduardo Torroja y Caballé, del que ahora diremos algo, que realizó también una importante labor didáctica e histórica de las matemáticas españolas. De sus trabajos divulgativos y didácticos destacan su Análisis Matemático y su Introducción a la matemática superior. En investigación tenemos obras como Fundamentos de la Geometría proyectiva superior, que llevó a la generalización de varios conceptos de la geometría proyectiva, también Eduardo Torroja Caballé, que consiguió avances en el campo de la geometría sintética, o Leonardo Torres Quevedo, que es considerado uno de los iniciadores de la electrónica y la cibernética por la invención sus máquinas algebraicas de calcular, así como su afamado “jugador de ajedrez”, y su “telekino”, que le permitió gobernar una embarcación a distancia. También es de destacar su dirigible Astra-Torres, y transbordador “Niagara Spanish Aerocar”, instalado en las cataratas.

Zoel García de Galdeano fundó en 1891 la primera revista de matemáticas española, El Progreso Matemático. Introdujo la teoría de funciones de variable compleja de Cauchy y de los grupos de sustituciones, las geometrías no euclidianas. Fue, junto con Ventura Reyes Prósper, de los primeros en investigar en lógica matemática. La labor pedagógica y de divulgación de Galdeano fue enorme, publicando más de cien libros y artículos, que tienen un alto nivel en lo referente al análisis infinitesimal. El mejor matemático de esta generación de sabios podemos situarlo en Eduardo Torroja y Caballé, que introdujo y creó escuela bastante importante de geometría sintética. Destacan publicaciones suyas como su Tratado de Geometría de la posición de 1899, su importante trabajo Curvatura de las líneas en sus puntos del infinito de 1894, con el que generaliza la noción de curvatura, una de sus contribuciones más interesantes. También podemos mentar la Teoría geométrica de las líneas alabeadas y superficies desarrolladas en 1904, o su obra expositiva sobre geometría sintética Reseña de los medios empleados por la Geometría pura actual.

Como se puede apreciar, son muchas las figuras que destacan en estos años en las distintas ciencias. En astronomía la referencia al barcelonés José Comas y Solá es indiscutible, ya que fue uno de los más renombrados e importantes astrónomos de todo el siglo XIX en Europa. Realizó numerosas observaciones astronómicas en Marte, así como de las superficies de Júpiter y Saturno.

José Comas y Solá

José Comas y Solá

Además, descubrió once planetas pequeños, doce cometas y una de las estrella variables del tipo de las Cefeidas. También hizo trabajos importantes en física del globo y en óptica física. Para la física experimental y teórica, que adquirió en estas décadas finales del siglo XIX un nivel altísimo, podemos señalar a Blas Cabrera, cuyos trabajos en electromagnetismo fueron ampliamente traducidos y difundidos, a Esteban Terradas, del que puede decirse lo mismo que sobre Cabrera en sus estudios sobre mecánica y las radiaciones, además de ser de los primeros en Europa en seguir las teorías cuánticas de Planck y la relatividad de Einstein, y a José María Plans, no menos importante que los dos anteriores en el campo de la termodinámica y la mecánica, así como de la astronomía teórica. En el análisis químico destacamos a Eugenio Piñerúa Álvarez y a José Casares Gil. En la química inorgánica Piñerúa Álvarez publicó en las principales revistas europeas. Descubrió una serie de reactivos nuevos, de los cuales una docena pasó a ser parte de los índices y de trabajo internacional. Enrique Moles Ormella fue otro destacado químico inorgánico, fue uno de nuestros científicos, pues hubo varios, en dirigir instituciones científicas extranjeras y en publicar en varias lenguas. Su trabajo se centra en la química física, concretamente en estequiometría y magnetoquímica. Uno de sus trabajos más importantes fue el relativo a la concordancia de los métodos fisicoquímicos y químicos en la determinación del peso atómico de los halógenos, o también su medida del volumen molecular normal de los gases, de gran importancia en química. En bioquímica hay que citar a Laureano Calderón Arana. Fue director de la Facultad de Ciencias de Estrasburgo, además de participar en la comisión internacional que reformó la nomenclatura de química orgánica. Sus publicaciones en varios idiomas son numerosas.

José Rodríguez Carracido

José Rodríguez Carracido

Tuvo como discípulo a José Rodríguez Carracido, autor del Tratado de química biológica y otro de química orgánica, ambos varias veces reeditados. En biofísica, y también en química orgánica, es de destacar Antonio de Gregorio Rocasolano, fundador del Laboratorio de Investigaciones Bioquímicas de Zaragoza, cuyos resultados fueron recogidos en los tres volúmenes de sus Trabajos. Adquirió fama internacional, sobre todo debido a sus descubrimientos en la biofísica de los coloides, sobre los que publicó ya en el siglo XX Elements de chimie physique colloidale, en París en 1921, y Los coloides en biología en Valencia también en 1921. En botánica Blas Lázaro e Ibiza incorporó técnicas y teorías como el evolucionismo. Eduardo de los Reyes Prósper hizo aportaciones en fisiología y bioquímica vegetal. También es importante el grupo de botánicos formado por Salustio Alvarado, Apolinar Federico Gredilla y Joaquín María de Castellarnau, que hizo destacables aportaciones en citología y en histología de la botánica. María de Castellarnau además fue una autoridad mundial en paleontología vegetal.

En biología animal hay que mencionar a Ignacio Bolivar, importante entomólogo. Ángel Cabrera Latorre destaca por sus estudios acerca de los mamíferos. Odón de Buen y del Cos, fue iniciador a nivel mundial, con el antecedente de Augusto González Linares, de la biología marina. Muy relacionado con la zoología, en antropología física destacan Manuel Antón Ferrandis y Telesforo de Aranzadi. Dedicaron sus estudios al “hombre español”. Respecto a los dedicados a la anatomía humana mencionaremos a Federico Olóriz Aguilera, importante investigador sobre el índice cefálico y de la talla en España. Tuvo una de las más importantes colecciones de cráneos en toda Europa para estudios antropológicos, la cual le permitió conseguir contribuciones fundamentales en el desarrollo de técnicas de identificación. En geología, que como antes hemos dicho era de las ciencias con mejor desarrollo desde inicios de siglo, nombraremos a José Macpherson, Francisco de Quiroga, Eduardo Hernández Pacheco y varios más. José Macpherson fue el mejor de todos ellos. Introdujo el uso del microscopio en la geología, junto con Francisco Quiroga, muy importante en cuanto a cristalografía, petrografía y en paleontología. Otro geólogo importante es Salvador Calderón Arana, hermano del bioquímico Laureano Calderón, y muy importante por sus estudios paleontológicos. Hernández Pacheco fue el más importante geólogo español después de Macpherson, pero no de menor valía era Lucas Fernández Navarro, que destaca en sus trabajos sobre mineralogía y sus estudios microscópicos cristalográficos.

La anatomía, en lo que respecta a la anatomía humana, con los trabajos en antropología física tuvo un importante revulsivo, además de la tradición propia anterior. Fue decisivo en todas estas disciplinas el impacto de las ideas evolucionistas. Uno de los que más fruto sacaron a estas nuevas ideas fue Pergrín Casanova Ciurana, discípulo de Haeckel. No tiene ninguna aportación demasiado original, pero sí fue importante su impulso al evolucionismo y las ideas de su maestro. Pero en España el campo que más se desarrolló en este tipo de ciencias, como hemos anotado ya antes, fue la histología. Luis Simarro Lacabra además de introducir la psicología experimental en España y la anatomía patológica del sistema nervioso, se le debe el mérito de ser el primero en conseguir teñir las neurofibrillas con las sales de plata. Estos esfuerzos fueron recogidos por sus importantes discípulos Santiago Ramón y Cajal y Nicolás Achúcarro.

Santiago Ramón y Cajal

Santiago Ramón y Cajal

Cajal desarrolló importantes técnicas de estudio y aportó datos y aportaciones teóricas novedosas. Es de destacar su descripción del funcionamiento histológico normal y patológico del sistema nervioso, y su teoría sobre el funcionamiento neuronal, con una importante base experimental. Podríamos destacar su Textura del sistema nervioso del hombre y de los vertebrados (publicado en tres copiosos volúmenes, y más de 900 grabados originales, entre 1987 y 1904). Una obra ésta de importante impacto internacional, que tuvo traducciones y reediciones, en las que se añadían nuevos datos importantes, en varias lenguas y fue requerido fuera de España prácticamente desde su publicación. En esta obra Cajal sistematiza sus teorías y datos acerca del sistema nervioso en vertebrados, con una descripción minuciosa hasta el más mínimo detalle. Nicolás Achúcarro, discípulo después de Simarro en Madrid, de Pierre Marie, de Alzheimer y otros grandes del siglo, es importante por sus estudios sobre la glioarquitectura de la corteza cerebral, así como sus investigaciones que confirmaron la doctrina neuronal, investigaciones realizadas con el método tintorial. No son de menor talla sus investigaciones en anatomía patológica del sistema nervioso. Otro ilustre fue Pío del Río-Hortega. Realizó estudios sobre la neurología, continuando los de Achúcarro, y además descubrió la microglía (un tipo de células que forman parte de las células neurogliales del tejido nervioso, con núcleos alargados y unas prolongaciones cortas e irregulares y que tienen capacidad fagocitaria) y la oligodendroglía (células nerviosas de un tamaño entre astrocitos o macroglía y células de la microglía). Podríamos destacar algunos nombres más de la ilustre escuela de histología, pero con esto basta.

En inmunología y fisiología experimental destacan José Gómez Ocaña, Ramón Turró o a Augusto Pi Suñer y Jesús M. Bellido Golferichs. Gómez Ocaña hizo descubrimientos acerca de la fisiología del tiroides y del sistema nervioso. También redactó dos extensas exposiciones sobre las funciones cerebrales y circulatorias, y textos pedagógico-divulgativos como Fisiología humana, teórica y experimental, que contó con varias reediciones desde 1896. Ramón Turró y Darder destaca como bacteriólogo, aunque también tiene importantes trabajos en fisiología experimental, como el publicado en París en 1883 con el título La circulation du sang. Fueron fundamentales sus estudios sobre la digestión de las bacterias, los mecanismos fisiológicos de la inmunidad natural y adquirida, y también sobre la anafilaxia. Fue importante además su impulso en el desarrollo de la escuela barcelonesa de fisiología, que dio figuras de la talla de Augusto Pi Suñer, que realizó importantes trabajos sobre la correlación funcional y la sensibilidad química, y Jesús M. Bellido Golferichs, que trabajó en las inervaciones renales y pulmonares, así como en la acción de la insulina. Otro importante bacteriólogo fue Jaime Ferrán y Clúa. Ferrán y Clúa consiguió desarrollar en 1885 la primera vacuna anticolérica con gérmenes vivos, lo que supuso un gran alivio para toda la sociedad europea y mundial debido a la epidemia del cólera del siglo XIX. También realizó los primeros ensayos de inmunización con el bacilo diftérico y también el método supraintensivo contra la rabia. Además de sus estudios sobre la tuberculosis, el tétanos y la peste.

Esta eclosión de figuras y de ciencias muestra la plena incorporación de España al más alto nivel científico —aunque en muchas ocasiones fuese por el esfuerzo de reducidos grupos de científicos— y cómo las ciencias fueron tomando desde la segunda mitad del siglo XIX cada vez más y más relieve social en toda Europa y el mundo industrializado. Es tanto así que incluso la teología tuvo que retroceder, como hace hoy, y su actitud cambió a un concordismo. E incluso en muchas ocasiones se recurriría a la ciencia para tratar de demostrar la verdad de las Escrituras. Es por esto que se desarrollaron en España a lo largo del siglo, como en el resto de Europa, corrientes como el positivismo, el evolucionismo, el experimentalismo, el materialismo, el progresismo liberal y el socialismo utópico o el marxista. Sin embargo, todo este bullir científico tubo un cierta disminución con la Guerra Civil, y muchos científicos se exiliaron, aunque esta vez mayoritariamente a Sudamérica. Tras la guerra y la larga posguerra -debemos tener en cuenta la influencia y la importancia de la Segunda Guerra Mundial- el país necesitó de una reestructuración política, territorial y económica para recuperar el nivel científico existente hasta 1936. Es así que, frente a lo que normalmente se suele decir -ese tiempo de silencia que se dice absurdamente- la ciencia en España recibió desde el inicio del régimen franquista un buen y temprano impulso, pues el 24 de noviembre de 1939 se creó la institución científica más importante actualmente del país, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Aunque sus inicios fueron un tanto difíciles. Ramas importantes del CSIC como el Instituto de Bibliografía Nicolás Antonio, que se abrió el 15 de junio de 1942, o el Instituto de Edafología y Fisiología Botánica, que se abrió en 11 de mayo de 1942. Es así que el periodo inmediatamente posterior a la guerra fue un momento esencial para la producción científica en España, que tuvo en el CSIC su principal institución, aunque no sólo, hubo otros tantos institutos científicos y de ingeniería de mucha importancia. La producción del CSIC, que nunca contó con grandes grupos de trabajo, aunque estos sí eran muy variados y numerosos, fue relativamente buena desde 1940 a 1955. En estos años también regresaron muchos de los científicos que se habían exiliado durante la guerra -cosa que no habrían podido hacer si España fuese un erial, como se dice a menudo, en esos años-. Una vez pasada la mitad de siglo y alcanzados los años 60, España sale definitivamente del relativo aislamiento diplomático y también experimenta un importante auge económico que llevó, como en otros aspectos, a un mayor auge en la producción científica. Ésta se centrará sobre todo, como antes, en las instituciones a cargo del Estado (el 90%. Sólo un 10% se realizaba por iniciativa privada), incluida la Universidad.


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Mariano José de Larra

Hoy quiero compartir con vosotros una de las figuras más importantes de la historia intelectual de este nuestro país, España, que tantos disgustos nos ha dado y nos sigue dando desde tiempos inmemoriales: Mariano José de Larra. No es mi intención hacer aquí, en este poco espacio, un homenaje a su figura (se antoja demasiado poco espacio y uno que merezca la pena redactar necesita de un trabajo muy concienzudo y elaborado), pero si me gustaría compartir con vosotros algunas de sus frases que resumen su ideario y su idiosincrasia cultural e intelectual que, por cierto, es perfectamente extrapolable a la época en la que, por suerte o por desgracia, nos ha tocado vivir.

Imagen extraída de Wikipedia. Esta obra está bajo dominio público después de haber expirado sus derechos.

Este poeta, escritor y periodista de principios del siglo XIX, es principalmente conocido por ser uno de los mayores, sino el mayor de los representantes de la corriente intelectual y artística europea, conocida como Romanticismo, en España en los ámbitos periodístico y literario. Interiorizó hasta tal punto la angustia vital de este movimiento, chocando contra lo que él consideraba la decadencia de la cultura española desde el siglo de Oro hasta su momento, reivindicando lo que los grandes escritores e intelectuales de este país han demandado desde el siglo XVII: el pensamiento crítico, la educación, la formación intelectual y la necesidad de una sensibilidad artística y de un modo de vida acorde con los tiempos que se vivían y no con unas épocas ya pasadas y caducas criticando entre otras cosas el control sobre el pensamiento que sectores, como la Iglesia, aún tenían sobre la sociedad española. Por ello, entre otros motivos, se quitó la vida en 1837 de un disparo, al más puro estilo romántico. Espero que os guste.

<< Cumpla cada español con sus deberes de buen patricio y, en vez de alimentar nuestra inacción con la expresión de desaliento “¡Cosas de España!”, contribuya cada cual a las mejores posibles>>.

<< Amo demasiado a mi patria para ver con indiferencia el estado de atraso en que se halla>>.

<< España que Dios guarde, de sí misma sobre todo >>.

<< Aquí yace media España. Murió de la otra media >>.

<< Ha hecho usted bien en irse a la luna, porque aquí, amigo, nadie se convence, y eso que media España anda todo el día ocupada en convencer a la otra media >>.

<< La libertad no se da, se toma >>.

<< Un pueblo no es verdaderamente libre mientras la libertad no está arraigada en sus costumbres e identificada con ellas >>.

<< Escribir en Madrid es llorar. Es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta >>.

<< El pueblo no es el Gobierno; es más fuerte que él, cuando éste no comprende y satisface sus necesidades >>.

<< La sociedad es un cambio mutuo de perjuicios recíprocos. Y el gran lazo que la sostiene es, por una incomprensible contradicción, aquello mismo que parecería destinado a disolverla; es decir, el egoísmo >>.

<< Mi vida está destinada a decir lo que otros no quieren oír >>.

Bibliografía

– Miranda de Larra, Jesús: Biografía de un hombre desesperado. Larra. Santillana Ediciones Generales, S.L. 2009. ISBN: 978 – 84 – 03 – 09993 – 7.


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Historia de la Ciencia Española (IV)

La ciencia en el siglo XVIII español

El siglo XVIII fue un siglo bastante más próspero en ciencia que el anterior, sin duda producto de la recuperación económica y militar respecto de la segunda mitad del XVII. De hecho es llamado nuestro siglo de plata en cuanto a ciencia se refiere (siendo el siglo de oro el XVI) -aunque nosotros consideramos que, dado el mayo avance de la ciencia en este siglo y a la mayor producción, casi debería ser a la inversa, sin restar mérito a la anterior-. En este siglo, la producción científica en algunos campos como la química (que empieza ya a constituirse propiamente como ciencia), la historia natural o las ciencias médicas es elevadísima (por ejemplo, Antonio Gimbernant publicó la primera descripción del ligamento crural que lleva su nombre, e Ignacio María Ruiz Luzuriaga contribuyó decisivamente en la aclaración experimental del proceso de oxigenación respiratoria). En otros campos la aportación no fue tan importante, pero no tiene nada que envidiar a otros países. No hay que suponer que la entrada del nuevo siglo supusiese de golpe un soplo de aire fresco y nuevo, pues, como vimos en la entrada anterior, la renovación científica ya se había producido, como en el resto de Europa, a partir de la segunda mitad del siglo anterior. Lo que sí caracteriza a este siglo respecto al anterior es el mayor impulso que tiene la ciencia de parte de los gobernantes, y la mayor institucionalización de la misma.

El momento álgido de la producción científica española del XVIII lo encontramos en la segunda mitad del siglo, sobre todo durante el reinado de Carlos III (1759-1788), que luego decayó un tanto durante el reinado de Carlos IV (1788-1808). Varias causas son alegadas como explicación de esta desaceleración de la producción científica, como las fuertes dificultades económicas de la última década del siglo, la personalidad del monarca, poco dispuesto a gobernar, y el impacto de la Revolución Francesa y las guerras consiguientes que llevarían al colapso del Imperio a inicios del siglo XIX. Aunque lo cierto es que este decaimiento no fue tan muy significativo y se daría una pronta recuperación que entraría hasta inicios del siglo XIX. El gran impulso que Carlos III había dado a la ciencia en España perduró hasta el siglo siguiente, ya que encontramos entre 1808 y 1814, años también de guerra, figuras científicas muy destacadas. Durante el siglo XVIII, desde 1718 por mandato de Felipe V, se concedieron numerosas becas (públicas y privadas), para científicos españoles que quisieran estudiar en el extranjero e importar los avances extranjeros. También se contrataron científicos extranjeros para que investigasen al servicio español. Y también se reformaron las enseñanzas universitarias, muy deterioradas, y se crearon muchas instituciones científicas con éxito científico, como el Jardín Botánico de Madrid por ejemplo, o el Seminario de Nobles (1725). La Academia de Guardiamarinas, de donde salieron, entre otros, Jorge Juan y Santacilia y Antonio de Ulloa. También el Instituto Asturiano de 1794, las diversas escuelas de química, matemáticas, náutica, mecánica y botánica que desarrolló la Junta de Comercio en Barcelona (1758). O las importantísimas Sociedades Económicas de Amigos del País, siendo la Vascongada (1765) la primera y de las más destacadas, que creó el Seminario Patriótico de Vergara, una de las mejores instituciones científicas del país, pero también destacan las de Zaragoza, Mallorca, Valencia, Murcia, Gerona, y Lima. También es importante mencionar la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona, creada en 1764 por primera vez en España, aunque comenzó llamándose Conferencia Físico-Matemática Experimental, con departamentos de matemáticas, electricidad, óptica, magnetismo, neumática, acústica, química e historia natural.

Los libros más usados a inicios de siglo, en lo que a ciencias fisicomatemáticas se refiere, son los nueve libros de Tomás Vicente Tosca titulados Compendio Mathematico, que, aunque redactados a finales del siglo XVII, se publicaron entre 1707 y 1715, por lo que contienen todos los conocimientos al respecto justo después de las obras de Newton. Habla del heliocentrismo como “una de las mejores hipótesis” al respecto. La mejor parte es la dedicada a la física, que ya aparece como una ciencia categorial cerrada que atiende a los datos de la experiencia y matematizada. Jorge Juan es uno de los grandes científicos españoles del siglo XVIII, junto con Antonio de Ulloa en este campo.

Jorge Juan y Santacilia

Jorge Juan y Santacilia

Ambos partieron como parte de la delegación española en 1734 en la expedición a Perú, organizada por la Academia de las Ciencias de París para determinar un arco de meridiano terrestre y confirmar la forma achatada por los polos del planeta, según afirmaba la teoría newtoniana. Entre 1734 y 1744 trabajaron en la expedición. Jorge Juan en lo relativo a las observaciones astronómicas y las experiencias físicas, y Ulloa en las investigaciones de historia natural. A su vuelta publicaron (1748) una importantísima obra en el que sistematizan todo lo descubierto y aprendido: Observaciones astronómicas y phisicas hechas en los reynos del Perú, en la que Jorge Juan incorpora con toda normalidad y maestría el uso del cálculo infinitesimal y la astronomía y la física posteriores a Newton. Ulloa escribiría también por su parte la Relación histórica del viaje a la América meridional en el mismo año. Años después Jorge Juan publicaría otra de las obras más importantes del siglo XVIII español, con amplia y reconocida influencia en toda Europa, pues tuvo traducciones y reediciones en francés, inglés e italiano. Es el Examen marítimo de 1771, un tratado de física mecánica aplicada a la navegación.

Almirante Antonio de Ulloa

Almirante Antonio de Ulloa

Esta obra tuvo una segunda edición en 1793, muy ampliada, a cargo de Gabriel Císcar, también importante astrónomo y náutico, que estuvo presente en París en 1798, junto con Agustín de Pedrayes, para fijar los patrones y principios del sistema métrico decimal. Císcar se formó también en la Academia de Guardiamarinas, pero en la de Cartagena. Vicente Tofiño, discípulo de Jorge Juan, fue otro científico destacado de este siglo, cuya gran contribución fue su Atlas marítimo de España de 1789, junto con un numeroso equipo, y que fue obra inaugural de la cartografía española moderna. No menos importante fue la obra geográfica de Isidoro de Antillón, profesor en el Seminario de Nobles de Madrid, Elementos de la geografía astronómica, natural y política de España y Portugal de 1808 (aunque publicada ya en el siglo XIX comenzó a realizarla a finales del XVIII). Otro científico importante que también se sale del siglo fue José Mendoza Ríos, que fue el más original náutico de finales del siglo XVIII y principios del XIX.

José Joaquín Ferrer Canfranga

José Joaquín Ferrer Canfranga

Además de introducir nuevas técnicas e instrumentos, desarrolló unas tablas astronómicas en 1808 muy exactas y buenas para la navegación. Por ello también muchas instituciones y el almirantazgo británicos pusieron dinero para sufragar sus investigaciones. El vasco José Joaquín Ferrer Canfranga, tuvo importante prestigio internacional por sus observaciones astronómicas desde Cádiz, Lima, Méjico, Nueva York y La Habana, y por determinar las coordenadas de diversos territorios en América y el cálculo del paralaje del Sol. En matemáticas destaca la publicación de los Elementos de matemáticas del catalán Benito Bails entre 1779 y 1790, que, aunque no incorpora grandes novedades, fue una obra de una sistematicidad bastante encomiable. La parte puramente matemática incluye la exposición del cálculo infinitesimal y de la geometría analítica, pero también hay tomos dedicados a usos de las matemáticas en física, astronomía, mecánica, óptica, dinámica, hidrodinámica e ingeniería civil. Por otra parte, Agustín de Betancourt Molina y Francisco Salvá Campillo son dos importantes figuras también de la ciencia y la ingeniería de finales del siglo XVIII e inicios del XIX.

La mayor parte de químicos españoles que podemos encontrar a finales del siglo XVII y principios del XVIII se encuentran en la Regia Sociedad de Medicina y Otras Ciencias de Sevilla. Diego Mateo de Zapata, murciano, defensor de los medicamentos químicos es uno de los que destaca, con su obra de 1701 Crisis médica sobre el antimonio, que reabrió el debate entre antiguos y modernos. El propio Zapata daría uno de los golpes finales a la medicina tradicional en 1745 con su Ocaso de las formas aristotélicas. Otro químico destacado fue Félix Palacios, que además de sus trabajos tradujo el Curso Químico de Nicolás Lemery, francés, que fue ampliado por Zapata en 1721, y supuso la primera obra química sistemática en español. En lo referente a la minerometalurgia son importantes los trabajos de Ulloa, que describe científicamente por primera vez, en su obra sobre la expedición, el platino. En 1752 Ulloa sería el director de un laboratorio metalúrgico dedicado al platino que sería el primero de esa clase en España, era llamado la Casa del Platino. Sin embargo, el que finalmente conseguiría en España la técnica más rentable para la obtención del platino sería el francés Francisco Chaveneau, por ello fue nombrado en 1777 director de la Real Escuela de Mineralogía de Madrid, y del Laboratorio de Química Metalúrgica. También trajo Ulloa a Guillermo Bowles, irlandés, que junto con el granadino José Torrubia realizaron los mejores trabajos geológicos publicados en España a mediados del siglo XVIII. Como profesor lo tuvieron en el Seminario de Vergara los hermanos Elhuyar. De estos, Fausto terminó ocupando la cátedra de mineralogía del Seminario de 1782 a 1785, colaborando con Chaveneau, y también ayudó a su hermano Juan José en sus investigaciones que dieron como resultado el descubrimiento del wolframio o tungsteno, como fue comunicado en 1783.

Otro importante descubrimiento químico de un español fue el vanadio o eritronio, en 1801, por Andrés Manuel del Río. Importantísima fue la labor investigadora y educadora de José Luis Proust. Proust tuvo relaciones desde joven con España -había estado en Vergara como catedrático de químico en el Real Seminario Patriótico- y por consejo de Lavoisier -lo que indica que el estado de la química, y la ciencia en general, en España era muy bueno, pues si no, no habría recomendado a uno de sus mejores discípulos regresar- volvió a España durante veinte años.

José Luis Proust

José Luis Proust

Durante su época en Madrid Proust publicó sus mejores trabajos y aportaciones, entre ellas la ley de proporciones definidas, publicado en los Anales de Ciencias Naturales entre 1799 y 1804, revista de la que era codirector junto con el importantísimo botánico español Antonio José Cavanilles, el cual, junto a Higinio Antonio Lorente pueden considerarse dos de los mejores botánicos del siglo. Pedro Gutiérrez Bueno fue otro químico español que entre otras cosas -como las investigaciones de química industrial que se pueden ver en publicaciones suyas como Manual de arte de vidriería de 1799- tradujo las obras de Lavoisier y otros autores en 1787, lo que permitió introducir la nueva nomenclatura química a la misma vez que en Inglaterra y mucho antes que en otros países. Juan Manuel de Aréjula también publicó por esas fechas un estudio crítico de la nueva nomenclatura. Andrés Martí de Ardenya rectificó los datos dados por Lavoisier sobre la composición del aire. Los trabajos de química farmacéutica de Francisco Carbonell y Bravo son también muy destacables. Antonio Martí Franqués es otro químico español muy destacado. Aunque investigó por cuenta propia, hizo descubrimientos importantes acerca de la sexualidad de las plantas y sobre la fisiología vegetal. Pero su fama se debe a sus trabajos sobre la composición química del aire, como expuso en 1790, y que tuvieron amplia difusión por toda Europa.

La historia natural tuvo buena salud. Gran parte de su actividad se centró en los jardines botánicos y en las expediciones científicas al Nuevo Continente. Ya había algunos jardines botánicos en España desde dos siglos atrás, como el de Valencia, el de Aranjuez o el de Barcelona. En el siglo XVIII las buenas relaciones que los gobernantes españoles, y muchos científicos, tenían con científicos extranjeros como Linneo llevó a que éste enviase en 1751 a su discípulo más aventajado, Pehr Loefling, a trabajar en América. Después de estar en la Corte, éste fue enviado a Nueva Granada como líder de una expedición botánica, pero fue interrumpida por su desafortunada muerte, en 1756. Lo conseguido por la expedición se envió al Jardín Botánico de Madrid, que se había creado ese mismo año. A finales del siglo, bajo la dirección de Casimiro Gómez Ortega, el Jardín Botánico de Madrid, con base en el sistema linneano, fue una de las instituciones botánicas de mayor importancia en todo el mundo. Gracias a sus fondos, el Jardín enviaba expediciones científicas para el descubrimiento de nuevas plantas o la resolución de problemas botánicos, en las cuales iban y eran encabezadas por los propios naturalistas que se habían formado en el Jardín.

José Celestino Mutis y Bosio

José Celestino Mutis y Bosio

Destacan tres expediciones junto con tres naturalistas. La expedición a Nueva Granada con mando de Celestino Mutis. Mutis, además de naturalista y seguidor y amigo de Linneo, era minerometalúrgico, matemático y físico. Por ello, además de médico del virrey de Nueva Granada, fue profesor de matemáticas en el Colegio del Rosario, en Bogotá, y el primero en explicar el sistema heliocéntrico y la mecánica newtoniana en esas tierras, aunque sus mayores contribuciones se dan en el campo de la botánica. La expedición de Mutis dio como resultado una Flora de 51 volúmenes. Su aportación personal más destacada es la relativa al descubrimiento de distintas especies de los árboles Chinchona o árboles de la quina. Es importante también la expedición de 1777 a Perú y Chile, con mando de Hipólito Ruiz y José Antonio Pavón, discípulos de Gómez Ortega. En la expedición descubrieron 141 géneros vegetales nuevos, así como medio millar de especies desconocidas. Todo ello se sumó en la obra de cinco volúmenes Flora peruviana et chilensis, entre 1794 y 1802, además de varias monografías; y finalmente la expedición de Nueva España y alrededores, a cargo de Martín Sessé y Vicente Cervantes, también discípulo de Gómez Ortega. La expedición dio lugar a la fundación del Jardín Botánico de Méjico y de una cátedra botánica correspondiente. Se recorrieron amplios territorios, como Guatemala, el norte de California, Cuba o Puerto Rico, descubriéndose gran cantidad de especies. La última gran expedición naturalista fue la comandada por Fernando Malaspina, que recorrió la costa oriental de Sudamérica, las Malvinas, la costa occidental americana desde Cabo de Hornos hasta Alaska, y la zona del Pacífico comprendida entre las Filipinas, las Marianas y Nueva Zelanda.

Respecto a la Zoología el Real Gabinete de Historia Natural de Madrid también fue importante centro científico, aunque sólo empezó a funcionar en 1771. Como nota, destacar que fue en este centro donde se realizó la primera reconstrucción de un esqueleto de un mamífero fósil en Europa. La reconstrucción la realizó Juan Bautista Bru, de un esqueleto de megaterio encontrado en el Río de la Plata en 1789. Félix de Azara es sin duda el zoólogo español más importante del momento. Enviado en una misión cartográfica, estuvo en el Río de la Plata y Paraguay desde 1781 hasta 1801. Descubrió más de dos centenares de especies en sus observaciones de aves y mamíferos, por lo que hizo una gran aportación a la zoología descriptiva. Pero no sólo eso, también conjeturó ideas acerca de las variaciones de los animales en libertad y cautividad, sobre su distribución geográfica, o las relaciones entre presa y depredador y huésped y parásito, así como sobre el origen de las especies en América y el mecanismo de selección humana. Sus reflexiones influyeron mucho en los trabajos de Cuvier y de Darwin, que lo citó a menudo y reconoció la importancia de su trabajo y la influencia que sobre él había ejercido.