El baúl de Pandora

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Historia de la Ciencia Española (III)

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La ciencia en España en el siglo XVII

Aunque durante muchos siglos España había sido referencia a la hora de hablar de asuntos científicos, durante la llamada Revolución Científica del siglo XVII su presencia disminuye considerablemente en comparación con el siglo XVI (siendo éste el origen que se suele tomar para hablar de la decadencia científica y de los ataques relativos a la pobreza, cuando no absoluta nulidad, de la ciencia en España), aunque en absoluto, excepto por mala fe, se puede hablar de una ausencia total, sobre todo por la producción a en el primer tercio y último del siglo. Se pueden distinguir, con José María López Piñero, tres periodos de la ciencia en España del siglo XVII. El primero correspondería al primer tercio del siglo. Durante estos años la ciencia producida en el país fue básicamente una continuidad y profundización de la desarrollada en el siglo anterior —por otra parte, esto fue algo común con lo que ocurría en el resto de Europa, por lo que la acusación, falsa, del atraso científico de España, pierde peso—. La producción científica durante este periodo es bastante importante y abundante aún. En las ciencias relacionadas con la navegación, la minería y metalurgia, la ingeniería militar y la medicina seguíamos siendo referencia en Europa. Podemos señalar por ejemplo la importancia de Rodrigo de Zamorano en las ciencias náuticas, que se deja sentir mucho a inicios de siglo.

Compendio del arte de navegar. Rodrigo Zamorano

Compendio del arte de navegar. Rodrigo Zamorano

También serían importantes los trabajos de óptica fisiológica de Benito Daza Valdés, publicados en 1623. O las investigaciones de naturalistas como Bernabé Cobo y Bernardo de Cienfuegos. En el segundo periodo, que correspondería más o menos a los cuarenta años centrales de la centuria, ya se aprecia junto a la disminución de la producción científica, una clara introducción de las nuevas tendencias, el conflicto entre la nueva ciencia y la ciencia anterior se empieza a hacer latente, aunque estas nuevas ideas no siempre son aceptadas —como en el resto del continente—, y otras veces son consideradas sólo como rectificaciones de las doctrinas científicas anteriores. Sin embargo, sea para oponerse o a favor —sendas cosas ayudaron a la difusión—, las nuevas formas de hacer ciencia empiezan a extenderse y los científicos españoles empiezan a posicionarse y a enfrentarse y estudiarlas. Caso extraordinario es la increíble influencia, que se extiende hasta el siglo XVIII, de la obra minerometalúrgica ya citada en la anterior entrada de Álvaro Alonso Barba en 1640, Arte de los metales. El tercer periodo, los últimos veinte años del siglo, son años en que la producción científica aumenta de nuevo y se produce una ruptura más contundente y más general con las doctrinas anteriores; los movimientos renovadores se extienden y dan sus frutos por todas las disciplinas. Por tanto, podemos decir que el ritmo de introducción de la nueva ciencia en España corre paralelo al ritmo del resto de Europa. Otra cosa distinta es que, por causas distintas a la supuesta incapacidad de la nación —crisis económicas muy fuertes, conflictos políticos internos y externos, etc.— la producción científica no haya sido tan alta como en el siglo anterior.

Hay muchos casos durante esta centuria de científicos españoles en posturas intermedias entre la defensa y el rechazo de la nueva ciencia. Como el de Gaspar Bravo de Sobremonte, médico de cámara de Felipe IV y de Carlos II, que escribió un importante monográfico sobre la circulación de la sangre, en 1662, en el que defiende a Harvey y la circulación de la linfa, cuando casi nadie en Europa lo hacía. También demuestra conocer los estudios de Aselli, Pecquet, Highmoor, Van Helmont y demás científicos europeos del siglo -como se puede observar, el mito del aislamiento no es más que eso, un mito oscurantista-. Rebate con datos anatómicos y fisiológicos las objeciones a la teoría circulatoria que habían realizado el escocés James Primerose y el italiano Emilio Parisano. Incluso da datos como que Galeno y otros médicos y anatomistas antiguos no pudieron conocer los vasos quilíferos porque realizaban las disecciones con animales muertos, y estos vasos sólo aparecen tras seis horas después de haber comido en animales vivos. Sin embargo, tras rectificar estos errores cometidos por Galeno, defiende que su teoría explica el pulso, o rechaza la iatroquímica y acepta los fármacos químicos.

En física algunos abandonaron, más definitivamente a partir de 1670, el escolasticismo rígido al que muchos habían vuelto a pesar de las críticas al mismo hechas en España. El jesuita Sebastián Izquierdo, influenciado Bacon, con su obra Pharus scientiarum (1659) influye notablemente en Europa, influencia que se deja sentir en científicos y filósofos como A. Kircher o Leibniz. Izquierdo defiende que la experiencia y la observación son la base de la ciencia, y concibe a la física como una ciencia independiente. Propone además alcanzar una especie de ciencia universal, una «scientia de scientia», que puede considerarse como precursora de la combinatoria de Leibniz. Si bien, hay que señalar que aunque muchos científicos aceptaban muchas de las nuevas ideas e incluso las defendía, no se atrevían a sacar todas las consecuencias de las mismas. Los que sí se atrevieron fueron los llamados, despectivamente por los tradicionalistas, novatores. Poco a poco desde mediados de siglo el experimentalismo se fue introduciendo y haciendo indispensable, incluso en aquellos que rechazaban la nueva ciencia al pretender rechazarla con investigaciones propias, obligados entonces a jugar en el mismo campo. Luis Rodríguez de Pedrosa, por ejemplo, trata temas de física en general, y de minerales, meteorología, etc., y niega la materia prima aristotélica y el hilemorfismo, en su obra de 1666 Selectarum philosophiae et medicinae difficultatum, en la que se aprecian influencias cartesianas, así como de Copérnico, de Gilbert y de Tycho Brahe -de nuevo el mito del aislamiento se derrumba-.

La renovación e impulso científico introducido por los novatores tiene distintas características dependiendo de las disciplinas a las que nos refiramos. Dicha renovación fue más fácil introducirla, como en el resto del continente, en las ciencias naturales, las ciencias matemáticas, astronómicas, físicas y sus diversas aplicaciones, que en el campo de las ciencias biológicas, iatroquímicas, médicas y las que llamaríamos humanas. Precisamente porque estas últimas tocan más de cerca Ideas teológicas (Hombre, Alma, etc.), y, por tanto, suponían un mayor compromiso religioso y social. Juan de Cabriada, considerado como el cabecilla del movimiento novator en medicina y ciencias biológicas, por ejemplo, fue continuamente atacado e insultado. Aunque no está claro cómo fue el suceso, la tensión sería tan fuerte que a inicios del siglo XVIII algunos médicos como Diego Mateo Zapata o Juan Muñoz de Peralta, el primer presidente de la Regia Sociedad de Medicina y otras Ciencias de Sevilla, parece que fueron encarcelados, aunque sin muchas consecuencias, por la Inquisición. Si bien, la persecución de estos médicos se debió más bien a la acusación de judaizar, ya que eran antiguos conversos, y no a sus ideas científicas. El primer libro, con influencia en Europa, que muestra claramente una ruptura total, según José María López Piñero, fue el Discurso político y physico de Juan Bautista Juanini en 1679, dedicado a Juan José de Austria. En el libro trata de la fermentación aplicado a un problema de higiene pública por las exhalaciones de los excrementos y cadáveres de los animales en Madrid. Además de la novedad del uso de ideas científicas para la resolución de un problema médico-social, las ideas químicas expuestas en el libro son del más alto nivel. Es de hecho de los primeros en Europa en incorporar la doctrina del espíritu nitro-aéreo de Mayow, que será antesala del descubrimiento del oxígeno y la función de éste en los procesos orgánicos. La obra fue traducida al francés en 1685 y reeditada en español en 1689. En 1691, en otra obra dedicada al sistema nervioso, también expuso cómo había hecho una autopsia al príncipe Juan José de Austria para determinar la causa de su muerte. Podríamos también destacar al médico barcelonés Juan de Alós, que aunque ideológicamente destaca más su tradicionalismo, en sus teorías y remedios es plenamente moderno, pues es defensor de la experimentación y aporta importantes datos y argumentos sobre la doctrina de la circulación de la sangre, e incluso es de los primeros en introducir la inyección endovenosa, la transfusión sanguínea y la anatomía patológica cardiovascular. Con estas características también cuentan todos los seguidores de la física ecléctica que se apoyaba en el atomismo postcartesiano.

Vemos por tanto cómo, a diferencia de las otras ciencias que ya venían introduciendo cambios, a partir de la década de los setenta fue cuando el movimiento renovador en medicina y en química pudo ya tomar mayor auge. La fecha de 1687 es significativa en este proceso de renovación debido a que en ese año cristalizan los movimientos renovadores, que desde mediados de siglo reclamaban su lugar en la ciencia en España. En ese año el movimiento novator de Zaragoza se dio a conocer con su mayor fuerza. Este grupo de Zaragoza contaba con importantes pensadores económicos, encabezados por Dormer, y también consiguió que el catedrático de Anatomía Francisco San Juan y Campos introdujese la doctrina de la circulación de la sangre en la enseñanza universitaria, lo que conllevó alabanzas de distintos científicos extranjeros como el italiano Bottoni; este año también Crisóstomo Martínez, que era microscopista, anatomista y grabador, se trasladó a París, enviado por la Universidad de Valencia y subvencionado por Carlos II para realizar un atlas anatómico. Realizará unas importantes láminas anatómicas microscópicas, sobre todo las relativas a la estructura de los huesos y su vasculación. Incluso llegó a descubrir los «vasos adiposos». Pero su muerte por enfermedad le impidió publicar el atlas anatómico completo, y sus estudios no tuvieron el reconocimiento buscado. Lo más importante de su trabajo, en Valencia y en París, es que dio impulso a una disciplina que era muy minoritaria en esos momentos, la investigación microscópica. Además en ese año se publicó el llamado manifiesto de renovación científica Carta filosófica, médico-chymica de Juan de Cabriada, en la que a causa de una disputa por una consulta clínica con unos galenistas, se defiende la experimentación científica y como verdadera, no sólo como rectificación, la nueva ciencia. Esto recrudeció la polémica entre novatores y antiguos.

Carta filosófica, médico-chymica de Juan de Cabriada

Carta filosófica, médico-chymica de Juan de Cabriada

La renovación en las ciencias fisicomatemáticas no fue tan acusada como en las médicas y en química en este último tercio del siglo, pero ello también porque ya estaban en gran medida bastante más avanzadas que las anteriores, además de que en este punto las trabas no eran tan grandes, ya que no afectaban a temas directamente relacionados con el hombre o la teología. El punto de discusión aquí era el heliocentrismo, que había sido prohibido por la Inquisición Romana, aunque en España no se había eliminado, pero tan sólo podía ser presentada como hipótesis, y una defensa fuerte de la teoría podía acarrear críticas. El otro objeto de ataque fue la física aristotélica, cosa que ya era común en astrónomos y físicos españoles desde siglos atrás. Las figuras que más tempranamente destacan son Juan Caramuel y José Zaragoza. Juan Caramuel, de una fecundidad y amplitud de miras admirable, aunque a veces defendió posturas extravagantes y poco fundamentadas, destaca en sus mejores trabajos como físico y matemático, seguidor de Descartes en muchas cosas. Su física se caracteriza por la experimentación y por la ruptura con los principios clásicos, como muestra en sus experimentos sobre la caída de los grabes y otros fenómenos físicos. Como astrónomo lo que más destaca es su fundamentación de la astronomía en la mecánica celeste, y su consideración por tanto de esta ciencia como puramente física —al margen de la metafísica. Si bien su mayor contribución se encuentra en el campo de las matemáticas, sobre todo en el campo de los logaritmos. Garma subraya su estudio de los sistemas de numeración, su buena exposición de la teoría del número entero en forma analítica, sus estudios sobre combinatoria y el planteamiento y resolución de problemas de cálculo de probabilidades. Además de eso fue el primer español en publicar tablas de algoritmos, y desarrolló lo que llamó algoritmos perfectos, uno de los primeros pasos en el cálculo de los cologaritmos (el padre Zaragoza demostraría después que los algoritmos perfectos de Caramuel eran equivalentes a los algoritmos de Briggs, ambos métodos eran equivalentes). Vicente Mut destaca como astrónomo práctico, de los mejores en España de todo el siglo XVII, sus trabajos fueron recogidos después por Giovanni Battista Riccioli en el conocido Almagestum novum de 1651. Hizo importantes estudios sobre las Pléyades y midió sus distancias. También publicó un estudio sobre el paralaje del Sol, su diámetro y la anchura de la sombra terrestre, además de un estudio sobre los movimientos celestes. Es importante también su observación de un cometa en 1664, la cual le llevó a proponer una trayectoria parabólica, en vez de rectilínea, del astro. Esto le valió renombre internacional y ser considerado como un predecesor de Newton.

José de Zaragoza Villanueva también hizo alguna contribución matemática modesta, pero sus trabajos más importantes se centran en sus trabajos astronómicos, en las observaciones, desde el heliocentrismo, de los cometas en 1664 y 1667. Los trabajos relativos a las observaciones de 1664 serían enviados a la Academia de las Ciencias de París y publicados y traducidos al francés en 1783. Destaca también su gran trabajo de 1675, el tratado Esphera en común celeste y terráquea, de 1675, sobre los sistemas planetarios, en el que defiende el heliocentrismo, la corruptibilidad de los astros, la finitud del espacio, niega el alma de los cielos y los orbes celestes cristalinos o sólidos. También es muy importante su observación del cometa de 1677, la primera en el mundo, cuyas noticias fueron publicadas en el Journal des Savants y en las memorias de la Academia de las Ciencias parisina. No podemos dejar de citar al célebre Antonio Hugo de Omerique, miembro del movimiento novator de Cádiz, que fue el mejor matemático español del siglo XVII.

Análisis Geométrico de Antonio Hugo de Homerique

Análisis Geométrico de Antonio Hugo de Homerique

Con la publicación de su Analisys geométrica en 1698 revalorizó el análisis geométrico clásico y muchos matemáticos alemanes y británicos le siguieron, se valió de los elogios de Chasles, además de que Newton utilizó y alabó sus descubrimientos en geometría. Con este trabajo superó muchos aspectos de las matemáticas de autores como Descartes, Vieta y otros muchos. En Nueva España destaca Carlos Sigüenza Góngora, catedrático de matemáticas en la Universidad de México pero que realizó sus mayores contribuciones en el campo de la astronomía, corrigió muchas observaciones astronómicas erróneas y se dedicó a criticar la idea según las cual los cometas eran signos astrológicos de desgracia. Respecto a la navegación destaca la Fundación en 1681 del Colegio de San Telmo de Sevilla para la formación de pilotos con formación científica, la publicación de Norte de Navegación en 1692 de Antonio de Gaztañeta, que introdujo novedades en la navegación como el uso sistemático de la proyección de Mercator. Aún más importante fue la obra de Francisco Seijas Lobera en 1688, que publica Teatro naval hidrográfico, donde expone los flujos y corrientes marinas, así como de los vientos y de las variaciones de las agujas de marear. Todo esto demuestra a la perfección, frente a lo que comúnmente se cree, que en España la ciencia en el siglo XVII no estuvo ausente ni mucho menos, y que se siguió produciendo ciencia de gran importancia, aunque no en tanta cantidad como en el siglo anterior. Sin duda la renovación científica en España fue a la par que el resto de Europa, pues ya a mitad de siglo estaban incorporadas muchas de las nuevas ideas, a las que se contribuyó a afianzar, aunque sólo en el último tercio se incorporan plenamente a todos los campos las características, métodos, conceptos e ideas de la nueva ciencia.

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Autor: emmanuelmartinezalcocer

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