El baúl de Pandora

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Historia de la Ciencia española (I)

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Con esta entrada de hoy comenzamos una serie de entradas que vamos a dedicar a la historia de la ciencia española o, más bien, de historia de la ciencia en España -puesto que entendemos que, dado que los resultados (verdades o teoremas) a los que llegan las ciencias son transculturales y transhistóricos, resulta erróneo habla de una ciencia española o una ciencia francesa, una ciencia alemana, etc.-. Estas entradas van a suponer una mera exposición descriptiva de la ciencia producida en España. Para estas entradas vamos a adoptar la Teoría del Cierre Categorial del Materialismo Filosófico, pero no entraremos en la reconstrucción gnoseológica de los procesos de construcción de las verdades científicas, pues no es lugar ni oportunidad para ello.

Como han mostrado las investigaciones de José María López Piñero, David R. Ringrose o Víctor Navarro Brotons, durante la época de la Revolución Científica, España, que era una potencia económica, política y religiosa, también lo era científica, pues expandió muchas de sus tecnologías innovadoras por todo el mundo, sobre todo las relacionadas con el campo de la navegación y la minería y metalurgia. A su vez, como no podía ser de otro modo, España fue receptora en todo momento de nuevas visiones cosmológicas, de la nueva cartografía (a la cual también contribuyó mucho) y la nueva filosofía de la naturaleza. Esto muestra la importancia científica de España y su apertura a la ciencia foránea. Respecto a la acusación de aislamiento producto de los conflictos religiosos podemos señalar simplemente como un mero ejemplo, cómo científicos españoles como Lánderer (seglar, pero con un compromiso religioso muy fuerte) y Almera (canónico de la catedral de Barcelona) introdujeron en la paleontología el evolucionismo sin problemas[1]. De todas formas lo común en toda Europa en el momento era una discusión permanente entre ciencia y religión. Ideas como el evolucionismo, la teoría de la relatividad, el uniformismo o actualismo o el psicoanálisis penetraron en España desde bien temprano en el siglo XIX sin dificultad ninguna, de hecho fueron abrazadas con entusiasmo por los científicos españoles. Un ejemplo claro de la alta receptividad científica española lo tenemos en que teorías tan hirientes a los dogmas religiosos como el transformismo darwiniano no fueron en absoluto prohibidos y prontamente enseñados. Cosa que en Inglaterra, por ejemplo, no pudo ser, pues fue prohibida por la Iglesia Anglicana.

La ciencia en la «España romana» y medieval

Empezamos destacando tres «científicos» hispanos procedentes de la Bética -aunque debemos advertir que durante la presencia romana en la Península, España no existía, sino que esta empezaría a existir posteriormente tras la entrada musulmana y la resistencia cristiana a esta. Comenzamos por aquí por medio convencionalismo-. Pomponio Mela, autor del compendio De situs orbis, la primera obra escrita en latín de su clase, basada en fuentes griegas, aunque hay algunas novedades como la primera mención del Mar Báltico. Fue una obra muy utilizada por Plinio para escribir su Historia Natural; Lucio Anneo Séneca, del que destacan su descripción, en Quaestiones Naturales, de los terremotos y fenómenos volcánicos, así como la defensa, por observaciones propias, de los cometas como cuerpos celestes frente a Aristóteles y otros griegos; Lucio Moderato Columela, en su De re rustica realiza la exposición más detallada y práctica de la agronomía antigua, influyó mucho en la geopónica española y árabe posterior.

La labor científica principal que se realizó durante la Edad Media en España fue la transmisión al resto de Europa de los conocimientos griegos, helenísticos y árabes. San Isidoro de Sevilla, todavía visigodo, no propiamente español, es la figura más destacada de toda la alta Edad Media. Su obra Etimologías u Orígenes, que incluía libros de matemáticas, astronomía, medicina, anatomía humana, zoología, botánica, geografía, meteorología, geología, mineralogía y agricultura, fue el libro más difundido y manejado de toda la Edad Media. Hay quien lo considera la primera Enciclopedia. Pese a lo comúnmente sostenido, la ya sí España católica y los árabes estuvieron en permanente contacto, no sólo bélico. Se sabe por ejemplo que durante los siglos X y XI los abades de monasterios como los de Ripoll o Vic estuvieron en contacto con la Córdoba califal, ayudados también por los mozárabes. Estos monasterios, y otros, se encargaron de traducir las obras científicas del árabe al latín -pasando por el español, que se enriqueció muchísimo- y de ahí pasaron a Europa. De ahí la relevancia científica de la península en el medievo. Abbas Ibn Firnás, el primer científico importante de Al-Ándalus, astrólogo y poeta en la corte de Abd-al Rahman II y Muhammad I, dio a conocer las tablas astronómicas indias conocidas como Siddhanta, de gran influencia posterior. Azarquiel desarrolló un astrolabio universal que ahorraba el tener que cambiar las láminas en cada latitud, además de que aumentaba la precisión de las observaciones. También realizó las Tablas Toledanas, de amplia difusión e influencia después en todo el continente. Además, observó que la órbita de Mercurio no era circular, y demostró y midió el apogeo del Sol con referencia a las estrellas. Geber ibn Aflah y Alpetragius, representantes de la «nueva astronomía» realizaron críticas a los sistemas aristotélicos y tolemaicos, críticas que profundizarían astrónomos españoles del siglo XV y XVI, en las que después se basaría Copérnico para pensar el sistema planetario de forma diferente al sistema aristotélicotolemaico. Idrisi fue un geógrafo ceutí formado en Córdoba que trabajó en la corte de Roger II de Sicilia en Palermo. Redactó una geografía descriptiva que fue la más completa de toda la Edad Media (combinando fuentes árabes y cristianas). En esa obra sustituye el esquematismo geométrico por trazados precisos, y recupera parcialmente las coordenadas geográficas: mediante paralelos divide la tierra en siete zonas o climas, y cada una en diez secciones verticales con paralelos. En botánica, agronomía y medicina los árabes también fueron los más adelantados de su época, y su influencia duró bastante tiempo.

Muestra de la importancia de la parte cristiana de la península, en continua expansión contra el sur árabe, para la difusión científica fue que vinieran a estudiar a monasterios catalanes monjes como Guillermo de Aurillac, que después sería el Papa Silvestre II. E indiscutible es la relevancia de la Escuela de Traductores de Toledo, que recogió toda la ciencia producida por los árabes que acabamos de señalar. Los dos traductores más destacados fueron Juan de Sevilla, que traducía los libros del árabe al castellano, y Segovia Domingo González o Gundisalvo, que traducía del castellano al latín. Tradujeron todo tipo de obras científicas y filosóficas, así como literarias y artísticas de todo tipo. De esta forma toda la ciencia y filosofía árabe fue pasando no sólo al latín, sino también al español, convirtiéndose ésta en la legua romance más culta en el momento. El momento de mayor intensidad traductora de la Escuela de Toledo fue durante la época de Gerardo de Crémona, que llegó a la ciudad para estudiar, pero aprendió árabe y se quedó el resto de su vida traduciendo incansablemente. Bajo su dirección se tradujeron al castellano y latín un centenar de obras científicas árabes y grecolatinas, como los Elementos de Euclides o el Almagesto de Tolomeo, numerosas obras de Aristóteles de filosofía natural y lógica, las obras de Arquímedes y Apolonio y gran parte de la producción médica de Galeno. De los árabes también se tradujeron muchos dedicados a astronomía y matemáticas, así como de medicina, cirugía, farmacología y botánica, como las del clínico persa Rhazes o el Canon de Avicena. Los judíos Abraham ibn Ezra y Abraham bar Hiyya hicieron una labor también importante para traducir obras al hebreo y comunicar todo ese saber a las comunidades judías.

Durante los siglos XIII y XIV continuó la labor traductora, pero ya no se traducía tanto al latín, sino más bien al español, al catalán o al hebreo. Mientras que en el resto de Europa se dedicaban a asimilar todo lo que se les transmitía, en España la cosa era diferente, pues esos conocimientos estaban más difundidos y se aplicaban en mayor medida. La ciencia más importante en España no se produjo en las universidades en esta época, sino en las cortes monárquicas, en las juderías y en los obispados -esto va a ser, aunque no en todos los casos y dependiendo de la época, algo bastante recurrente en España-. Dos grandes logros de esta ciencia fueron los Libros del saber de astronomía, un compendio de los saberes astronómicos del momento, así como del uso y construcción de numerosos instrumentos científicos matemáticos y astronómicos, y las Tablas Alfonsinas, que tuvieron vigencia, con rectificaciones, hasta la segunda mitad del siglo XVI. Muy importante es también la escuela cartográfica de Mallorca. La producción científica en hebreo en España fue igual o superior a la hecha en español o en latín. Se tradujo a Maimónides y muchos compendios y enciclopedias científicas. Es importante la obra del barcelonés Hasdai Crescas, que en su obra Or Adonai (Luz del Señor), en la que hace una crítica a las teorías naturales de Aristóteles, siguiendo el atomismo clásico griego. Afirma la posibilidad de magnitudes infinitas, así como del vacío y nociones distintas del espacio y del movimiento y sus causas. La influencia de Crescas se mantuvo hasta el Renacimiento e incluso posteriormente en pensadores como Benito Espinosa -de filiación hispana-. Abraham Zacuto fue el último gran astrónomo español de la Edad Media.

En el siglo XIV la actividad científica empieza a ser más abundante en las universidades, en España las que más destacan son sobre todo la de Salamanca, y Alcalá, Valladolid y Valencia. Y ahora la ciencia hispánica es influida por la italiana. El humanismo renacentista tuvo mucha influencia en la península, el llamado humanismo científico, caracterizado por el rescate de los saberes de la Antigüedad, así como la crítica de dichos saberes para concebir de otra forma la actividad científica. Aunque después perdió bastante fuerza, como en el resto de Europa, al verse que la supuesta renovación científica que traía había dado pocos frutos -el humanismo fue básicamente un movimiento filológico, aunque eso ya fue muy importante-. El escolasticismo arabizado, de todas formas, quedó bastante mermado. Lo que abrió las puertas a tendencias extraacadémicas y nuevas técnicas, dando lugar a una renovación. Gracias a la concepción voluntarista de la divinidad, y la del hombre como hecho a su imagen y semejanza, esto es, con capacidad creativa, la creencia en la necesidad férrea de los fenómenos de la naturaleza se fue debilitando, de modo que la técnica dejó de considerarse como algo inferior y como algo meramente imitativo de la naturaleza, para ser una actividad de mayor rango. Así, la disociación entre ciencias y técnicas en este periodo quedó cada vez más difusa, hasta adquirir constancia de la estrecha relación entre ambos aspectos en siglos posteriores. Ejemplo claro de la unión de ambas son las reflexiones de Luis Vives al respecto, cuando considera a la técnica capaz de mostrarnos la realidad de la naturaleza mejor que la especulación o el Arbor scientiae de Raimundo Lulio, donde a las siete ciencias tradicionales empareja siete técnicas. Esa estrecha relación entre técnica y ciencia no desaparecería ya de la ciencia en España -lo que se muestra como algo normal, dada la gran necesidad de todo tipo de tecnologías y ciencias para un Imperio tan grande y de las características del español-. Otro ejemplo sería el del filósofo y científico renacentista Arias Montano, que en su Naturae Historia trata con gran solvencia científica problemas técnicos como los del movimiento del agua en sifones y bombas. O el de Pedro Mejía, que expone muchas cuestiones técnicas en su Silva de varia lección, el libro de «divulgación científica» más influyente y de más amplia difusión del siglo en toda Europa. Durante el siglo XV, sobre todo ya al final con el descubrimiento de América, la renovación científica, la exaltación de lo nuevo frente a lo antiguo, como se puede observar por ejemplo en el uso cada vez más frecuente del uso de la lengua vulgar en textos de todo tipo en vez del latín, se hizo cada vez más acuciante. Es propiamente con el descubrimiento constitutivo de América y con la circunnavegación del globo como nace la Nueva Ciencia, ya que fue en estas expediciones españolas cuando por primera vez se demostró experimentalmente, por decirlo así, una teoría científica -la teoría de la esfera-. Fue entonces cuando se demostró que una teoría científica, si es verdadera, nos da la capacidad de comprender, dominar y construir nuestro mundo.


[1] Así mismo, en lo que respecta a la prohibición de Felipe II de estudiar en el extranjero, defendemos -aunque sea discutible- que fue más una medida “proteccionista” que una prohibición estrictamente. Protección debido a la cantidad de científicos e ingenieros españoles que eran reclamados por otros países y trabajaban en el extranjero. Además, si bien los casos de salidas de españoles a países no católicos son escasos a partir de ese momento -con los países católicos no había problema-, los de entrada de científicos e ingenieros extranjeros de prestigio al país sí que es abundante. Si el aislamiento fuese tal como se suele decir estas estancias no se habrían producido -además, también se podían realizar estancias en universidades de países no católicos, pero con un tiempo limitado a seis meses-.

Fuentes:

LÓPEZ PIÑERO, José María, La ciencia en la historia hispánica, Salvat Editores, S.A., Barcelona, 1986.

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Autor: emmanuelmartinezalcocer

Filomat.

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