El baúl de Pandora

Reservado para los que deseen abrir su mente


Deja un comentario

Historia de la Ciencia Española (III)

La ciencia en España en el siglo XVII

Aunque durante muchos siglos España había sido referencia a la hora de hablar de asuntos científicos, durante la llamada Revolución Científica del siglo XVII su presencia disminuye considerablemente en comparación con el siglo XVI (siendo éste el origen que se suele tomar para hablar de la decadencia científica y de los ataques relativos a la pobreza, cuando no absoluta nulidad, de la ciencia en España), aunque en absoluto, excepto por mala fe, se puede hablar de una ausencia total, sobre todo por la producción a en el primer tercio y último del siglo. Se pueden distinguir, con José María López Piñero, tres periodos de la ciencia en España del siglo XVII. El primero correspondería al primer tercio del siglo. Durante estos años la ciencia producida en el país fue básicamente una continuidad y profundización de la desarrollada en el siglo anterior —por otra parte, esto fue algo común con lo que ocurría en el resto de Europa, por lo que la acusación, falsa, del atraso científico de España, pierde peso—. La producción científica durante este periodo es bastante importante y abundante aún. En las ciencias relacionadas con la navegación, la minería y metalurgia, la ingeniería militar y la medicina seguíamos siendo referencia en Europa. Podemos señalar por ejemplo la importancia de Rodrigo de Zamorano en las ciencias náuticas, que se deja sentir mucho a inicios de siglo.

Compendio del arte de navegar. Rodrigo Zamorano

Compendio del arte de navegar. Rodrigo Zamorano

También serían importantes los trabajos de óptica fisiológica de Benito Daza Valdés, publicados en 1623. O las investigaciones de naturalistas como Bernabé Cobo y Bernardo de Cienfuegos. En el segundo periodo, que correspondería más o menos a los cuarenta años centrales de la centuria, ya se aprecia junto a la disminución de la producción científica, una clara introducción de las nuevas tendencias, el conflicto entre la nueva ciencia y la ciencia anterior se empieza a hacer latente, aunque estas nuevas ideas no siempre son aceptadas —como en el resto del continente—, y otras veces son consideradas sólo como rectificaciones de las doctrinas científicas anteriores. Sin embargo, sea para oponerse o a favor —sendas cosas ayudaron a la difusión—, las nuevas formas de hacer ciencia empiezan a extenderse y los científicos españoles empiezan a posicionarse y a enfrentarse y estudiarlas. Caso extraordinario es la increíble influencia, que se extiende hasta el siglo XVIII, de la obra minerometalúrgica ya citada en la anterior entrada de Álvaro Alonso Barba en 1640, Arte de los metales. El tercer periodo, los últimos veinte años del siglo, son años en que la producción científica aumenta de nuevo y se produce una ruptura más contundente y más general con las doctrinas anteriores; los movimientos renovadores se extienden y dan sus frutos por todas las disciplinas. Por tanto, podemos decir que el ritmo de introducción de la nueva ciencia en España corre paralelo al ritmo del resto de Europa. Otra cosa distinta es que, por causas distintas a la supuesta incapacidad de la nación —crisis económicas muy fuertes, conflictos políticos internos y externos, etc.— la producción científica no haya sido tan alta como en el siglo anterior.

Hay muchos casos durante esta centuria de científicos españoles en posturas intermedias entre la defensa y el rechazo de la nueva ciencia. Como el de Gaspar Bravo de Sobremonte, médico de cámara de Felipe IV y de Carlos II, que escribió un importante monográfico sobre la circulación de la sangre, en 1662, en el que defiende a Harvey y la circulación de la linfa, cuando casi nadie en Europa lo hacía. También demuestra conocer los estudios de Aselli, Pecquet, Highmoor, Van Helmont y demás científicos europeos del siglo -como se puede observar, el mito del aislamiento no es más que eso, un mito oscurantista-. Rebate con datos anatómicos y fisiológicos las objeciones a la teoría circulatoria que habían realizado el escocés James Primerose y el italiano Emilio Parisano. Incluso da datos como que Galeno y otros médicos y anatomistas antiguos no pudieron conocer los vasos quilíferos porque realizaban las disecciones con animales muertos, y estos vasos sólo aparecen tras seis horas después de haber comido en animales vivos. Sin embargo, tras rectificar estos errores cometidos por Galeno, defiende que su teoría explica el pulso, o rechaza la iatroquímica y acepta los fármacos químicos.

En física algunos abandonaron, más definitivamente a partir de 1670, el escolasticismo rígido al que muchos habían vuelto a pesar de las críticas al mismo hechas en España. El jesuita Sebastián Izquierdo, influenciado Bacon, con su obra Pharus scientiarum (1659) influye notablemente en Europa, influencia que se deja sentir en científicos y filósofos como A. Kircher o Leibniz. Izquierdo defiende que la experiencia y la observación son la base de la ciencia, y concibe a la física como una ciencia independiente. Propone además alcanzar una especie de ciencia universal, una «scientia de scientia», que puede considerarse como precursora de la combinatoria de Leibniz. Si bien, hay que señalar que aunque muchos científicos aceptaban muchas de las nuevas ideas e incluso las defendía, no se atrevían a sacar todas las consecuencias de las mismas. Los que sí se atrevieron fueron los llamados, despectivamente por los tradicionalistas, novatores. Poco a poco desde mediados de siglo el experimentalismo se fue introduciendo y haciendo indispensable, incluso en aquellos que rechazaban la nueva ciencia al pretender rechazarla con investigaciones propias, obligados entonces a jugar en el mismo campo. Luis Rodríguez de Pedrosa, por ejemplo, trata temas de física en general, y de minerales, meteorología, etc., y niega la materia prima aristotélica y el hilemorfismo, en su obra de 1666 Selectarum philosophiae et medicinae difficultatum, en la que se aprecian influencias cartesianas, así como de Copérnico, de Gilbert y de Tycho Brahe -de nuevo el mito del aislamiento se derrumba-.

La renovación e impulso científico introducido por los novatores tiene distintas características dependiendo de las disciplinas a las que nos refiramos. Dicha renovación fue más fácil introducirla, como en el resto del continente, en las ciencias naturales, las ciencias matemáticas, astronómicas, físicas y sus diversas aplicaciones, que en el campo de las ciencias biológicas, iatroquímicas, médicas y las que llamaríamos humanas. Precisamente porque estas últimas tocan más de cerca Ideas teológicas (Hombre, Alma, etc.), y, por tanto, suponían un mayor compromiso religioso y social. Juan de Cabriada, considerado como el cabecilla del movimiento novator en medicina y ciencias biológicas, por ejemplo, fue continuamente atacado e insultado. Aunque no está claro cómo fue el suceso, la tensión sería tan fuerte que a inicios del siglo XVIII algunos médicos como Diego Mateo Zapata o Juan Muñoz de Peralta, el primer presidente de la Regia Sociedad de Medicina y otras Ciencias de Sevilla, parece que fueron encarcelados, aunque sin muchas consecuencias, por la Inquisición. Si bien, la persecución de estos médicos se debió más bien a la acusación de judaizar, ya que eran antiguos conversos, y no a sus ideas científicas. El primer libro, con influencia en Europa, que muestra claramente una ruptura total, según José María López Piñero, fue el Discurso político y physico de Juan Bautista Juanini en 1679, dedicado a Juan José de Austria. En el libro trata de la fermentación aplicado a un problema de higiene pública por las exhalaciones de los excrementos y cadáveres de los animales en Madrid. Además de la novedad del uso de ideas científicas para la resolución de un problema médico-social, las ideas químicas expuestas en el libro son del más alto nivel. Es de hecho de los primeros en Europa en incorporar la doctrina del espíritu nitro-aéreo de Mayow, que será antesala del descubrimiento del oxígeno y la función de éste en los procesos orgánicos. La obra fue traducida al francés en 1685 y reeditada en español en 1689. En 1691, en otra obra dedicada al sistema nervioso, también expuso cómo había hecho una autopsia al príncipe Juan José de Austria para determinar la causa de su muerte. Podríamos también destacar al médico barcelonés Juan de Alós, que aunque ideológicamente destaca más su tradicionalismo, en sus teorías y remedios es plenamente moderno, pues es defensor de la experimentación y aporta importantes datos y argumentos sobre la doctrina de la circulación de la sangre, e incluso es de los primeros en introducir la inyección endovenosa, la transfusión sanguínea y la anatomía patológica cardiovascular. Con estas características también cuentan todos los seguidores de la física ecléctica que se apoyaba en el atomismo postcartesiano.

Vemos por tanto cómo, a diferencia de las otras ciencias que ya venían introduciendo cambios, a partir de la década de los setenta fue cuando el movimiento renovador en medicina y en química pudo ya tomar mayor auge. La fecha de 1687 es significativa en este proceso de renovación debido a que en ese año cristalizan los movimientos renovadores, que desde mediados de siglo reclamaban su lugar en la ciencia en España. En ese año el movimiento novator de Zaragoza se dio a conocer con su mayor fuerza. Este grupo de Zaragoza contaba con importantes pensadores económicos, encabezados por Dormer, y también consiguió que el catedrático de Anatomía Francisco San Juan y Campos introdujese la doctrina de la circulación de la sangre en la enseñanza universitaria, lo que conllevó alabanzas de distintos científicos extranjeros como el italiano Bottoni; este año también Crisóstomo Martínez, que era microscopista, anatomista y grabador, se trasladó a París, enviado por la Universidad de Valencia y subvencionado por Carlos II para realizar un atlas anatómico. Realizará unas importantes láminas anatómicas microscópicas, sobre todo las relativas a la estructura de los huesos y su vasculación. Incluso llegó a descubrir los «vasos adiposos». Pero su muerte por enfermedad le impidió publicar el atlas anatómico completo, y sus estudios no tuvieron el reconocimiento buscado. Lo más importante de su trabajo, en Valencia y en París, es que dio impulso a una disciplina que era muy minoritaria en esos momentos, la investigación microscópica. Además en ese año se publicó el llamado manifiesto de renovación científica Carta filosófica, médico-chymica de Juan de Cabriada, en la que a causa de una disputa por una consulta clínica con unos galenistas, se defiende la experimentación científica y como verdadera, no sólo como rectificación, la nueva ciencia. Esto recrudeció la polémica entre novatores y antiguos.

Carta filosófica, médico-chymica de Juan de Cabriada

Carta filosófica, médico-chymica de Juan de Cabriada

La renovación en las ciencias fisicomatemáticas no fue tan acusada como en las médicas y en química en este último tercio del siglo, pero ello también porque ya estaban en gran medida bastante más avanzadas que las anteriores, además de que en este punto las trabas no eran tan grandes, ya que no afectaban a temas directamente relacionados con el hombre o la teología. El punto de discusión aquí era el heliocentrismo, que había sido prohibido por la Inquisición Romana, aunque en España no se había eliminado, pero tan sólo podía ser presentada como hipótesis, y una defensa fuerte de la teoría podía acarrear críticas. El otro objeto de ataque fue la física aristotélica, cosa que ya era común en astrónomos y físicos españoles desde siglos atrás. Las figuras que más tempranamente destacan son Juan Caramuel y José Zaragoza. Juan Caramuel, de una fecundidad y amplitud de miras admirable, aunque a veces defendió posturas extravagantes y poco fundamentadas, destaca en sus mejores trabajos como físico y matemático, seguidor de Descartes en muchas cosas. Su física se caracteriza por la experimentación y por la ruptura con los principios clásicos, como muestra en sus experimentos sobre la caída de los grabes y otros fenómenos físicos. Como astrónomo lo que más destaca es su fundamentación de la astronomía en la mecánica celeste, y su consideración por tanto de esta ciencia como puramente física —al margen de la metafísica. Si bien su mayor contribución se encuentra en el campo de las matemáticas, sobre todo en el campo de los logaritmos. Garma subraya su estudio de los sistemas de numeración, su buena exposición de la teoría del número entero en forma analítica, sus estudios sobre combinatoria y el planteamiento y resolución de problemas de cálculo de probabilidades. Además de eso fue el primer español en publicar tablas de algoritmos, y desarrolló lo que llamó algoritmos perfectos, uno de los primeros pasos en el cálculo de los cologaritmos (el padre Zaragoza demostraría después que los algoritmos perfectos de Caramuel eran equivalentes a los algoritmos de Briggs, ambos métodos eran equivalentes). Vicente Mut destaca como astrónomo práctico, de los mejores en España de todo el siglo XVII, sus trabajos fueron recogidos después por Giovanni Battista Riccioli en el conocido Almagestum novum de 1651. Hizo importantes estudios sobre las Pléyades y midió sus distancias. También publicó un estudio sobre el paralaje del Sol, su diámetro y la anchura de la sombra terrestre, además de un estudio sobre los movimientos celestes. Es importante también su observación de un cometa en 1664, la cual le llevó a proponer una trayectoria parabólica, en vez de rectilínea, del astro. Esto le valió renombre internacional y ser considerado como un predecesor de Newton.

José de Zaragoza Villanueva también hizo alguna contribución matemática modesta, pero sus trabajos más importantes se centran en sus trabajos astronómicos, en las observaciones, desde el heliocentrismo, de los cometas en 1664 y 1667. Los trabajos relativos a las observaciones de 1664 serían enviados a la Academia de las Ciencias de París y publicados y traducidos al francés en 1783. Destaca también su gran trabajo de 1675, el tratado Esphera en común celeste y terráquea, de 1675, sobre los sistemas planetarios, en el que defiende el heliocentrismo, la corruptibilidad de los astros, la finitud del espacio, niega el alma de los cielos y los orbes celestes cristalinos o sólidos. También es muy importante su observación del cometa de 1677, la primera en el mundo, cuyas noticias fueron publicadas en el Journal des Savants y en las memorias de la Academia de las Ciencias parisina. No podemos dejar de citar al célebre Antonio Hugo de Omerique, miembro del movimiento novator de Cádiz, que fue el mejor matemático español del siglo XVII.

Análisis Geométrico de Antonio Hugo de Homerique

Análisis Geométrico de Antonio Hugo de Homerique

Con la publicación de su Analisys geométrica en 1698 revalorizó el análisis geométrico clásico y muchos matemáticos alemanes y británicos le siguieron, se valió de los elogios de Chasles, además de que Newton utilizó y alabó sus descubrimientos en geometría. Con este trabajo superó muchos aspectos de las matemáticas de autores como Descartes, Vieta y otros muchos. En Nueva España destaca Carlos Sigüenza Góngora, catedrático de matemáticas en la Universidad de México pero que realizó sus mayores contribuciones en el campo de la astronomía, corrigió muchas observaciones astronómicas erróneas y se dedicó a criticar la idea según las cual los cometas eran signos astrológicos de desgracia. Respecto a la navegación destaca la Fundación en 1681 del Colegio de San Telmo de Sevilla para la formación de pilotos con formación científica, la publicación de Norte de Navegación en 1692 de Antonio de Gaztañeta, que introdujo novedades en la navegación como el uso sistemático de la proyección de Mercator. Aún más importante fue la obra de Francisco Seijas Lobera en 1688, que publica Teatro naval hidrográfico, donde expone los flujos y corrientes marinas, así como de los vientos y de las variaciones de las agujas de marear. Todo esto demuestra a la perfección, frente a lo que comúnmente se cree, que en España la ciencia en el siglo XVII no estuvo ausente ni mucho menos, y que se siguió produciendo ciencia de gran importancia, aunque no en tanta cantidad como en el siglo anterior. Sin duda la renovación científica en España fue a la par que el resto de Europa, pues ya a mitad de siglo estaban incorporadas muchas de las nuevas ideas, a las que se contribuyó a afianzar, aunque sólo en el último tercio se incorporan plenamente a todos los campos las características, métodos, conceptos e ideas de la nueva ciencia.


Deja un comentario

Historia de la Ciencia Española (II)

Seguimos con esta nueva entrada con el repaso, inaugurado la semana pasada, de las entradas dedicadas a la ciencia española. En esta ocasión veremos un poco de la producción científica española durante el Renacimiento.

El Renacimiento español

En el siglo XVI, el Siglo de Oro de nuestra ciencia, es un siglo muy importante para la producción científica española, pues podemos ver cómo maduran ahora todos los conocimientos adquiridos en los siglos anteriores. Unos conocimientos que serán ampliados con creces y que tras descubrimiento de América provocarán cambios considerables en la mentalidad científica europea, como señalamos al final de la entrada anterior. Un ejemplo destacado es el hecho de la circunnavegación del globo terráqueo de Fernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano finalizada el 6 de septiembre de 1522 , que demostró la teoría de la esfericidad de la Tierra, uno de los logros más importantes y significativos de la ciencia española de este siglo. Es el inicio de la Nueva Ciencia.

Ruta seguida por la expedición de Magallanes y Elcano

Ruta seguida por la expedición de Magallanes y Elcano

Así mismo los españoles Pedro de Medina y Martín Cortés escribieron tratados de navegación de gran calidad que se difundieron por toda Europa dando cuerpo a esta disciplina, por eso se puede decir con Guillén Tato que “Europa aprendió a navegar en libros españoles”. Martín Cortés, por ejemplo, desarrolló el concepto de polo magnético para resolver algunos problemas para la navegación. Fue también obra de un español en esta época el primer libro que se publicó en el mundo sobre ingeniería naval, la Instrucción náutica (1587) de Diego García de Palacio, en México. Jerónimo Muñoz, siguiendo críticas ya hechas en el siglo anterior, también realizó una importante crítica a la concepción aristotélica del mundo en cuanto la inmutabilidad de éste. Con sus propias observaciones de la nova (cometa) en 1572 demostró que estaba situada en el mundo celeste y que, por tanto, se producían cambios en él. Esto fue otro toque de origen español que llevó a la nueva astronomía. Por otra parte, en España fue en el único país europeo en el siglo XVI donde, en 1561, se incluyó la obra de Copérnico en los Estatutos de una universidad, en este caso en la Universidad de Salamanca. Además, en In Iob commentaria (1584) Diego de Zúñiga defiende el sistema copernicano y dice que no es contrario a las Escrituras, además de superior a los sistemas antiguos -aunque en escritos posteriores, quizá por presiones de Roma, reformaría un tanto su opinión-.

Diego López de Zúñiga

Diego López de Zúñiga

Así mismo muchos españoles participaron en la reforma del calendario gregoriano. Los hermanos catalanes Juan y Pedro Roget fueron de los primeros en construir anteojos astronómicos. En la mayor parte de descubrimientos náuticos tuvo mucha importancia la Casa de Contratación de Sevilla, creada en 1503. Fue  esta uno de los grandes centros de ciencia aplicada en toda Europa de la época, tanto en producción científica, como en cartográfica, así como en la enseñanza, la formación científica de los pilotos de navíos. Las escuelas de artillería e ingeniería militar no fueron a la zaga.

El descubrimiento de América también dio nuevo impulso a la geografía matemática de Tolomeo, caracterizada por dar la latitud y longitud de cada lugar o accidente. Dos figuras importantes en este campo, y en otros, fueron Antonio de Nebrija y Miguel Servet. Juan de la Costa por su parte realizó un mapamundi en 1500, en el que por primera vez se dibujaba a América -aunque aún no tenía este nombre, como un continente. También es de destacar el importante mapa de Ribero de 1529, considerado por G. R. Crone como la contribución hispánica fundamental a la cartografía del mundo en esa época. Por otra parte, los descubrimientos geográficos, hasta la creación del Consejo de Indias (1524) fueron mayormente de iniciativa particular. López de Velasco, a cargo del Consejo de Indias, redactó una Geografía y Descripción Universal de las Indias, que terminó en 1574. Se realizaron numerosas expediciones científicas para conocer la flora y la fauna americanas, con fines médicos y agropecuarios, además del puro interés científico. Se pasó así de una etapa de estudios meramente descriptivos a otra de análisis científico de la naturaleza y las poblaciones americanas. Destaca también la obra de José de Acosta Historia natural y moral de las Indias de 1590.

Historia Natural y Moral de las Indias de José de Acosta

Historia Natural y Moral de las Indias de José de Acosta

Los textos españoles de historia natural, como los de Acosta, traducida a seis idiomas con 32 ediciones, o la Historia General y Natural de las Indias de Gonzálo Fernández de Oviedo, con 15 ediciones en cinco idiomas, tuvieron gran difusión e importancia científica. El propio Darwin señalaría la importancia de estos trabajos. La obra de Monardes también llegó a 42 ediciones en seis lenguas. El libro de Juan Gonzáles de Mendoza sobre China (1585) también tuvo en menos de un siglo 54 ediciones en siete idiomas. Bernardino de Sahagún escribe en náhuatl entre 1558 y 1569 su Historia general de las cosas de Nueva España, considerado por su método como uno de los más importantes antecedentes de la antropología cultural. Es una obra etnológica y lingüística. La obra de Diego de Landa, Relación de las cosas del Yucatán, tiene también mucha importancia para el conocimiento de la cultura maya, de la misma índole que la de Sahagún para la mexicana.

En el aspecto técnico, el Renacimiento español tuvo como mayor acicate la explotación minerometalúrgica. Una vez que en la península los metales de alta ley estaban casi agotados, la explotación de los de mediana y baja sólo podían ser rentables con la aplicación de las técnicas de extracción y refinamiento adecuados. Por otra parte los territorios americanos eran ricos en metales y minerales, lo que favoreció también el desarrollo de las técnicas correspondientes, como los métodos de amalgamación. Pero se debe tener cuidado y no simplificar sobremanera la complejidad de los procesos por los que se llegó al desarrollo de los métodos de beneficio, no fueron producto de un o unos descubrimientos clave. Fueron bastantes sus progresos, como el beneficio de patio desarrollado por Bartolomé de Medina en Pachuca (1555) para las minas de plata mexicanas. También hay que destacar la adaptación de las técnicas de amalgamación para las tierras peruanas por Pedro Fernández Velasco (1569), la mejora posterior de las técnicas de amalgamación que realizó Juan Capellín (1576), y Carlos Gorzo (1587) volvería a mejorarlas. También fue muy importante la invención del método de amalgamación en caliente, de Álvaro Alonso Barba (1590), junto con la mejora de los hornos, llamados “de javecas” para la destilación de los minerales, por Pedro Contreras (1596), y también los “buscolines”, inventados por Lope Saavedra Barba.

Arte de los Metales de Alonso Barba

Arte de los Metales de Alonso Barba

Todos estos desarrollos técnicos y consiguientemente teóricos fueron sistematizados en el Arte de los metales de Álvaro Alonso Barba, publicado ya en pleno siglo XVII, en 1640, uno de los libros minerometalúrgicos más importantes de este tipo, que tuvo varias ediciones y fue traducido a varias lenguas y usado hasta el siglo XVIII (reimpreso en España tres veces, y con cuatro ediciones inglesas, ocho alemanas y cuatro francesas).

También se desarrollaron métodos químicos nuevos para la determinación de la ley de las monedas. Las técnicas de los ensayadores en las cecas, las casas de acuñación de moneda, fueron muy fértiles para el pronto desarrollo de técnicas químicas posteriores. El más destacado en este terreno fue Juan de Arfe Villafañe, ensayador segoviano, y autor de Quilatador de la plata, oro y piedras (1572, también con varias reediciones), que fue la primera monografía en toda Europa sobre el tema. Lo mismo puede decirse del libro de Diego de Santiago Arte separatoria, dedicado a la destilación (entendida entonces como la obtención de productos por procedimientos químicos). Y lo mismo puede decirse respecto al nivel de la producción científica (teórica y técnica) respecto a la artillería y la ingeniería militar.

No podemos dejar de mencionar la creación en 1582 de la primera academia científica en toda Europa, la Academia de Matemáticas en Madrid, a cargo de Juan de Herrera, aunque sólo fue un organismo independiente durante poco más de medio siglo, después sería absorbida por el Consejo de Indias. En ella se enseñaban materias de carácter teórico (matemáticas, astronomía, mecánica, geografía), pero sus principales preocupaciones fueron de tipo técnico, sobre todo en lo relativo a la ingeniería civil, el arte de navegar y la fortificación. En ella trabajaron científicos de la talla de Juan Cedillo Díaz y Andrés García de Céspedes.

Hay que distinguir las dos formas de entender las matemáticas en el momento, bien como una ciencia dedicada a la teoría, bien como una ciencia con aplicaciones prácticas en muchos campos de actividad económica y técnica. La primera vertiente tenía el inconveniente de estar escrita en latín, lo que suponía que iba dirigida a un grupo reducido de científicos, la minoría universitaria. Por ello su mayor auge fue de finales del siglo XV a la primera mitad del XVI (aunque tuvo claramente continuidad posterior). Quizá la figura más destacada en este periodo fue Pedro Sánchez Ciruelo, cuyas obras matemáticas tuvieron diecinueve ediciones en España y Francia. Juan Pérez Moya también destaca como matemático teórico, con su Arithmetica practica y especulativa en 1562, libro que recomienda el neerlandés Simón Stevin, el mejor aritmético de la época, para el estudio de la regla de tres y la cita al exponer la raíz cúbica. En España tuvo muchísimo más desarrollo la segunda vertiente, aunque, como bien se sabe, teoría y praxis no pueden disociarse aunque sí distinguirse. El cálculo mercantil fue un importante acicate; el más destacado en este campo, de los muchos que hubo, es Tratado subtilissimo de Arismética y de Geometría, de Juan de Ortega en 1512 (cinco reediciones en España, fue el primer texto de aritmética comercial publicado en Francia (1515) y en Italia (1522)), que además contiene un aporte teórico, un método para la aproximación de raíces.

La Física y la Filosofía Natural eran usados como sinónimos hasta la época moderna, porque la física como la conocemos hoy no existía en ese momento. Si bien fue de esta disciplina previa de donde salió la física posterior. A ello contribuyeron las críticas a las teorías aristotélicas, sobre todo las relativas al movimiento local en la Baja Edad Media. Un grupo de españoles muy destacado realizaron críticas a dicha concepción. Las realizaron desde universidades en París, pero también desde Salamanca, Alcalá y Valladolid en Castilla, y desde Valencia y Zaragoza en Aragón. Cabe destacar sobre todo a Juan de Celaya, valenciano, y a Diego Dieste, aragonés. Con sus críticas contribuyeron a la matematización del estudio del movimiento local, y en sus estudios sistemáticos mostraron que efectivamente lo que defendían tenía relación con el mundo real, no era mera metafísica. Estas críticas confluyeron en Domingo de Soto, discípulo de Celaya en París y de Ciruelo en Alcalá, profesor en Salamanca. En su curso de filosofía natural de 1545, en plena Contrarreforma, enunció matemáticamente por primera vez la ley de la caída de los graves -que después sería perfeccionada y experimentada por Galileo-. Otros estudios influyentes fueron los del valenciano Benito Perera en 1562 y los del cordobés Francisco de Toledo en 1575. Los estudios del primero tuvieron nueve reediciones en varios países y los del segundo hasta veinticuatro. De hecho Galileo utilizó estos tratados junto con los de Domingo de Soto. Por lo demás el atomismo era bastante defendido en España durante toda esa época y en adelante. Y como no podía ser de otra forma, los fenómenos físicos también fueron investigados para su relación con aplicaciones prácticas, por ello la ingeniería civil y militar fueron campos donde se realizaron progresos importantes. Los estudios sobre balística contribuyeron al desarrollo de la dinámica moderna. Podemos destacar la primera formulación conocida del polígono de sustentación, de Juan Bautista Villalpando, cordobés, en sus comentarios al libro de Ezequiel entre 1596 y 1605. O también los estudios sobre los gases realizados por el valenciano Juan Escrivá en 1606.

En la “revolución” en anatomía España tuvo también un importante papel. Aunque liderada por el flamenco Andrés Vesalio, se formó éste en libros como los de Andrés Laguna, autor del primer texto anatómico publicado en París. Además, Vesalio residió en España entre 1559 y 1564, y siguió conectado con muchas figuras de la medicina española a lo largo de su vida. Tras su partida, el centro anatómico más importante en España fue el de Valencia, donde discípulos suyos como Pedro Jimeno y Luis Collado difundieron la disciplina. De modo que hicieron de la universidad de Valencia una referencia a la hora de enseñar anatomía, después se difundiría por otras como Salamanca o Alcalá. Fue Pedro Jimeno el primero en escribir un libro (Dialogus de re medica, 1549) que incorporaba la nueva anatomía, que perfeccionó con nuevos descubrimientos, por ejemplo, con el descubrimiento del hueso estribo. Su discípulo Luis Collado también consolidó el prestigio valenciano y defendió por primera vez en Europa la anatomía vesaliana de los ataques de Silvio. No es posible olvidar la Antoniana Margarita de 1554 de Gómez Pereira, tan influyente y conocida que no hacen falta comentarios para saber de su importancia. Una obra en la que, como reza su subtítulo, Pereira trata de temas médicos, físicos y teológicos desde una perspectiva científica y nominalista que da importantes resultados. También se puede destacar la obra del español, aunque producida en Italia, Valverde de Amusco Historia de la composición del cuerpo humano de 1556, el texto de mayor difusión en toda Europa en el siglo por encima de los de Vesalio y Colombo. No podemos olvidar el descubrimiento de la circulación pulmonar de parte de Miguel Servet, publicado en su obra teológica de 1553 Christianismi Restitutio.

Miguel Servet

Miguel Servet

Aunque por culpa de Calvino e inquisidores romanos sobre todo, su obra apenas tuvo difusión. El que sí dio a conocer la circulación pulmonar fue Juan Valverde, que presenta el descubrimiento como resultado de su colaboración con Renaldo Colombo. Por último, destacar las investigaciones de Francisco Díaz sobre las enfermedades renales y de las vías urinarias, de 1588, que son consideradas el punto de partida de la urología moderna.


Deja un comentario

Historia de la Ciencia española (I)

Con esta entrada de hoy comenzamos una serie de entradas que vamos a dedicar a la historia de la ciencia española o, más bien, de historia de la ciencia en España -puesto que entendemos que, dado que los resultados (verdades o teoremas) a los que llegan las ciencias son transculturales y transhistóricos, resulta erróneo habla de una ciencia española o una ciencia francesa, una ciencia alemana, etc.-. Estas entradas van a suponer una mera exposición descriptiva de la ciencia producida en España. Para estas entradas vamos a adoptar la Teoría del Cierre Categorial del Materialismo Filosófico, pero no entraremos en la reconstrucción gnoseológica de los procesos de construcción de las verdades científicas, pues no es lugar ni oportunidad para ello.

Como han mostrado las investigaciones de José María López Piñero, David R. Ringrose o Víctor Navarro Brotons, durante la época de la Revolución Científica, España, que era una potencia económica, política y religiosa, también lo era científica, pues expandió muchas de sus tecnologías innovadoras por todo el mundo, sobre todo las relacionadas con el campo de la navegación y la minería y metalurgia. A su vez, como no podía ser de otro modo, España fue receptora en todo momento de nuevas visiones cosmológicas, de la nueva cartografía (a la cual también contribuyó mucho) y la nueva filosofía de la naturaleza. Esto muestra la importancia científica de España y su apertura a la ciencia foránea. Respecto a la acusación de aislamiento producto de los conflictos religiosos podemos señalar simplemente como un mero ejemplo, cómo científicos españoles como Lánderer (seglar, pero con un compromiso religioso muy fuerte) y Almera (canónico de la catedral de Barcelona) introdujeron en la paleontología el evolucionismo sin problemas[1]. De todas formas lo común en toda Europa en el momento era una discusión permanente entre ciencia y religión. Ideas como el evolucionismo, la teoría de la relatividad, el uniformismo o actualismo o el psicoanálisis penetraron en España desde bien temprano en el siglo XIX sin dificultad ninguna, de hecho fueron abrazadas con entusiasmo por los científicos españoles. Un ejemplo claro de la alta receptividad científica española lo tenemos en que teorías tan hirientes a los dogmas religiosos como el transformismo darwiniano no fueron en absoluto prohibidos y prontamente enseñados. Cosa que en Inglaterra, por ejemplo, no pudo ser, pues fue prohibida por la Iglesia Anglicana.

La ciencia en la «España romana» y medieval

Empezamos destacando tres «científicos» hispanos procedentes de la Bética -aunque debemos advertir que durante la presencia romana en la Península, España no existía, sino que esta empezaría a existir posteriormente tras la entrada musulmana y la resistencia cristiana a esta. Comenzamos por aquí por medio convencionalismo-. Pomponio Mela, autor del compendio De situs orbis, la primera obra escrita en latín de su clase, basada en fuentes griegas, aunque hay algunas novedades como la primera mención del Mar Báltico. Fue una obra muy utilizada por Plinio para escribir su Historia Natural; Lucio Anneo Séneca, del que destacan su descripción, en Quaestiones Naturales, de los terremotos y fenómenos volcánicos, así como la defensa, por observaciones propias, de los cometas como cuerpos celestes frente a Aristóteles y otros griegos; Lucio Moderato Columela, en su De re rustica realiza la exposición más detallada y práctica de la agronomía antigua, influyó mucho en la geopónica española y árabe posterior.

La labor científica principal que se realizó durante la Edad Media en España fue la transmisión al resto de Europa de los conocimientos griegos, helenísticos y árabes. San Isidoro de Sevilla, todavía visigodo, no propiamente español, es la figura más destacada de toda la alta Edad Media. Su obra Etimologías u Orígenes, que incluía libros de matemáticas, astronomía, medicina, anatomía humana, zoología, botánica, geografía, meteorología, geología, mineralogía y agricultura, fue el libro más difundido y manejado de toda la Edad Media. Hay quien lo considera la primera Enciclopedia. Pese a lo comúnmente sostenido, la ya sí España católica y los árabes estuvieron en permanente contacto, no sólo bélico. Se sabe por ejemplo que durante los siglos X y XI los abades de monasterios como los de Ripoll o Vic estuvieron en contacto con la Córdoba califal, ayudados también por los mozárabes. Estos monasterios, y otros, se encargaron de traducir las obras científicas del árabe al latín -pasando por el español, que se enriqueció muchísimo- y de ahí pasaron a Europa. De ahí la relevancia científica de la península en el medievo. Abbas Ibn Firnás, el primer científico importante de Al-Ándalus, astrólogo y poeta en la corte de Abd-al Rahman II y Muhammad I, dio a conocer las tablas astronómicas indias conocidas como Siddhanta, de gran influencia posterior. Azarquiel desarrolló un astrolabio universal que ahorraba el tener que cambiar las láminas en cada latitud, además de que aumentaba la precisión de las observaciones. También realizó las Tablas Toledanas, de amplia difusión e influencia después en todo el continente. Además, observó que la órbita de Mercurio no era circular, y demostró y midió el apogeo del Sol con referencia a las estrellas. Geber ibn Aflah y Alpetragius, representantes de la «nueva astronomía» realizaron críticas a los sistemas aristotélicos y tolemaicos, críticas que profundizarían astrónomos españoles del siglo XV y XVI, en las que después se basaría Copérnico para pensar el sistema planetario de forma diferente al sistema aristotélicotolemaico. Idrisi fue un geógrafo ceutí formado en Córdoba que trabajó en la corte de Roger II de Sicilia en Palermo. Redactó una geografía descriptiva que fue la más completa de toda la Edad Media (combinando fuentes árabes y cristianas). En esa obra sustituye el esquematismo geométrico por trazados precisos, y recupera parcialmente las coordenadas geográficas: mediante paralelos divide la tierra en siete zonas o climas, y cada una en diez secciones verticales con paralelos. En botánica, agronomía y medicina los árabes también fueron los más adelantados de su época, y su influencia duró bastante tiempo.

Muestra de la importancia de la parte cristiana de la península, en continua expansión contra el sur árabe, para la difusión científica fue que vinieran a estudiar a monasterios catalanes monjes como Guillermo de Aurillac, que después sería el Papa Silvestre II. E indiscutible es la relevancia de la Escuela de Traductores de Toledo, que recogió toda la ciencia producida por los árabes que acabamos de señalar. Los dos traductores más destacados fueron Juan de Sevilla, que traducía los libros del árabe al castellano, y Segovia Domingo González o Gundisalvo, que traducía del castellano al latín. Tradujeron todo tipo de obras científicas y filosóficas, así como literarias y artísticas de todo tipo. De esta forma toda la ciencia y filosofía árabe fue pasando no sólo al latín, sino también al español, convirtiéndose ésta en la legua romance más culta en el momento. El momento de mayor intensidad traductora de la Escuela de Toledo fue durante la época de Gerardo de Crémona, que llegó a la ciudad para estudiar, pero aprendió árabe y se quedó el resto de su vida traduciendo incansablemente. Bajo su dirección se tradujeron al castellano y latín un centenar de obras científicas árabes y grecolatinas, como los Elementos de Euclides o el Almagesto de Tolomeo, numerosas obras de Aristóteles de filosofía natural y lógica, las obras de Arquímedes y Apolonio y gran parte de la producción médica de Galeno. De los árabes también se tradujeron muchos dedicados a astronomía y matemáticas, así como de medicina, cirugía, farmacología y botánica, como las del clínico persa Rhazes o el Canon de Avicena. Los judíos Abraham ibn Ezra y Abraham bar Hiyya hicieron una labor también importante para traducir obras al hebreo y comunicar todo ese saber a las comunidades judías.

Durante los siglos XIII y XIV continuó la labor traductora, pero ya no se traducía tanto al latín, sino más bien al español, al catalán o al hebreo. Mientras que en el resto de Europa se dedicaban a asimilar todo lo que se les transmitía, en España la cosa era diferente, pues esos conocimientos estaban más difundidos y se aplicaban en mayor medida. La ciencia más importante en España no se produjo en las universidades en esta época, sino en las cortes monárquicas, en las juderías y en los obispados -esto va a ser, aunque no en todos los casos y dependiendo de la época, algo bastante recurrente en España-. Dos grandes logros de esta ciencia fueron los Libros del saber de astronomía, un compendio de los saberes astronómicos del momento, así como del uso y construcción de numerosos instrumentos científicos matemáticos y astronómicos, y las Tablas Alfonsinas, que tuvieron vigencia, con rectificaciones, hasta la segunda mitad del siglo XVI. Muy importante es también la escuela cartográfica de Mallorca. La producción científica en hebreo en España fue igual o superior a la hecha en español o en latín. Se tradujo a Maimónides y muchos compendios y enciclopedias científicas. Es importante la obra del barcelonés Hasdai Crescas, que en su obra Or Adonai (Luz del Señor), en la que hace una crítica a las teorías naturales de Aristóteles, siguiendo el atomismo clásico griego. Afirma la posibilidad de magnitudes infinitas, así como del vacío y nociones distintas del espacio y del movimiento y sus causas. La influencia de Crescas se mantuvo hasta el Renacimiento e incluso posteriormente en pensadores como Benito Espinosa -de filiación hispana-. Abraham Zacuto fue el último gran astrónomo español de la Edad Media.

En el siglo XIV la actividad científica empieza a ser más abundante en las universidades, en España las que más destacan son sobre todo la de Salamanca, y Alcalá, Valladolid y Valencia. Y ahora la ciencia hispánica es influida por la italiana. El humanismo renacentista tuvo mucha influencia en la península, el llamado humanismo científico, caracterizado por el rescate de los saberes de la Antigüedad, así como la crítica de dichos saberes para concebir de otra forma la actividad científica. Aunque después perdió bastante fuerza, como en el resto de Europa, al verse que la supuesta renovación científica que traía había dado pocos frutos -el humanismo fue básicamente un movimiento filológico, aunque eso ya fue muy importante-. El escolasticismo arabizado, de todas formas, quedó bastante mermado. Lo que abrió las puertas a tendencias extraacadémicas y nuevas técnicas, dando lugar a una renovación. Gracias a la concepción voluntarista de la divinidad, y la del hombre como hecho a su imagen y semejanza, esto es, con capacidad creativa, la creencia en la necesidad férrea de los fenómenos de la naturaleza se fue debilitando, de modo que la técnica dejó de considerarse como algo inferior y como algo meramente imitativo de la naturaleza, para ser una actividad de mayor rango. Así, la disociación entre ciencias y técnicas en este periodo quedó cada vez más difusa, hasta adquirir constancia de la estrecha relación entre ambos aspectos en siglos posteriores. Ejemplo claro de la unión de ambas son las reflexiones de Luis Vives al respecto, cuando considera a la técnica capaz de mostrarnos la realidad de la naturaleza mejor que la especulación o el Arbor scientiae de Raimundo Lulio, donde a las siete ciencias tradicionales empareja siete técnicas. Esa estrecha relación entre técnica y ciencia no desaparecería ya de la ciencia en España -lo que se muestra como algo normal, dada la gran necesidad de todo tipo de tecnologías y ciencias para un Imperio tan grande y de las características del español-. Otro ejemplo sería el del filósofo y científico renacentista Arias Montano, que en su Naturae Historia trata con gran solvencia científica problemas técnicos como los del movimiento del agua en sifones y bombas. O el de Pedro Mejía, que expone muchas cuestiones técnicas en su Silva de varia lección, el libro de «divulgación científica» más influyente y de más amplia difusión del siglo en toda Europa. Durante el siglo XV, sobre todo ya al final con el descubrimiento de América, la renovación científica, la exaltación de lo nuevo frente a lo antiguo, como se puede observar por ejemplo en el uso cada vez más frecuente del uso de la lengua vulgar en textos de todo tipo en vez del latín, se hizo cada vez más acuciante. Es propiamente con el descubrimiento constitutivo de América y con la circunnavegación del globo como nace la Nueva Ciencia, ya que fue en estas expediciones españolas cuando por primera vez se demostró experimentalmente, por decirlo así, una teoría científica -la teoría de la esfera-. Fue entonces cuando se demostró que una teoría científica, si es verdadera, nos da la capacidad de comprender, dominar y construir nuestro mundo.


[1] Así mismo, en lo que respecta a la prohibición de Felipe II de estudiar en el extranjero, defendemos -aunque sea discutible- que fue más una medida “proteccionista” que una prohibición estrictamente. Protección debido a la cantidad de científicos e ingenieros españoles que eran reclamados por otros países y trabajaban en el extranjero. Además, si bien los casos de salidas de españoles a países no católicos son escasos a partir de ese momento -con los países católicos no había problema-, los de entrada de científicos e ingenieros extranjeros de prestigio al país sí que es abundante. Si el aislamiento fuese tal como se suele decir estas estancias no se habrían producido -además, también se podían realizar estancias en universidades de países no católicos, pero con un tiempo limitado a seis meses-.

Fuentes:

LÓPEZ PIÑERO, José María, La ciencia en la historia hispánica, Salvat Editores, S.A., Barcelona, 1986.