El baúl de Pandora

Reservado para los que deseen abrir su mente


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Apología del empollón

Después de un complicado mes lleno de exámenes, pérdidas y desesperaciones, os dejo un texto literario que espero que os guste y os resulte curioso.

Apología del empollón

Dícese del individuo o individua que destaca de entre un grupo de estudiantes de la misma clase por obtener las calificaciones más elevadas. Otro de los apodos con el que se le conoce es “sabelotodo” o “el ojito derecho de la profe”. En algunas ocasiones incluso ha llegado a nuestros oídos el sobrenombre de “furbi”. Este rol suele ser designado por uno de los líderes del grupo, normalmente de manera peyorativa, debido a que envidia el éxito del anterior.

Hay muchos mitos en torno a la figura del empollón o empollona. El primero de ellos es que siempre hace la pelota a la profesora. Si uno siempre responde bien a las preguntas que le hacen, no necesita hacerle la pelota a nadie. El segundo es que el empollón va alardeando de lo que sabe; precisamente, cuanto más alardea uno , menos conoce. Este último será un falso empollón.

La categoría del empollón va evolucionado con el tiempo. Durante la primaria puede haber diversas posibilidades, según la cantidad de personas que también ostenten este rol: cuanto mayor sea el número de empollones, más respetados serán. En la secundaria, tienden a estar mucho peor considerados: suelen ser apartados del resto, debido a su rareza (cada vez quedan menos ejemplares). En la Universidad, el rol del empollón se vuelve a revalorizar, aunque sólo en cierto sentido: todo el mundo lo busca pare hacer con él los trabajos en grupo pero nadie quiere salir de fiesta con él, porque creen que la amuermará.

Por último, sólo me queda destacar alguna otra característica del empollón. Suele llevar gafas y no es muy común que se le den bien los deportes. Cuando estas dos condiciones no se dan (y tiene un carácter un tanto carismático), el empollón pasa a ser líder.


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Frente al cerebrocentrismo

El cerebrocentrismo es la tendencia a explicar todos los asuntos humanos de forma reduccionista, esto es, refiriéndolos únicamente al cerebro. Tendencia que puede encontrarse en libros de neurocientíficos famosos como Antonio Damasio, Zemir Seki, Francisco Mora o Gazzaniga, en libros de divulgación científica tipo Punset, o de libros de autoayuda, etc. Desde hace un par de décadas, más exactamente, desde la llamada “década del cerebro” (1990), ha habido una proliferación de disciplinas neurológicas que invaden todos los espacios de nuestras vidas (educación, ética, religión, economía, filosofía, política, etc.). Son las neuro-X, que pretenden absorber cualquier disciplina de las ciencias sociales o de las humanidades, o cualquier otro tema que se tercie (amor, elección de pareja, marketing, altruismo, egoísmo, la felicidad, etc.) Esto es de un reduccionismo casi insoportable, ya que estas neuro-X pretenderían tener la respuesta para casi todo.

Antonio Damasio.
Y el Cerebro Creó al Hombre

Por otra parte, el sujeto en neurociencia y en psicología cognitiva aparece con un doble papel, como cerebro creador y como objeto de entrenamiento. Parece, según nos dice la neurociencia de la que hablamos, que es el cerebro lo que nos hace humanos. Sin el cerebro no seríamos capaces de percibir ni de conocer el mundo. Pero resulta que el cerebro, al contrario de lo que podría parecer, no es el que percibe ni el que conoce, sino que lo hace el organismo en su conjunto, que está incluido en un contexto ambiental determinado. Si no fuese así, sería algo así como un homúnculo, un “fantasma en la máquina”. Por tanto, la importancia del cerebro no estaría sólo en crear una cosa u otra (en desarrollar una red de conexiones neuronales u otras), ni en percibir una cosa u otra, sino en mediar lo que los organismos necesitan para vivir, siempre en función de lo que el medio le exija y le ofrezca. Un ejemplo de esto nos lo da la plasticidad cerebral. La plasticidad cerebral nos muestra que el cerebro es capaz de variar enormemente en sus configuraciones para dar respuesta a los mismos fenómenos, y que es dependiente de las conductas del sujeto y del ambiente sociocultural en el que dicho sujeto se encuentre. Por tanto, el cerebro sería más dependiente de esas variables externas que causa de ellas.

Otro error que podemos señalar de esta reducción de la dimensión humana al cerebro sería tomar al cerebro como objeto de entrenamiento. Y es que el cerebro no es un órgano que tenga sensibilidad ni pueda ser sujeto de entrenamiento como si fuese un músculo. Las modificaciones que pueda experimentar el cerebro dependen de las actividades del organismo en su conjunto, y son estas actividades las que producen y dejan “huellas” en el cerebro y en el resto del organismo. De modo que el cerebro, y su estructura, no podrían tomarse directamente como la causa del conocimiento, o del aprendizaje, sino que sería al revés. La estructura del cerebro (de sus redes neuronales) sería la que es porque es producto de los conocimientos que va adquiriendo. Es algo a posteriori, no a priori, por lo que no puede ser entendido como si de causa primera se tratara. Por ejemplo, se sabe que los taxistas de Londres tienen un desarrollo mayor del hipocampo que otros sujetos humanos, pero dicho desarrollo de las redes neuronales en esa zona es producto de su continuada experiencia y aprendizaje como conductores. Sería estúpido decir, no conozco a nadie que lo haya defendido, que son taxistas porque tenían ya esa zona más desarrollada. Lo mismo pasaría cuando hablamos del resto de redes que el cerebro crea a lo largo de su desarrollo en todos los ámbitos del conocimiento. Lo cual no quita para que, una vez producidas las alteraciones, se entre en un “bucle de recurrencia” en el que el desarrollo del cerebro produzca un mejor y mayor conocimiento, y este mejor y mayor conocimiento provoque nuevos cambios, etc. Aquí ya podríamos hablar del cerebro como causante, pero no debemos entender que su participación como causa sea de forma aislada, siempre está determinado y acompañado por el organismo al que pertenece y el contexto en que este se encuentra.

Marino Pérez Álvarez.
El Mito del Cerebro Creador

Lo más importante para entender el cerebro es tener en cuenta lo que ocurre epigenéticamente, es decir, en su desarrollo. El cerebro no está ya programado, como bien se dan cuenta los conexionistas, aunque pueda contar con funciones -sobre todo vitales- ya dadas. Su propia plasticidad muestra, como hemos dicho, los efectos del contexto cultural y ambiental en que se encuentra el organismo. Podríamos decir que lo que el “cerebro conoce” no lo conoce por sí solo, sino que depende del organismo, y de los contextos o entornos culturales y ambientales en los que el organismo al que pertenece se encuentra y en los que actúa. En definitiva, la conducta del organismo es esencial para entender el modo de funcionamiento del cerebro. No se trata por nuestra parte de negar la importancia del cerebro en todo esto, eso sería absurdo, sino de señalar que no es el primero en estas cuestiones ni “está solo”, sino que es todo el organismo el que participa. Igual que no es sólo el estómago, por ejemplo, el que realiza el proceso digestivo.

Por ello peguntas como: ¿cómo forma el cerebro al yo o a la conciencia o el conocimiento? Son preguntas mal formuladas desde un principio, porque no se pueden formular así, ya que están pidiendo el principio. El yo o la conciencia o el conocimiento no es algo que emerja del cerebro, sino que es algo sociocultural, es una construcción histórica. Es decir, tanto la conciencia como el conocimiento, y tantas otras cosas, tienen un carácter institucional (cultural) e histórico-social, no son asunto exclusivo de la neurociencia o de la psicología cognitiva (sin perjuicio de que lo que estas disciplinas puedan decirnos sobre el cerebro contribuya en gran medida a entender el yo o la conciencia o el conocimiento). Y es que hasta el propio funcionamiento del cerebro está a expensas de la sociedad. Por ejemplo, se sabe que la invención de la escritura ha reorganizado algunas funciones del cerebro.

Importante es resaltar también la constante falacia mereológica cometida por muchos neurocientíficos y cognitivistas. Se atribuyen al cerebro capacidades que sólo tiene el organismo en su completitud, es decir, se toma la parte por el todo. No es el cerebro el que “rastrea o selecciona la información” que requiere para una actividad, sino que es el sujeto con sus operaciones, sus sentidos y su cerebro, su organismo entero en definitiva, el que lo hace, lo cual evidentemente involucra y afecta a su cerebro. Acciones como “pensar”, “razonar”, “decidir”, pero también “ver”, “observar”, etc., no son únicamente funciones cerebrales, sino que tienen una estructura que viene histórica y socialmente determinados (yo no percibo igual la Luna o el Sol que otra persona hace 4.000 años, mis conceptos sobre estos astros son diferentes). La visión o el habla no están localizados exclusivamente en unas redes neuronales específicas o partes del cerebro (en las áreas 17, 18 y 19 de Brodmann (lóbulo occipital) o en el Área de Broca respectivamente). ¿Por qué? Porque sin los órganos de la visión y el entorno en el que el organismo está el cerebro no puede participar en el proceso de visión. Y porque el lenguaje, como la cultura, es un elemento supraindividual y previo que envuelve al sujeto, es más, da forma a su estructura cerebral. Este error, esta falacia mereológica es cometida por los cognitivistas y neurocientíficos por el afán de negar el dualismo tipo cartesiano, lo que les hace negar el cogito, la mente cartesiana, para recaer en un monismo reduccionista hipostasiando al cerebro.

El cerebro o más bien su estructura, no puede ser visto en principio y antes que nada como causa, sino más bien como efecto de las conductas y los sistemas culturales. Si bien, una vez constituidas esas redes o estructuras cerebrales, pueden afectar a su vez a esas conductas y sistemas culturales, en un proceso de retroalimentación continuo. Dicho de otra forma Naturaleza y Cultura -dos mitos hipostasiados- están trabadas y conjugadas indisolublemente.

Fuentes:

-Marino Pérez Álvarez, El Mito del Cerebro Creador: Cuerpo, Conducta y Cultura, Alianza Editorial, Madrid, 2011.

Íñigo Ongay de Felipe, “El cerebro no nos engaña”, en El Catoblepas, Revista Crítica del Presente, Nº 118, Diciembre 2011, págs. 14-24.

-Antonio Damasio, Y el Cerebro Creó al Hombre, Destino, 2010.